Capítulo 2. Sentires

Al notar en el hogar de Pony, la ausencia de Candy y Albert; Patty, Archie, Annie y la hermana María, salieron en su búsqueda, se hacía de noche y el frío se comenzaba a sentir.

- ¡Candy! ¡Candy! Gritaba la hermana María, tal y como lo hacía cuando su pequeña Candice corría lejos del hogar para escalar su árbol favorito.

Por su parte, Patty, Archie y Annie, llamaban a Albert, debían volver con él a la mansión de los Ardley en Lakewood.

Al escuchar los gritos de la hermana María, Candy salió de su trance, se levantó de un salto, miró a Albert de reojo que aun seguía perdido en sus pensamientos.

- Albert, se hace tarde, nos buscan, debemos regresar, dijo sincera y sonriente, como si nada hubiese pasado.

Desconcertado una vez más, aunque esta vez por el cambio de actitud de Candy, solo se limitó a responder con un escueto - si-

Ambos, sin mediar más palabras partieron al encuentro de quienes los buscaban.

La hermana María, tomó a Candy de su brazo

- Candy ¿hasta cuándo tendré que correr en tu búsqueda?, ya eres una señorita, no puedes desaparecer así como así. Le dijo como si quisiera reprenderla, pero en su corazón sabía, que eso no era más que una costumbre, era la forma en que ella podía demostrarle a Candy su preocupación y cariño. Siempre fue la más estricta y la menos afectiva de sus madres.

Candy la miró con ternura, y sin más la abrazó, la quería tanto y le encantaba la forma en que ella la cuidaba. Sabía que era su forma de ser y se lo agradecía, sin su modo estricto, ella no podría ser como es. En ese momento, la hermana María, notó algo extraño en Candy, sin embargo, y como solía suceder, no era capaz de saber qué era. Ella la había criado desde pequeña, pero su carácter más frío, le impedía poder ver más allá de lo que su pequeña reflejaba.

El semblante de Albert parecía extraño también, para Archie y Annie, eso no pasó desapercibido tampoco.

- Albert, ¿sucede algo?, preguntó Annie con la delicadeza que la destacaba.

Dubitativo, Albert respondió con un simple y suave - No-

Extrañados todos, decidieron seguir de regreso al hogar para despedirse y partir. Archie y Annie sabían que algo había sucedido pero pensaron que era mejor no preguntar, al menos no en ese lugar y momento.

Albert, caminaba con su mente perdida, solo un pequeño grito de dolor, fue capaz de devolver a Albert sus 5 sentidos. Candy distraída tropezó, hiriéndose la rodilla. Sin pensarlo dos veces, Albert la socorrió, antes que cualquiera hubiese alcanzado a acercarse. Con suavidad, la ayudó a sentarse y preguntó - ¿Estás bien pequeña?- con la yema de sus dedos tocó la rodilla de su pequeña, suavemente, temía causarle más dolor, pero lejos de ello, ese simple contacto provocó en Candy un sinfín de emociones, que no sabía cómo catalogar. Nerviosa y con su cabeza gacha, le dijo a Albert que estaba bien que no se preocupara. Sin embargo, él no podía quedarse sin hacer nada por su pequeña, el solo hecho de pensar en que ella podía sentir dolor al caminar, hizo que la tomará de inmediato entre sus brazos y la llevara a su habitación.

Ninguno de los presentes, logró darse cuenta de lo que había sucedido frente a sus ojos, todos pensaron con naturalidad que Albert, como siempre lo hizo, cuidaba de Candy, como su amiga y ahora como su tutor.

Ella incapaz de moverse, por nervios y también por vergüenza, por vergüenza a esas desconocidas sensaciones que se apoderaban de cada centímetro de su cuerpo, seguía con su cabeza gacha, ruborizada, muy ruborizada.

El bello rubor de las mejillas de Candy, no pasó desapercibido para Albert, quien sin darse cuenta, tenía a Candy aferrada a su cuerpo, a pesar de que ya habían llegado a la habitación. Los chicos, que venían detrás, lograron quitarlo del trance, nervioso también, por su acción y también por estos sentimientos que comenzaron a embargarlo, dejó suavemente a Candy en la cama. Pidió a la señorita Pony, quien había llegado a preguntar qué había sucedido, un poco de agua limpia, gasas y algún desinfectante para curar la herida.

- Al… Albert, no es necesario que lo hagas, dijo al fin Candy, aun nerviosa. – Es una herida muy pequeña y superficial, sanará sola…

Albert haciendo caso omiso, limpió suavemente la herida con tal dedicación y suavidad, como si temiera romper la piel de ella con su simple contacto. Una vez curada la herida, Albert besó la rodilla con suavidad – Listo- dijo con ternura.

Ese detalle hizo a Candy estremecer al punto, de que sus mejillas se encendieron inmediatamente y su voz se volvió tan temblorosa que apenas y pudo decir gracias…

Al ver que Albert, cuidaba de Candy, los demás presentes se habían retirado de la habitación, no tenía sentido quedarse allí, era solo una pequeña herida como tantas otras que la traviesa Candy había tenido a lo largo de su vida. Pero Annie y Archie estaban intrigados, en principio, pensaron que ellos habían discutido, sin embargo, la reacción de Albert de profunda preocupación por Candy, y el cambio en su mirada y semblante, le decían todo lo contrario.

En la habitación, Candy aun nerviosa, confundida, inmóvil, seguía en su cama sin ser capaz de mover su rostro y enfrentarlo con el del joven a quien conocía desde hace tanto y con quien había compartido el mismo espacio, durante tanto tiempo.

Parecía que el tiempo se hubiese detenido, aunque no habían transcurrido ni 10 minutos desde que llegaron a la habitación.

- ¿Estarás bien Candy? Preguntó Albert con tranquilidad.

- S… sí, respondió ella apenas y sin mover su cabeza.

Albert al notarlo, se acercó despacio y delicadamente tomó la barbilla de la joven, haciendo que esta al fin encontrara sus ojos con los de él.

Esas miradas, llenas de confusión, de cariño, de tristeza, de alegría, de tantos sentimientos mezclados y escondidos que ninguno lograba comprender. ¿Cómo es que todo había cambiado tanto? Pensaban, si hasta hace poco, ellos podían comprender todo del otro tan solo mirándose, si eran tan unidos que no necesitaban palabras para decírselo todo. ¿Dónde estaba esa naturalidad con la que se desenvolvían cuando estaban juntos?

- Albert, logró decir Candy, muchas gracias por todo, finalizó, dándole a él una tímida pero sincera sonrisa.

Verla sonreír, para Albert le era todo, le llenaba el corazón.

- No tienes de que agradecer mi pequeña Candy, no tienes de que agradecer, dijo sincero. Se acercó nuevamente a ella, provocando que Candy nuevamente se estremeciera, cosa que no pasó desapercibido esta vez para él, al verla temblorosa ante él, sin darse cuenta esbozó una sonrisa juguetona, nos veremos pronto, acotó, besando su frente con completo cariño.

Albert se retiró, se sentía confundido, pero extrañamente feliz…

- Señorita Pony, muy buenas noches y muchas gracias por este bello día que nos permitió pasar aquí, dijo él, caballerosamente al retirarse.

La Señorita Pony, si bien se había retirado de la habitación con el grupo, apenas vio a Candy con Albert, logró ver lo que por su mente pasaba, la conocía tan bien. Ella decidió quedarse en el pasillo, observando de lejos lo que ocurría en la habitación, le era tan claro como todo había cambiado entre ellos. Candy ya no era una niña, ni esa Candy adolescente que sufría por un amor pasional, era una mujercita con sentimientos profundos de amor, que ella aun no descubría del todo, pero que estaban ahí, marcándole un nuevo camino en su vida.

- Ahora es su turno de encontrar el verdadero camino a su felicidad, dijo para si, una orgullosa Señorita Pony, retirándose lentamente del pasillo, mientras dejaba a su querida Candy sumida en sus pensamientos.

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Muchas gracias a quienes se animaron a leer mi primer capítulo y sobre todo a quienes se atrevieron a dejarme un review, se los agradezco mucho.
Esperoles guste lo que sigue, y "nos vemos" muy pronto con una nueva actualización.

Dulce Ardley