Espero -le oyó a Giuseppe decirle- que la cena sea de vuestro gusto, signorina Elena. He mandado comprar faisán y perdices porque teníamos una invitada.
-¿Otra vez con esas, padre?
-Damon, ya basta. Comerás lo que te sirvan y punto.
-No pienso comer absolutamente nada.
-Pues vete a tus aposentos. Ya hablaremos más tarde, chico.
Damon se levantó tan rápidamente y con tal genio que la silla se cayó al suelo y Giuseppe se levantó la puso bien y cogiendo a su hijo del brazo salió del comedor y subió las escaleras con él.
Elena se debatió entre subir y ayudar a Damon o quedarse a consolar al pequeño Stefan que tenía la cabeza agachada y no había dicho nada en todo el rato. Pero justo cuando se iba a levantar apareció una criada con las bandejas de la cena. A Elena se le revolvió el estómago mientras le servían una codorniz y una porción de faisán.
-¿Sabes? -Le dijo Stefan por primera vez- A Damon no le gusta comer carne que no sea cerdo o pollo a lo sumo. Padre se enfada mucho con él porque eso no es apropiado para el hijo de un conde. Pero Damon es muy testaduro y no hace caso a padre, por eso él le tiene que castigar. Enseguida bajarán, estoy seguro.
Elena no daba crédito a sus oídos. ¿En verdad Stefan seguía siendo tan inocente como para creer que lo que su padre hacía estaba bien? ¿O era acaso el típico síntoma de autoculpabilidad del maltratado?
-Stefan -le dijo ella cogiéndole la mano-, lo que tu padre le hace a tu hermano no está bien. Si Damon no puede comer carne, no debería pegarle por ello.
-¿Papá es malo?
-Oh, pequeño. No es que sea malo, pero necesita ayuda. Voy a hablar con él, tú cena.
Elena se levantó de la mesa y subió las escaleras. Oía los gritos de Giuseppe, los golpes y los leves quejidos de Damon desde el gran pasillo. Pero justo cuando logró llegar al cuarto del que procedían, Giuseppe abrió la puerta y salió encontrándose con Elena ahí parada.
-¿Ocurre algo -le preguntó él como si no hubiese pasado nada-, signorina?
-No, sólo que no me parece bien que le castigueis porque no le guste el faisán. A mí tampoco me gusta y mis padres no me obligan a comerlo.
-Bueno, puede que en Inglaterra sean así de permisivos con la educación de los hijos, pero Damon es mi heredero y no permitiré que sea un enclenque. Con vuestro permiso, signorina.
Elena se lo quedó mirando mientras él volvía al salón con Stefan a comerse lo que tenía en el plato sin volverse a preocupar por su hijo mayor ni por su invitada. Un quejido desde el interior del cuarto llamó su atención. Entró y lo que se encontró en ella hizo que su alma se le cayese a los pies. Damon estaba tirado en el suelo, con la camisa quitada y tenía la espalda llena por completo de sangre, por no decir de los golpes que empezaban a colorearse en su blanca piel. Sin pensárselo dos veces entró dentro y cerró la puerta tras ella.
Damon levantó la cabeza y al verla ahí dentro, se levantó y se sentó en la cama intentándose poner la camisa sin mancarse demasiado.
-No te la pongas -le dijo ella cogiéndole la muñeca para evitar que siguiese haciéndolo- o se te infectará.
Damon la miró a los ojos y otra vez pudo ver Elena que la estaba mirando con esa mirada. La misma que tenía cuando le sacó el malach. La miraba con amor y agradecimiento. Algo raro en Damon.
-No me he llegado a disculpar con mi comportamiento de antes con vos.
-No hace falta, tranquilo. Date la vuelta, te curaré eso.
Damon la obedeció sin decir ni pío y Elena se puso manos a la obra. Una vez limpia la espalda de sangre, vio que no era ran grave como había creído en un principio. Sólo tenía una herida en el homoplato derecho que era la causante de que tuviese la espalda llena de sangre.
-Aunque -le susurró él- no te lo creas, eso no me lo ha hecho él. He sido yo al caerme contra el espejo. ¿Es muy profundo?
-¿La verdad? No mucho, pero creo que quedará cicatriz.
-Merda -se quejó él. Ahora ya sabía Elena por qué y cuándo se había hecho Damon la cicatriz que tenía en el hombro. Ese desgraciado no se merecía a sus hijos.
-No te preocupes, en la zona que está no se te va a ver. Y quien te la vaya a ver no le importará que tengas una cicatriz y menos por lo que ha sido.
Damon se giró hacia ella y ladeó la cabeza. A Elena le dio un vuelco el estómago verle hacer ese gesto. Le encantaba cuando hacía eso, estaba tan guapo...
Estaba perdida por completo en sus pensamientos y no se dio cuenta de las intenciones del chico. Así que, cuando Damon se la echó encima y la besó en los labios castamente, Elena, completamente sorprendida, le cogió la cabeza y le correspondió al beso. Eso incitó a que Damon se acercase más a la rubia y que la cogiese por la cintura para estar pegado a ella.
Sin querer, perdieron el equilibrio y él cayó encima de Elena, quien enredó las manos en los cortos cabellos del joven arracándole un excitado gemido. Damon bajó sus labios por el cuello de Elena hasta llegar al escote del vestido. Estaba soltándo los finos y caros botones de perlas del vestido cuando alguien tocó a la puerta. En ese momento el chico volvió a sus cabales y, poniéndose la camisa se levantó de la cama y gue a abrir la puerta. Allí se encontró con Bianca y una bandeja de comida.
-Signorino -le dijo esta entrando en el cuarto-, Io pensato solo di portare un po 'di salmone per che ceneis. Tuo padre non sa nulla di corso (he creído justo traeros un poco de salmón para que cenéis. Vuestro padre no sabe nada, por supuesto.).
-Grazie mille. E non dire nulla circa la presenza di signorina Elena, per favore. (Muchas gracias, Bianca. Éntralo. Y no digas nada de la presencia de la señorita Elena, por favor.)
Bianca dejó la bandeja en la mesa que había delante de la ventana y se marchó haciendo una reverencia a los dos jóvenes.
-No te -tranquilizó Damon a Elena- preocupes, Bianca no dirá nada. Pero deberías irte a tus aposentos antes de que entre alguien más y te encuentre aquí.
-Y, ¿por qué no me puedo quedar aquí contigo?
-No está bien. Eres una señorita, no es de decoro que...
Elena lo cogió desprevenido cuando se puso de puntillas y le besó apasionadamente en los labios.
Damon le siguió el beso, metiéndole la lengua por entre los labios y explorando con esta el interior de su boca a lo que la chica respondió pasándole una pierna por la cintura y sobresaltando al chico que se empotró más contra ella, ante lo cual Elena pudo notar la gran excitación que Damon tenía en ese momento.
-¿Ves? -Le dijo ella a él cuando pararon para coger aire- Tú también lo deseas.
-Así no, Elena. Eres una señorita, eres la invitada de mi padre. He de respetarte. Si mi padre se llega a enterar. Si tus tíos cuando te encuentren se enteren, me matan. Y, lo siento, princesa, pero me gusta vivir- esto último se lo dijo guiñándola un ojo, pero a Elena lo que la llamó la atención fue que la hubiese llamado princesa.
-¿Cómo me has llamado?
-Princesa. ¿Por qué? Es lo que pareces con tus dorados cabellos y zafiros por ojos; una princesa inglesa -de repente se apartó un paso hacia atrás y la miró directamente a los ojos-. No lo serás, ¿no?
-No, tranquilo. Es sólo que alguien al que quise mucho me llamaba así también.
-Ah, ¿sí? Y, ¿qué fue de él?
-Murió. Pero no hablemos de él. Yo lo que quiero es estar contigo. No me comprometerás tranquilo.
-Elena Gilbert. ¿Estás diciendo que lo que quieres es ser mi novia?
Elena se lo quedó mirando fijamente a los ojos, sabía que para él no tendría el mismo significado que para ella, al fin y al cabo se llevaban quinientos años. Pero si para tenerle para ella solo debía casarse con él, que así fuese.
-Sí, Damon Salvatore, eso estoy diciendo.
-Bueno, pues en tal caso, sellaremos nuestra relación con un beso, pero como buen caballero que soy, no te tocaré hasta nuestra noche de bodas.
-No esperaba menos de ti -dijo ella antes de abalanzarse a sus labios.
Cuando Elena se despertó en la comodísima cama de la habitación que la habían dado, ya era de día y el sol quería pasar por entre los gruesos cortinones y los pájaros cantaban en algún árbol del inmenso jardín de la propiedad.
En ese momento la puerta se abrió y entró Stefan corriendo y saltando en la cama de Elena visiblemente asustado.
-¡Corre, Elena! ¡Tienes que venir!
-¿Dónde, qué pasa?
-No hay tiempo, ¡ven!
Y dicho eso se bajó de la cama y salió por la puerta. Elena se puso la bata que tenía a los pies del lecho y salió detrás del niño.
-¡Stefan, espérame!
Stefan giró la cabeza y la miró mientras bajaba las escaleras y entraba en el salón en el que hacían las comidas. Cuando ella entró vio a Damon bien vestido, iba todo de azul, y le sacudía cariñosamente el pelo a su hermano. Entonces levantó la cabeza y la miró fijamente a los ojos y antes de que ella pudiese decir nada, el chico se puso de rodillas en el suelo y con una mano alzada pero cerrada, le dijo.
-Elena Gilbert, supongo que a estas alturas, después de llevar tres meses con nosotros, si no te has marchado ya a tu país, será porque te ha quedado claro mis sentimientos hacia ti. Pero por si acaso tienes alguna duda; yo te amo, Elena y no hay palabras en el mundo que puedan describir lo mucho que te amo sin que le haga justicia al amor que siento por ti. Y me harías el hombre más feliz del mundo si me aceptases como tu esposo.
Elena se quedó mirando embobada la fina pero preciosa sortija que Damon sostenía en su mano izquierda, el muchacho tenía los ojos brillantes por la emoción del momento y el rostro ligeramente sonrosado. Cuando ella aceptó finalmente, Damon le puso la sortija en el dedo y levantándose la besó apasionadamente.
-¿Dónde -le preguntó ella cuando pararon a respirar- está tu padre?
-El muy cabezón se ha empeñado en ir a hablar con el obispo de Florencia para que nos case él.
Elena rió y escondió la cabeza en el pecho de su futuro marido.
Justo en ese momento llegó Giuseppe y se encontró con Damon y Elena abrazados y un alegre Stefan por lo que suponía que la muchacha había aceptado a su hijo.
-Buenos días, muchachos.
Damon soltó enseguida a Elena y con una mirada le interrogó a su padre por las noticias que traía del obispo.
-Sentaos, hijos. Elena, creo que será mejor que escribas a tu familia en Inglaterra para decirles que el próximo 17 de julio os casais tú y mi primogénito.
-Entonces ha aceptado.
-Al final no os casa él. Ha decidido que como tu madre tenía sangre real y yo soy el conde de Florencia, que es mejor que te case el Papa.
-¿El Papa? Pero...
-Sí, hijo mío. El Papa os casará ese día.
-Y, ¿cómo es que tenemos fecha tan pronto? El Papa es un hombre muy ocupado.
-Estaba en la casa del obispo y ha sido él mismo el que ha elegido la fecha.
-Muchas gracias, padre. Es todo un honor que el representante de Dios en la tierra nos vaya a desposar, cariño. Tendrás que decírselo a tu familia en la carta que les envíes.
Elena se quedó sin saber qué decir. No había pensado en eso. Damon sabía que ella era huérfana, la historia que había contado es que sus padres habían muerto siendo ella muy pequeña y que desde entonces se habían preocupado de ella sus tíos. Pero, ¿ahora qué iba a hacer?
-Sí, esta misma tarde les escribiré para contárselo.
Damon la sonrió y le dio un casto beso en los labios antes de acercarla a la mesa y ayudarla a sentarse en la silla para desayunar los dos juntos. Ninguno de los dos se dio cuenta que tanto Giuseppe como Stefan se marchaban del salón para dejarlos solos.
Y hasta aquí el segundo capítulo. Espero que os haya gustado!
Besos dsd STZ!
