RUROUNI KENSHIN
LA ESPADA ASESINA

CAPITULO II
LA LLUVIA DE SANGRE

Un estruendoso ruido interrumpe la tranquilidad de la noche. Una persona es lanzada contra un tumulto de barriles llenos de sake. Antes de que su cuerpo toque la madera de los barriles, el sujeto ya estaba muerto. Los barriles se rompen y el sake comienza a derramarse por el suelo, hasta llegar a los pies del asesino, que permanece de pie frente al callejón. Frente a sus ojos, ve como el sake se encuentra revuelto junto la sangre de su victima. Sin embargo, en ese instante logra ver su reflejo en el líquido. La herida que trae en su mejilla izquierda esta sangrando de nuevo.

- ¡No te perdonaré si dejas estas montañas! – Escuchó de pronto que su maestro le decía.

El chico y el hombre se encontraban parado en el risco cerca de la choza, justo enfrente de la enorme cascada que caía cerca de ellos. El hombre estaba sentado, dándole la espalda al joven, que estaba de pie detrás de él.

- Maestro¿Pero que no se da cuenta de que mientras nosotros hablamos mucha gente esta muriendo haya afuera? – Le gritó el alumno con algo de ímpetu – ¿No es este el momento adecuado para usar este poder¿El momento para usar el Hiten Mitsurugi para proteger a la gente?

- ¡No seas tonto! – Le contestó sin voltearlo a ver, cosa que extraño mucho al chico – ¿Qué lograrás yendo a la boca del lobo tú solo? Si tienes deseos cambiar esta época tan caótica no tendrás otra alternativa más que escoger uno de los bandos. Esto significa que al final terminaras siendo manipulado por algún poder político. Yo no te estuve enseñando el Hiten Mitsurugi con ese propósito¿lo has comprendido, Olvídate del mundo exterior y sigue con tu entrenamiento.

- ¡No maestro¡No puedo hacer algo como eso¡Muchas personas están sufriendo frente a mis ojos, mucha gente se encuentra afligida¡No puedo permitirme darles la espalda¿No se supone que el Hiten Mitsurugi es para ayudar a estas personas!

- No importa que tanto adornes las palabras: la Espada es un Arma, y el Hiten Mitsurugi es un arte para matar. – El chico se sorprendió demasiado al escuchar esas palabras surgir de la boca de su maestro – Para lograr proteger a unos, tendrás que matar a otros. Para permitir que unos vivan, tendrás que dejar a otros morir. Esta es la verdad de la espada. Al momento en que abandones estas montañas, lo único que ganarás será comenzar una matanza sin sentido, guiada por una justicia conflictiva y ciega. Si te corrompes, el Hiten Mitsurugi se convertirá en un asesino frío.

- Aún así… - El alumno comenzó a apretar con fuerza la espada que traía consigo – Aún así lo haré…

- Eres un tonto – Le volvió a decir – Si quieres dejar estas montañas, tendrás que derrotarme primero.

Algo enojado por la actitud del hombre, el chico tomó su arma aún enfundada y se lanzó al frente, golpeando a su maestro en la cabeza con la funda de la espada. El hombre llevó sus dos manos a la cabeza como señal de dolor.

- ¡Oye tú¡Aún no estaba listo! – Le dijo el hombre quejándose.

- ¡No tengo tiempo que perder! – Le gritó enojado – ¡En estos momentos mucha gente esta muriendo¡¿Qué no lo entiende!

- ¡Si vas lo único que conseguirás será un baño de sangre! – Le contestó él, poniéndose de pie y parándose frente al chico.

- ¡No importa¡Aún así, yo salvaré a las personas que están sufriendo¡Aunque sólo fuera una vida más, una alma más la que salvaría con mi poder¡Yo quiero protegerla, protegerla con mis propias manos, Por esa razón yo...

El hombre ya no quiso escuchar más. Se enderezó y sacándole la vuelta a su alumno, comenzó a caminar rumbo a la choza. El chico lo volteó a ver sin comprender.

- ¡Maestro!

- Ya no tengo porque preocuparme por idiotas como tú. – Le dijo mientras se iba – Lárgate a donde te plazca, eso a mí ya no me interesa. Dale a lo que te enseñé el uso que mejor te parezca.

- Maestro… - El hombre se fue sin voltearlo a ver siquiera. El chico mientras tanto lo siguió con su vista hasta que ya no lo pudo ver – Gracias... por todo Maestro... – Dijo por último, inclinándose hacía el frente.

- "El tonto de mi alumnos ha escogida una de las más estúpidas maneras de vivir su vida." – Pensaba el maestro mientras se retiraba – "A pesar de la inocencia de su corazón, el camino que ha de seguir es inevitable..."

Himura se quedó unos segundos contemplando el sake mezclado con la sangre de su victima. Después de unos momentos, se giró hacía su derecha y comenzó a alejarse caminando. En el camino, se encontró con Izuka, que venía a hacer su trabajo. No se dijeron nada al cruzarse, pero Izuka si notó algo extraño en el asesino.

- ¿Sangre! – Se preguntó así mismo al ver la herida de Battousai – ¿Otra vez esta sangrando?

Battousai se fue caminando sin voltear a verlo, cosa que no sorprendió del todo al hombre.

No muy lejos de ahí, el agua de un pequeño río también era cubierta por la sangre de otras personas. Tres hombres yacían muertos en el río, y su sangre comenzó a ser arrastrada por la corriente. Los tres llevaban el mismo uniforme, una cinta blanca en la cabeza y una chaqueta azul en sus cuerpos.

Parado entre ellos, con la hoja de su espada cubierta de rojo, se encontraba el asesino. Por extraño que pareciera, el asesino tenía el mismo uniforme que las victimas, mismo que también se había manchado por lo ocurrido. El extraño guardó su arma de regreso a su funda y se alejó sigilosamente del lugar…

Es una mañana común en la antigua capital del Japón, y una vez más la luz del solo parecía cubrir las manchas de sangre que se derramaban durante la noche. Totalmente invisible para todos los habitantes de la ciudad, Kenshin Himura de los Realistas de Chosu caminaba tranquilo por las calles.

De pronto, el joven espadachín detiene su marcha, y lo más disimulada posible, se da la media vuelta y camina hasta adentrarse a un callejón cercano. Una vez ahí, clavaba su mirada en la calle. La gente comenzaba a hacerse a un lado, como abriéndole paso a algo o alguien. Marchando por la calle, todos juntos como si fueran soldados, se encontraba un grupo de hombres, vestidos con trajes samuráis y chaquetas de color azul claro con diseños blancos en sus mangas. Todos los miembros del grupo iban armados con sus respectivas espadas, y las personas los dejaban pasar como si les tuvieran respeto, o más bien miedo.

- "El Shinsengumi" – Pensó Battousai.

Kenshin se les quedó viendo fijamente en el callejón, admirando como se alejaban. Justo cuando pasaron frente a él, uno de los hombres volteó a ver hacía atrás sin dejar de caminar, centrando sin querer la mirada en el asesino.

- ¿Te pasa algo malo Saito? – Le preguntó un chico de cabello negro que caminaba a su lado, con una gran sonrisa en el rostro.

- No, sólo creí haber olido sangre. – Le contestó sin dejar de ver hacía atrás.

- ¿Sangre? – Preguntó algo sorprendido, pero la sonrisa le volvió de nuevo – Bueno, Talvez has estado matando demasiado últimamente¿no te parece?

- Okita.

- ¿Sí?

- Te pediré de favor que pienses bien tus palabras antes de dejarlas salir de tu boca.

- Está bien. – Le contestó con un cierto tono feliz.

Una vez que se alejaron, Kenshin salió de su escondite y se paró a lado de la calle, viendo como se alejaban. En ese momento, la figura de Izuka apareció detrás de él.

- No son más que un grupo de engreídos, caminando por las calles como si fueran los dueños del lugar. – Comentó Izuka mientras se paraba detrás de él. Kenshin ni siquiera lo volteó a ver. En ese momento, disimuladamente, Izuka introdujo en la manga del chico un papel. – Cuento contigo esta noche. – le dijo por último en el oído.

Kenshin asintió con la cabeza e Izuka se vio por bien servido. En ese momento, un extraño aroma llegó a la nariz de Izuka, un aroma que le llamó mucho la atención.

- Algo huele muy bien¿no te parece? – Comentó Izuka.

- Es perfume de Ciruelo Blanco. – Le contestó Himura.

- ¿Perfume de Ciruelo Blanco¿desde cuando sabes de estas cosas? – Le preguntó algo sorprendido.

Kenshin siguió el aroma del perfume, e inconscientemente volteó hacía el otro lado de la calle. Parada en ese sitio, entre todo multitud y también viendo como el grupo de espadachines se alejaba, se encontraba una mujer, de cabello oscuro y largo, ojos negros y piel blanca, vestida con un kimono blanco y una manta azul en sus brazos. Sin saber porqué, el chico se le quedó viendo fijamente por unos momentos. Ella pareció sentir su mirada, ya que de pronto volteó su mirada hacía él, provocando que Himura desviara sus ojos hacía otro lado.

- Nos vemos al rato – Dijo Izuka antes de retirarse.

Kenshin lo vio irse y luego volteó de nuevo hacía el frente. La joven ya no estaba. Sin más que hacer, decidió retirarse también del lugar.

En un Templo de la ciudad, se comienzan a escuchar el sonido de varios golpes que resuenan en el aire. En una habitación del sitio, vemos a un hombre alto, de cabello negro y largo agarrado con una cola, vestido con el uniforme de chaqueta azul. Se encuentra golpeando con fuerza un saco de arena colgado del techo, con una espada de madera que sostiene entre sus manos. Los movimientos de su arma son realmente rápidos y fuertes, haciendo que el saco se tambalee de un lado a otro por sus ataques.

Sentado en el techo, viendo como el samurai golpeaba el saco de arena, se encontraba un hombre mayor y robusto, pero con cierta complexión musculosa, con cabello negro y largo.

Los ojos del hombre que golpea el saco están fijos en su objetivo. Parecen estar completamente congelados, y su mirada refleja cierta seriedad, aunque sus actos muestran cierto enojo en su persona. Después de mucho golpearlo, uno de los ataques fue tan fuerte que la cuerda que sostenía al saco se rompió, provocando que se impulsara hacía un lado. Rápidamente, el hombre se agachó, tomando otra espada que estaba a sus pies, y girando sobre su pie derecho, chocó la hoja de madera de la segunda espada contra el saco, desviando su ruta.

Mientras tanto, un grupo de samurai del Grupo Shinsen caminaba por el pasillo de camino a la habitación. Ya estaban por entrar, cuando vieron como el saco chocaba con fuerza contra la puerta, atravesándola hasta quedar estampado en la pared. Los espadachines se quedaron congelados viendo esto.

- Parece que Hijikata-san no esta de muy buen humor – Comentó el joven Okita al ver esto. Desde el interior de la habitación, el hombre de cabello oscuro los miraba.

- Muy bien Hijikata, pero controla tu fuerza¿quieres? – Le dijo el hombre sentado en el suelo mientras se ponía de pie. En ese momento el resto entraba al cuarto. – ¿Alguna novedad?

- La ciudad esta muy tranquila – Contestó Jaime Saito – Pero anoche se encontró otro funcionario muerto, aparentemente por el mismo hombre.

- Battousai el Destajador – Mencionó con seriedad el Comandante de la Tropa.

- ¿Qué pasó con Udo Jine? – Preguntó Hijikata mientras colocaba sus dos espadas en un rincón.

- Escapó, me temo – Contestó Okita con una sonrisa – Al parecer mató a sangre fría a los hombres que enviamos tras de él y luego se esfumó.

- Ese sujeto puede convertirse en una plaga igual que lo fue Serizawa Kamo – Comentó el Capitán. – Ya por su culpa nuestra tropa ha obtenido mala fama entre el pueblo, hasta el punto de temernos.

- La diferencia es que Jine no es tan conocido entre el pueblo – Agregó Hijikata con frialdad – Por el lado de la imagen del Shinsengumi no debemos de ocuparnos. No creo que Kurogasa siga matando usando el nombre de nuestra tropa. Sin embargo, con toda su matanza sin sentido deshonró todo lo que significa nuestra lucha. Algún día Jine aparecerá de nuevo y tendrá que pagar por sus locuras. – Hijikata se quedó callado por unos momentos – Una persona que mata por placer¿será posible que exista alguien así?

La luna alumbra el puente que cruza el río. Desde lo alto de la construcción de madera, unas gotas comienzan a caer en las cristalinas aguas del río, unas gotas rojas de sangre, provenientes del último objetivo de Battousai el Destajador. Sobre le puente, yacían los dos cuerpos de estas victimas.

Alejándose tranquilamente del lugar, caminando paralelo al río, se encontraba Himura. De pronto, es alcanzado por Izuka, que corre detrás de él hasta alcanzarlo. A partir de entonces, ambos caminan juntos.

- Últimamente me has sorprendido bastante Himura. – Le comentó Izuka mientras caminaban.

- ¿De qué hablas?

- Te has vuelto muy hábil con la espada. Ahora ni siquiera les das la oportunidad de gritar.

- No puedo hablar por todos, pero muchos de los hombres que pelean por el Shogun son personas valientes Izuka. – Le respuesta de Himura fue con un tono firme – Ninguno ha tratado nunca de gritar antes de tratar de defenderse con su espada.

- Si tú lo dices – En ese momento, Izuka voltea inconscientemente a ver a su compañero. Una vez más se sorprende al ver la herida de su mejilla – ¿Otra vez?

- ¿Qué? – Dijo Kenshin al oír esa expresión.

Rápidamente el Destajador dejo de camino y camino hacía el río. En eso, acercó su mano a la herida. Sorprendido, se quedo viendo como una mancha roja de sangre cubría su palma

- ¿Sangre? – Dijo sorprendido – ¿Cómo puede una herida sangrar después de tanto tiempo?

- Ya había escuchado historias como ésta antes. – Le mencionó su compañero. – Cuando una espada ataca con un resentimiento realmente fuerte, la herida seguirá sangrando hasta que ese sentimiento se desvanezca.

- ¿Un gran resentimiento?

- Dices que esa herida te la hiciste por negligencia¿no? Puede que quien te hizo esa herida no haya sido un gran espadachín, pero de seguro tenía un tremendo deseo por sobrevivir a su combate, tanto que esa herida que te hizo sigue sin curarse.

- ¿Un deseo por sobrevivir…?

Kenshin se quedó unos momentos viendo su mano manchada de rojo, pensando detenidamente sobre lo que Izuka acababa de decir. Pensaba en la clase de persona que le había hecho esa herida, y recordó como en su combate se puso de pie en más de una ocasión para seguir combatiendo.

Himura fue de nuevo a la posada para lavarse las manos y las heridas. Como su mejilla acostumbraba volver a sangrar después de un tiempo, últimamente se le veía muy frecuente lavándose. Tímidamente introdujo su mano izquierda en el agua, dejando que la mano se lavara sola. El líquido del recipiente se fue tornando en un tono rojizo, debido a la sangre. Después de un rato, tomó un pañuelo y se limpió el resto de la mancha.

Entre los árboles del bosque cercano a su casa, vemos la figura de dos chicos, un niño y un aniña. El niño era el menor, y se encontraba sentado en el pasto verde, llorando sin cesar. En su rodilla izquierda, tenía un raspón que le comenzaba a sangrar. La niña caminó hasta al riachuelo y se hinco frente a él. Luego, arrancó un pedazo su traje y lo comenzó a humedecer con el agua. El niño lloraba a sus espaldas.

- ¡Deja de ser tan llorón Shinta! – Le gritó la joven – Sólo es un raspón.

El niño no hizo mucho caso sus palabras. Después de un rato la niña se puso de pie y caminó hacía el chico. Lentamente colocó el pedazo de tela en la herida. Al chico pareció dolerle en cuanto tocaron su herida, pero después de un rato dejó de llorar. Ella por su parte le limpiaba el raspón.

- Esto te pasó por ser tan descuidado Shinta – Le dijo – Debes de dejar de llorar por cosas tan pequeñas como esta¿entiendes?

- Sí… hermana Satomi…

- "Hermana" – Pensó Himura mientras se limpiaba – "¿Qué pensarías de mí se vieras ahora¿Pensarías que hago lo correcto¿o…?"

En ese momento, la presencia de otra persona en el cuarto lo distrajo de sus pensamientos. Izuka caminó hacía el sitio, pero se quedó en la puerta.

- ¿Aún no terminas de lavarte Himura? – Le preguntó Izuka, pero Kenshin ni siquiera volteó a verlo. – Por cierto, parece que surgieron algunos problemas.

- ¿Qué pasó? – Preguntó Himura, aún sin voltear a verlo.

- El señor Miyabe y el Maestro Katsura tuvieron una discusión en la última reunión que tuvieron. Al parecer Miyabe y sus hombres se encuentran planeando algo grande para aquí en Kyoto.

- ¿Y el Maestro Katsura?

- Él piensa que aún no es el momento, que es muy pronto. Pero Miyabe cree que las cosas se están volviendo complicadas y que es mejor actuar de una vez.

- Eso no es confortante.

- Sí, así es...

Kenshin tomó el balde en el que se estaba lavando y tiró el agua, ya algo rojiza, por una especie de desagüe.

El siguiente día fue muy lento y monótono para casi toda la ciudad. Sin embargo, esa noche, la realidad del Bakumatsu vuelve. Algo alejados de todo esto, en el interior de una residencia, tres personas se encontraban tranquilas, sentadas en el suelo de una habitación. Uno de ellos era Katsura, el otro era Katagai, el hombre que acompañaba al maestro cuando habló con Kenshin el otro día, y la otra persona era una mujer de cabello negro, vestida con un kimono purpura. En sus manos traía un instrumento de cuerdas largo, mismo que tocaba lentamente para hacer un poco de música. Los dos hombres se encontraban tomando sake juntos.

- Ya ha pasado un año, y parece que nuestro "Niño Adoptado" ha madurado. – Comentaba Katsura mientras bebía – Se le nota una conducta muy diferente a la que tenía. Pero dentro su corazón sigue siendo el mismo niño.

- Entonces supongo que podremos descansar tranquilos. – Agregó Katagai.

- No, porqué él no descansa nunca. – Le contestó – Sus sentimientos se encuentran en constante conflicto... conflicto con el Destajador que lleva adentro.

Tanto Katagai como la mujer que los acompañaba se vieron muy extrañados ante este comentario. En ese momento, Katsura voltea a ver de reojo su espada, se encuentra en el suelo colocada a su lado.

Katsura y Shinsaku se encontraban hablando en la habitación una vez que el chico Himura ya se había retirado. Shinsaku tenía en sus brazos su instrumento y lo tocaba con cierta destreza.

- Me iré a Kyoto a primera hora de la mañana. – Comentaba Katsura al tiempo que acababa su comida – Por ahora pasaré la noche aquí. Shinsaku, quiero que el niño venga conmigo.

- Entiendo. – Contestó Shinsaku sin dejar de tocar – En verdad sería una buena adquisición para el Kiheitai, pero aún así estoy dispuesto a entregártelo. Pero si realmente necesitas un destajador¿Por qué no lo eres tú mismo? – Katsura volteó al verlo con una expresión serie al escuchar esa pregunta – Tienes habilidad y eras el primero cuando entrenabas el estilo Shinto Munen.

- Si pudiera lo haría. – Respondió – Pero ahora soy la cabeza de los Realistas de Chosu.

- Entiendo. Después de todo eres la estrella del Clan Chosu en el Festival del Bakumatsu. Nadie cargaría consigo una estrella manchada con sangre. Si ese es el caso, entonces dejaré que te lleves al chico con una condición.

- ¿Cual?

- Como después de todo vas a arruinar la vida de ese muchacho para poder mantenerte como una estrella bella y limpia, no será necesario que ensucies tus manos. Entonces, sin importar que tan mortales sean las circunstancias o que tan peligrosa sea la situación, nunca desenvainarás de nuevo tu espada para ensuciarte. De esta manera dejarás tu bella imagen para las próximas generaciones.

Ambos se quedaron unos momentos en silencio. Katsura centró su mirada en la pequeña mesa frente a él. En ese momento, toma su espada y apoyándose en ella, se levanta.

- Como ya dije, ahora soy el líder de los Realistas de Chosu. – Le contestó colocándose el arma de regreso a su costado y girándose hacía la puerta. – Estoy conciente de lo que me dices y nunca he tenido otra intención.

- ¿Es eso verdad?

- Lo haré, es una promesa. – Agregó al abrir la puerta. Una vez ahí, volteó su mirada hacía un lado. Este día, el espadachín Kogoro Katsura ha dejado de existir.

- Es por eso que en este festival serás la atracción principal de Chosu en el Bakumatsu. – Shinsaku tomó su uña y tocó una nota con fuerza en su instrumento – Tú serás la estrella, y yo me encargaré de la música.

- Cuento contigo.

Katsura cerró la puerta detrás de él, mientras Shinsaku comenzaba a tocar más abiertamente. Al mismo tiempo, en una habitación de la posada, Kenshin se encuentra sentado a lado de la ventana. A lo lejos, se escucha las tonadas hechas por el líder del Kiheitai. Himura introduce su mano en la parte de arriba de su traje y saca de éste un trompo de madera con colores rojos y verdes. El chico se le quedó viendo fijamente con cierta nostalgia.

- "Hermana." – Pensó mientras la veía.

Ya con el sol oculto y el cielo estrellado, el lado oscuro de la ciudad se encuentra por resurgir de nuevo. Sentado en una taberna, vemos de nuevo a Himura, tomando tranquilo y totalmente solo una copa de sake. Lentamente se acerca la copa a la boca y bebe todo el líquido de un solo sorbo. Su rostro no parece conforme con la bebida.

- "No importa lo que tomé, desde hace ya mucho tiempo, todo me sabe a sangre." – Pensó mientras contemplaba su copa. No supo porque, pero la imagen de su maestro pareció surgir en su mente de golpe – "Aprendí el arte de la espada de mi maestro, pero el hábito de beber lo adquirí por mi cuenta."

En ese momento, la puerta de la taberna se abre y por simple reflejo todos los hombres de la misma voltean hacía ella. De pronto, una sonrisa lasciva surge en el rostro de todos al ver la figura que entraba por ella. Kenshin, por su parte, pareció no ponerle atención, ya que ni siquiera volteó a ver.

Sin que el destajador se diera cuenta, el recién llegado caminó hasta sentarse en la mesa que estaba a sus espaldas. Entonces, justo cuando iba a tomar otro trago de sake, se detuvo de golpe al sentir algo raro.

- "¡Este aroma!" – Pensó al sentirlo en su nariz.

- Bienvenida¿Qué le puedo servir? – Escuchó de pronto que la voz del mesero preguntaba a sus espaldas. La segunda fue lo que casi lo congeló.

- Déme una copa de Sake Frío. – Contestó la voz de una mujer, una mujer que estaba sentada justo detrás de él.

No volteó a verla ni nada. Con tan sólo oler ese aroma a Flores de Cerezo Blanco, supo quien era. Se trataba de la misma joven de esa tarde, de cabello negro y largo, con el mismo kimono blanco y un chal color azul. Trató de no ponerle mucha atención y siguió con su bebida. Sin embargo, esa presencia a sus espaldas le incomodaba un poco.

La joven tomó la copa de sake con sus dos manos y se empinó lentamente, bebiendo todo el líquido de ésta. Un ligero suspiro surgió de su boca después de beber. De pronto, escuchó como unos pasos fuertes se paraban junto a ella. A su lado, había un par de hombres, uno alto y otro delgado, ambos armados con espadas. Los dos la miraban con una mirada algo lasciva.

- Oye hermosa¿por qué no bebes con nosotros? – Le preguntó uno de los hombres, colocando una botella sobre la mesa.

- Sabes linda, nosotros somos Realistas del Clan Aizu – Le dijo el otro.

- No arriesgamos por la gente común como tú todas las noches.

- Lo menos que puedes hacer para agradecernos es beber con nosotros.

La joven se les quedó viendo con una mirada perdida, como si nos los estuviera viendo a ellos. Todas las personas se les quedaban viendo con algo de sospecha después de oír esas palabras.

- Aizu esta del lado del Shogun idiotas. – Se escuchó de pronto que alguien les gritaba.

- ¿Quién dijo eso! – Gritaron enojados girándose hacía el resto de las personas. Todos se quedaron en silencio, como si les tuvieran miedo. El hombre alto sonrió ante esa reacción.

- Lo sabía, no se entrometan en lo que nos les importa. – Decía el hombre mientras colocaba su mano izquierda en la funda de su arma – Hoy tuvieron suerte.

- Eso es cierto. – Oyó que alguien le hablaba detrás de él – Si sacan sus espadas tendrán que enfrentarse a mí.

El hombre volteó hacía atrás, viendo de reojo la figura de una persona. Con su pulgar izquierdo, sacó un poco su arma.

- ¡Ya verás! – Gritó mientras se giraba, listo para desenvainar.

Sin embargo, antes de que pudiera sacarla, una mano se colocó justo en la punta de la empuñadura, empujando el arma hacía adelante. Esto provocó además de que no pudiera sacar su arma, que el dedo meñique de la mano izquierda con que había separado la espada de la funda quedará prácticamente machucado entre el protector de la mano y la punta de la funda.

El hombre miró sorprendido al actor de esto, un chico de cabello rojo, y una mirada tan fría y dura que prácticamente asustaba al hombre. Éste se le quedó viendo fijamente, provocando que inconscientemente éste retrocediera.

- ¿Quién te crees que eres? – Le preguntó con una entrecortada.

- ¿Creen que es divertido burlarse de los Realistas que pelean en estos momentos? – Preguntó el chico con seriedad – En Kyoto no hay lugar para hipócritas como ustedes dos. Si aprecian sus vidas se irán de aquí en este instante.

Él sujeto no pareció muy feliz con tales palabras. De pronto, aparentemente inspirados por las acciones de Himura, el resto de la gente comenzó a abuchear a los dos hombres, diciéndoles abiertamente que se fueran de Kyoto. Ambos, muy disgustados, salieron rápido de la taberna.

Una vez terminado todo, Himura volvió a la mesa en la que se encontraba, tomando una sombrilla blanca que traía consigo. Después de esto, miró de reojo a la joven, que lo volteó a ver por encima de su hombro. Kenshin tomó la sombrilla y caminó hacía la puerta.

- Perdón por el barullo. – Dijo el destajador al encargado antes de salir.

- No se preocupe, Se lo agradezco señor. – Le contestó éste, mientras Himura desaparecía del otro lado de la puerta.

Aún después de que los dos hombres y Himura se habían retirado, la gente de la taberna parecía seguir hablando de lo pasado.

- ¡Ese chico parece muy poderoso! – Dijo una mujer sentada en una mesa.

- Me parece que realmente es uno de los realistas de Chosu¿no es así? – Comentó otra.

La joven del kimono blanco escuchó con cuidado esos comentarios. En su rostro apreció reflejarse una gran sorpresa al oír tal afirmación.

- ¿Chosu? – Se preguntó así misma con algo de sorpresa.

El cielo parecía estar a punto de soltar toda su furia en forma de lluvia. Por si eso pasaba, el Destajador del Clan Chosu traía consigo una sombrilla. Himura caminaba tranquilo por la calle, mientras pensaba detenidamente.

- "El sabor de sangre en el sake se hace más fuerte." – Pensaba mientras caminaba – "Además, tipos como esos nunca me habrían irritado tanto antes."

Himura y su maestro se encontraban en un riachuelo. Él se encontraba sentado en una piedra, mientras su maestro estaba de pie sobre otra delante de él. Seijuro miraba hacía el cielo mientras sostenía su habitual copa con sake.

- En primavera tenemos las flores de cerezo. En verano tenemos las estrellas. En otoño tenemos la Luna Llena. Y en invierno tenemos la nieve. – Le decía Seijuro mientras contemplaba el cielo – Todo esto es suficiente para hacer el sabor del sake algo delicioso. Si éste te sabe mal es porque hay algo mal en ti. – El maestro bajó la mirada y se empinó todo el sake que había en su copa. Luego se giró, viendo a su alumno por encima de su hombro derecho – Algún día apreciarás el sabor del Sake. Cuando ese día llegue, tú y yo beberemos juntos.

Como se había previsto, la lluvia se soltó de golpe sobre la ciudad. El agua era muy buena para lavar las manchas que Himura había dejado atrás después de su último trabajo. Lejos de ese sitio, Battousai se aleja caminando, cubriéndose de la lluvia con su sombrilla y al mismo tiempo sosteniendo un paño sobre su mejilla izquierda; la herida había vuelto a sangrar.

- Es algo muy curioso¿No te parece? – Le comentó Izuka, que caminaba a su lado, también cubriéndose con el paraguas – Hitokiri Battousai puede matar a tanta gente sin ser tocado por una gota de sangre, pero ni siquiera tú eres capaz de escapar de las gotas de lluvia.

Kenshin no le contestó ni volteó a verlo. Se quedó con la mirada un poco baja, con una expresión pensativa como era su costumbre.

- ¿Qué te parece si vamos por algo de sake de camino a la posada? – Sugirió Izuka.

- No, yo ya tomé suficiente por esta noche.

- Bueno, como quieras. En ese caso iré a tomar solo. Nos vemos Himura.

Izuka se alejó caminando y a partir de ahí Himura caminó solo. Aún tenía el rostro y las palabras de su maestro en la cabeza, así como el sabor a sangre en su boca.

- "Talvez sí haya algo malo en mí." – Pensó – "Pero el redimir al pueblo en sufrimiento de la era es el propósito del Hiten Mitsurugi. Debí esperar que esto pasara. Ya pasó un año desde que me alejé de mi maestro. Creo que ahora entiendo porque razón no me quiso enseñar más. Maestro..."

Al mismo tiempo, caminando cerca del destajador, los hombres de la taberna se encontraban mojándose en la lluvia. Aún se les veía el enojo en sus caras.

- Qué pésima noche – Dijo el hombre alto, mientras se sostenía el pulgar de su mano izquierda – y todo por culpa de ese maldito chico.

En ese momento, el otro voltea hacía su izquierda en una vuelta. De inmediato ve la figura de persona caminando por la calle bajo una sombrilla. En ese momento lo reconoce.

- Hey mira¡Es él! – Le dijo el hombre apuntándolo disimuladamente.

El otro alzó la mirada y lo vio al instante. Kenshin iba con la mirada baja y pareció no verlos. El hombre sonrió y rápidamente se ocultó tras la pared, colocando su mano sobre la empuñadura de su arma.

- ¡Esta noche no será tan mala después de todo! – Mencionó mientras lo veía con una sonrisa maliciosa.

- ¿Qué piensas hacer? – Le preguntó el otro algo nervioso.

- Aquí en un callejón oscuro, será perfecto...

- ¿Acaso piensas matarlo?

- ¡Por supuesto que sí¡Para que aprenda a cuidar con quien se enfrenta!

- Pero¿no crees que...?

- ¡No seas tan cobarde! – Le gritó, pero no lo mucho para que Himura no lo escuchara. – ¿Qué no ves que aquí en Kyoto hay montones de asesinatos en estos días, A nadie se la hará raro un chiquillo muerto en la calle.

- Tampoco se les haría raro un par de ebrios en la calle. – Oyen de pronto que alguien les dice a sus espaldas. Rápidamente ambos se voltean y entre las sombras comienzan a ver algo que se les acerca. Era un hombre alto, vestido completamente de negro y con la boca tapada. Llevaba en sus manos lo que parecían ser dos espadas, unidas por una larga cadena. – Quien me vea debe de morir, y ustedes dos me están estorbando…

Ambos hombres trataron de retroceder ante la oscura presencia detrás de ellos. Sin embargo, les fue inútil. El extraño arrojó con fuerza una de sus espadas al frente, directo a los dos hombres enfrente de él.

En ese momento, Himura escucha unos estruendos gritos provenir de adelante. Rápidamente alza su mirada hacía el frente. En el suelo, ve como un ligero charco de sangre sobresale del callejón, hasta la calle por la que caminaba.

- ¿Qué rayos! – Dijo al momento de verlo.

En ese momento, ve como algo se lanza desde la punta de la calle derecho hacía él. De inmediato identificó que era una espada, amarrada de una punta con una cadena. El objeto salió de entre las sombras de la noche directo al destajador. Himura se hace a un lado, esquivando el golpe, haciendo que la espada sólo lograra romper su sombrilla. La espada con la cadena volvió una vez más a las sombras, donde logra ver la figura de su enemigo.

- "¿Shinsengumi!" – Piensa mientras voltea a verlo. En ese momento distingue la vestimenta que trae puesta. – "No, es un asesino de las sombras…"

El extraño tomó el arma con su mano derecha y la sostiene al frente. El samurai por su parte, acerca su mano a su espada, sin perder de vista al hombre frente a él.

- ¿Quién eres tú y por qué me atacas? – Preguntó Himura con seriedad.

- ¿Todavía lo preguntas, Battousai Himura, el destajador. – Le contestó el hombre, cosa que sorprendido mucho a Himura.

- "¡Sabe quien soy, es imposible..." – Pensaba Himura.

- No pretenderé no conocerte. Te he observado a cada paso que has dado en Kyoto. Y seré yo quien te acabe de una buena vez.

El hombre arrojó una vez más su cadena contra Kenshin, quien rápidamente desenfunda su espada, golpeando la espada y así evitando el golpe. Sin embargo, Himura no había notado que al mismo que tiempo que lanzó la espada, él también había comenzado a correr hacía él.

- "Es un hombre del gobierno" – Pensó mientras se quitaba el golpe – "Pero no es un Samurai como yo" – El hombre dio un salto y movió su cadena de tal forma que esta rodea por completo el cuerpo de Himura, quedando de esta manera completamente inmovilizado – "Es un asesino oculto"

Una vez que el asesino lo tenía bien asegurado, se impulsó en la pared para dar un salto hacía atrás y caer de pie en el techo de una casa cercana. Una vez en esta posición lo comienza a apretar un poco. Al mismo tiempo, Himura trataba de resistirse. El hombre se le quedó viendo fijamente desde su posición.

Al mismo tiempo que ese combate se llevaba a acabo, una figura blanca caminaba bajo la lluvia, cubriendo su cuerpo con una sombrilla azul que sostenía en sus manos.

Kenshin lo miró fijamente. Con esa cadena no podía de moverse. En ese momento, notó que uno de los extremos de la cadena se extendía hacía el frente. De reojo, identificó que ese extremo de la cadena iba hacía la primera espada que le había lanzado, y que ahora se encontraba clavada en el suelo.

El asesino dio un largo salto hacía arriba y luego se lanzó hacía abajo, listo para atacar a su contrincante. Sin embargo, antes de que pudiera tocarlo, el destajador tomó la cadena, jalándola con fuerza. De esta manera, atrajo hacía la espada, sosteniéndola con la mano izquierda. Justo cuando su enemigo iba bajando para atacarlo, Kenshin alza la espada que había agarrado, atacando al enemigo directo en hombro, haciendo un corte vertical en el tronco. Mueve con fuerza el arma hacía el frente para acabar el trabajo, jalando consigo varia de la sangre de su contrincante. El asesina cae muerto a sus espaldas, pero su sangre cae hacía el frente, directo a una sombrilla azul que pasaba en ese momento.

Kenshin baja la mirada, y se arrodilla un poco para tomar algo de aire después de ese extraño encuentro. Se había olvidado por completo que su herida había vuelto a sangrar. De pronto, siente sobre si la mirada de una persona. Lentamente levantó su cabeza, viendo al frente suyo a una persona. La misma mujer de kimono blanco que había visto en la taberna. Se encontraba delante, sosteniendo su paraguas, mientras su ropa, sombrilla y rostro estaban manchados con la sangre de su última victima.

Battousai se queda congelado, viendo a la chica con asombro. Ella se queda callada sin hacer ningún movimiento o ruido, simplemente se queda de pie, viéndolo con una expresión llena de seriedad.

- ¿Tú… eres en verdad… quien hace llover sangre? – Le pregunta de pronto la mujer rompiendo el silencio.

Él no le contesta nada. Ambos se quedan de pie, viéndose el uno al otro sin hacer nada. Kenshin inconscientemente suelta el arma que acababa de usar, haciéndola caer los charcos de agua. En ese momento, la lluvia comienza a caer con más fuerza, empapándolos a ambos…

FIN DEL CAPITULO II

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Datos Extra:

-Shinsengumi: Grupo de Espadachines procedentes más que nada del Feudo de Aizu encargados de la protección de Kyoto durante la era del Bakumatsu. Su mayor deber era el defender la ciudad de los Realistas y proteger al gobiernos del Shogunato de Tokugawa. Sus orígenes se pueden rastrear hasta la región de Edo Tama, donde se hayaba un dojo de Kenjutsu llamado Shieikan. El sensei. Kondo Isami, eseñaba el "Tennen Rishin Ryu" a alumnos como Hijikata Toshizou, Okita Souji e Inoue Genzaburo. Cuando Kondo fue enterado de los disturbios que estaban ocurriendo en Kyoto debido a los Realistas, se marchó con varios de sus alumnos y otros hombres para alistarse con Kiyokawa Hachirou y defender el territorio. Matsudaira Kamatori, señor de Aizu, los destino como los protectores de Kyoto, siendo una gran amenaza para los realistas de esa época.

-Kondo Isami: Fue el maestro de varios miembros del Shinsengumi como Hijikata y Okita en el Shieikan. Nació dentro de una familia pobre de Musashi cerca de Edo. A los 16 años fue adoptado por el sensei Kondo Shusai, adoptando el apellido del mismo. Desde joven reflejó gran destreza con la espada. Fue el comandante principal del Shinsengumi durante mucho tiempo, siendo un dirigente firme y seguro. Siendo el maestro de los algunos de los espadachines más hábiles del grupo, siempre fue un hombre que inspiraba mucho respeto.

-Hijikata Toshizou: Vice-Capitán del Grupo Shinsen. Junto con Kondo Isami eran los que controlaban el grupo. Fue alumnos de Kondo en el dojo Shieikan, siendo uno de los alumnos más sobresalientes. Acompañó a su maestro cuando se retiró a pelear en Kyoto. Era conocido como "El Demonio del Shinsengumi", ya que se le describe como un hombre frío y severo, recto y amante de las regles. Hijikata tenía firma convicciones sobre lo que debía ser un samurai y el código del Bushido. Se le atribuye la creación del Hiratsuki, la técnica principal del Shinsengumi. Fue el último dirigente del Grupo, guiándolo en su último combate en Hokkaido.

-Saito Hajime: Entró al Shinsengumi por recomendación de Matsudaira Kamatori, señor de Aizu, convirtiéndose en el Capitán de la Tropa 3 del Grupo. Su especialidad era la estocada con la mano izquierda, lo que le dio una gran reputación como uno de los mejores espadachines del grupo. Fue uno de los pocos miembros del grupo que se sabe que sobrevivió, y el único líder importante que quedó al final. Dirigió al Shinsengumi por un corto tiempo mientras Hijikata descansaba de sus heridas. Durante la nueva era Meiji se cambió en nombre a "Goro Fujita" y contrajo matrimonio con Takagi Tokio, hija de un importante oficial de Aizu. Peleó durante la guerra de Sainan, y luego se hizo policía de Tokio al mando del comisionado Kawaji.

-Okita Souji: Posiblemente el más conocido de los miembros del Shinsengumi. Dentro de todos los miembros del grupo se le considera como el más hábil con la espada. Era el Capitán de la Tropa Número 1. Nació dentro del feudo de Shirakawa, siendo hijo de Okita Rintaro un samurai de la baja nobleza. Desde muy pequeño mostró gran destreza con la espada. Ingresó a los nueve años en el dojo del sensei Kondo, donde aprendió las técnicas del "Tennen Rishin Ryu". Se le describe como una persona amistosa y amable que siempre se le veía con una gran sonrisa en el rostro. Sin embargo, Okita era delicado de salud, situación que lo llevó a retirarse de los combates del Bakumatsu. Aún así, Okita sigue siendo uno de los personajes más "Poderosos" del Shinsengumi.

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