Agridulces
:-:
Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling.
:-:
Mientras fuera de la ventana el viento azotaba las ventanas Walburga se setía tan inquieta como la misma tormenta. Era otoño y llovía, y ella estaba sola en el sofá. A sus veinticuatro años la hija mediana de los Black digería incómodamente la noticia de su matrimonio.
Había luchado contra él de todas las formas posibles, pero su padre había sido impersuasible de sus decisiones y tras ceder en el capricho de su soltería hasta lo que él consideraba la edad límite; la entregó en matrimonio al menor de los Avery. Walburga sólo había asentido, exhausta, y aceptó su destino.
No quería abandonar el seno de los Black, su preciada y honorable familia. Le parecía injusto permitir que Alphart, su hermano mayor, se mantuviese soltero y a ella convertirla en una carta de intercambio. Dado que no tenía voz fuera de su familia, sabía que perdería la libertad que presumía.
Walburga sabía que sus padres se opondrían a dejarla permanecer soltera; ella era la oportunidad perfecta para cerrar distancias con los Avery y resultaba conveniente. Ella era una preciosa oportunidad, y Avery la había deseado desde sus catorce juveniles años.
Y no comprendía por qué a pesar de entenderlo, apoyarlo incluso, le dolía. Ella había nacido y quería morir como una Black.
¿Qué había pensado? ¿Sus padres viéndola envejecer cuando era su obligación traer al mundo más magos dignos? ¿Alguno de sus primos o hermanos casándose con ella en el libertinaje de los veinte años sólo para mantenerla en la familia? No, pensó. Avery se casaría con ella, tendrían niños puros y ella sería un puente para los negocios de su padre y hacer más poderosa la familia.
De modo que cuando se casó, con el pelo en un moño intrincado y luciendo arrebatadoramente hermosa, no se atrevió a mirar a su familia. No le dio el gusto de hacerles saber que le importaba, dado que sabía dentro de sí que estaba cumpliendo con un deber familiar.
Avery la recibió como una joya que había añorado su vida entera, y sus ojos brillaban de deseo cuando esa noche finalmente consiguió aflojar las vestiduras de Walburga.
Sin embargo, cuando ella fue incapaz de darle hijos a Avery luego de casi seis años de intentarlo; se dieron por vencidos y como si fuera mercancía dañada Walburga fue devuelta a su hogar paterno con la furia ahogando sus ojos. No había divorcios en el mundo mágico para los sangre pura, su núcleo mágico había sido unido. Sin embargo Avery no iba a mantener a una mujer que no podía darle un heredero; alegando que ésta era incapaz de cumplir sus funciones.
La joven esposa Avery se había visto presionada cuando su hermano menor, quién cayó enamorado de Druella Rosier; casándose meses después que ella a sus veintiún años, había concebido tres hijas. Una tras otra; y Walburga había temido ser infértil.
Alphart la había mirado con tristeza, y su hermano menor le trajo té en un intento de animarla cuando su esposo finalmente salió del hogar materno de su esposa. Pero Walburga no era el tipo de mujer que disfrutaba ser foco de lástima, mucho menos la humillación.
Walburga Avery, nuevamente Black, hizo algo que avergonzó a su esposo hasta la medula.
Cuando se había casado podía haber sido descripta como una joven audaz, soberbia e ingenua. Su familia siempre le había dado un lugar importante y se consideró indispensable; claro, hasta que se casó. Su marido la dejaba sola a menudo y al regresar exigía cuidados que a los ojos de su mujer no parecía merecer.
Le recordó su deber de darle herederos, y le repetía hasta el cansancio su rol en la familia. Walburga se sentía asfixiada en una familia que no respetaba su lugar como una sangre pura de alta estirpe ¡Ella era una Black, maldita sea! Si algo había hecho en esos últimos años de matrimonio, había sido aprender a respetarse a sí misma. Había llegado el momento de volver a ser Walburga Black; fiera, indomable y regia.
Si su marido pensó que desposarla era domesticarla, estaba más loco de lo que imaginaba.
Mantenerla, se había atrevido a decir luego de múltiples peleas. Su marido sin saberlo le había forjado mucho más el carácter, y dado que ya había sido públicamente humillada al ser devuelta a su hogar; le devolvería el favor como toda una dama.
Una mañana lluviosa de Febrero, con el viento azotando las ventanas, la treintañera apareció en el Ministerio de Magia sin aviso previo. La gente murmuraba al verla pasar, comentando lo desafortunado de su matrimonio. Ella los ignoró, con el mentón en alto y un contoneo educado.
Walburga Black exigió la separación frente a los oficiales del ministerio, y al llenar la solicitud escribió con su perfecta caligrafía "homosexualidad" como razón de hecho. Sonrió auténticamente feliz cuando entregó el formulario que los empleados leyeron sorprendidos antes de firmar.
Dos días después, la comunidad mágica ardía en rumores y Avery se vio obligado a darle la mitad de todo lo suyo. No estaban divorciados, dado que sus núcleos mágicos estaban sincronizados, pero la separación de bienes estaba perfectamente regulada.
Mientras los carísimos floreros comprados en Italia eran depositados en su hogar, bajo la mirada escandalizada de sus padres, y la sonrisa picara de su hermano mayor, Walburga Black bebía su té sonriendo sin tapujos. Oh, anhelada libertad.
Ella no era infértil, ni Avery homosexual; pero era su palabra contra la suya. Y señores, los Black siempre, absolutamente siempre, ganaban.
Oh, sí.
Travesura realizada.
:-:
Vamos, Sirius tenía que salir de algún lado.
Walburga tuvo a Siruis a los treinta y seis, tengo entendido. Me parecía un poco raro, dado que la mayoría de los Black se habían casado pronto. Además su hermano menor, Cygnus, era el padre de Bellatrix, Andromeda y Narcissa; y ellas son varios años mayores que Sirius.
¿Lógica? ¿Teorías?
