Bueno, por fin actualice esto; parece que escuela y oscio mal esparcido no se llevan bien, en fin. Sigo sin estar seguro del ranking, espero que si alguien cree que esta incorrecto me lo haga saber. Volvi a editar el capitulo pasado porque tenia unas palabras mal y ademas espero haber hecho a Kai un poco mas como se supone que es.
Bueno es que, hay que aceptarlo... En cualquier momento antes de que empezara la serie sabemos que era un dejado, o es que, ¿acaso no siguio las ordenes de su abuelo al pie de la letra, durante mucho tiempo? Jaja.
–Creo que estás llevando esto muy lejos, Valeska...
Mi madre sonrió:
–Sólo hasta donde sea necesario...
Repentinamente, ante el sesgo bizarro de la situación, me alarme y mi cerebro pareció arder: necesitaba yo discurrir con frialdad, razonar…
–Pero, Valeska, entregaste los formatos que tenías preparados, y en todos aparezco como niño...
Por respuesta, mi madre me guiñó un ojo. Luego, se detuvo y giró hacia mí, dándose tiempo para arreglarme la diadema:
– ¿Recuerdas que llevaba copias, amor?... Como te dije, una nunca sabe... Así que, mientras audicionabas, hice las correcciones: ¡sólo necesité cambiar la primera hoja, para que quedaras registrada como mi hermanita!... Aunque aún me falta un ajuste, es cierto, pero...
Reiniciamos la marcha, mientras yo me hundía en el silencio. "¿Cómo salgo de esto?", me preguntaba. Sin embargo, mis cavilaciones no tardaron en detenerse, ante una perspectiva complicada mucho más próxima: el regreso a casa.
– Valeska – le pedí sintiendo nuevamente la boca seca –vamos a detenernos en algún lugar para que pueda cambiarme...
– ¿Estás loca? – Me respondió – No vamos a correr riesgos... Alguien puede verte...
– Precisamente
Se hizo un incomodo silencio, pero luego me respondió como si nada
– Además, me deshice de tu otra ropa; la tiré... Si te quitas el vestido, tendrás que regresar en calzoncitos rosas o desnuda...
– ¿Qué?
– Entiéndelo: ¡nuestro futuro depende de ti!... ¡A partir de hoy, eres mujer: te comportarás como mujer y vivirás como mujer!
Viajar de regreso fue atroz. Al principio porque temía que se dieran cuenta de mi disfraz, después, exactamente por lo contrario… Primero, en el autobús un joven me cedió su asiento y luego un tipo me extendió la mano para ayudarme a bajar, y cuando un pequeño de tres años se me quedo viendo, y alegremente se me recargo en la pierna, su madre coloco la cereza en el pastel:
– Disculpa a mi chiquitín, hija. ¡Es un coqueto con las chicas bonitas!
…
El parque frente a la casa, como suponía, estaba lleno. Traté de apurar el paso, pero mi madre me inmovilizó, asiéndome la mano...
– Camina lentamente o te moleré a golpes...
– ¡No dejare que me vean así!
– ¡Que te vean!
– ¡Valeska!
– En serio, Ekaterina: ¡si dejas de ser femenina un solo momento, te daré una madriza que no olvidarás!...
De repente se me vino un amago de vomito.
– ¡Vamos! – ordenó mi madre, sin darme tiempo a pensar – ¡Muévete como te enseñé! ¡Un pie delante del otro; deditos al frente!
Reinicie la marcha, oyendo tanto las voces de mis amigos en el platillo de entrenamiento así como los chirridos metálicos de los blades. Sin querer volver el rostro, traté de bloquear mis pensamientos catastróficos. Podía notar el acompasado movimiento de mis caderas, el roce casi aéreo de mi vestido, la caricia del aire entre mis muslos, el tenue balanceo de mis aretes. Sudaba frío. Cuando alcancé el umbral de la casa, faltaba poco para que la humedad en mis ojos se desbordara de coraje…
– ¿Ya ves, miedosa?... Nadie te reconoció... Los únicos que voltearon se enfocaron en mirarte de arriba para abajo…
Apenas entrando, corrí a mi habitación: sólo quería ir a mi cama y olvidarme del mundo. Pero de nuevo mi madre intervino con una fuerza inusitada, me empujó al cuarto rosa de las muñecas y me encerró ahí.
– Éste es tu nuevo espacio, Ekaterinsita –me informó–. Acostúmbrate a él...
– ¡Sácame! – grité, casi al borde del llanto y golpeando la puerta–... ¡No tienes derecho a hacerme esto!...
No obtuve respuesta. Seguí gritando, en desesperación, y me fui extinguiendo en ánimo y en anhelos, hasta que me derrumbé en el piso. Era muy tarde cuando mi madre, maquiavélica y sonriente, abrió por fin.
– Vamos a cenar algo – me dijo, fingiendo amabilidad.
La seguí. Pero no pude evitar el vistazo a mi habitación, en el momento de pasar enfrente: sólo quedaba el tambor de la cama. Tragué saliva. Mis juguetes, mi ropa, mis revistas, ¡mi todo había desaparecido!
– ¡Apúrate! – me indicó.
Entramos en la cocina, y me acomodé a la mesa, ante un tazón de leche y cereal. No tardé en percibir un olor a humo. Volteé la cabeza y encontré un fuerte resplandor en el patiecillo trasero.
– ¡No puede ser! – murmuré adivinando de golpe, y emprendiendo la carrera.
Sí: una enorme hoguera estaba devorando mis propiedades. Nada era ya rescatable. Desde atrás, mi madre me abrazó y me dijo al oído:
– ¡Cuánta basura! ¿No?
Impotente, con un codazo me separé de ella.
– Voy a dormirme – le informé–. No tengo hambre...
Mi madre suspiró dulcemente.
– Como quieras...
Caminé hacia mi habitación, en silencio total. Pero antes de que llegara a ella, mi madre ya estaba tras de mí. Llevaba dos prendas, dobladas, en las manos.
– Ahórrame el trabajo de sacarte a golpes de ahí...
Antes de decir cualquier cosa, me interrumpió el timbre del teléfono. Mi madre fue a la sala y respondió, aunque oprimiendo el altavoz con el objetivo de no perderme de vista:
– Diga...
– ¿Doña Valeska?
– Sí...
– Soy Gary, su vecino, uno de los amigos de Kai...
Advertí en ella un incuestionable gesto de desagrado.
–Te recuerdo, Gary... Dime...
– ¿Está Kai?
Con un atrevimiento que me sorprendió, antes de que mi madre pudiera efectuar algo (especialmente oprimir el botón para hacer personal la llamada), corrí junto a mi madre y alcé la voz:
– Hola...
– ¿Kai?, no te hemos visto hoy y nos sabíamos si estabas en casa...
Mi madre me lanzó una mirada amenazadora.
– ¿Y que mas?
– Solo queremos preguntarte algo...
– ¿Tú y quiénes?
– Pues tu sabes quién… Estamos en mi casa...
– ¿Y eso?
– Te digo... La curiosidad...
– Explícate...
– Es que hace rato tu mamá llegó con un chava...
Temblé...
– ¿Ajá?...
– ¿Quién es?
Me sentí descubierto.
– ¿A qué te refieres?
– No te hagas
– No, es que...
– Ya, en buen plan... La vimos de lejitos, pero se ve que está bien buena...
Me quedé de una pieza.
– ¿Cómo?
- No te hagas el que no sabes... Preséntanosla…
Mi madre intervino, fingiendo un grito lejano:
– Cuelga, Kai... Dice tu prima que quiere usar el teléfono...
Oí la risa de Gary:
– ¡Ah... Así que es tu prima!
–...
– Algo así supusimos... Con todo respeto, pero es que esta igual de buena que tu mama...
– Tengo que colgar...
– Va... Pero si no nos presentas a tu prima...
Terminé la llamada, con un manazo desganado. Mi madre me vio, triunfal, divertida.
– ¿Qué decías? ¿Qué eres qué? Aquí no hay niños... Yo, al igual que tus amiguetes, sólo veo dos mujeres: tú y yo...
Agaché la cabeza
– No es posible...
– Tan lo es, hermanita, que les gustaste... Conozco a los hombres: estarán pensando quien gana en hacerte su novia...
– …
– Es que no te das cuenta lo distinta que luces de vestido: como te estiliza la figura, dejándotela completamente femenina... Para usar palabras de Gary: "te ves bien buena"...
- Por favor…
– ¿Te cuesta trabajo oírlo? Acostúmbrate, hermanita... ¡Porque a esos tipos con los que solías jugar, ya no les interesas para eso, ahora te quieren para otras cosillas!
No podía más. Enfilé al cuarto rosa, con tal de lograr un rato de soledad.
– ¡Buenas noches! –corté.
– Desnúdate, antes – me atajó mi madre.
Obedecí. ¿Qué remedio? Pronto, sólo lucía un montón de cinta adhesiva en la entrepierna, e hice el amago de despegarla.
– Déjatela –fue categórica orden de mi madre...
– Pero quiero orinar –pretexté...
– Mejor... De cualquier manera, como ya te lo dije, sólo puedes hacerlo sentada...
Fui al retrete bajo su vigilancia, sintiendo una humillación total. Cuando apenas regresaba yo al cuarto rosa, mi madre me arrojó las prendas: era un antiguo juego de pijama suyo marca Emily Strange, unitalla, integrado por un top (en el cual Emily y dos gatitos dormían colgados de una especie de tendedero) y un cachetero (adornado con estrellas): ¡más ropa de niña!
– ¡Valeska, no inventes!...
El bofetón que recibí estuvo a punto de proyectarme al suelo...
– ¡Con una chingada! ¿Vas a usar la puta ropa, sí o sí?
No me quedo de otra. Me vestí a toda prisa, y arrojándome a la cama, me envolví en unas finas sábanas de Barbie. Mi madre se limitó a apagar la luz y a cerrar la puerta con llave.
Estuve pensando, hasta que el agotamiento me hizo dormir.
Me despertó un rayo de luz filtrador por entre las cortinas de la ventana. Desperté tranquilo hasta que sentí la textura de la pijama, pequeña y elástica… La conciencia de lo vivido me llego de golpe: "No fue una pesadilla", concluí en pánico y me levante de un salto. Fui hasta el espejo de cuerpo entero (adherido a una de las paredes) y me mire a través de él. Por la androginidad de mi edad, mi abdomen plano y al descubierto, parecía aun mas una jovencita… Me giré y pude observar que el cachetero dejaba al aire casi la mitad de mis nalgas…
Fui a la puerta y grité pidiendo salir de ahí. No hubo respuesta, seguro mi madre había salido de casa. Vi el reloj (una trama de flores y princesas de Disney), acomodado en el buró, al lado de una delicada cajita de pañuelos desechables: 12:49.
En un arranque de furia, me quité la pijama, y comencé a liberar mis genitales. "Soy un hombre", pensé. "Y como tal debo comportarme". De entrada, no supe como actuar. Y es que en realidad nunca había tenido que actuar de alguna forma en particular, yo simplemente solía ser yo. Así que decidí masturbarme (como lo hacían los "hombres" de las películas). Para mi horror, mi pene estaba adormecido, insensible.
Traté de calmarme, y dejé que mi mente vagara entre imágenes de compañeras de la escuela que me gustaban y alguna que otra fantasía personal... Recordé incluso, las Playboy que había yo hojeado con el resto de chicos de la colonia. Traje la escena: estábamos en casa de un compañero, y alguno había encontrado la revista debajo de la cama de su padre. Otro había hecho chistes muy vulgares, y Gary se había limitado a aseverar, frente a la fotografía de una tipa denominada Mao: "está bien buena la vieja, de están dando ganas de tenerla aquí en frente". Me detuve, tragando saliva. "Es casi lo mismo que dijo de mi madre; hasta usó el mismo tono".
Se me despertó una extraña fogosidad y mi pene comenzó a erectarse. Quise enfocarme en el recuerdo de la playmate, de cuerpo prodigioso, y me froté con energía... No pude, sin embargo, sacarme la voz de Gary, sus matices lúbricos: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... "Creyó que soy mujer y que estoy buena", pensé, con morbo. "Quizá lo excité. ¿Se le habrá parado también la verga conmigo, como con la modelo?"... Evoqué a mi madre: "¡A esos inutiles con los que jugabas ya no les interesas para el beyblade! ¡Ahora te quieren para otras cosillas!"... Y me mordí los labios... "¡Basta!"... Volví a las chicas de la escuela. Pero Gary siguió en mí: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... ¡Dios! ¿Qué estaba experimentando? Se me despertó un placer angustioso, distinto, y comencé a eyacular entre culpa, vergüenza y miedo...
Apenas un instante después, oí los pasos de mi madre: ¡estaba de regreso!
– ¡Arriba, floja! – se anunció.
Tomé unos cuantos pañuelos desechables, y me limpié apresuradamente. Después, volví a ponerme el top y el cachetero, y me senté en la cama.
– Métete a bañar, que ya es tardísimo – indicó mi madre, abriendo la puerta del cuarto rosa.
Para mi buena fortuna, no se detuvo: regreso a la sala, dándole a la cháchara y sin notar los brillantes goterones de semen sobre la alfombra, junto a un amasijo de cinta adhesiva. Limpié con cuidado, y la seguí, ocultando en mi mano tanto los pañuelos usados como el dichoso amasijo...
– ¡Esta mañana resultó de maravilla! – Explicaba mi madre, imparable– ¡La circulación estaba fluida por completo, y había poca gente en el transporte! ¡Pude ir al centro, cambiar el cheque, hacerte un acta, pasar al súper y darme una vuelta por los puestos de ropa!...
– ¿Hacerme un acta? –interrumpí...
– Sí –sonrió –... ¡Pero apúrate, hermanita!... ¡Dame la pijama, y entra al agua!... ¡Yo te pasaré las toallas!...
Me desnudé y entré al baño. No me asombró que hubieran desaparecido mi champú y mis jabones; mas en el pequeño e improvisado tendedero de la ropa interior de mi madre estaba colgada mi pantaleta de Hello Kitty, para que se secara entre dos sexys tangas. Arrojé el amasijo de cinta al retrete. De inmediato, me alisté a la ducha; obvio: tuve que usar los productos de mi mamá (frutales, unos; florales, otros; cremosos todos), y salí oliendo como ella, como a ella.
– Te ayudaré –me dijo, con dos toallas en las manos.
Con una, me ciñó el cuerpo desde el pecho; con otra, me envolvió la cabeza. Luego, me condujo al cuarto rosa. Ahí, me secó y volvió a atarme los genitales con cinta adhesiva; me puso una pantaleta de algodón gris (con dibujo de la Pantera Rosa en la parte de atrás y detalle de lacito en la parte delantera), un entallado vestido de punto ligero (a rayas en tonos grises y rosas también, con escote en V y bolsillo canguro), y unos femeninos tenis a juego; me peinó y me perfumó.
– ¡Lista! ¡Quedaste hermosa!
No quise verme al espejo; sentía miedo de escuchar la voz de Gary.
– Bien –dijo mi madre–... Te tengo algo rico para comer...
En efecto: fuimos a la cocina, y por primera vez en el día me sentí feliz: había una bolsa de comida china en la mesa. Disfruté los fideos, el arroz, los camarones y los trocitos de pollo. Atacábamos el postre, cuando sonó el timbre. Era Ming.
– Temía equivocarme de casa –saludó, al entrar en nuestra sala–. ¿Cómo están?
– Bien –respondió mi madre, plena de sincera alegría–. ¡Es un gusto verte!
– Te dará más gusto en un minuto –sonrió Ming, sacando su teléfono celular–. Sí, señor –habló al aparato–. Es aquí...
Oímos los inconfundibles sonidos de las portezuelas de un coche y, un instante después, Bryan Kuznetov atravesó el umbral.
– Buenas tardes – su acento ruso resultaba inconfundible.
Mi madre ofreció los asientos, y me hizo sentarme a su lado, en el sofá.
– Derechita, piernas cerradas, muy femenina – me secreteó al oído...
Bryan Kuznetov, dueño del contexto, un hombre completamente seguro de sí mismo, extrajo una elegante cigarrera y se despachó una especie de puro delgadísimo, aromático. Le hizo una seña a Ming.
– Hemos calendarizado para mañana la sesión de fotografías de Ekaterina – inició ella –. Pero en lugar de llamarlas por teléfono, el señor Bryan Kuznetov prefirió venir aquí e informárselos personalmente. Además, tiene mucho interés en este caso...
Quedé en estupefacción:
– ¿Puedo preguntar por qué? – deslicé; mi madre me pellizcó discretamente
Kuznetov sonrió:
– Tengo un talento especial para descubrir estrellas...
– Ajá...
– Hay madera en ti, Ekaterina, mucha... Y grandes posibilidades de planear a futuro...
Fue mi madre quien intervino:
– ¿A qué se refiere, señor Kuznetov?
– Aunque incluye hombres, "Jugar y Cantar" en realidad no funciona para ellos: sólo son parte de la mercadotecnia...
– Porque pueden cantar precioso de niños – comentó Ming, muy directa –, pero nada nos garantiza que, tras la pubertad, conserven la buena voz...
– Daré un solo ejemplo, muy claro – prosiguió Kuznetov –, mientras en la pubertad los repliegues vocales de las mujeres sólo crecen de tres a cuatro milímetros, en los varones llegan al centímetro...
– Por eso les sale la manzana de Adán – terció Ming...
– La voz femenina sólo muta alrededor de una tercia mayor – completó Kuznetov –; la varonil, en cambio, alrededor de una octava... Entonces, no puedo planear carreras largas para chamaquitos... ¡Y yo quiero empezar a trabajar con las luminarias del mañana!...
– Entiendo – suspiró mi madre...
Kuznetov me vio:
– Tú, Ekaterina, no sólo cantas increíblemente: eres muy guapa y estás en la edad ideal para pulirte...
Solo atine a dar un – gracias -
– ¿Qué quiere que hagamos, señor Kuznetov? – curioseó mi madre.
– Sólo que se dejen guiar...
– Lo haremos...
Kuznetov sacó su celular y dio instrucciones en ruso. En un santiamén, seis personas más (cinco hombres y una mujer), con sendos portafolios y expedientes, estaban en nuestra sala... Ming hizo las presentaciones:
– Max Mizuahara, diseñador de imagen; Rei Kon, médico, especialista en nutrición y bariatra; Oliver Polanski, director de orquesta y coros; Robert Jurgen, coreógrafo; Enrique Giancarlo, profesor de etiqueta; y Johnny McGregor, entrenador profesional...
– ¿Vieron ya el video? – intervino Max.
– No – contestó Kuznetov...
Max extrajo una laptop, y la abrió.
– Acérquense, por favor – pidió.
Comenzó a mostrar el video de mi casting. Casi me desplomo
– Te robaste la cámara – dijo Kuznetov.
– ¡Se te nota presencia de estrella! – rió Ming.
Era increíble la forma en que lucía la despampanante chica de la pantalla, pese a que, ligeramente tímida, casi no se movía. A su voz cristalina, hechizante, se aunaban las luces del escenario que se estrellaban en su piel perfecta, generando un maravilloso tono caramelo; sus ojos profundos, rojisimos, resultaban un verdadero imán para el espectador. Kuznetov me extrajo del shock.
– Ahora bien, Ekaterina, y sin pretender ser ofensivo: es evidente que estás en camino de tener un cuerpo tan escultural como el de tu hermana... Quiero aprovechar tu perfil: ese atractivo que emana de ti...
– ¿De qué forma?
– Los reality shows tienen una dinámica extraña... Pretenden mostrar la vida misma, pero en realidad son como una telenovela: simples melodramas... En este sentido, requieren personajes bien definidos, héroes o villanos, que la gente acepte como posibles para que, identificándose con ellos o no, los amen o los odien...
Mi perplejidad evidente motivó una explicación de Ming:
– Lo que el señor Kuznetov te está explicando es que, en este momento, a partir del casting, estamos construyendo una posible trama para el show... Y asignando papeles a los concursantes más notables...
– Es decir que el reality no es tan reality...
– Diste en el clavo – asintió Max...
Ming se inclinó hacia mí:
– Lo importante es que el señor Kuznetov te ha asignado uno de esos papeles... Si lo aceptas, desde luego...
El productor disparó:
– Quiero que seas la niña mala y sexy del reality, la chica que todos odian pero que al mismo tiempo desean estar con ella…
– Una especie Miss Mafia –terció Max–, pero completamente legal…
Enmudecí, en pánico total. "¿Niña mala?"... Mi mamá, en cambio, se estremeció sin manifestar sentimientos:
– Intuyo algo, señor Kuznetov... Sea claro, por favor...
Kuznetov dio una fumada lenta a su puro:
– Señorita Valeska, sin importar si ganara o perdiera, con esto su hermana ya tendría un lugar garantizado en el medio...
No es necesario decir que mi madre no titubeó. Para nada valieron mis discretos jalones a su blusa.
– ¡Claro que aceptamos!... Nos ponemos en sus manos...
Kuznetov aún no estaba satisfecho.
– ¿Entiende que tendremos que desarrollar la imagen de Ekaterina, tal y como la necesitamos? – preguntó.
– Lo entiendo – respondió mi madre...
– ¿Me respaldará para que, después del reality show, Ekaterina se convierta en la cantante juvenil más exitosa?
– ¡Claro!
Kuznetov se alegró:
– El trabajo comenzará mañana, propiamente, con el estudio fotográfico. Pero podemos adelantar un poco... Recuerden que todos, aquí, estamos comprometidos con el futuro de Ekaterina...
– De entrada, Valeska – se inmiscuyó Ming –, te olvidaste de entregar ayer el acta de nacimiento de Ekaterina...
Mi madre sonrió, y fingió revolver algunos papeles.
– ¡Pero qué tonta soy!
¡El acta! ¡Entendí las prisas matutinas de mi madre! Más tarde supe que había ido a un barrio de la ciudad, famoso por sus imprentas y por sus falsificaciones de documentos, para ampararme en una nueva identidad; no sólo teniendo a mis abuelos como padres, sino con un sexo distinto…
Mientras tanto, con una actitud mesurada y profesional, el doctor Kon comenzó a averiguar mi estado de salud y mis hábitos alimenticios. Después, tuve que coordinarme con el director de orquesta y coros, con el coreógrafo, con el profesor de etiqueta y con el entrenador personal, hasta organizar el horario de mis próximos días. Intuía un infierno. Justo en ese momento, mi madre apartó al médico; sólo oí su primera pregunta, como si la hubiera dirigido a mí:
– ¿Cree que Ekaterina necesite tomar vitaminas?
Eran casi las seis de la tarde cuando concluyó la reunión. Al levantarse del sillón, Kuznetov estaba exultante:
– Han tomado la decisión correcta, señoritas... Será un placer seguirnos viendo...
Ming lo atajó.
– Señor, ¿cree que este barrio sea el adecuado para la imagen de Ekaterina?
Se detuvo:
– Buena observación – dedicó unos segundos a pensar; luego, volteó hacia el diseñador de imagen – ¿Ya terminaron de arreglar el departamento plata?
– Sí, señor... Puede utilizarse en cualquier momento…
– Entrégueselo a ellas – nos vio –. Que se muden de inmediato...
– Mañana en el set, les daré las llaves...
Ming nos guiñó un ojo.
– Hasta mañana, entonces – se despidió Kuznetov –... Les enviaré un auto a las cuatro de la tarde...
Ming dijo que se quedaría para terminar de llenar unas formas. Y así fue. Aunque la intención tenía que ver, también, con darnos cierta información:
– Me cayeron muy bien – confesó –. Por eso hice la sugerencia. Les encantará el departamento plata...
– Explícanos – rió mi madre...
– La televisora posee algunos inmuebles para sus artistas consentidos... Bryan Kuznetov maneja varios, para nuevas estrellas... Y no es justo que alguien con la voz de Ekaterina permanezca en este barrio tan horrible...
Cuando Ming se marchó, mi madre me regaló un abrazo fuerte, cálido.
– ¡Vamos bien, hermanita! ¡Vamos bien!
Iba a reclamarle, cuando sonó el teléfono. Volvió a usar el altavoz:
– Diga...
– ¡Hola, bombón! Soy Lee...
Era el gerente de relaciones públicas de la compañía cervecera para la que mi madre servía como edecan.
– ¿Qué se te perdió?
– Tengo un evento de última hora... Échame la mano...
– Lo siento, Lee no cuentes más conmigo...
– No manches, bombón. Te necesito... Sólo un par de horas...
Colgó. Y me hizo una cara simpática.
– Que Lee se vaya a la chingada...
No soportaba más el remolino de emociones que me devoraba. Y exploté:
– No quiero seguir con esto, Valeska...
– ¿Qué?
– Ya me oíste...
– ¿Y de qué carajos piensas que vamos a vivir? ¿De la caridad?
– Si tú no puedes con tus responsabilidades de mamá, no te preocupes: buscaré trabajo en el súper, empacando cosas. O lavaré coches... ¡Pero no pienso seguir fingiendo!
El rostro de mi madre cambió: se volvió frío, despiadado. Supe, en ese momento, que era capaz de cualquier cosa. ¡Sentí más miedo de su reacción que de mi situación!
– Fuiste un error en mi vida, y debí abortarte como me sugirieron tus abuelos... ¡Así estaría libre y no habría tenido que sacrificarme por ti! – me asió por el cuello y comenzó a ejercer una sutil aunque creciente presión – ¿Así que crees que aún no eres lo suficientemente mujercita?
Me llegó la asfixia.
– Suéltame, por favor...
– ¡Te haré ahora lo que debí hacerte en mi vientre!...
Apelé a la compasión:
– Perdóname, mami... Te quiero...
– Si me quieres, demuéstralo...
– Lo haré ...
– ¿Obedecerás sin chistar?
Ya no podía hablar. Sólo asentí con la cabeza... Mi madre aflojó la mano...
– ¿Estás segura? – preguntó.
Mi voz sonó débil, casi apagada:
– Sí...
– Tú me apoyas, yo te apoyo...
Me derrumbé en el sofá.
– Es que, Valeska, no puedo ser niña de la noche a la mañana...
Mi madre repitió:
– Tú me apoyas, yo te apoyo...
Entonces, se le iluminaron los ojos... Y agregó:
– Aparte de mí, tendrás a las mejores maestras...
Fue al teléfono. Conectó el altavoz y marcó a toda velocidad.
– Bueno – respondieron...
– ¿Lee?
– Sí, Valeska... Un Lee preocupado, que ya te echa de menos...
– Sólo por hoy, cuenta conmigo... Será mi último trabajo para la cervecera...
– Eres un primor... Te pagaré el doble...
– El triple, más bien: una prima me acompañará...
– ¿En serio? ¿También es edecán?
– Está comenzando...
– ¿Está buena la vieja?
¡De nuevo esas palabras! Mi madre se carcajeó:
– Eso dicen todos sus amigos... Ya la verás...
– Me ahorras chamba, bombón, y te adoro... Las zapatillas para tu prima, ¿de qué número te las mando? No tengo muchas disponibles...
Mi madre comparó mis pies con los suyos.
– Del mío le vendrán bien...
– Perfecto... Con los uniformes, no hay bronca: son unitalla...
– Va que va...
– En unos minutos, un motociclista te entregará los dos equipos... ¿Pueden estar, las dos, en mi oficina, a las 9:30?... El evento empieza a las 10...
– Por supuesto...
– Gracias, Valeska...
– Bye, Lee...
Mi madre colgó y me vio a los ojos... Luego, sentenció:
– Aprenderás mucho, hermanita... Dentro de unas horas, serás la más coqueta y sexy de las edecanes...
