ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE ES UNA ADAPTACION A ESTE MI ANIME FAVORITO…

Capítulo 1

Inglaterra. 1206

La noticia la destruiría. Yacken, el fiel mayordomo, que estaba a cargo de la casa desde que el barón Hakudoshi Williamson tuviera que salir deprisa de Inglaterra para ocuparse de los asuntos personales del rey, tenía la responsabilidad de informarle la horrible novedad a la señora. El sirviente no demoró en hacerlo pues imaginó que lady Kagome querría interrogar a los dos mensajeros antes de que regresaran a Londres, suponiendo que estuviera en condiciones de hablar con alguien después de enterarse de lo ocurrido a su bien amado esposo. Sí, tenía que decírselo a la gentil señora lo antes posible. Yacken era muy consciente de su deber y aunque estaba ansioso por terminar con ello de una vez, arrastró los pies como si caminara en medio del lodo hasta la rodilla mientras se encaminaba hacia la capilla recién construida donde lady Kagome se entregaba a las plegarias vespertinas. El padre Totosai MacKechnie, un clérigo que provenía de la propiedad Maclaurin, en los Highlands, las tierras montañosas de Escocia, subía por la plataforma desde el patio inferior cuando Yacken lo vio. El criado soltó un suspiro de alivio y luego alzó la voz para llamar al sacerdote desemblante severo.

— Necesito sus servicios, MacKechnie — Gritó Yacken, para hacerse oír sobre el fragor del viento. El sacerdote asintió y frunció el entrecejo. Aún no había perdonado al mayordomo su conducta ofensiva de dos días antes.

— ¿Quieres que reciba tu confesión? — gritó el padre, dando un matiz burlón a su pronunciado acento escocés.

— No, padre. MacKechnie meneó la cabeza.

— Tienes un alma negra, Yacken.

Sin hacer caso de la ironía, Yacken esperó, paciente, que el escocés de cabello oscuro llegara junto a él. Percibió burla en los ojos del sacerdote y comprendió que estaba provocándolo.

— Hay un asunto mucho más importante que mi confesión — comenzó Yacken.

—. Acabo de enterarme…

El clérigo no le dejó terminar la explicación.

— Hoy es Viernes Santo — lo interrumpió

— No hay nada más importante que eso. La mañana de Pascua no te daré la comunión si hoy no confiesas tus pecados y le pides perdón a Dios. Yacken, podrías comenzar por el desagradable pecado de grosería. Sí, ese sería un buen comienzo. Yacken se contuvo.

— Padre, yo le pedí perdón pero veo que usted no me ha perdonado.

— En efecto, no te perdoné. El mayordomo frunció el entrecejo.

— Como ya le expliqué ayer y antes de ayer, no le permití la entrada en el castillo por órdenes explícitas del barón Hakudoshi de no dejar entrar a nadie durante su ausencia. Me dijo que incluso impidiera la entrada de Koga, el hermano de lady Kagome, si venía de visita. Padre, trate de comprender. Soy el tercer mayordomo aquí en menos de un año, y lo único que pretendo es mantener mí puesto más tiempo que los otros. MacKechnie resopló. Todavía no estaba satisfecho con las provocaciones al mayordomo.

— Si lady Kagome no hubiese intervenido, yo aún estaría acampando fuera, ¿no es así? - Yacken asintió.

— Sí, así es

— admitió. A menos que desistiese usted y regresara a su país.

— No iré a ningún lado hasta no haber hablado con el barón Hakudoshi y haberle informado de los estragos que está causando su vasallo en las tierras de Maclaurin. Yacken, está matando a inocentes y creo que el barón no tiene idea de lo malvado y ambicioso de poder que resultó ser ese hombre, Marshall. Tengo entendido que el barón Hakudoshi es un hombre honorable y espero que sea cierto pues tendrá que poner fin a estas atrocidades lo antes posible. Algunos de los soldados de Maclaurin hasta han recurrido al bastardo MacBain en procura de ayuda. Una vez que le hayan prometido lealtad y lo nombren su laird, se desatará un irá a la guerra contra Marshall y contra cualquier otro inglés que pretenda apoderarse de las tierras de Maclaurin. Al guerrero de los Highlands no le resultan ajenas la furia y la venganza, y apuesto mi alma que hasta el pellejo del propio barón Hakudoshi estará en peligro cuandoMacBain compruebe la devastación que están perpetrando los infieles que envió el barón a las tierras de Maclaurin. Aunque Yacken no se veía afectado en forma personal por el conflicto dé los escoceses, el relato del sacerdote lo atrapó. Además, sin proponérselo, el clérigo lo ayudaba a posponer la temida tarea que les esperaba. "No pasará nada si lo demoro unos minutos más", pensó Yacken.

— ¿Acaso sugiere usted que ese guerrero MacBain vendría a Inglaterra?

— No lo sugiero — replicó el sacerdote

— Lo afirmo. El barón no tendrá la menor noción de que ha llegado hasta que sienta la hoja de MacBain en el cuello. Claro que entonces será tarde. El mayordomo movió la cabeza.

— Los soldados del barón Hakudoshi lo matarán antes de que se acerque al puente levadizo.

— No tendrán tiempo — afirmó MacKechnie, convencido.

— Según usted, ese guerrero es invencible.

— Creo que lo es. En verdad, nunca conocí a uno semejante. No te asustaré contándote las historias que escuché acerca de MacBain; basta decir que no te agradaría que la furia de ese guerrero se abatiera sobre está propiedad.

— Padre, nada de eso importa ahora — murmuró Yacken en tono afligido.

— Oh, claro que importa — replicó el sacerdote.

— Esperaré todo el tiempo que sea necesario para ver al barón. El asunto es demasiado grave para dejarse llevar por la impaciencia. El padre MacKechnie hizo una pausa para controlarse. Sabía que el asunto de Maclaurin no concernía al mayordomo, pero en cuanto comenzó a explicar, toda la cólera que había sepultado en su interior explotó y no pudo mantener la voz calma. Cambió de tema, tratando de hablar en tono más sereno.

— Yacken, sigues siendo un pecador, con el alma de un perro viejo pero eres honesto pues tratas de cumplir tu deber. Dios lo recordará el Día del Juicio, cuando te presentes ante Él. Si no quieres que oiga tu confesión ahora, ¿qué es lo que necesitas de mí?

— Necesito que me ayude con lady Kagome, padre. Acabo de recibir un mensaje del rey Naraku.

— ¿Sí? — lo urgió el padre MacKechnie al ver que Yacken no continuaba con la explicación.

— El barón Hakudoshi ha muerto.

— ¡Buen Dios del Cielo, no puede ser!

— Es verdad, padre. MacKechnie lanzó una exclamación ahogada y se persignó. Inclinó la cabeza, unió las manos y murmuró una plegaria por el alma del barón. El viento hizo revolotear el borde de la sotana negra del padre, pero MacKechnie estaba demasiado concentrado en las plegarias y no lo notó. Yacken alzó la mirada al cielo. Había nubes negras, hinchadas, empujadas por un viento

Persistente que aullaba. El sonido de la tormenta que se aproximaba era fantasmagórico, amenazador…enloquecido.

El sacerdote concluyó la plegaria, se persignó otra vez y volvió aprestar atención al mayordomo.

— ¿Por qué no me lo dijiste enseguida? ¿Por qué me dejaste seguir hablando? Tendrías que haberme interrumpido. Dios mío, ¿qué pasará ahora con los Maclaurin? Yacken sacudió la cabeza.

— Padre, no sé qué decirle con respecto a las propiedades del barón en los Highlands.

— Tendrías que haberme informado de inmediato — repitió el padre, aún impresionado por las sombrías novedades.

— Unos pocos minutos no cambian nada — replicó Yacken.

— Y quizás estaba tratando de retrasar mi cometido mientras conversaba con usted. Tengo el deber de informárselo a lady Kagome, y apreciaría mucho su ayuda, ¿sabe? Mi señora es muy joven, ignora lo que son las traiciones. Se le destrozará el corazón. MacKechnie asintió.

— Hace sólo dos días que conozco a tu señora, pero ya comprendí que tiene un carácter dulce y un corazón puro. Con todo, no sé si podré servir de gran ayuda: creo que la atemorizo.

— Les teme a casi todos los sacerdotes, padre: tiene buenos motivos.

— ¿Qué motivos?

— El obispo Houyo es su confesor. El padre MacKechnie frunció el entrecejo.

— No es necesario que añadas una palabra — murmuró, disgustado.

— La reputación de maldad de Houyo es bien conocida, incluso en los Highlands. No me extraña que la muchacha le tema. Lo que sí me asombra es que haya acudido en mi ayuda e insistido en que me permitieras entrar, Yacken. Ahora comprendo que se necesitaba valor para

Eso… ¡Pobre muchacha!— añadió, suspirando.

— No merece el dolor de perder a su bien amado esposo a tan tierna edad. ¿Cuánto tiempo hacía qué estaba casada con el barón?

— Más de tres años. Cuando se casó, lady Kagome era poco más que una niña. Padre, por favor, venga conmigo a la capilla.

— Por supuesto.

Los dos hombres caminaron juntos. Cuando Yacken volvió a hablar lo hizo en tono vacilante.

— Sé que no hallaré las palabras apropiadas. No sé muy bien cómo decirlo.

— De manera directa – le aconsejó el clérigo.

— La joven lo agradecerá. No la obligues a adivinar dándole indicios. Quizá sería útil buscar a una mujer para consolar a la señora. Sin duda, lady Kagome necesitará la compasión de otra mujer, además de la nuestra.

— No se me ocurre a quién pedírselo — admitió Yacken.

— El día antes de partir, el barón Hakudoshi cambió otra vez a toda la servidumbre de la casa.

Mi señora apenas conoce los nombres de los sirvientes: hubo tantos… En los últimos tiempos, mi señora se mantiene aislada — añadió.

— Es muy bondadosa, padre, pero no se acerca a la servidumbre y sólo confía en sí misma. Para decirle la verdad, no tiene a nadie en quién apoyarse.

— ¿Cuánto hace que se marchó el barón Hakudoshi?

— Casi seis meses.

— ¿Y en todo este tiempo lady Kagome no trabó relación con nadie?

— No, padre. No confía en nadie, ni en el mayordomo — dijo Yacken, señalándose a sí mismo

— El barón nos había dicho que sólo estaría ausente una o dos semanas y, en consecuencia, estuvimos esperando su regreso todos los días.

— ¿Cómo murió?

— Perdió pie y cayó desde un acantilado. — El mayordomo sacudió la cabeza.

— Estoy seguro de que debe de haber otra explicación, pues el barón no era un hombre torpe. Quizás el rey le diga algo más a lady Kagome.

— Entonces, se trata de un extraño accidente — concluyó el sacerdote.

— Que se cumpla la voluntad de Dios. – se apresuró a añadir.

— Podría haber sido el trabajo del demonio — murmuró Yacken. MacKechnie se abstuvo de hacer comentarios al respecto.

— Sin duda, lady Kagome volverá a casarse — dijo, enfatizando la afirmación con un gesto

— Recibirá una herencia cuantiosa, ¿no es así?

— La tercera parte de las tierras del esposo. Oí decir que son vastas— dijo Yacken.

— ¿Es posible que una de ellas sea la tierra de Maclaurin que el rey Juan le arrebató al rey escocés y entregó al barón Hakudoshi?

— Es posible — admitió Yacken. MacKechnie reservó esa información para un posible uso en el futuro.

— Me imagino que todos los barones solteros de Inglaterra querrán casarse con tu señora, con esos cabellos dorados y esos hermosos ojos azules. Es muy bella y, aunque sea pecado que yo lo diga, confieso que al verla me conmoví. Su apariencia podría subyugar a un hombre, aunque no tuviese las propiedades que ahora posee. Llegaron a los estrechos escalones que conducían a las puertas de la capilla en el mismo momento que el sacerdote concluía sus observaciones.

— En efecto, es muy bella — admitió el mayordomo

— He visto ahombres mayores quedarse con la boca abierta al verla. Por cierto, los barones la querrán — añadió

— pero no para casarse con ella.

— ¡Eso es absurdo!

— Es estéril

– dijo Yacken. El sacerdote abrió mucho los ojos.

— ¡Buen Dios! — murmuró. Bajó la cabeza, hizo la señal de la cruz y pronunció una plegaria por la desgracia de la joven dama. Lady Kagome también rezaba. De pie tras el altar, decía una oración pidiendo guía. Estaba decidida a hacer lo correcto. Tenía en las manos un rollo de pergamino y cuando terminó la plegaria a Dios, envolvió el rollo en una tela de lino que ya había extendido sobre la superficie de mármol. Pensó una vez más en destruir la evidencia que condenaba al rey, pero hizo un gesto negativo con la cabeza. Algún día, alguien hallaría el rollo y aunque sólo un hombre conociera la verdad acerca del malvado rey que una vez había gobernado a Inglaterra, entonces quizá se podría lograr cierta medida de justicia. Kagome colocó el rollo entre dos placas de mármol, bajo la tapa del altar. Se cercioró de que quedara oculto a la vista y protegido de cualquier posible daño. Luego, elevó otra breve plegaria, hizo una genuflexión y caminó por la nave lateral. Abrió la puerta para salir. Dé inmediato, la conversación entre el padre MacKechnie y Yacken se interrumpió. Ver a lady Kagome seguía afectando al sacerdote, y lo aceptó sin el menor atisbo de culpa. MacKechnie no se creía atrapado en las garras de la lujuria porque admirara el brillo del cabello de la joven o contemplara más de lo necesario ese rostro encantador. Para él, Kagome era otra de las criaturas de Dios, por cierto un ejemplo magnífico de la habilidad del Señor para crear la perfección. Kagome era sajona de pies a cabeza, con esos pómulos altos y los cabellos y la tez claros. Era un poco más baja que otras mujeres pues tenía estatura mediana, pero parecía alta por su postura erguida."Sí — pensó el sacerdote

— me complace la apariencia de esta joven y estoy seguro de que también debe de complacer a Dios, pues en verdad posee un corazón tierno y bondadoso".MacKechnie era un hombre compasivo: sufría por el golpe cruel qué recibiría la dama. En aquel reino, una mujer estéril no tenía utilidad alguna. Le habían arrebatado el único propósito de su existencia. Con toda seguridad, la razón por la que nunca la vio sonreír era la conciencia de su propia inferioridad.

Y estaban a punto de propinarle otro duro golpe.

— Mi lady, ¿puedo hablar unas palabras con usted? — pregunto Yacken .El tono del mayordomo indicó a la joven que pasaba algo malo. En los ojos de Kagome apareció una expresión cautelosa, y apretó los puños a los costados. Asintió y se volvió con lentitud para entrar otra vez en la capilla. Los dos hombres la siguieron. Al llegar al centro de la nave lateral, entre las filas de asientos de madera, lady Kagome se volvió para enfrentarlos. El altar estaba detrás de ella. Sólo cuatro velas iluminaban la capilla. Las llamas titilaban dentro de los globos de cristal puestos a distancia de una mano entre sí sobre la superficie del altar de mármol. Lady Kagome irguió los hombros, juntó las manos y miró con firmeza al mayordomo. Podía advertirse que se preparaba para recibir malas noticias. Su voz fue un suave susurro despojado de toda emoción.

— ¿Acaso mi esposo regresó a casa?

— No, mi lady — respondió Yacken. Echó una mirada al sacerdote, recibió un gesto de ánimo y al fin dijo

— Acaban de llegar dos mensajeros desde Londres. Traen una espantosa noticia: su esposo ha muerto. Tras el anuncio, se produjo un minuto de silencio. Yacken comenzó a retorcerse las manos, esperando que asimilara la novedad. La señora no daba señales de ninguna reacción visible y comenzó a temer que no hubiese comprendido lo que acababa de decirle.

— Es verdad, mi lady. El barón Hakudoshi está muerto — repitió en un susurró ronco. No hubo reacción. El sacerdote y el criado intercambiaron una mirada preocupada y luego miraron otra vez a lady Kagome. De pronto, los ojos de la joven se llenaron de lágrimas y el padre MacKechnie casi dejó escapar un suspiro de alivio: había comprendido. Esperó que llegara la negativa, pues a lo largo de muchos años consolando a los deudos, comprobó que la mayoría de las personas trataban de engañarse negando la verdad. La negativa de Kagome fue veloz y violenta:

— ¡No! — gritó. Sacudió la cabeza con tanta fuerza que la larga trénzale quedó sobre el hombro

— No escucharé esta mentira. No.

— Yacken dijo la verdad — insistió el padre MacKechnie en voz baja y serena. Kagome le dirigió un gesto negativo.

— Debe de ser un engaño. No es posible que esté muerto. Yacken, tienes que averiguar la verdad. ¿Quién te dijo esa mentira?

El sacerdote se adelantó y rodeó con el brazo a la acongojada mujer. La angustia que vibraba en la voz de la joven le dio ganas de llorar a él también. No aceptó el consuelo. Retrocedió y, con las manos apretadas entre sí, preguntó:

— ¿Es acaso una broma cruel?

— No, mi lady — respondió Yacken.

— Es el mismo rey Juan quien envió el mensaje. Hubo un testigo: el barón está muerto.

— Que Dios guarde su alma — salmodió el sacerdote. Lady Kagome rompió a llorar. Los dos hombres se acercaron pero la joven volvió a retroceder y les dio la espalda. Se arrodilló, cruzó los brazos sobre el vientre y se dobló como si hubiese recibido un golpe. Los sollozos de Kagome partían el corazón. Los dos hombres dejaron que diera curso a su desolación durante largo rato y cuando por fin Kagome pudo recuperarse un tanto y los sollozos comenzaron a disminuir, el clérigo le apoyó una mano en el hombro y murmuró palabras de consuelo. Kagome no le apartó la mano y MacKechnie vio cómo poco a poco recuperaba la dignidad. Hizo una honda inspiración para serenarse, se enjugó el rostro con el pañuelo de hilo que el sacerdote le entregó y permitió que la ayudara a levantarse. Sin alzar la cabeza, les habló:

—Me gustaría estar sola ahora. Debo…orar.

No esperó que se fueran sino que se volvió y caminó hasta el primer bancó de la capilla. Se arrodilló sobre el reclinatorio forrado de cuero y se persignó, indicando el comienzo de sus plegarias. El sacerdote salió primero y Yacken lo siguió. Iba a cerrar la puerta cuando la señora lo llamó:

— ¡Júralo, Yacken! Jura sobre la tumba de tu padre que mi esposo está muerto.

— Lo juro, mayordomo esperó un par de minutos para ver si la señora quería otra cosa, y luego cerró la puerta. Kagome contempló el altar durante largo rato. Su mente era un torbellino de ideas y emociones. Estaba demasiado impresionada para pensar con claridad.

— Debo orar— murmuró.

— Mi esposo está muerto. Tengo que rezar. Cerró los ojos, unió las manos y por fin comenzó a rezar. Fue una letanía simple y directa, que le salía del corazón:

— Gracias, Dios. Gracias, Dios. Gracias, Dios.