Vegeta se había sumido en la más grande depresión desde hace ya seis años, si antes casi ni le interesaba su mujer y su hijo, ahora menos. Lo único que realmente le había importado era ser el legendario Súper Saiyajín, ser el más fuerte en toda la Galaxia y vencer de una vez por todas al inútil de Kakarotto, pero él murió, murió y tan tontamente que Vegeta no hacía sino sentir muchísima más rabia de la que sentió por Kakarotto en vida. "Ese gusano, me ha causado las dos más grande humillaciones de mi vida: Primero me supera en poder a mí, que soy el Príncipe de los Saiyajíns, y después se le ocurre morirse. Prefierió perder su vida tan ridículamente que pelear conmigo". Eso era lo que constantemente se repetía Vegeta, no podía sacarse esa idea de la cabeza y ese pensamiento lo había deprimido y ensimismado durante cinco años, alejándose aún más de su familia. Claro, cómo es lógico el Príncipe de los Saiyajíns no podía permitirse creer que estaba deprimido, pero no era precisamente por la muerte de Gokú, o mejor dicho, de Kakarotto, allí había algo más, algo, por lo que Vegeta había perdido el interés por pelear y no sólo hablo de peleas de golpes y demás, NO, sino que había terminado por no tener interés por pelear por su propia vida, a veces sentía que era mejor acabar con todo, con todos, con el planeta entero de una vez y por todas, no se daba cuenta de la vida que florecía a su alrededor, ni la sonrisa de su hijo lo conmovía, era un verdadero muerto en vida que deambulaba por los pasillos de la mansión de los Briefs.
