2: Zapatos, ascensores, autobuses
"- ¡ Buena suerte!- exclamó con una sonrisa sincera antes de que las puertas del ascensor se cerraran- ¡ Qué afortunada eres de tener un trabajo tan magnífico!
Antes de que la chica pudiera decirlo, me descubrí acabando mentalmente la frase por ella. Miilones de chicas darían un ojo de la cara por él."
Lauren Weisberger "El diablo viste de Prada"
Ginny no lograba encontrar su zapato izquierdo. Había buscado por toda la oficina, debajo de cada mesa, tras cada puerta, e incluso dentro de las papeleras. Pero aquel estúpido zapato parecía haberse desvanecido en la nada.
La chica rogó al cielo que su jefa no apareciese en es momento porque a) la despediría sin dudar al verla corretear descalza por lo que aquella bruja ególatra consideraba su feudo personal y b) porque si no la despedía por ir descalza, lo haría cuando Ginny reaccionase a la inevitable bronca de la Directora soltando sapos y culebras por la boca. Cosa que haría, sin duda, porque estaba de muy, pero que muy mal humor.
Además, su jefa era la culpable de todo aquel lío. Hasta hacía un par de meses, Ginny había ido a trabajar calzada con sus cómodas y agradables botas planas. Desgraciadamente, un buen día, aquella mujer fugada del mismísimo infierno tuvo la amabilidad de humillarla delante de todos sus compañeros por atreverse a ir a la redacción de "Witchic", icono del glamour y el buen gusto en el mundo mágico, con algo tan poco atractivo, infantil y fuera de lugar como unos zapatos sin tacón. Cuando Ginny le contó a Draco el incidente, el chico le regaló una docena de carísimos zapatos tan preciosos como insufribles. No es que la pelirroja no agradeciese el gesto, sobre todo teniendo en cuenta que Malfoy había invertido en aquel regalo dinero suficiente como para alimentar a una familia durante un año entero; pero, sencillamente, se sentía incapaz de soportar semejante tormento durante más de media hora ¿cómo alguien podía pretender que trabajase cuando solo podía pensar en arrancarse a mordiscos los dolorosos muñones en que se habían convertido sus pies?. Por eso solía descalzarse nada más llegar a la oficina. Y por eso ahora se encontraba en una situación tan ridícula.
Llevaba cerca de veinte minutos maldiciendo a la Directora de "Witchic", a Draco Malfoy y a Manolo Blahnik (por diseñar aquellos instrumentos de tortura) cuando el zapato en cuestión apareció bajo un montón de paquetes de comida china vacíos, envolturas de chocolatina y lo que parecían los restos fósiles de un bocadillo de queso, que permanecían ocultos tras un archivador. Ginny suspiró aliviada, pero a punto estuvo de sufrir una crisis cardíaca cuando una voz a su espalda dijo, en tono cortante:
- Weasley ¿te importaría decirme que haces ahí, de rodillas, rodeada de basura y con un solo zapato?
La aludida se volvió lentamente, esbozó una sonrisita de disculpa y, tras calzarse, se puso en pie con toda la dignidad que pudo reunir teniendo en cuenta sus circunstancias.
Frente a ella se hallaba la personificación del mal, la crueldad encarnada, un cruce entre Atila Rey de los Hunos y Audrey Hepburn, en una palabra: su jefa. Odiada y admirada a partes iguales por sus subordinados, aquella mujer era una de las pocas personas que podía convertir la vida de Ginny en un infierno. Y no solo por su perfeccionismo despótico e irracional. La Directora de "Witchic" era, ni más ni menos, que Cho Chang, a quien la joven Weasley había odiado desde que tenía uso de razón. Las relaciones entre ambas habían sido más que hostiles desde que Ginny empezó a salir con Harry en Hogwarts, algo que Cho había interpretado como una afrenta personal. Desde luego, Cho Chang no era precisamente la jefa de sus sueños.
Teniendo en cuenta que ambas se detestaban cordialmente, era algo bastante natural que entre ambas se librase una guerra insidiosa y feroz a base de comentarios aparentemente inocentes pero cargados de mordacidad e ironía. Puede que, por su inteligencia, Ginny tuviese todas las de ganar en ese terreno, pero Cho no desaprovechaba ninguna de las oportunidades que le brindaba su puesto. Tal vez por eso aún no había despedido a Ginny: mortificarla a diario como sólo su jefa podía hacerlo era la particular venganza de esa mujer despiadada,
Una vez que la pelirroja estuvo de pie, Cho le dedicó una mirada de infinito desdén.
- Todavía no sé que es lo que Malfoy ha visto en ti- comentó, en tono en frío y altivo.
Como en toda discusión, Chang tenía que sacar a relucir aquel tema tarde o temprano. Era evidente que el hecho de que Ginny saliese con Malfoy no había mejorado precisamente las relaciones con su jefa. Cho Chang consideraba poco menos que un insulto que Draco Malfoy la hubiese dejado por la pelirroja, y no perdía ni una ocasión de dejarlo bien claro.
La joven Weasley se limitó a enarcar una ceja y contestó:
- No estoy segura, pero creo que tiene algo que ver con que, en mi caso, mi bolso de Prada no es más inteligente que yo.
- Que humor tan sutil, Weasley. Lástima que tanto ingenio no sirva para nada a la hora de conseguir que tu maravilloso novio te sea fiel- replicó Cho, con una maliciosa sonrisa de triunfo.
Ginny trató de encajar lo mejor que pudo lo que, sin lugar a dudas, podía calificarse de golpe bajo.
- ¿Sabes lo que es una verdadera lástima?- preguntó, calmadamente- Que por mucho que intentes pisotearme, por mucho que gastes en ropa y por muchos ejemplares de este panfleto de mierda para brujas sin cerebro que vendas no conseguirás jamás encontrarte en mi lugar.
- Otra salida de tono como esa, Weasley, y te pongo de patitas en la calle- amenazó Cho, señalándola con un largo dedo acabado en una preciosa uña cuadrada y brillante, que evidenciaba el tiempo y el dinero que la Directora invertía en manicura francesa.
Ginny masculló algo que sonó a "Oído, cocina" , y su jefa, tras volver a increparle con el dedo, se marchó ejecutando una ágil pirueta para no tropezar con la mesa, la papelera y el archivador que la rodeaban. La pelirroja puso los ojos en blanco (gesto que, de haber sido advertido por la directora, habría originado una nueva discusión), pero no se movió ni un milímetro hasta que la espesa y reluciente melena del ser humano más odioso de la creación se perdió tras la puerta de su despacho, que se cerró con un ruido ensordecedor que Ginny interpretó como un pistoletazo de salida.
La chica corrió por toda la oficina hasta su cubículo, recogió sus cosas a toda prisa y asió el abrigo en un solo movimiento, y se despidió apresuradamente de Amanda y Penny (que ocupaban las mesas contiguas a la suya y con quienes solía reunirse para despellejar a Chang). Con un sprint merecedor de una medalla olímpica, se lanzó contra el ascensor, cuyas puertas estaban a punto de cerrarse y, contra todo pronóstico, logró deslizarse por la estrecha rendija justo antes de que esta se cerrase definitivamente.
La pelirroja se acomodó lo mejor que pudo entre la compacta masa humana que abarrotaba el ascensor. A pesar del calor, la atmósfera asfixiante y el olor acre que reinaba en aquel espacio tan reducido, Ginny suspiró con alivio ¡Por fin estaba fuera de la redacción de "Witchic"!
En honor a la verdad, había odiado aquel trabajo desde el primer día. Odiaba aquellas oficinas, verdaderas trincheras en las que tenía que pelear a diario contra la hostilidad de su dictatorial jefa y las puñaladas traperas de la mayoría de sus compañeros que, al parecer, pertenecían a una inmunda raza de trepadores sin escrúpulos. Odiaba verse obligada a escribir acerca de frivolidades sin sentido, contribuyendo de esa manera a que toda una generación de jóvenes brujas invirtiesen toda su inteligencia, su energía y su dinero en convertirse en personas vacías, materialistas y superficiales preocupadas únicamente por su apariencia externa y por la opinión que otras personas vacías y superficiales tuviesen de ellas. Odiaba renunciar a su creatividad y a su talento cada vez que se ponía a escribir una nueva sarta de estereotipos acerca de lo que debería ser una mujer... pero le pagaban bien. Le pagaban muy, pero que muy bien. Por eso Ginny había aprendido a mantener a raya aquella sensación de haberse convertido en una mercenaria sin integridad, y por eso aguantaba día tras día las salidas de tono de su jefa. De no ser por el generoso sueldo de "Witchic", Ginny no podría permitirse el maravilloso ático en que vivía, maravillosamente amplio, muy luminoso, y cerca de la oficina, toda una bendición comparado con "La Madriguera". Y solo a diez minutos de la casa de Draco.
Ginny tenía que reconocer que estaba de acuerdo con Cho en una cosa: su relación con Draco podía considerarse una de las grandes ironías de la vida. La joven Weasley había detestado a Malfoy hasta que, un par de años atrás, habían tenido un providencial encuentro a bordo de un autobús.
Ella, que por alguna extraña razón (probablemente, un trastorno mental heredado de su padre) adoraba los medios de transporte público, solía coger aquel mismo autobús todas las mañanas para ir a la oficina, a pesar de que el conductor habitual conducía el gigantesco vehículo como un fórmula 1. Aquella mañana, tomó una curva con una velocidad bastante por encima de lo permitido, y casi todos los pasajeros que iban de pie perdieron el equilibrio y acabaron unos encima de otros como fichas de dominó, Sin saber muy bien como, Ginny se encontró a sí misma sentada en el regazo de un chico rubio y bien vestido, que la miró inquisitivamente, esbozó una sonrisa y murmuró, en tono perezoso:
- ¿Qué es esto? Al parecer, he debido hacer algo muy bueno para que Merlín me recompense con una pelirroja caída del cielo.
Esa voz que arrastraba las palabras... ese aire altivo y malvado... esa sonrisa gélida... Había algo familiar en ese chico. Y, de pronto, Ginny vio la luz:
- ¡Malfoy!- gritó, poniéndose en pie de un salto a pesar de que, teniendo en cuenta las habilidades del conductor, su vida peligraba por ello- ¿Se puede saber que haces tú en un medio de transporte muggle lleno de gente que no tiene dinero suficiente ni como para comprarse un coche?
- Bueno, yo podría preguntarte exactamente lo mismo, Weasley- contestó él. Al parecer, encontraba aquella situación bastante divertida.- Pero contestar con otra pregunta es de mala educación, y no quiero que te lleves una impresión equivocada de mí. Lo cierto es que, desde niño siempre he pensado que sería muy divertido subir a un bichófono de estos.
- Se llaman autobuses- rectificó Ginny.
- El nombre es lo de menos- respondió Draco, sonriendo.
Ginny se había pasado sus años de Hogwarts escuchando como sus compañeras, sin importar la casa a la que perteneciera ni su edad, suspiraban por aquel engreído niño de papá. Parecía incapaces de ver que, detrás de aquella cara bonita, se ocultaba un snob insoportable cuya adorable cabecita estaba llena de ideas prácticamente fascistas. Ella se había limitado a escuchar a las demás con una mezcla de aburrimiento y condescendencia, sin comprender nunca que veían en él... hasta el momento en que le sonrió en el autobús. Había algo casi hipnótico en el fondo de aquellos ojos metálicos, y en ese gesto aparentemente simple pero cautivador.
La pelirroja había llegado a la conclusión de que Draco Malfoy pertenecía a ese minúsculo grupo de seres humanos que poseen un encanto extraño e irresistible. Probablemente no fuese la criatura más hermosa de la creación, pero aún así, todo cuanto le rodeaba poseía un atractivo fascinador, desde sus palabras, hasta el modo de caminar, de gesticular cuando hablaba o de juguetear inconscientemente con un bolígrafo si estaba aburrido. Ejercía el mismo tipo de poder sobre los demás que un encantador de serpientes sobre una cobra, era plenamente consciente de ello y lo utilizaba a voluntad. Y en ese momento lo estaba utilizando con Ginny.
La chica era consciente de que debía odiarlo. Siempre lo había odiado... pero bastó con un parpadeo para que todas sus defensas cayeran. La sonrisa de Draco se acentuó cuando anunció, visiblemente complacido:
- No es que yo sea un experto en estas cosas, pero juraría que acabas de dejar atrás tu parada.
Ginny no pudo reprimir una risita incrédula. Al fin y al cabo, se había pasado toda su adolescencia pensando que todas aquellas chicas que miraban a Malfoy con ojitos de cordero degollado eran simple y llanamente idiotas, y, de buenas a primeras, se comportaba igual o peor. Incluso ella encontraba divertido aquel extraño giro de los acontecimientos.
- Veo que te lo has tomado con deportividad. Eso me gusta... Me parece que vas a llegar tarde a trabajar por mi culpa. ¿Qué tal si me dejas invitarte a cenar un día de estos, para compensarte?
Ginny trató de recordar los motivos por los que detestaba al Slytherin. Intentó convencerse de que aceptar equivaldría a humillarse, que tenía una dignidad que mantener, que su madre pondría el grito en el cielo, que Ron no volvería a dirigirle la palabra, que iba en contra de todos sus principios y de su orgullo Gryffindor. Pero, de pronto, se escuchó a sí misma diciendo:
- Será un placer.
"¡Mierda, Ginny! Se suponía que ibas a darle una desdeñosa negativa, no a caer en sus brazos como una descerebrada. " Al fin y al cabo, Draco Malfoy era prácticamente un desconocido, un tipo que tenía fama de mujeriego empedernido y que, por si fuera poco, salía con su jefa. Y, sin embargo, se pasó toda la semana siguiente sonriendo como una boba.
El resto era historia. Una historia con muchos altibajos, la verdad.
Y es que Ginny había tenido la oportunidad de comprobar en sus propias carnes lo egoísta y manipulador que podía ser el Slytherin. Le bastaban una o dos palabras para convencerla, y solía mentir con descaro para conseguir lo que quería. El comentario de Chang acerca de la dudosa fidelidad de Draco no carecía precisamente de fundamento.
Además, el chico tenía un carácter de lo más peculiar. A veces, Ginny tenía la sensación de que, dos años después, continuaba siendo un desconocido. Tenía un humor bastante voluble, y a veces, se pasaba horas en silencio, escrutando la ciudad a través de la ventana con la frente apoyada en el cristal. Cuando eso ocurría, resultaba inútil tratar de hablar con él. Si la chica le dirigía la palabra, Malfoy se limitaba a mirarla unos segundos con indiferencia, antes de volver a su ensimismamiento."Hay una parte de mí que no conoces y que nunca te pertenecerá, así que limítate a dejarme en paz ¿de acuerdo?" le había gritado en una ocasión, cuando la insistencia de Ginny por devolverle a la realidad le había hecho perder la paciencia. Y ella decidió no volver a entrometerse nunca cuando él decidía aislarse del mundo.
Pero no todo era malo. En honor a la verdad, Draco se estaba portando muy bien últimamente. Se mostraba más comprensivo, atento y detallista, y parecía tomarse la relación más en serio. Continuaba con sus crisis de ensimismamiento, pero, al menos, ya no salía de juerga tan a menudo, y un amigo común le había confesado que Malfoy había dejado de correr detrás de todas las faldas que se le cruzaban por el camino. Aparentemente, por fin habían alcanzado el equilibrio. No más altibajos. Todo iba como la seda.
O, al menos, eso creía Ginny hasta que, aquella mañana de Marzo, se fugó del trabajo y caminó hasta su casa, pasando por delante de uno de los restaurantes más caros de la ciudad. No sabría decir por qué miró hacia el inmenso ventanal, ni por qué tuvo que fijarse precisamente en una fugaz mancha de color dorado al otro lado de la cristalera. Junto a la ventana, de espaldas a ella, había un chico cuyo cabello rubio platino formaba una cautivadora V en la base de su cuello. Manejaba el tenedor con una delicadeza exquisita y despreocupada que la pelirroja identificó instantáneamente.
Se trataba de Draco. Al parecer, había olvidado comentarle que comería con Hermione Granger. Y era bastante comprensible. Ni siquiera una novia tan confiada como Ginny aceptaría gustosa que Malfoy tuviese una cita con la mejor amiga de su hermano, por muy inocentes que fueran sus intenciones. Y es que el Slytherin sufría una especie de obsesión patológica por la castaña. Aquello era, sin duda, muchísimo peor que el típico "affaire" con la rubia cabeza- hueca de turno: a Draco no le importaban lo más mínimo aquellas pobres chicas, pero profesaba una enfermiza devoción por Hermione que podría calificarse como enamoramiento, y eso era bastante más grave. Lo cierto es que Hermione nunca se había tomado en serio a Malfoy, pero Ginny estaba un poco harta de aquel juego, y de sentirse como la segunda opción aceptada a regañadientes.
Podría decirse que aquello fue la gota que colmó el vaso. Sintiéndose cada vez más furiosa, Ginevra Weasley entró en aquel restaurante dispuesta a poner punto y final a aquella historia de una vez para siempre.
Bueno, en otro arrebato de irresponsabilidad he terminado publicando de nuevo... antes de volver a mi torre de apuntes, quiero agradecer a Selenne, a Demona , a Tinkabella y a Luzbelita sus reviews ¡Sois las mejores!
