Adaptación, personajes SM
Disfruten...
Capítulo 2
Edward rellenó las copas de brandy y dejó una de ellas en la mesilla, frente al sofá donde ella se había sentado. Prefirió no sentarse él también, ya que no podía pensar con claridad cuando estaba cerca de Bella.
—¿Por qué no te relajas y me cuentas algo de ti? —le propuso.
Ella lo miró con cautela.
—En realidad, no hay nada interesante que contar —respondió.
Edward torció la boca en una mueca.
—Lo dudo —la contradijo.
Ella se enderezó y Edward vio como sus pechos se erguían al levantar una mano y pasar su sedoso pelo negro por encima de un hombro. No pudo evitar fijarse en la piel desnuda de su cuello y en la suave curva de los pechos.
—Tú primero —propuso ella.
—Al igual que tú, no hay nada interesante que contar —contestó Edwrad encogiéndose de hombros
—Y yo, al igual que tú, lo dudo.
Edward sonrió con apreciación al darse cuenta de cómo Bella había vuelto la conversación hacia él.
—Evidentemente, soy americano, como mis padres y mis abuelos.
Ella asintió.
—¿Eres hijo único o tienes hermanos?
—Hijo único. Y nieto único —añadió mientras se sentaba a su lado en el sofá, a pesar de que antes había decidido no hacerlo.
Se inclinó hacia ella y tomó un mechón de su cabello negro, sintiendo su tacto suave mientras se lo enrollaba en un dedo. Pudo oler su perfume embriagador y sus sentidos se despertaron todavía más. Sabía que debía haber permanecido lejos de ella después del beso, pero no había podido evitarlo.
—¿Qué te ha traído a Londres, Bella? —preguntó en un intento de dejar atrás los pensamientos ardientes.
—Los negocios, como a ti.
—¿Y a qué te dedicas?
Ella dudó antes de responder. Estaba claro que Edward no le iba a contar mucho de él. A pesar de la atracción que había entre ellos, evidentemente no estaba interesado en tener una relación con ella, así que sería mejor limitar la información.
—Yo… ¿por qué no lo adivinas? —sugirió.
Él sonrió con sorna.
—No se me dan bien las adivinanzas.
—Oh, vamos. Puede ser divertido.
—Muy bien —no pudo resistirse antes su expresión traviesa
—. ¿Eres modelo, tal vez?
Ella se rió suavemente.
—¿Las modelos no tienen que ser altas y esbeltas?
Tal vez no fuera lo suficientemente alta para ser modelo, pensó Edward, pero era lo suficiente hermosa para serlo.
—Entonces, ¿no eres modelo? —preguntó, recostándose en el sofá.
—No —respondió con una sonrisa.
Edward sacudió la cabeza.
—No sé por qué, pero no te imagino en una oficina.
Bella frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Si yo tuviera una secretaria como tú, nunca trabajaría.
—¿No eres un poco machista al suponer que una mujer tiene que ser secretaria si trabaja en una oficina? —lo provocó.
—Hmm, tienes razón.
Bella empezó a sentirse menos tensa al darse cuenta de que estaba disfrutando de la conversación. Edward se encogió de hombros y lo volvió a intentar.
—De acuerdo, trabajas en una oficina…
—En realidad, no.
—¿Siempre es tan difícil conseguir una respuesta directa de ti?
No, no lo era, pensó Bella, pero se resistía a contar cosas de ella misma. Volvió a pensar en que a la dirección de PAN Cosmetics no le gustaría saber que su incidente con Mike Newton se había hecho público.
Edward Cullen, el propietario de Cullen Industries, era muy estricto en su política de mala publicidad, hasta el punto de que incluía una cláusula al respecto en los contratos de sus empleados, incluyendo el que ella había firmado con PAN Cosmetics el año anterior.
—¿Por qué estás tan interesado? —dijo frunciendo el ceño.
—Porque me interesa todo lo relacionado contigo —respondió despacio y con voz ronca.
Bella sintió que se ruborizaba al darse cuenta de que Sin no sólo quería saber cosas sobre ella… ¡la quería a ella! Tragó saliva con esfuerzo.
—Soy recepcionista de un fotógrafo. Y no era mentira del todo, ya que hacía de su propia recepcionista cuando Cathy salía a comer o estaba enferma.
Él enarcó las cejas.
—¿Alguien a quien yo conozca?
—Lo dudo —respondió ella.
—Y el tipo de antes…
—¿Mike? Edward asintió.
—Dijiste que era un compañero de trabajo. Cierto, lo había dicho. ¡Cómo se podían complicar las cosas cuando se exageraba un poquito la verdad!
—En realidad, es un posible cliente. Mi jefe esta fuera de la ciudad, así que me ha tocado a mí entretenerlo y llevarlo a cenar esta noche —añadió de manera poco convincente.
—¿Y tienes marido, y niños tal vez, esperándote en casa?
Edward estaba empezando a pensar que su renuencia Ocultar automáticamente: el
Los hijos delLos hij
os del millonariomillonario
Carole Mortimer
Los hijos del millonario (2009)Título Original: Pregnant with the billionaire's baby (2009)Editorial: Harlequin IbéricaSello / Colección: Bianca 1973Género: ContemporáneoProtagonistas: Jacob "Sin" Sinclair y Lucinda (Luccy) Harper-O'Neill
Argumento:
a decirle su nombre completo y a hablar de sí misma encajaba perfectamente con la situación de una mujer casada.
Ella se rió, curvando de manera deliciosa esa boca tentadora.
—No hay ningún marido, ni tampoco niños —le aseguró.
—Y Bella es un diminutivo de…
Edward miro rápidamente su mano izquierda y no vio ningún anillo, ni tampoco la marca blanca que habría dejado uno.
—De nada —mintió, y sacudió la cabeza—. Y como evidentemente, no nos volveremos a ver después de está noche, todas estas preguntas no tienen ningún sentido, ni tampoco las respuestas, ¿no crees?
No era necesario que Edward supiera que su nombre completo era Isabella Swan, ni que era fotógrafa, sobre todo de publicidad, con su propio estudio y un apartamento en el mismo Londres.
—Eso aún no lo podemos saber.
Bella lo miró sorprendida.
—¿El qué no podemos saber?
—Si vamos a volvernos a ver o no. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? Yo vengo a Londres con frecuencia y…
—¡Y yo no estoy dispuesta a convertirme en «tu chica de Londres»! —exclamó Bella—. Mira —dejó su copa en la mesilla, liberando el mechón de pelo de sus dedos mientras lo hacía—, te estoy muy agradecida por haberme ayudado antes, pero no lo suficiente como para acostarme contigo.
Él le dedicó una mirada ligeramente burlona.
—Pero no estamos en la cama.
—Ni lo vamos a estar —le dijo Bella con firmeza.
—Tal vez no esta noche…
—Ni nunca.
—¿Como puedes estar tan segura de eso?
No podía, ¡ése era el problema! A cada segundo que pasaba era más consciente de su presencia.
—Edward…
—Bella… —dijo con suavidad mientras se acercaba a ella, de manera que sus muslos se tocaron. Pasó un brazo por detrás de ella, a lo largo del respaldo del sofá, y la miró intensamente.
Bella se puso muy nerviosa al sentirlo tan cerca. Estaba completamente abrumada por su magnetismo físico y por el calor del deseo que ardía en esos ojos de color verde esmeralda.
Se quedó sin respiración cuando él elevó una mano y le tomó la barbilla, mirándola una vez más mientras le daba la última oportunidad de decirle que no.
Pero Bella sabía que no podría rechazarlo. De hecho, tenía la sensación de que, todo desde que lo había visto por primera vez, los había estado llevando a la situación en la que se encontraban.
—Soy consciente de lo disgustada que estabas antes, así que no haremos nada que tú no quieras, ¿de acuerdo? —le aseguró mientras ella lo observaba fascinada.
Se humedeció los labios antes de contestar:
—De acuerdo.
Tomó aire entrecortadamente, sin ningún deseo de resistirse mientras Edward inclinaba la cabeza hacia ella. Sus labios le reclamaron la boca con tanta suavidad que Bella casi sintió dolor.
Después del beso que habían compartido en la terraza, sabía que sería así si Edward la volvía a tocar. Gimió mientras su cuerpo se curvaba hacia él, incapaz de hacer otra cosa que no fuera responder al calor de Edward. Lo sintió a través de su camisa cuando levantó las manos para agarrarse a sus hombros y su propio cuerpo reaccionó a ese calor, empezando por los sensibles pezones.
No podía pensar en otra cosa al sentir la boca de Edward reclamando la suya, al sentir su lengua tanteándola, acariciándola, antes de hundirse profundamente en su interior, haciéndole sentir una vorágine de sensaciones y deseos.
Bella se separó ligeramente de su boca y gimió al sentir una mano de él sobre uno de sus pechos desnudos. No tenía ni idea de cuándo Edward le había bajado la cremallera del vestido, pero no le importó, porque lo único que quería era sentir sus caricias.
—Puedes pararme cuando quieras —le recordó él con voz ronca.
Bella no pudo responder. Sabía que debía tomarle la palabra y hacer que se detuviera, pero su cuerpo parecía tener otras ideas. No podía pensar en nada coherente, sólo sentir la hábil mano de Edward. Casi se volvió loca cuando él inclinó la cabeza y tomó con la boca el otro pezón.
Se dejó caer contra los cojines del sofá con el cuerpo en llamas. Sentía un deseo doloroso entre los muslos mientras Edward seguía haciéndola arder de placer.
Él tenía una mirada caliente y hambrienta cuando levantó la cabeza para observarla. Se deleitó mirando sus pezones, duros y rosados, y la belleza de su rostro durante unos segundos. Después volvió a pasar el pulgar por uno de los pezones e inclinó de nuevo la cabeza para besarla.
Inmediatamente sintió que Bella movía las caderas nerviosamente debajo de él, reflejando el deseo que sentía. Bajó la mano hasta una de sus rodillas y descubrió que su piel era suave como el terciopelo. Le acarició el muslo antes de deslizar la mano bajo el vestido hasta llegar a una cadera y a su estómago plano.
Bella llevaba un diminuto tanga de encaje y sus rizos ya estaban húmedos por el deseo cuando Edward la acarició antes de sentir su calidez por debajo del tejido. Bella gritó al sentir la caricia de Edward, completamente excitada. Su cuerpo parecía derretirse mientras él la acariciaba con los dedos, moviéndolos rítmicamente.
Los labios de Edward le abandonaron el pezón para volver a su boca, donde la lengua comenzó a imitar el ritmo de los dedos. Parecía como si Edward estuviera en todas partes a la vez: sobre ella, junto a ella, dentro de ella. Bella lo quería aún más dentro, deseaba que la poseyera mientras notaba cómo sus dedos la acariciaban, pero no la penetraban.
Se retorció y elevó las caderas para permitir que le quitara el tanga, deseando silenciosamente que satisficiera su deseo. Gritó de placer cuando finalmente Edward le dio lo que quería y abrió mucho los ojos al sentir que la intensidad del placer aumentaba hasta cotas insospechadas. Cielo santo, iba a…Gimió y le abrió la camisa de un tirón antes de hundir los dedos en sus hombros desnudos mientras el placer la consumía y la llenaba.
La boca hambrienta de él aún cubría la suya cuando empezó a convulsionarse contra sus dedos. Lo único que importaba en ese momento era que no quería que se detuviera, necesitaba que ese placer no acabara nunca.
Edward deslizó los labios hacia abajo para darle más placer y lamer uno de sus pezones. Sintió que ella arqueaba la espalda mientras se perdía totalmente en la oleada de sensaciones.
Levantó la cabeza para mirarla. Tenía los pechos hinchados y los pezones rosados totalmente erguidos gracias a las atenciones que les había prodigado con la lengua y la boca. Bella gimió cuando él le separó suavemente las piernas, instantes después el bajó la cabeza y le lamió el sexo mientras sus gemidos se transformaban en gritos.
Incapaz de contenerse más tiempo, Edward se separó ligeramente de ella y se quitó con rapidez los pantalones y los calzoncillos. Tenía que hundirse en Bella ya. Ella soltó un sonido de protesta al sentir que su boca la abandonaba, pero enseguida gimió cuando sintió el miembro de Edward, firme y duro, contra ella, penetrándola poco a poco.
Era grande y duro a la vez que suave. Edward le pasó las manos por debajo para agarrarle el trasero mientras entraba y salía de ella. Bella cerraba los ojos, abrumada de placer, en cada embestida, y pronto los movimientos se hicieron más rápidos y sintió que Edward se tensaba, se endurecía y se hinchaba dentro de ella antes de alcanzar un delicioso orgasmo juntos.
Bella tomó lentamente conciencia de quién era, dónde estaba y con quien. Nunca antes había experimentado algo tan salvaje y maravilloso, y su cuerpo aún temblaba por cada caricia memorable y placentera que había recibido. Era Isabella Swan, fotógrafa de PAN Cosmetics, y yacía medio desnuda en un sofá de una suite de hotel con el cuerpo entrelazado con el de un hombre llamado Edward…¿Cómo había ocurrido? Había pasado los últimos siete años sin siquiera pensar en tener una relación con alguien porque estaba demasiado ocupada construyéndose un futuro como fotógrafa.
¿Que tenía Edward que había cambiado aquello?¿Por qué él?
—Los reproches en una situación como ésta no suelen ser constructivos —dijo Edward con calma al sentir la tensión de Bella.
Le dio algunos segundos para que asimilara las palabras antes de levantar la cabeza para mirarla.
Estaba aún más hermosa con esa mirada desconcertada, los labios hinchados por la intensidad de los besos que habían compartido y el rubor que le cubría las mejillas.
Edward también se sentía desconcertado por la manera tan salvaje en la que habían hecho el amor. No recordaba haberse sentido tan excitado por una mujer, hasta el punto de que prácticamente se había arrancado la ropa por la necesidad de unirse a ella. De hecho, aún llevaba puesta la mayor parte de la ropa, igual que ella. Le sonrió mientras levantaba una mano para acariciarle ligeramente la mejilla ruborizada.
—¿Qué tal si terminamos de desnudarnos, nos damos una ducha y dejamos la conversación para más tarde? —sugirió con voz suave.
Bella no quería hablar con él. No quería tener nada con él y estaba mortificada por haber permitido que ocurriera aquello. No era el tipo de mujer que tenía aventuras de una noche… O, al menos, no solía serlo, así que se dijo que tenía que salir de aquella situación rápidamente y con algo de dignidad.
Mantuvo la mirada en el pecho musculoso de Edward y recordó avergonzada que minutos antes prácticamente le había roto la camisa. Se humedeció los labios y dijo:
—No creó que sea necesario alargar este encuentro.
—Como quieras —contestó Edward acariciándole la sien—. Pero tal vez podríamos reconsiderar la decisión de no ser «mi chica de Londres».
Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa. ¿Edward quería verla de nuevo?¿No había sido simplemente una aventura para él? Tragó saliva con dificultad.
—¿Podría darme una ducha antes, sola, y pensármelo?
Él frunció el ceño.
—¿No quieres que nos volvamos a ver?
Lo único que Bella quería en ese momento era estar a solas unos minutos. No podía pensar si Edward estaba cerca de ella.
—Me gustaría ducharme primero —insistió.
—¿Pero no conmigo? —preguntó el con un tono de decepción en la voz.
Ella evitó su mirada.
—Si no te importa, siempre he preferido ducharme sola.
Sí que le importaba, porque no podía imaginar nada más placentero que enjabonarle todo el cuerpo a Bella antes de volver a hacerle el amor bajo el agua caliente. Tampoco le hacía muy feliz que estuviera considerando la idea de no verlo de nuevo.
Lo que acababan de compartir había sido extraordinario, sorprendente, pero entendía que podía haber sido repentino para Bella. Para él también lo había sido, a decir verdad, pero no lo consideraba una aventura de una noche. Tenía la intención de ver a Bella siempre que estuviera en Londres, y sería con frecuencia. Pero seguramente Bella se sentiría más cómoda cuando se hubieran duchado y estuvieran metidos en la cama, y tenían el resto de la noche para disfrutar el uno del otro. Y el día siguiente, si él conseguía reorganizar sus reuniones. Tal vez las cancelara indefinidamente. Bella era lo que le interesaba en ese momento y quería saberlo todo de ella.
—De acuerdo. Abriré una botella de champán y la llevaré al dormitorio mientras te duchas. Después yo también me daré una ducha rápida antes de encontrarme contigo. «No tan rápido», pensó Bella, porque tenía intención de marcharse de la suite cuando Edward estuviera en el baño. Y de no volver a verlo.
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