Disclaimer: Ni South Park ni sus personajes son míos, pertenecen a Trey Parker y Matt Stone. Yo sólo los utilizo con el fin de entretener.

Capítulo 2. Un dólar por el judío.

Estaba listo. Él, Eric Cartman, estaba listo. Había creado el mejor plan de todo el mundo, infalible, sin fisuras, tanto que todos los demás quedaban como simples trabajos de aspirantes, de niños pequeños que realmente no saben lo que hacen. El perfecto plan para desenmascarar a Kyle Broflovski, para mostrar ante todos sus verdaderos colores, su verdadera naturaleza, una de la que juraba haber sido testigo, algo inusual que le ocurría a su amigo pelirrojo que no era precisamente algo completamente malo, pero sí algo de lo que podría sacar provecho, sin duda.

Pero estaba harto, le fastidiaba que nadie se diera cuenta, que ante los ojos de todos sus amigos Kyle siguiera siendo el chico que no cometía ningún error, que era correcto en todas sus decisiones, aun cuando él podía apostar su brazo izquierdo a que los ojos verdes del judío presagiaban perversidades cada vez que hablaba. Por eso actuaría como buen héroe sin capa, como el mesías enviado a libertar a los cautivos de las ataduras judías de Broflovski.

— Chicos ¿No creen que Kyle está raro? – Preguntó al cabo de un rato en el que sólo se escuchaban gruñidos y botones siendo aplastados en su habitación. Realmente Cartman no había dormido casi nada, pensando en el modo perfecto de llevar su plan al campo de la realidad, así que había invitado a sus queridos amigos a pasar la tarde del sábado comiendo frituras en su habitación y jugando videojuegos.

— ¿Qué? – El pelirrojo frunció el ceño y le observó sólo cuando estuvo seguro de que no perdería la partida.

— ¿Sigues con eso? – Murmuró Stan metiendo la mano en la bolsa de papas fritas que estaba a su lado. Kenny ni se inmutó, siguió jugando como si se le fuera la vida en ello.

— ¿Seguir? – Kyle frunció todavía más el ceño, demostrando que era posible hacerlo más allá de lo que Cartman hubiera creído antes posible.

— Sí, el culo gordo se la pasó toda la semana preguntándome eso.

— Pero eres un jodido caso perdido, Stan – Replicó el castaño, llevando un puñado de palomitas de maíz a la boca, el suelo de su habitación parecía un río de chucherías desde donde Kenny se encontraba hasta su cama.

— Pues lamento no dar con la respuesta correcta.

— ¿Qué quieres decir con que estoy raro, culón? – Bufó Kyle y un segundo después se movió de forma errática, presionando los botones del mando con demasiada fuerza – ¡No te mueras, Stan!

— ¡Entonces cúrame!

— Sabes a lo que me refiero, Kyle, deberías saberlo mejor que nadie – Tomó una galleta con chispas de chocolate de un recipiente bastante grande y se la llevó a la boca para partirla por la mitad – Toda la semana estuviste muy raro, un raro diferente a lo que sueles estar siempre.

— Me estás jodiendo.

— ¡No te estoy jodiendo!

— Le estás jodiendo, culón – Defendió Marsh, observando al castaño por primera vez desde que comenzó su partida.

— ¿Podemos ir al grano? – Exigió Kyle – Si vas a decir otra de tus tonterías, no pierdas más tiempo.

— Que no te estoy jodiendo, maldita sea – Le apuntó con la mitad de la galleta que aún sostenía – Ustedes creen que quiero burlarme, pero sólo estoy remarcando un hecho verídico. Además, me refiero a un raro que es bueno, idiotas.

— Debiste haber empezado por ahí – Masculló Stan. El pelirrojo giró su cabeza con potencia para ver al pelinegro con una genuina expresión indignada.

— ¿Entonces sí me pasa algo? – Atónito, dirigió su mirada a todos los que estaban presentes.

— ¡Kyle! – Gritó pelinegro, asustando a todos, incluso a él mismo – Mataron a Kenny, revívelo.

— Hijos de puta – Murmuró el judío. En el otro extremo de la habitación, Kenny se removió molesto, dedicándole una mirada casi mortal a sus amigos.

— ¿Para qué carajos le haces caso al culo gordo? – La voz amortiguada de Kenny hizo resoplar a Kyle. Cartman pudo escuchar otro de sus cuchicheos, de esos que siempre hacía cuando estaba realmente fastidiado. Obviamente les había echado a perder la partida, como casi siempre hacía cuando se turnaban los mandos y el castaño se quedaba sin participar una ronda, algunas cosas nunca cambiaban.

— ¿No has notado su voz más fina, Stan? – Cartman se acercó un poco más al grupo, pero ignorando al pelirrojo que estaba justo a su lado.

— Ah, eso, me lo imaginaba – Stan asintió lentamente con la cabeza – También lo he notado.

— ¿Y? – Insistió Cartman.

— Que eso le pasa a todo el mundo, culón – Bufó, dejando el mando en el suelo donde permanecían sentados. La partida había terminado con todos muertos – Incluso a mí me pasó y me quedó esta voz, pero a Wendy le gusta, así que me da igual.

— A mí también me gusta – Afirmó Kyle. Cartman le observó ofuscado.

— ¿Y qué me dices de eso? – El castaño frunció el ceño, dirigiéndose a Marsh nuevamente.

— ¿El qué? – Las voces de los súper mejores amigos se superpusieron, provocando en Cartman el parpadear aturdido.

— Eso que acabas de hacer, Kyle – Dijo despacio – Te lo advertí, Stan. Hace tres días te dije que este maldito judío te adula demasiado.

— Me gusta su voz ¿Qué esperas que haga, Cartman, negarlo? – Se cruzó de brazos.

— Uh ¿No decir nada? ¿Qué más da si te gusta, Kyle? No decir nada te sacaría de problemas – Buscó a tientas una bolsa de frituras abierta y vació su contenido directamente en la boca – Lo mismo pasó cuando estuvimos en Taller la semana pasada, cuando terminaste rápido la figura y Kyle te halagó tanto que le hiciste su tarea ¿Qué mosca te picó?

— No me hizo la tarea, imbécil.

— No le hice la tarea – Aseguró Stan, al tiempo en que Kenny asentía vigorosamente – Le enseñé la forma más rápida de hacerla.

— ¡Pero a mí no me dijiste nada, cabrón!

— ¡Porque no me preguntaste, gordo! Kyle sí lo hizo y salió a tiempo de clase.

— ¡Pero es que eso no es todo, puto hippie!

— Ya – Gimoteó Kyle, en voz baja – Di qué más te molesta de mí.

— Cuando Kenny te pidió dinero prestado, se lo diste como si no te importara ¡Ni siquiera lo interrogaste! Ayer estabas hablando con el imbécil de Craig y ahora viniste con Stan porque estabas en su casa cuando los llamé, además de que te sientas con él todo el tiempo ¿No te aburres de estar con el judío, Stan? Seguro que no te deja respirar ni un momento ¿Es que no ves los problemas que te traerá si sigue pegado a ti como mugre?

— ¡Ya cállate, Cartman! – Gritó el pelirrojo. Stan frunció el ceño.

— Hubo otra vez – El castaño entornó los ojos, sin tomar en cuenta las quejas de su amigo, como si no fueran para él – Te dejaron afuera porque llegabas 20 minutos tarde, pero no te castigaron como lo harían conmigo o con los demás, no, le sonreíste al joputa de Mackey y te dejó entrar. No tiene sentido ¿verdad? Y la lista es larga ¿a que no te lo esperabas, Stan? Que el judío es más perverso de lo que aparenta.

— Yo no aparento nada, eres imbécil – Kyle se encogió de hombros, abrazándose a sí mismo, buscando alejarse del castaño para encontrar la cercanía del cuerpo de Marsh.

— ¿Y?

La voz de Stan nunca se le había antojado tan repulsiva. Apostaba lo que fuera a que la media sonrisa que le ofreció al pelirrojo iba con dobles intenciones, la de burlarse de él y la de consolar a su jodidamente dramático "súper mejor amigo".

— Todo el mundo cambia, Cartman – Reconfortó el pelinegro – ¿O te pensabas que todos seguiríamos siendo los mismos? Con el paso del tiempo seremos incluso más diferentes y no hay por qué avergonzarse. Además, estoy bien con el Kyle que es perverso.

— Stan – La sonrisa del aludido se amplió.

— Estás bien con cualquier Kyle – Bufó el castaño.

— No – Dijo Marsh, poniendo la mano sobre la cabeza del pelirrojo para acariciarle con una fuerza gentil y este rio – Sólo con este.

— ¡Ah, ya cállate, hippie! ¡Qué asco!

— No, amigo, el raro eres tú, sin duda – Puso en blanco los ojos – De todos modos, ¿qué ha sido toda esta conversación? Sólo quieres molestar más a Kyle.

— Hablemos de negocios, entonces, chicos – Siseó Cartman, frotando sus manos como un auténtico villano de película.

— Dime si tiene algo que ver con dinero, si tenemos que vender algo, me apunto – Masculló Kenny – Pero si tengo que hacer algo estúpido de nuevo, esta vez paso.

— Joder, Kenny – Repuso Eric, atizando un puñetazo en el piso – ¿Dónde quedó tu espíritu aventurero, carajo?

— La última vez, en el culo de un guardia del zoológico – Ironizó, sus amigos asintieron dándole la razón.

— Entonces me ayudarás, porque no tienes que hacer nada asqueroso ahora.

— Sí, joder, habla – Soltó emocionado, deslizándose entre la comida chatarra para acercarse más al dueño de aquella idea.

— ¿Recuerdan la fiesta del año pasado? Esa en la que invitamos a todos y mi mamá contrató el maldito bufet más delicioso de todo Colorado.

— ¿Vas a hacer otra fiesta? – La voz de Kyle resonó con fuerza en su pecho, en el momento en que se inclinó hacia él observándole con ojos cargados de ilusión.

— Esa es la idea.

— Pero ¿cómo? – Stan acarició su barbilla – Tú madre no querrá pagar tanto dinero otra vez y ni siquiera podemos poner de excusa tu cumpleaños.

— Exacto, Stan. Pero aquí es donde entra el judío – Decretó.

— ¿Yo? – Casi se atraganta el pelirrojo. Boquiabierto por lo que acaba de escuchar.

— Sí, vamos a venderte en una subasta.

Al fin lo había dicho. Su maravilloso plan de horas de trabajo intenso, sin dormir ni un mísero segundo, analizando cada detalle, por mínimo que fuera, poniendo especial cuidado en tener una respuesta adecuada para cualquier negación de Broflovski, con el propósito de que no tuviera más opción que acceder. Su plan había dejado a todos conmocionados, sin habla, justo como quería.

— ¿Huh? – Kyle fue el primero en emitir señales de vida.

— ¿Estás sordo? – Acusó, Broflovski frunció el ceño.

— No vas a venderme a nadie – Impuso.

— Mira, piénsalo. Si hacemos una subasta todos querrán participar al menos por las risas, no es algo que ocurra a menudo. Además, había pensado en vender una tarde de sábado completa contigo, no a ti. Estoy seguro que más de alguno querrá tener una aventura con un judío.

— ¿Por qué? – Parpadeó el pelirrojo.

— La gente tiene fetiches – Explicó, uniendo los dedos de sus manos justo en las puntas – Y precisamente eso es algo que también ha cambiado en ti, que todos quieren estar contigo. No me mires así, Kyle, ayer Craig se sentó en las piernas de Tweek porque quería seguir a tu lado.

— ¿Estás loco? – Kyle sacudió sus rizos, apartándolos hábilmente de sus párpados.

— Estoy hablando completamente enserio, Kyle. Lo he calculado y lo mejor es que empecemos subastándote por un dólar.

— ¡Kyle no vale un dólar, gordo! — Se quejó Stan – Si vamos a hacerlo, mínimo empieza con veinte o no llegaremos a lo que vale el bufet.

— ¿Qué más da que tu judío no valga eso, imbécil? El precio es lo de menos, lo importante es el nivel de beneficio al venderlo. Veinte no te va a dar nadie de buenas a primeras, ni aunque vendas su foto desnudo.

— ¿Tratas de decir que la gente podrá comprarme a cambio de cualquier cosa? – Resolvió Kyle, encogiendo sus piernas hasta que sus rodillas tocaron su pecho.

— No a cambio de cualquier cosa, Kyle, a cambio del bufet.

— Suena plausible – Consideró el pelinegro, seguido de algo parecido a un sonido animado de Kenny.

— ¡Stan! – Kyle encajó su codo casi amistosamente en las costillas de Marsh.

— Vamos, sabes lo que digo – Le dijo, tratando con un poco de éxito quitarse el dolor de la zona afectada – Cartman tiene razón. Si te vendemos a un menor precio al principio, será accesible para la mayor cantidad de personas posibles, y si llegados a un punto, todo marcha bien, podemos hacerlo a cambio del contrato del bufet. Seguro que Bebé comprará esa tarde contigo por cualquier cantidad de dinero, tú le gustas.

— No me parece una buena idea, chicos – Bajó la mirada, poco convencido.

— Vamos, Kyle – Dijo el castaño – Sé que quieres ese bufet. Sé que no puedes negarte. Acepta que es un buen plan.

Y el pelirrojo extendió un largo silencio, durante los segundos en los que no dijeron nada, solo el sonido de la pantalla en pausa del videojuego retumbó en la habitación. Ya había tocado un punto sensible de Broflovski, tan fácil y rápido que le pareció inaudito, su "súper mejor amigo" también estaba de acuerdo. Y se relamió los labios, emocionado por el inminente instante en el que el judío formaría parte de su plan.

— Bien, lo haré – Dijo, recibiendo algunos gritos de celebración – Espero que sepas lo que haces, culón, porque yo todavía no sé cómo convencerás a todos de que salir conmigo es algo bueno, lo suficiente como para pagarnos el bufet.

— Déjamelo a mí, Kyle, déjamelo a mí.

Capítulo 3. El de sombrero verde es mío.