Disclaimer: Acá es donde yo digo que nada de lo que puedas reconocer es mío ;)

Héroes por Fantasmas

Volver a casa.

(Neville/Hannah.)

Estar con ella era semejante a levantarse por la mañana y oler el café preparándose en la cocina, algo semejante a no tener ganas de levantarse pero querer hacerlo (como una contradicción, pero con lógica, una lógica retorcida de esas que se entienden en un momento de luz, en un momento de eternidad, de verdad absoluta del mundo, y que después, semejante a un apagón, se desvanece súbitamente. Dicho de otra manera: entender y desentender, por no decir una palabrota).

Si no se levantara esa mañana (puede pasar) no habría problema: ella se apiadaría de su alma de docente cansado, feliz y radiante de tenerlo en casa de nuevo. Seguro que le llevaría el desayuno a la cama, en una de esas bandejitas blancas y verdes que compró hace algún tiempo y de las que está tan contenta (tan, de hecho, que redactó una carta de diez centímetros de pergamino describiéndolas). Con leche el café y con manteca las tostadas.

Entre abre los ojos y (re)descubre su baúl abierto en el medio de la habitación. Está allí gracias a un infortunio gracioso.
Vale, de gracioso no tiene nada, como la mayoría de esas cosas que tanta gracia nos causan.
Llegó a casa, baúl en mano, se quitó la túnica de viaje, la arrojó por allí sin ningún miramiento (acabó –se dio cuenta más tarde– sobre el respaldar de una de las sillas) y llegó a la habitación con ganas de darse un buen baño. Abrió el baúl, empecinado en buscar un par de calcetines limpios y una muda de ropa, y no va que Hannah le salta por atrás como si todavía estuvieran en su luna de miel (o como si todavía tuvieran dieciocho años), y lo llena de besos y se ríe a su oído y al infierno el baúl, al infierno los calcetines y al infierno la jodida muda de ropa, con perdón de la expresión (y de la muda, sobre todo).

Los doseles azules de la cama lo hacen sentir en casa de nuevo, darse cuenta de lo mucho que extrañaba ese olorcillo dulzón a polvo y a café que tiene la casa. Olor de verano, de risas y cuentas sin pagar. Olor a cotidiano, a hogar.

Puede oírla subiendo las escaleras. Se ríe vaya a saber uno de qué gracia.

– ¡Ya te despertaste! –le dice ella, como reprochándole el haberle hecho subir con la bandeja. Viene bastante suelta de ropa, total, túnicas y pantalones para qué, pero eso sí, lleva el cabello trenzado como si hubiera pasado horas armándose y desarmándose esa trenza cocida para que quedara perfecta.
Neville sabe que no le ha llevado más de cinco minutos, porque la práctica es la que acerca a las personas (a Hannah) a la perfección, y ella parece haber practicado muchísimo desde que empezó el ciclo lectivo en Hogwarts.

Él la mira con aires ausentes y asiente. Sonríe, así, disculpándose, como en todo. Sacude la cabeza, acerca la bandeja mientras ella se tumba a su lado mirando el techo y él le pregunta si debería afeitarse la barba que ya le ha empezado a crecer de nuevo.

–No, déjatela así. Me gusta. –responde ella.

Él asiente y ella lo mira atentamente cuando clasifica las tostadas. ¡Encima se anda con pretensiones, el sinvergüenza!
Lejos de estar molesta, sonríe y juega con la punta de su cabello.

–Un día de estos podríamos irnos de vacaciones –comenta Hannah con aire soñador y desganado. –Dejarle El Caldero Chorreante a alguien, porque te juro que estoy cansada de este lugar, es horrible. Ya no quiero oír hablar del Callejón Diagon nunca más. Mi prima Cissy me habló la otra vez de Río de Janeiro y dijo…

–No sabía que tuvieras una prima Cissy –comenta él. Sonríe con esa ternura en la que ella ya no repara más.
Hannah siente que ya no puede estar un día más en El Caldero Chorreante y Neville siente que lo ama, con sus defectos y virtudes, con lo feo de sus suelos pero lo acogedor de sus paredes, con las historias que cuenta y las que calla, con esa chimenea que a veces prende de buena gana con solo un movimiento de la muñeca y un toquecito de la varita, y otras veces es una guerra de las peores.

–Oh, sí. Una muy, muy, pero muy lejana prima Cissy. –responde ella, recorriéndole el cabello con los dedos. –Te has dejado el cabello largo.

–No está largo –refuta él.

–Bueno, todavía no, es verdad –acepta Hannah, sentándose en la cama. –Creo que en serio nos hacen falta vacaciones.

–Yo ya estoy de vacaciones –sonríe él, nada más que para hacerla enojar, para que se cruce de brazos y le golpee el pecho sin fuerza pero con ese toquecito de mejor no te digo lo que pienso al respecto. –No sabes lo que extrañaba la casa.

– ¿La casa? –inquiere ella. Se le mueve la trenza al hablar, y se esfuerza para que no se le note el reproche en la voz. Arquea una ceja, se cruza de brazos y lo mira expectante.

–Oh, sí –sonríe Neville –la casa, ya sabes. Caminar descalzo por el piso, que no haya niños traviesos corriendo por todos lados, levantarme y dormirme a cualquier hora, que me preparen el desayuno y me lo traigan a la cama.

– ¡Claro! –protestó ella, robándole una tostada y tomándole el café.

–Ouch. Y yo que iba a decir que lo mejor de mi casa eras tú.

Ella se echa a reír sin reparo, le quita la bandeja del regazo (bandeja que va a parar al suelo de manera poco ortodoxa) y se acomoda bien entre sus brazos.

–Oh, sí, nada mejor que volver a casa.

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