Harry no se despertó hasta bien entrada la mañana. Arabella Figg subió a su cuarto expresamente para que se despertara y casi se murió de vergüenza cuando lo pilló en ropa interior. Ahora había bajado y estaba en la cocina, tomando un nutritivo desayuno que se basabas en tortitas, mantequilla y mermelada, aparte del vaso de leche. La señora Figg estaba dando de comer a los gatos (hasta le había preguntado si quería hacerlo él) y su hija estaba en el lado contrario de la mesa leyendo un diario.

La chica levantó la vista y lo miró a los ojos.

—¿Te pasa algo Harry? Pareces triste.

Harry contuvo el aliento, ¿tanto se le notaba lo decepcionado que estaba desde anoche? Intentando parecer despreocupado, le sonrió con confianza, o eso intentó.

—No, nada. ¿Por que lo dice?

—Ah Harry, no me hables de usted, ¡no soy tan vieja! —y se puso a reír. Al menos, tenía cierto sentido del humor— Harry, ¿que te parece si después damos un paseo?

A Harry esa idea le fascinó. Nunca había dado un paseo con los Dursley, ni siquiera sabía como era el barrio sino de cuando había ido al colegio muggle. Le sonrió con agradecimiento.

—Me gustaría mucho, gracias.

—Entonces quedamos así. Ya te avisaré cuando esté lista. —y siguió comiendo el desayuno y leyendo el diario.

Harry, engullido su desayuno se fue escaleras arriba hacia su habitación. Cuando abrió la puerta se cayó de culo al suelo. Un objeto volador le había rozado la cara nada más abrir y ahora revoloteaba rapidísima por toda la habitación. A Harry no le costó mucho deducir que ese era Pigwidgeon, la pequeña y nerviosa lechuza de Ron. Miró después a la ventana y vio una lechuza parecida a Hedwig, con un paquete bajo las patas.

Harry corrió hacia Pig y con un salto lo cogió en el aire y lo posó en el suelo. Traía una pequeña nota atada en la pata. A Harry no le importó nada que no le enviara un regalo, le bastaba con que se acordara de él. Abriendo la hoja, leyó la mala letra de Ron.

¡Harry!

¡Casi pasé por alto tu cumpleaños! Lo siento chico, no te enfades. ¿Sabes? Con este regalo te pagaré el dinero que gastaste para comprar el año pasado los omniculares. Creo que te gustará. ¿Sabes por donde anda Hermione? No he tenido noticias de ella en mucho tiempo. Y algo peor, ¡Lo más posible es que la hayan nombrado prefecta! Como salga igual que mi hermano Percy la habremos perdido para siempre. Cambiando de tema, ¿Como estas? Hace mucho que no te escribo. El asunto de Quien-tu-ya-sabes está empezando a ser de dominio público. ¿Aun no te ha atacado? Que suerte. Otra cosa ¿sabes que les pasa a mis hermanos? Últimamente pasan más horas en el laboratorio de lo normal. Es como si tuvieran mucho dinero que gastar en sus bromas ...no se como es eso. Bueno, amigo, mi regalo aparecerá cuando acabes de leer el mensaje, espero que aprendas a usarlo.

Ronald Weasley

Harry, bastante contento, cerró la carta, y un ruido como de abejas salió de ésta. La dejó caer y esta empezó a dar como saltos, se posó en la mesa y cambió de forma ante los asombrados ojos de Harry.

—¡Ajedrez mágico! —gritó Harry. Ron el mejor jugador de ajedrez de toda la escuela y él nunca lo había ganado. Ahora tendría la oportunidad de practicar. Las fichas del equipo contrario se podían mover solas así que no era un problema que estuviera él solo.

Cogiendo a Pigwidgeon de nuevo lo metió en la jaula de Hedwig, que lo miró con desconfianza y se mostró reticente a que comiera de su pote.

Harry se dirigió hacia la segunda lechuza. También la reconocía, era Errol, la lechuza que solía enviar Hermione. Traía un paquete de forma cuadrangular y, sabiendo como era Hermione, lo más probable fuera que ese fuese un libro. Antes de nada decidió leer la nota. Para ver si algo explicaba su falta de correspondencia. La letra de Hermione era clara y precisa, con trazos bonitos y curvos. Decía así, escrito en tinta verde.

Querido Harry:

Siento no haberte escrito durante las vacaciones sabiendo lo mal que lo debes estar pasando. Lo siento mucho. Supongo que tu y Ron debéis estar pensando donde he estado y donde en verdad estoy. Te daré un pista. Tu nunca has estado, ¡y esto es precioso! Los bosques son magníficos y la gente muy amable aunque a pesar de ser verano hace bastante frío. ¿Ya lo has adivinado?

Harry dejó de leer por unos momentos la carta. ¿Paisajes bonitos? ¿Frío? Harry tuvo una horrible sospecha, y se obligó a leer para confirmarla.

Bueno, te lo diré de todas formas. Estoy en Bulgaria con...

—Con Viktor —leyó Harry con preocupación. A él no le importaba mucho, pero Ron se tomaría eso como una traición. Siguió leyendo.

Por aquí hay muchos magos interesantes y sitios increíbles que conocer. Me gustaría que vieseis esto. Pero dejemos de hablar de mi. ¿Como estáis vosotros? Ron supongo que bien pero me preocupas tu. Ya sabes, si te sucede cualquier cosa, escribe a Hocicos o a Dumbledore. Espero que te guste mi regalo, me costó mucho conseguirlo. Espero que te llegue a tiempo, le di prisas a mi lechuza pero el viaje es muy largo.

Un beso de:

Hermione Granger

Harry dejó la carta a un lado. Ron se tomaría eso muy mal, más si ella no iba a pasar al menos un fin de semana en su casa.

Tales preocupaciones fueron desechadas al ver el regalo de su mejor amiga.

Era un libro (¿Como podía dudarlo?) Pero parecía muy bueno y el título, escritos en tinta de oro decía: "Las mil y una técnicas y jugadas del quidditch" . Ese era un regalo estupendo, ¡Y también el de Ron! En ese momento no le importó que no hubieran llegado a tiempo.

Después de una hora, en la que Harry estaba absorto en la lectura del libro de Hermione, no se dio cuenta de que llamaban a la puerta. Después de un rato llamando, Arabella entró sin permiso y se quedó mirando a Harry. Éste sin embargo seguía leyendo e intentando aprenderse las fascinantes jugadas del quidditch.

Arabella tosió, y fue entonces cuando Harry se dio cuenta de su presencia. Rápidamente escondió el libro bajo el cojín y la miró como si nada hubiese pasado. Arabella sonrió con sarcasmo.

—Ya lo he visto.

Harry tragó saliva pero ella cambió de tema.

—Venga, ya es hora de ir a dar un paseo.

—¿Un que?

Ella pareció aturdida.

—¡Un paseo! ¡Es que no me escuchabas durante el desayuno!

¡A si, el paseo! Ahora se acordó.

—Si ...si, vamos.

—Harry... —la voz de Arabella parecía curiosa—. ¿De dónde has sacado todas esas mascotas?

Naturalmente, se refería a las lechuzas. Estas estaban durmiendo, con las cabezas metidas plácidamente bajo una ala.

—Eee, es que ... —Harry no sabía que contestar, ¿Qué harías vosotros?—. Son ...estas son...

—¿Amigas de Hedwig? ¿Crees que me voy a creer eso? Si no fuera porque eres un delincuente, cualquiera diría que eres un mago.

Harry se quedó sin habla, mirándola pasmado e intentando que la culpabilidad no asomara en sus facciones. Ella, el verlo, se rió con ganas.

—¡Venga ya! Los magos no existen mas que los de trucos de manos. —en este punto nuevas risas—. Venga, levántate. Hace un maravilloso día para quedarse aquí holgazaneando. —y cogiéndolo de la mano, lo incorporó y lo sacó de la habitación. La señora Figg dormía plácidamente en el sofá con tres gatos en el regazo. Tuvo que tener cuidado en no pisar ningún felino pues el suelo estaba lleno de ellos. Al fin alcanzaron la puerta y al salir el aire fresco de la mañana le azotó en la cara.

El sol estaba casi en lo más alto de su reino, el cielo, y iluminaba todo con su luz y calor. Harry siguió a Arabella, que fue hacia la parte de atrás del jardín, seguramente para salir por la puerta trasera, pero sus intenciones fueron otras.

Cuando giró al esquina de la casa, algo grande y pesado se le echó encima y dando un grito, Harry rodó por el suelo, buscando a tientas la varita que no tenía. Miró hacia lo que le había atacado y al verlo, la boca se le quedó abierta del pasmo.

Ante sus ojos había un enorme perro de color negro que meneaba el rabo con alegría de un lado para otro. No cabía duda, era su padrino.

—Feliz cumpleaños, Harry Potter —le dijo Arabella. El perro, en un instante, pasó a ser una persona normal y corriente. El hombre, de pelo largo y negro lucía una sonrisa de oreja a oreja, aunque estuviera algo demacrado por la falta de alimentación.

—¡Sirius! ¡Digo ...Hocicos! ¡Ella no te puede ver! —le acusó Harry a su padrino. Éste rió tan fuerte como la chica. Harry no entendía nada de nada. ¿Qué hacía él allí, presentándose de esa forma tan espectacular delante de un muggle?

—¡Ay Harry! —Sirius lo abrazó y él se sintió extraño— ¿Aun no te has dado cuenta?

—¿Darme cuenta de que? —preguntó él algo ofendido.

—¡Vaya! Te has vuelto un poco ...enfadadizo. Será la edad, a los quince años yo era igual.

—¿De que no me he dado cuenta? —preguntó Harry en un tono más humilde.

—Ella es maga, Harry —dijo Hocicos como si fuera lo más normal del mundo—. Dumbledore te habló de ella el año pasado, ¿es que no te acuerdas?

—Creo que estaba demasiado aturdido después de la lucha con Vol ...con quien-tu-ya-sabes.

—Harry ...—esta vez hablaba Arabella—, si esta mañana, durante el desayuno, ¡yo estaba leyendo El Profeta!

—¿En serio? No me fijé...

—Estas perdiendo cualidades, joven mago. —rió Sirius.

—¿Por qué has venido? —le preguntó Harry, que llevaba un rato queriéndole preguntar eso. Hocicos se mostró estupefacto.

—¡Es tu cumpleaños Harry! ¿Como podías pensar que no iba a venir?

—Mi cumpleaños fue anoche —se quejó él.

—No. Tu cumpleaños empezó anoche. Dura todo un día, así que llego a tiempo. —parecía satisfecho pero durante un momento, en que le desapareció la sonrisa, le preguntó—. Oye ...no habrás tenido problemas con ...

Harry negó con la cabeza. Sirius pareció satisfecho.

—¡Entonces todo bien! Mira, me permití coger esto por ti —rebuscó en los bolsillos y le entregó una carta. Era de Hogwarts, la carta que anualmente le llegaba diciéndole que necesitaba para el año próximo. Sonrió con agradecimiento y Sirius Black le correspondió—. Vaya Harry —dijo mirándole—. Te has hecho todo un hombrecito.

—Gracias —dijo poniéndose rojo. Se guardó la carta en un bolsillo y siguió mirando a su padrino.

—Ahora demos ese paseo —dijo Arabella, poniendo su cara más encantadora.

—¿Es seguro que te vean Hocicos?

—Claro. No iremos muy lejos. Nadie de aquí me conoce, a menos que no sea muggle. Tu tranquilo. Hoy te invitaré a comer en un restaurante. Quiero que pases un buen día.

Y así fue, Harry no recordaba un día mejor desde que cogió la copa junto con Cedric Diggori. Su padrino y Arabella parecían conocerse muy bien y siempre explicaba historias de cuando eran alumnos. Incluso le contaron las travesuras que hacían con su padre y el antiguo grupo, los que hicieron el mapa del merodeador. El grupo era formado por Canuto, Colagusano, Lunático y Cornamenta y todos ellos eran animagos (menos Lunático, que era un hombre lobo llamado Remus Lupin). De todos ellos, Cornamenta era su padre pues se transformaba siempre en un gran ciervo astado.

Las anécdotas eran siempre muy simpáticas y les hacían estallar en carcajadas a todos. Después de unas horas muy divertidas, el ambiente se volvió mas serio. Hablaban casi en susurros, y se contaban las últimas noticias sobre El Oscuro.

—Si —dijo una vez Sirius—. Se ve que un colegio de Magia ha sido asaltado. El oscuro está recuperando su antigua fuerza pero no sabía que se atrevería con las escuelas de magia.

—¿Qué ha pasado con los alumnos? —preguntó Harry, preocupado.

—Algunos de ellos han desaparecido —dijo sombríamente Sirius—. Los demás serán llevados a otros colegios de magia. Puede que algunos vengan a Hogwarts pero la mayoría serán llevados a Beauxbatons.

—Al menos no parece interesado en Harry —les tranquilizó Arabella—. Puede que pase bastante tiempo antes de que vuelva a por ti.

—Para entonces ya habrá conseguido más poder que ningún otro. Harry —Sirius lo miraba muy serio—. Te aconsejo que este año no vayas a Hogsmeade.

—¡¿Qué? —exclamó incrédulo Harry, levantando tanto la voz que le gente los miró.

—Harry, sabes que no te lo prohibiría si no estuviera seguro de que algo malo pudiera pasarte. Según tengo entendido, quien-tu-ya-sabes está apunto de consolidar su control sobre los dementores, y eso no es cosa de risa.

Harry estaba dispuesto a discutir. Ir a Hogsmeade era uno de los placeres de ser mago, pero Sirius cortó todo intento de convencerle.

Arabella, al verlo triste, le pasó un brazo por las espaldas y le dedicó unas cuantas palabras de ánimo.

—Ser famoso tiene sus consecuencias. Piensa lo que te divertirás la próxima vez que vayas.

Pero Harry no atendía, se había quedado petrificado. Un dolor lacerante le atenazaba la frente. ¡La cicatriz! Empezó a dolerle tanto como el año pasado, en la resurrección de Voldemort. Sintió que estaba apunto de desmayarse, pero el dolor era demasiado fuerte incluso para eso. Se llevó las dos manos al frente y empezó a gemir débilmente. Sirius y Arabella, inmediatamente se preocuparon por él. Pagando la cuenta del restaurante lo sacaron fuera, pero seguía igual de mal.

—¡Harry! ¡Harry! —gritaba Sirius—. ¿Qué te pasa? ¿Por que te duele? —parecía muy angustiado pero Harry no se sentía con fuerzas para contestarle, lo único que sentía era ese dolor tan agudo. De repente sintió algo, como si por un instante el suelo se agitara bajo sus pies. Si Arabella no lo estuviera sosteniendo, ahora ya estaría tumbado. Intentó levantar la cabeza, y cuando lo consiguió, pudo ver en la bonita cara de la hija de la señora Figg unos rasgos de horror y de miedo.

Algo parecido a un meteorito cayó ante él, pero no era un meteorito, sino un trozo de madera en llamas. Había perdido la capacidad de escuchar lo que pasaba alrededor, solo sentía dolor. Pero no duró mucho ese sufrimiento, pues se estaba sumiendo en las tinieblas de la inconsciencia.