Capítulo 2. Angela Hunters
El reloj marcaba las cinco de la mañana cuando un mago del departamento de misterios entró en el almacén del museo.
Su jefe le había encargado una misión sencilla. Entrar en el almacén y recuperar el libro.
Al parecer, aquél códice era propiedad un anciano muggle que, tras su fallecimiento, había donado el ejemplar al museo de la ciudad. Lo que aquél anciano no sabía es que aquella herencia, aunque tuviera valor histórico, no pertenecía al mundo muggle.
Era un viejo libro de Historia de la Magia…unas crónicas de las que muchos habían oído hablar, pero pocos habían visto. Las crónicas de Ulric elviejo.
Debía encontrarlo, y llevarlo al ministerio, donde sus compañeros decidirían qué hacer con él.
Se apareció en el interior de la estancia, y sacó su varita.
¡Lumos!- dijo, en un susurro. Miró a su alrededor y pudo comprobar que había varias cajas aún sin abrir. Lo que buscaba debía estar cerca.
¡Accio, Crónicas de Ulric!- probó, con la esperanza de que el libro saliera de su escondite y acudiera a sus manos. Sin embargo, no sucedió nada.- Vaya, debe estar bajo algún hechizo protector.- entonces se acercó a una de las cajas, y la abrió. Había varios libros de características similares, y desde luego no estaba dispuesto a pasar toda la noche buscando. Me llevaré la caja entera se dijo. Luego miró las otras dos y pensándolo mejor, decidió hacer varios viajes, y llevarse las tres. Podría enviar a alguien para modificar la memoria de los muggles que trabajaban allí y hacerles creer que no habían recibido ningún aporte nuevo. Sí, sería lo más sencillo.
De pronto, alguien abrió la puerta de golpe y enfocando la sala con una linterna, gritó:
¡Alto! ¡No te muevas!- era un guarda de seguridad. Pero Bradley Lawson no estaba dispuesto a quedarse quieto.
¡Desmaius!- un chorro de luz roja se estampó contra el pecho del hombre, que se desplomó como una estatua.- En fin.- dijo. Suspiró y sujetó la primera de las cajas. Después se desapareció.
En ese mismo instante, una chica joven, de unos veintidós años entró en el almacén. Había salido de fiesta con sus compañeros de trabajo, y cuando llegó a casa, se dio cuenta de que esa misma mañana se había dejado las llaves en el almacén del edificio, mientras realizaba un recuento de material. Regresó y se sorprendió al comprobar que la puerta estaba abierta, y no había nadie vigilando. Aquello no era normal.
Cuando vio a Jimmy, el chico de seguridad tirado en el suelo, corrió hacia él. Respiraba, pero parecía insconciente. Comprobó que no tenía ninguna herida y luego encendió la luz.
Curioso, juraría que aquél día habían llegado tres cajas y ahora sólo había una. Sin darle más importancia a ese hecho, se acercó a la cómoda y cogió las llaves. Tendría que llamar a una ambulancia para que se llevaran al guarda.
Entonces, escuchó voces procedentes de la calle, se giró asustada y se asomó a la puerta justo para ver cómo dos hombres, vestidos con túnicas negras, entraban en el edificio.
¡Te digo que no sé por qué, pero no puedo aparecerme ahí dentro!- se quejaba el más joven de los dos. Angela corrió hacia el interior del almacén y se escondió detrás de una estantería, esperando que no la hubieran visto.
Cuando el par de magos irrumpió en la estancia, pudo escuchar perfectamente su conversación.
¿Encendiste la luz?- preguntó el más mayor, mirando acusadoramente a su compañero. Por la actitud que mostraba, parecía ser el que estaba al mando.
No…y – añadió Lawson, tras golpear con un pie al guarda de seguridad que yacía en el suelo.- este tampoco.
Entonces hay alguien más…¡homenun revelio!- dijo, con voz potente. Sin embargo, no ocurrió nada.- mmm esto es muy raro.- Angela contuvo la respiración. Amos hombres se estaban acercando lentamente hacia donde ella se encontraba. En respuesta, se apretó aún más contra la pared, sin percatarse de que justo detrás de ella se encontraba el extintor. El sonido que hizo al caer, atrajo la atención de los dos magos, que la descubrieron agachada en el suelo, muerta de miedo.
¿Y esta quién es?- Bradly la miró de hito en hito. ¿Cuándo había llegado?
¡Obivliate!- gritó el jefe apuntándola con la varita. No obstante, no sucedió absolutamente nada, y Angela aprovechó el desconcierto del hombre para salir corriendo.
¡Eh! ¡Vuelve aquí! ¡Desmaius! ¡Locomotor mortis!
¡Inmóvilus totalis!
La expresión desconcertada de ambos magos, al ver que de sus varitas no salía absolutamente nada, era todo un espectáculo.
Y mientras tanto, Angela Hunters, siguió corriendo como alma que lleva el diablo.
¡Lawson, aparécete en la calle! ¡Ya!
Una vez fuera, pudieron comprobar que Angela les llevaba varios metros de ventaja. Pero Bradly se jugaba el puesto de trabajo, y no iba a permitir que una muchacha muggle lo dejara en ridículo.
La persiguió durante cien metros, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó y la sujetó por la parte trasera de su abrigo.
Ella cayó al suelo, gritando, y él la agarró por los brazos.
Entonces, algo sucedió.
La mano derecha de la chica se había liberado y ahora sus dedos se habían cerrado en torno al cuello del hombre.
Los ojos de Angela se tornaron rojos, y Bradly, totalmente asustado trató de zafarse, pero no podía moverse…todo el cuerpo le dolía como si le hubieran inyectado veneno. Sus venas se hincharon, y la sangre comenzó a manar de sus ojos, oídos y boca. La voz de su jefe sonaba lejana…las fuerzas le abandonaban tan rápido que pronto, cayó al suelo inconsciente.
Angela le soltó. Sus ojos ahora tenían el color marrón habitual, pero ella ni si quiera se había percatado del cambio de tonalidad. No tenía ni idea de lo que había sucedido ni de quiénes eran esos hombres o de lo que querían.
Simplemente, se levantó y se apartó varios pasos. El jefe de Lawson se acercó al cuerpo del muchacho y le palpó la yugular. El pulso era débil, pero aún estaba vivo.
Luego, miró a la chica, que no podía dejar de observar la escena.
¿Qué le has hecho? ¿QUÉ LE HAS HECHO?- la rabia y la incomprensión brillaban en el rostro de aquél hombre con una intensidad que habría asustado a cualquiera.
Yo…-empezó Angela, sin saber qué decir, totalmente aterrorizada. Al final, echó a correr, sin mirar una sola vez hacia atrás.
Aún así estaba segura de que tenía la mirada de aquél hombre, clavada en la nuca.
¡Te atraparé! ¿Me oyes? ¡No pararé hasta dar contigo!- sin embargo, la chica ya había desaparecido tras la esquina de un callejón.
