『Guerra, Asunto de Jóvenes』
–¿De verdad tengo que pasar el resto del día con un tipo tan molesto? –preguntó con desdén Tsukishima a su entrenador.
–¿Por qué no? –respondió Ukai muy decidido–. ¿No practicaron juntos también en Saitama? Pensé que eran amigos.
–¡Ni por cerca! –negó rotundamente el rubio.
Kuroo había planteado a Ukai esa mañana antes de las rondas de calentamiento general una oferta que él difícilmente podría rechazar. Como técnicamente Kuroo ya no era parte del equipo de Nekoma, prefería dejar practicar como equipo a los de segundo y primer año y se ofrecía voluntariamente a entrenar a Tsukishima por el resto del día.
–Deberías aprovecharlo, Tsukishima, tú mejor que nadie has visto su nivel y todo lo que podrías aprender de él.
–Anda, son solo unas pocas horas de todas formas.
Tsukishima captaba el punto, pero si el expresar una reacción positiva ante ello se trataba de admitir abiertamente la superioridad de alguien que se desvivía por hacer imposible su pacifica existencia, jamás la iba a dejar salir.
–Vale, vale, que si voy… por probar… –dijo con indiferencia.
–¡Esa es la actitud! –le dijo Ukai mientras daba una palmada en su espalda, a sabiendas que con ello solo lograría incendiarlo más.
–Tch… –siseó mientras iniciaba su camino por el gimnasio.
Todos los del grupo de Karasuno se asombraron al ver como Tsukishima marchaba sin rechistar demasiado hacia el lado de Nekoma para buscar al pelinegro. Los felinos, también reaccionaron sorprendidos al ver al cuervo rubio acercarse con tal insolencia hacia su gran capitán.
–Tengamos un buen entrenamiento hoy, Tsukki –le dijo el pelinegro mientras sonreía victorioso y le tendía su mano.
Tsukishima le ignoró, provocando la furia de los presentes, pero Kuroo, guardando la compostura, le señaló una cancha más alejada en la cual tendrían suficiente margen para practicar.
Kuroo había jurado ante sí mismo la noche anterior tratar de acercarse a él valiéndose de cualquier medio y eso era cuestión de honor. Todo valía si con ello conseguía derribar las defensas de la fortaleza a la cual pretendía tomar por asalto. Que el rubio se lo pusiera complicado de entrada no significaba absolutamente nada para su tenaz voluntad, o quizás al contrario, lo hacía terriblemente irresistible.
–Hey, Tsukki, anda, recibe.
El rubio bloqueó grácilmente, sin queja alguna.
A un ritmo lento pero sostenido, el entrenamiento continuaba. Kuroo estaba haciendo seriamente el trabajo que se había propuesto frente a Ukai. Atacaba usando los distintos tipos de piques que tenía en su repertorio, y daba consejos a Tsukishima de las diferentes formas en las que podía bloquearlos.
Pero el tiempo pasaba y Tsukishima no decía nada más allá de lo vitalmente necesario para no entorpecer el ritmo de la práctica. Kuroo se estaba poniendo ansioso, había que forzar las cosas para que el verdadero asunto que le tenía ahí comenzase a fluir. Y no tardó mucho en poner sobre la mesa sus primeros envites.
–¿Así de callado eres siempre, Tsukki? –le espetó sin tacto alguno, lanzándole el balón al mismo tiempo.
–¿Tienes algún problema con eso?
–Ninguno –le dijo con complacencia en su voz–. Solo que parece que estoy con mi padre en lugar de con un chico de secundaria, y eso es muuuy aburrido.
–¿Qué? –contestó sereno–. ¿Por qué debería hablar felizmente con un desconocido?
Kuroo pensó en sus adentros que si hubiera sabido que Tsukki iba a entrar al trapo tan fácilmente le habría intentado picar mucho tiempo antes. Ahora solo tenía que mantener el tipo y tener la suficiente mano izquierda para llevarle por donde él quería, y de paso evitar derretirse por la manera tan "adorable" que él, dentro de su estado de estupor mental, consideraba que su ángel de la luna le estaba contestando.
–Porque soy tu senpai –prosiguió, seguro de sí mismo mientras sonreía con satisfacción.
–¿Ah? ¿Y eso qué? No significa nada que hayas vivido dos años más que yo –dijo, comenzándose a notar su fastidio.
–¡Claro que significa algo! Son dos largos años de experiencia extra, Tsukki.
–Si lo dices en serio sería inútil decirte algo de todas formas –dijo bloqueando con fuerza el balón.
–Anda, no te haría mal conversar con alguien –le sugirió en tono persuasivo–. De todas maneras es muy probable que no me vuelvas a ver nunca, no es que tengas algo que perder.
–Por eso mismo no tiene ningún sentido que te pongas tan pesado –dijo, y añadió –: Además, tú tampoco sacas nada con interrogarme. Ya veo que tener tanto pelo evita que el cerebro se oxigene adecuadamente –replicó con saña.
La sonrisa de satisfacción de Kuroo se borró en seco ante aquel atroz ataque hacia su estilo, sin embargo, solo eso no era suficiente para hacer que aquel tango dejara de fluir con pasión. Tsukki continuaba sus bloqueos, algunos ejecutados a la perfección, otros con ciertas fisuras que Kuroo le decía como corregir, mientras otras veces descansaban y se hidrataban si lo ameritaba.
Y así como Tsukishima bloqueaba cada ataque también iba bloqueando cada intento del otro para crear conversación, aunque indirectamente la provocase.
El día seguía su larga marcha, y se acercaba la hora en la que todos se habían puesto de acuerdo para iniciar los preparativos de la fiesta que estaba planificada para la hora de la cena, pues esa misma noche Nekoma iniciaría su viaje de regreso a Tokio.
Los entrenadores de ambos equipos llamaron a todos para que cesara el partido de práctica que disputaban y que fueran juntándose en los grupos que previamente se habían sorteado al azar para dar comienzo a las actividades.
Solo Tsukishima y Kuroo estaban aparte, y cuando oyeron aquel llamado el felino alcanzó a leer el disgusto en los ojos del cuervo rubio.
–Puedes quedarte aquí si quieres –ensartó la propuesta en la mente de Tsukishima como si de un estilete se tratase–. Solo tengo que pedir permiso y ten por seguro que no me lo van a negar.
Los ojos dorados de Tsukishima se iluminaron un poco con la luz del interés, pero Kuroo todavía no había terminado de hablar.
–Siempre y cuando me cuentes cosas sobre ti –agregó con voz seria–. Es una condición innegociable.
A Tsukki le desagradó mucho semejante chantaje pero aborrecía todavía más la idea de irse con los demás. Sabía perfectamente en todo lo que iba a consistir aquel proceso, había tenido la pésima suerte de haber tocado en grupo con Kageyama e Hinata y con ellos tendría que salir e ir a comprar la comida, también tendría que ayudarles a preparar esa comida, y seguro también lo elegirían "voluntario" para colaborar en montar mesas y buscar sillas...
El solo hecho de imaginar el contenido de la profunda conversación que sostendría la pareja de raros mientras competían por ver quien llegaba primero a la puerta del instituto de camino a hacer la compra le provocaba una comezón terrible.
–Sé que eres un tipo inteligente, que observa y piensa las cosas con cuidado –dijo Kuroo en tono sarcástico–. Es imposible que no tengas nada que contar.
–Y si no sabes siempre podemos hablar de chicas, de sexo, de cómo tocarte para que se sienta mejor, de...
–¡¿Eso que tiene de interesante?! –le cortó Tsukishima alterado.
–¿Eh? ¿De verdad te hace tanta ilusión el ir con ellos?
El rubio no se esperaba escuchar tales cosas de forma tan abierta y la vergüenza que le provocó imaginarse hablando de todo eso –especialmente de la tercera opción– le impidió preparar defensa alguna.
–¡Eres insoportable!
–¿Ves? Eres un chico joven, honesto y con mucha energía para gastar –expresó Kuroo con complacencia.
Tsukishima sintió que había perdido una guerra de dos frentes y que no le quedaba más remedio que capitular ante el bando que le ofreciera mejores condiciones, sin embargo, igual sentía que había vendido su orgullo por un simple trozo de pan duro al no haber aceptado valientemente una muerte cerebral en brazos de aquella pareja de tontos.
Con esa rabia se quedó en la cancha esperando al pelinegro quien rápidamente había ido a comunicarles a ambos entrenadores que sería preferible que ambos se quedasen para terminar de pulir ciertos aspectos de su juego. Kuroo recibió una respuesta afirmativa tal como predijo, y felizmente regresó con su compañero.
–¿Te lo dije una vez, no? –Preguntó con sorna mientras revolvía con su mano los rizos del menor–. Deberías relajarte más y comportarte como un chico de tu edad, Tsukki.
–Y yo recuerdo que te dije que no era muy bueno en esas cosas –respondió, apartando asqueado la mano del mayor mientras se retiraba de su lado para buscar su posición.
–Hmm... –sonrió maliciosamente el pelinegro–. Se sentía como si estuviese en la vanguardia de una invencible división acorazada que irrumpía rugiente a toda velocidad sobre los áureos campos del amor.
Entendía, que después de los primeros cañonazos a la fortaleza de aquel rubio de reacciones tiernas, las condiciones estaban dadas para doblar la apuesta.
Cielo y tierra, entre ambos siempre habrá guerra. Estés donde estés, hagas lo que hagas, entre ambos siempre habrá guerra.
«Kinó – Voyna»
