Vientos De Cambio
En un hermoso día, los rayos del sol bañaban suavemente los rincones de la selva amazónica, una increíble pero peligrosa aventura natural. Un sitio digno de una historia de ficción, con bellos cantos de aves, animales coloridos y un sinfín de nuevos seres por encontrar, resguardados entre la maleza.
—¡Mira papá! ¡Es una Phoneutria nigriventer! Debemos mantenernos lo más lejos posible de ellas, ya que son de las arañas más venenosas no sólo de Brasil, sino de todo el mund... —afirmaba Bia con notoria seguridad en su voz.
—¡Aguarda! ¿Di... di... dijiste venenosa? —Titubeó un poco temeroso Blu, interrumpiendo a Bia mientras ella hablaba.
—Así es papá, pero no te preocupes. Como verás, son fáciles de identificar por la gran extensión de sus patas, sus tonalidades marrones y sobre todo porque se esconden en los racimos de bananos como esta lo hace —continuaba explicando Bia, mientras señalaba el racimo de bananos que se encontraba a una prudente distancia de ellos.
—Bien hija, ya veo —decía Blu aún algo temeroso por lo que su hija le compartió—. Pero dime, ¿cómo fue que aprendiste todo eso? ¡Realmente me sorprende que sepas tanto! —agregó Blu, recuperando poco a poco la alegría que lo caracteriza.
—Bueno... desde que tengo memoria recuerdo que era la única de mis hermanos a la que le interesaban los libros, aún sin saber leer. Después, poco a poco me enseñaste a leer y mi fascinación por la lectura se expandió, tanto que comencé a leer libros de biología y de la selva, aprendiendo mucho. Además, en televisión llegué a ver documentales que nutrieron mi conocimiento —decía Bia con un brillo especial en sus ojos por recordar su vida antes de residir en la selva.
—¡Wow! Ahora que lo mencionas, no te lo digo porque seas mi hija, pero eres la más inteligente de la tribu, ¡y muy probablemente la más inteligente de la selva! —afirmaba Blu, que acariciaba con su ala izquierda un poco las plumas de la cabeza de su hija.
—Gracias papi, aunque en realidad tú eres el ave más inteligente que he conocido —dijo Bia un poco sonrojada por el halago de su padre.
—¡Somos hija! Somos —Blu exclamó mientras tiernamente la abrazaba—. Sólo que aún tengo una duda —dijo mientras rompía el abrazo.
—Sí, dime —a Bia le extrañaba un poco el repentino cambio de actitud de su padre.
—¿Por qué no exploras la naturaleza en presencia de tus hermanos o de tus amigos? Tu madre gustosa te acompaña a tus investigaciones al igual que yo, aunque pienso que con quien deberías estar es con aves de tu edad. Creo que les gustaría saber algo de lo que tú sabes —le cuestionó amablemente Blu, ya que, efectivamente, Bia sólo exploraba el área en compañía de su madre o de su padre. Incluso en ocasiones de su Tía Mimí.
—Porque ellos creen que soy aburrida y no les gusta estar conmigo. Además no tengo amigos. Todos los guacamayos jóvenes que he conocido hasta ahora se divierten en presencia de Tiago y a mí me hacen a un lado. Carla al menos tiene a Nico y Pedro, pero yo ¡estoy sola! —le confesó Bia algo triste, derramando un par de lágrimas de sus hermosos ojos color ámbar.
—Oye, no te pongas triste, me hace daño saber que estás mal —dijo Blu mientras le limpiaba las lágrimas de sus mejillas utlizando su ala izquierda.
—No es nada —sollozó un poco Bia, para después calmarse.
—Intenta acercarte a tu hermano cuando él esté próximo. Intenta unirte a su círculo de amistades y verás que es fácil —aconsejaba Blu a Bia.
—¡Gracias papi! Lo intentaré! —dijo Bia dulcemente para besar a su padre en la mejilla izquierda y volar felizmente.
—De nada hija... —y Blu también voló lejos de ese sitio, pues tenía una araña venenosa frente a él.
Por otra parte, Tiago se encontraba con sus amigos a las afueras del santuario.
—¡Esto va a estar increíble! —exclamó Tiago atando un explosivo a un tronco húmedo.
—¡Wow! ¡Qué bien! —dijo un joven polluelo color azul fuerte, con pico ligeramente angulado, ojos azules, un peinado alocado con plumas algo gruesas y con forma cilíndrica parecidas a rastas y en general un cuerpo similar al de Tiago, delgado pero hábil y veloz—. Por cierto... ¿De dónde sacaste estos explosivos Tiago?
—¡De la lucha con los taladores Iván! —le contestó al joven polluelo Tiago.
—Ya veo. ¡Genial! —Iván también estaba emocionado.
—¡Aquí voy! —exclamó muy seguro Tiago, encendiendo un fósforo y girando su cuello para que tronara.
—¡Sííí! —gritaron los demás polluelos que estaban detrás de Tiago.
Justo cuando Tiago despegó del piso para encender el explosivo, lo detuvo Perla.
—¡Wow, wow Tiago! ¿Qué pensabas hacer?
—¡Ayyyy má! ¡Sólo me estaba divirtiendo con mis amigos! —refunfuñó Tiago al comprender que Perla no lo dejaría completar su hazaña.
—¿Cuántas veces te lo hemos dicho? No es bueno que usen pirotécnicos sin que hayan adultos vigilándolos, pues podrían lastimarse —le recordaba Perla a su hijo las palabras que en más de una ocasión habían empleado ella y Blu.
—Pero mamá. ¡Yo soy inmortal! —Dijo Tiago inflando el pecho con suma seguridad.
—¡Inmortal! ¿Inmortal? ¡Por favor Tiago! ¡No me hagas reír! —se mofó Perla de lo que su hijo le dijo.
—¡Bien! Vámonos muchachos. Vayamos a volar un rato —vociferó Tiago para darse la vuelta y salir volando con sus 4 amigos muy decepcionados, dejando a Perla sola y un tanto consternada.
—Oye Tiago, ¿tu mamá es muy controladora no? —Preguntó Iván a Tiago mientras volaban juntos los 5 amigos.
—¡Seguro! Mi mamá no se preocupa de dónde me la paso todo el día. Sólo llego a dormir y salgo al amanecer —aseguró uno de los polluelos que los acompañaban.
—Y la mía sólo me pregunta qué hice durante el día y le cuento cualquier historia falsa, cuando realmente ¡estuve molestando a los cocodrilos! —replicó otro de los guacamayos.
—Sí, lo sé. Pero lo hacen porque me quieren proteger —suspiró Tiago confundido—. Sólo que ya no soy un polluelo de nido para que me quieran controlar todo el tiempo. ¡Necesito algo de libertad!
—Ya veo —agregó Iván, mientras seguían volando sin rumbo.
Mientras tanto, Carla se encontraba junto con Rafael, Nico y Pedro cerca de la piedra en forma de roca, cantando alegremente una hermosa canción.
—¡Eso fue asombroso! —dijo Nico después de escuchar la última canción que compusieron, cantada por Carla.
—¡Seguuuro! ¡Si volvemos a Río para el próximo carnaval, volveremos a brillar! —comentó Pedro fascinado.
—¡Nunca me imaginé que cantaras tan bien! No tanto como Eva, pero tienes una voz increíble —agregó Rafael.
—¡Gracias! —respondió un poco sonrojada Carla por los elogios de sus amigos.
—Tú tienes un talento innato, no sé cómo no lo descubrimos antes —le dijo Pedro a su joven amiga.
—Ni yo. ¡No sabía que supiera cantar! —confesó Carla.
—Pues sí que lo haces, y lo haces muy bien. Pero en fin. Creo que debemos acompañarte a tu hogar, ya que es un poco tarde y como sabrás, Blu todavía se preocupa si nota que es tarde y ustedes no han vuelto —afirmó Nico, denotando algo de interés tanto por Carla como por Blu.
—¡No se molesten! Yo puedo volver sola!
—No es molestia. Además, queremos saludar a tus padres y charlar un poco con ellos —replicó Rafael, que deseaba saludar a sus queridos amigos azules.
—Bien. Vayamos entonces —exclamó feliz Carla mientras partían hacia el gran nido que Blu construyó junto con Tiago.
Por otra parte, Perla se encontraba llegando a su nido, un poco pensativa por su recién acontecido disgusto con Tiago.
—Blu. ¿Estás aquí? —preguntó ella dentro del nido, esperando no obtener respuesta.
—En nuestra habitación —respondió él.
Perla se dirigió a la habitación del fondo de lado derecho y encontró a su macho, un poco pensativo con la mirada dirigida al piso, sus alas entrecruzadas ubicadas en su vientre y sentado en el borde de su cama construida de ramas, paja y hojas.
—¿Blu? ¿Qué sucede? —preguntó ella al ver a su esposo tan pensativo.
—Nada nena. Lo que ocurre es que Bia me dejó pensativo.
—¿Te dijo algo malo? —cuestionó nuevamente ella, viéndolo en la misma posición en que lo encontró al ingresar a la habitación. No se había movido.
—Nada. Sólo que no tiene amigos y pienso que es porque siempre estamos detrás de ella sin darle libertad —respondió Blu suspirando, aún sin verla a los ojos.
Perla se sentó al lado izquierdo de Blu, a escasos centímetros de él y tomando sus alas con las de ella— Ahora que lo mencionas, también Tiago se siente controlado por nosotros. No se siente feliz con nuestro comportamiento sobreprotector.
—¿Y qué podemos hacer? La selva es salvaje y peligrosa —dijo Blu mirándola a los ojos, con una expresión carente de carácter.
—Pienso que ha llegado el momento de... —quiso decir Perla, pero en ese preciso momento arribaron Nico, Rafael, Pedro y Carla al nido de los Gunderson.
—¡Hola papás! ¡Miren a quiénes traje! —exclamó Carla ingresando al nido, con un tono de voz victorioso. Blu y Perla salieron de su habitación y se dirigieron a la entrada del nido, mientras que Carla subió a su dormitorio, el más alto del nido por cierto.
—¡Hey Blu! ¡Hey Perla! —exclamó gustoso Nico.
—¡Hooola amigos! —replicó gustoso Pedro.
—Qué tal tórtolos —finalizó Rafael.
—Hola muchachos, ¿cómo han estado? —respondió gustoso Blu esbozando una sonrisa.
—¡Qué gusto me da verlos! —complementó Perla contenta.
—Muy bien muchachos, hemos estado muy bien —dijo Rafael, tranquilo como siempre.
—Perfecto. ¿Pero tú no extrañas a Eva y a los niños? —preguntó un poco sarcástica Perla.
Rafael se acercó a los dos y tapándose con su ala les reveló en voz baja— Aquí entre nos, estoy gustoso de que hayan regresado a Río, pues no tengo que soportarlos todo el día —y separándose de ellos dijo en voz alta y abriendo las alas— ¡pero cuánto tiempo tenemos sin charlar correctamente Blu! ¿Qué te parece si salimos a conversar un momento?
—Me parece bien Rafa. ¿Ustedes qué harán muchachos? —preguntó Blu a Nico y Pedro, girando el cuello y dirigiendo la mirada hacia el fondo del nido para darse cuenta de que se encontraban comiendo la fruta de la cena.
—Ehhhh... dijiste... ¿algo? —dijo Pedro dándose la vuelta con los ojos engrandecidos, con tres arándanos en el ala derecha, una frambuesa en el ala izquierda a punto de ser introducida en su pico y unas manchas rojas en sus plumas grisáceas, originadas por el néctar de alguna fruta.
—¿Están comiéndose... la cena? —preguntó Perla picoabierta, no muy contenta.
—¡No... no! ¡Esto... no... no... nos lo dio la Sa...Santa Mu... Muerte! Sí, ella. ¿Verdad Pedro?— titubeó en exceso Nico, encontrándose en condiciones similares a las de Pedro. Pedro asintió con la cabeza.
—¡Ohh, no! Bueno Perla, tendré que ir por la cena —expuso Blu a su esposa entrando a su habitación por su cangurera, para besarla después tiernamente en el pico para partir.
—De acuerdo amor. Mientras esperaré a los niños —respondió Perla sonriendo.
—Bueno muchachos. Cuiden el nido en lo que volvemos. Es lo mínimo que pueden hacer después de dejar a la familia sin comida —ordenó firmemente Rafael, pero sin ser severo.
—Sí. No hay problema —dijo Pedro.
Salieron volando Blu y Rafael, en un atardecer resplandeciente.
—Y dime Blu, ¿Qué tal te parece la selva ahora que has estado más tiempo aquí? —comenzó la conversación Rafael.
—Bien, me encuentro bien Rafa —respondió seco Blu.
—Anda, dime qué ocurre. Algo no está bien. ¿Problemas con Perla? —insistía Rafael. En ese momento se elevaron y se posaron en la copa del árbol más grande de la selva, aproximadamente a 80 metros del suelo.
—No. Nada de eso. Lo que ocurrió es que Perla y yo discutimos un poco acerca de nuestros hijos —suspiró Blu, dirigiendo la mirada al horizonte.
—Pero entre ella y tú las cosas están bien?
—Sí. Mejor de lo que yo imaginaba que estaría todo —continuó Blu, pero con una leve sonrisa.
—¿Y qué es lo que platicaron acerca de los niños? —a Rafa le surgía la curiosidad.
—Verás. Bia sólo recorre el área en compañía de su madre o de mí. Perla mencionó que Tiago también se siente incómodo porque lo sobreprotegemos demasiado, aunque sabes cómo es él y lo mucho que puede peligrar si lo dejamos libre totalmente. Carla se encuentra con ustedes que tienen un poco más de razonamiento, así que por ella no me preocupo tanto —confesaba Blu, sin perder la mirada del horizonte.
—Oye —dijo Rafael colocando su ala derecha en la espalda de su amigo azul— no es tan malo que les den más distancia. Finalmente están creciendo, además, dentro de la tribu se encuentran a salvo —aseguró quitando su ala de la espalda de él.
Blu tenía aún una expresión en su rostro pensativa— Pero sabes que Bia es sensible, podrían lastimarla o molestarla. Además, Tiago se involucra en muchas situaciones de peligro. Si algo saliera mal...
—¡No pienses en eso! —interrumpió Rafael a Blu—. Tus hijos saben defenderse, te lo demostraron cuando lucharon en contra de los taladores hace un par de meses.
—Supongo que tienes razón. Hablaré con Perla y más tarde hablaremos con ellos —dijo Blu aún un poco preocupado, pero más convencido.
—¡Perfecto amigo! Ahora vayamos por la cena —exclamó Rafael, extendiendo sus alas para volar.
—¡Gracias por escucharme! —agradeció Blu a Rafael, extendiendo sus alas para volar a lado izquierdo del sabio tucán.
Recogieron fruta y nueces en la arboleda cercana, para volver al nido cerca del anochecer.
—¡Están de vuelta! —dijo Perla feliz al ver a los dos amigos ingresar al nido.
—¿Dónde están los niños? —preguntó Blu después de besar a su esposa en el pico.
—Ellos se encuentran dormidos en sus habitaciones —respondió Perla.
—Dejaremos esto aquí —dijo Blu, dejando la fruta y nueces en el piso junto con Rafael. Entró además, a dejar su cangurera en su dormitorio.
—¡Muchachos! —gritó Rafael a Nico y Pedro, pues se encontraban dormidos en el suelo.
—¿Nicole? —gritó Nico confundido, despertando abruptamente junto con Pedro.
—Aguarda, dijiste ¿Nicole? —cuestionó mofándose Rafael.
—Ehhh ¿qué? ¿Dijiste algo? —vociferó Nico fingiendo no saber qué había dicho.
—Dijiste ¡Nicole! —se burló Pedro.
—¿Qué les parece si ya nos vamos? Ya hablaste con Blu Rafi —amenazado, Nico se vio obligado a cambiar de tema.
—Bueno. Gracias por traer a Carla muchachos. Me dio gusto verlos —dijo Perla, despidiendo a sus tres amigos.
—Seguro. ¿Pueden volver mañana? —dijo Blu a sus tres amigos.
—Olvidamos decírselos, pero mañana volveremos a Río. Tenemos un asunto que atender respecto al club de samba —dijo Pedro.
—Yo tengo una amarilla razón para volver a Río —expuso con una sonrisa pícara Nico.
—Y yo debo de ver a Eva y a los niños. Dije que volvería pronto —dijo un poco triste Rafael.
—¡¿Volverán a Rio, justo mañana?! —preguntó Perla perpleja.
—¿Quieren venir ustedes dos con nosotros? ¡Podrían ser unas placenteras vacaciones en pareja! —sugirió Rafael a la pareja azul.
—¡Gracias por la invitación, pero... —respondió Blu con Perla abrazada por su ala izquierda sin pensarlo, pero al girar a verla al rostro se detuvo. Supo que ella tenía algo entre alas.
—¿Pueden esperarnos fuera del nido en lo que lo pensamos? —preguntó Perla pensativa.
—Sí. Cuando decidan qué hacer, salgan y díganlo —afirmó sonriente Rafael.
—¿Nena? ¿Qué ocurre? —cuestionó Blu confundido a su hembra.
—¿Qué te parece si vamos a Río tú y yo como lo sugirió Rafa? —preguntó Perla sonriendo a Blu.
—¿Ahora? ¿Solos tú y yo? —Blu se encontraba sin palabras.
—Así es. De igual manera, los niños ya pueden valerse por sí mismos, además de que dentro de la tribu están seguros. Es lo que quería decirte en la tarde —expuso Perla sonriente.
—Supongo que es cierto. Rafa me dijo lo mismo en la tarde —confesó Blu.
—Hablaste con él de esto en la tarde? —preguntó Perla.
—Sí. ¡Los dejaremos en cuidados de Roberto y tu tía Mimí! ¿Te parece? —dijo Blu sonriendo y convencido. Era obvio qué lo motivaba.
—¡Por eso te amo! —dijo ella con voz candente y seductora, besándolo con pasión.
—¡Muchachos! ¡Iremos con ustedes! —salió del nido Blu, encontrándolos en una rama cercana.
—¡Genial! ¡Hagamos una gran fiesta en Río! —opinó Pedro bailando.
—¡No se diga más! ¡Partimos al amanecer! —estableció el plan Nico.
—¡Hasta mañana! ¡Descansen! —gritó Perla despidiéndolos aleteando con su ala izquierda.
—¡Gracias! ¡Igualmente! —dijo Rafael.
—Bueno nena. Cenemos para decirles a los niños que ahora pueden ser libres en la selva —dijo Blu girándose hacia el nido.
—Me parece bien. ¡Hagámoslo!
—¡Niños! ¡Niños! ¡Despierten! —gritó Perla dentro del nido.
—¡A cenar! —dijo contento Blu.
Minutos más tarde la familia Gunderson se encontraba cenando, así que comenzaron con una importante charla familiar.
—Niños. Su madre y yo queremos decirles algo —habló Blu, mientras volteaba a ver a Perla y tomaba su ala izquierda. Ella se encontraba a lado derecho de Blu.
—¿Cuál es ese problema que tienes Bia? —preguntó Perla a Bia.
—¿A qué te refieres mamá? —cuestionó Bia, pues no sabía a qué se refería su madre.
—Sólo te gusta recorrer la selva en compañía de tu padre o mía. Para nosotros no es molestia acompañarte, pero ¿no te parece que podrías recorrer la selva con tus amigos? —expuso Perla amigablemente. Sus hermanos no decían nada, pues se limitaban a escuchar.
—Lo que pasa es que, ¡no tengo amigos! —reveló triste la hermosa guacamaya celeste de ojos color ámbar.
—El problema es que no exploras en soledad. Deberías de intentar recorrer la selva sin nuestra protección, para que socialices— sugirió Perla, con una ligera expresión de preocupación.
—Pero papá no nos deja. Piensa que la selva es peligrosa— opinó obstinada Carla, que no había tenido participación.
—Sí. ¡A mí ni me dejan divertirme con mis amigos! —agregó Tiago un poco molesto.
—De acuerdo, es cierto. Aún desconfío de la selva. Pero, ¿qué pasaría si les dijera que a partir de hoy pueden ser libres dentro de la tribu? —propuso Blu.
—¡Wow! ¡Molestaría a las serpientes todo el día! —vociferó emocionado Tiago.
—¿Qué? —preguntó exaltado Blu.
—Jejejeje. No, era broma pá.
—Bueno. Lo que ocurre es que... —dijo Blu, dirigiendo nuevamente la mirada a Perla, mientras ambos se abrazaban por la espalda— a partir de hoy, ¡podrán ser libres en la selva! —complementó Perla.
—¿Osea? ¿Cómo libres? —cuestionó un poco obstinada Carla.
—Significa que a partir de hoy podrán recorrer la selva sin que estén bajo supervisión nuestra —rectificó su madre.
Los tres polluelos quedaron picoabiertos. No creían que su padre accediera.
—¿Es en serio? —Bia también se encontraba extrañada.
—Sí Bia. Sólo tendrán que seguir tres reglas muy simples —dijo su padre—. Uno: no salgan de la tribu. Dos: no pasen la noche fuera del nido. Tres: no se pongan en situaciones de peligro. ¿Sencillo no? —completó Blu su comentario sonriente.
En ese justo momento todos voltearon a ver a Tiago y al verse amenazado únicamente dijo:
—¿Qué?
—¿Y por qué decidiste cambiar de parecer papá? —interrogó Carla.
—Bueno. Su madre quiere que se desarrollen como aves en la selva. También, yo sé que se saben defender, lo comprobé cuando me lo demostraron hace dos meses en la lucha con los taladores— aseguró él.
—No han pasado dos meses. Han pasado 57 días desde entonces —corrigió Bia.
—Entonces, ¿Qué opinan? —dijo Perla.
—¡Genial! —exclamó Tiago.
—¡Lo intentaré! —comentó Bia.
—¡Ash! —refunfuñó Carla.
—Tenemos algo más que decirles niños —dijo Blu.
—¿Qué? —respondieron al unísono los hermanos.
—El día de mañana, su madre y yo... —iba a decir Blu, pero Perla lo interrumpió.
—¡Queremos que se diviertan como nunca! —aseguró ella.
—Sí. Eso.
La charla familiar acabó. Carla subió a la habitación más alta del nido, Bia se metió a la habitación de en medio, Tiago ingresó a la habitación que se encontraba junto a la entrada y después de desearle dulces sueños a cada hijo como cada noche, Perla se dirigió a su habitación al fondo del nido del lado derecho. Se acostó junto a Blu y él le preguntó un tanto desconcertado:
—¿Por qué no quisiste que les dijera que mañana saldremos a Rio solos tú y yo?
—Es lo mejor. Si se los hubieras dicho, hubieran querido ir —dijo dulcemente Perla.
—Tienes razón. Ahora la que me preocupa es Carla. Sin Rafa, Nico y Pedro ¿qué hará?
—Tiene a sus hermanos Blu, estará bien. Tal vez haga amigos.
—¿Y crees que Tiago estará bien? —preguntó su esposo pensativo.
—Nuestro hijo me dijo el día de hoy que él es inmortal —se burló Perla.
—Jeje. Siempre tan elocuente nuestro pequeño. Él se encargará de la tribu cuando sea el momento —dijo Blu sonriente, acostado en su cama junto a su bella esposa.
—¡Será el mejor líder que los guacamayos azules tendrán jamás! —aseguró Perla.
—Ahhhh, lo será. Lo será...
The End.
