Sebastián verificó nuevamente el domicilio en su agenda antes de llamar a la puerta. Al cabo de unos segundos, una mujer de aspecto joven y cabello oscuro abrió. Observó a Stan con una ceja en forma de pregunta. -Buenas noches. -Dijo éste mostrando su placa. -Me han informado que reportó el día de ayer la desaparición de un hombre.

Los ojos de la chica se entrecerraron y asintió, dejando pasar a Sebastián hasta la sala, donde se sentaron uno frente a otro. La mujer se inclinó levemente hacia adelante. -¿Han encontrado a Chris?

Stan se mordió el labio interno y maldijo a Berdin por lo bajo, su incompetencia había atrasado la investigación un día entero. -Hemos recopilado información, pero nada especialmente importante. Por eso estoy aquí, me gustaría hacerle algunas preguntas.

-Por supuesto. -La mujer se acomodó en el sillón.

-¿El Sr. Hemsworth tenía algún pasatiempo fuera de la ciudad?, ¿Pesca, golf, caza?

-No que yo supiera. Realmente dudo que haya decidido tomar vacaciones sin avisar.

-Es necesario tomar todas las posibilidades en cuenta. -Dijo Sebastián mientras su mente procesaba la siguiente pregunta. -¿Notó nerviosismo o dijo algo inusual cuando se despidió de usted el día anterior a su desaparición?

-No, todo fue completamente normal.

Stan apuntaba en su libreta las palabras clave de la entrevista y algunas preguntas más tarde, cayó en la cuenta de que no iba a conseguir nada productivo de aquello. Al parecer, el hombre se había esfumado.

Volvió a la patrulla con la sensación de haber perdido el tiempo, pero con algunos datos posiblemente útiles en la libreta: La dirección Chris, el color de la camisa que usaba el día que desapareció, el nombre de algunos de sus amigos fuera del trabajo y una incómoda sensación en la garganta debido al aire acondicionado de la mujer, que, en otoño, ella encendía como si fuera verano. No quería imaginarse la cantidad de electricidad que debía pagar por mantener aquel artefacto encendido todas las estaciones del año.

Condujo hasta el domicilio de Chris indicado por su compañera de trabajo. Maldiciendo por lo bajo a todas aquellas personas que insistían en tomar el angosto camino antes de la zona residencial en sentido contrario aun cuando el retorno se encontraba a pocos metros de allí. Una vez librado aquel tramo, divisó la vivienda de su víctima, pequeña; considerando que se trataba de un físico teórico, pero comprensible una vez que se sabía que vivía solo. De fachadas azul celeste y marcos blancos que lucían de no más de algunos años de antigüedad.

Aparcó por el frente, y, tal como había dicho la mujer, su auto estaba allí, impaciente por alguien que no llegaba. Inspeccionó el lugar procurando no arruinar nada. Los árboles y macetas con flores que embellecían el jardín frontal, extrañamente, se encontraban bastante frescas como para pensar que llevaban allí casi cinco días sin agua ni atención. Tomó nota mental de ello sin hacer conclusiones.

Se asomó al interior de la casa por la rendija en la ventana que dejaban ver las cortinas entreabiertas. Había una taza de café a medio tomar sobre la mesa de la sala, alguien o algo había interrumpido aquella acción y Stan teorizó que, quizás, el secuestro había sido allí mismo, un lugar de donde Chris había salido en algún momento para no volver. El secuestrador probablemente hubiera llamado a la puerta, o quizás lo había asechado por horas hasta que lo viese salir a comprar el periódico de la mañana. Cualquier cosa era evidencia y aquella taza, probablemente había sido testigo de los acontecimientos ocurridos.

Examinó la puerta y su marco. No presentaban muestras de haber sido forzadas ni señales de que Chris se hubiera resistido ante alguien. Según sabía, el hombre era imponente, lo suficiente para amedrentar a cualquiera. Si había sido obligado a salir de su casa, no había sido hecho por una sola persona. Rodeó lentamente la vivienda, atento a cualquier indicio de actividad reciente, y para cuando llegó al patio trasero, se había percatado de dos sucesos: La tierra donde se alzaban las plantas florales estaba húmeda, alguien se había encargado de regarlas recientemente, y, apenas visible en realidad, pero lo suficiente como para llamar la atención; el césped de la parte posterior de la casa estaba lo idóneamente aplastado como para pensar que un automóvil se había estacionado allí mismo.

Recreó en la mente los espacios por donde habían podido pasar los neumáticos basándose en los espacios de pasto que presentaban el leve daño que causa el paso de un solo auto y lo vio: El auto había entrado y salido por la calle trasera de la casa, la calle por la que él mismo había pasado tantas veces para llegar hasta su propia casa. Quizás incluso se había topado con el secuestrador aquel día, quizás le había cedido el paso, quizás si aquel hombre hubiera cometido alguna infracción de tránsito él lo habría detenido y ahora no estaría martirizándose con todo aquello...

Dejó escapar las ideas que comenzaban a acumularse en su cabeza, tomó algunas fotografías y regresó a la patrulla con la tarea impuesta de conseguir una orden de allanamiento y llevar criminólogos a la escena.

...

Chris se había encargado toda la tarde de revisar los estantes de la bodega, para su suerte, la cadena instalada en su cuello le permitía moverse por todo el lugar. Estaba anclada a una columna metálica cerca de la puerta, que, en vano, intentó abrir con todas las ideas que tuvo en mente, pero que, después de todo, en una bodega de artículos deportivos no se disponía de equipo apto para ayudarse con la tarea. Escaló también los estantes con la esperanza de que las ventanas dieran hacia la calle y pudiera llamar la atención de algún caminante, pero pronto descubrió que éstas apuntaban a una cancha de tenis privada que él mismo dudaba que se hubiera usada en algunos años.

Se sentó agotado en el suelo, palpando con los dedos la cadena que se instalaba alrededor de su cuello y el candado que la ajustaba a éste. No se trataba de un candado barato, sino de uno de buena seguridad que no sería capaz de romper con nada a su alcance.

Finalmente, cuando se encontró sin nada que hacer, la desesperación comenzó a abrumarle ante la extraña sensación de encontrarse encadenado como un animal y la claustrofobia que presentaba el saberse encerrado entre 4 paredes. Intentó calmarse, recordar lo sucedido aquella noche, pero su mente simplemente había decidido archivarlo.

...

Sebastián había conseguido la orden de allanamiento y los forenses para la mañana siguiente, por lo que, un poco más tranquilo, se estacionó frente a su propia morada, esa morada pequeña que había comprado exclusivamente por la agradable vista al río. En el camino había detenido el auto para comprar una langosta para la cena. A su esposo le agradaban los mariscos, y siempre era un buen desahogo el verle sonreír mientras cenaban frente a la chimenea.

Cuando entró a la casa, la voz de Bruce Springsteen inundó sus oídos, y sus ojos, los llenó la figura esbelta y sonriente de su esposo con una toalla a la cintura, aunado al largo y negro cabello húmedo que exhibía después de una ducha.

-Thomas. -Dijo Sebastián sin evitar sonreír ante ello.

-Seb. -Respondió Tom elevando la comisura izquierda de sus labios sin dejar de secarse el cabello.

Sebastián se acercó hasta él y le besó con la intención de deshacer todo el estrés del trabajo con ello, el contrario respondió pasando sus brazos alrededor del cuello de su esposo y acercándolo más a él. Se separaron momentos después y sonrieron con la respiración agitada. Sebastián comenzó a recorrer lentamente la espalda desnuda de su pareja, éste lo detuvo tomando sus brazos.

-Deberíamos cenar primero.

Stan gruñó bajo, pero finalmente accedió, y para cuando ambos comenzaron a degustar el crustáceo, el trabajo de Stan salió a flote en la conversación.

-¿Qué tal tu día? -Preguntó Tom mientras ensartaba con el tenedor el relleno carnoso del marisco.

-Cansado. Hay un caso de secuestro en la zona 3, al parecer el hombre lleva ya varios días desaparecido. -Contestó como quien realmente no desea hablar del tema. Thomas se llevó el bocado a los labios sin expresar nada, sin sacar a relucir una sola expresión en su rostro, como quien comprende lo fatigador que puede resultar hablar de ciertos tópicos.

-¿Cómo va tu libro? -Preguntó Sebastián cambiando el fondo de la conversación.

-Ocupa en tercer lugar en ventas a nivel nacional, dudo que consiga más de eso. Algunas editoriales me han ofrecido la traducción al alemán y al inglés. Hoy precisamente estuve acordando citas con una de ellas.

-El tercer lugar es excelente, y el hecho de que las editoriales hayan ofrecido una traducción es magnífico.

-Supongo que debería ser así. -Respondió Thomas con la mente en otro lugar.

Sebastián observó a su esposo fascinado. Poseía una belleza poco común, y un aire melancólico e intelectual siempre estaba instalado en su aura. Sus ondulados cabellos negros le hacían lucir aún más pálido de lo que era y su esbelta figura completaba la escena en un tipo de guitarrista de Rock N' Roll que no es consciente de la belleza de la que es poseedor. Pero aquello que más hipnotizaba, eran sus ojos, como par de esmeraldas bajo un mar cerúleo que el sol se empeñaba en tocar, produciendo toques dorados por toda la retina. Sebastián se perdía en ellos apenas tenía la oportunidad de hacerlo, ignorando todo a su alrededor, ignorando la necesidad de respirar, ignorando la vida por un instante.

Thomas volteó a verle y entrecerró aquellos ojos.

Sebastián se levantó de su asiento por instinto, caminó hacia él y comenzó a acariciarle el cabello mientras besaba su quijada, despacio, con la dulzura de un niño al palpar algo muy frágil. Sintió las manos de Tom rodearle la espalda, y para cuando sus atenciones respondieron en el cuerpo contrario con un gemido, su mente olvidó el caso de Chris, nada además de ellos dos existió a partir de ese momento.