El Sol brillaba aunque no siempre visible y se respiraban aires de celebración, era el día de La cosecha, y en el Capitolio los habitantes esperaban impacientes ante sus televisores a que comenzase la selección de Tributos de aquel año, aquellos que viajarían hasta el la capital un año más para intentar poner a su Distrito en lo más alto.

Los Juegos del Hambre, un entretenimiento para algunos y un verdadero suicidio para otros. Las reglas del juego eran claras, o ganas o mueres, ¿Un juego o un castigo? No solo debías tener suerte sino también ser habilidoso, ya fuese matando o escapando de tus asesinos.

Los distritos más ricos dedicados a oficios determinados como la tecnología, la metalurgia o la creación de objetos de lujo tenían más posibilidades de ganar los juegos, ya que eran lo únicos con recursos suficientes para entrenar a sus tributos, Los Profesionales, desde una edad muy temprana.

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Distrito 2

En el distrito dos las nubes cubrían el cielo de forma parcial, los jóvenes separados en grupos por edad y sexo, esperaban pacientes a que comenzase la elección.

Una madre con un bebé rubio entre los brazos intentaba hacerle callar pero el niño gritaba cada vez más alto y la mujer desesperada estuvo apunto de dejarlo caer al suelo.

El hombre que representaba al Capitolio se acercó al micrófono y les dio la bienvenida con su particular acento, soltó un par de bromas que surgieron efecto y dio paso al vídeo de presentación. En cuanto este terminó los vítores resonaron entre los grandes edificios con fuerza.

Dos nombres desconocidos salieron de su boca cuando abrió los dos sobres que había extraído de las urnas, en el momento en el que se hizo la pregunta que todos esperaban dos jóvenes se presentaron voluntarios.

Kenneth con dieciocho años, de complexión fuerte cabello pelirrojo y ojos caros, seguramente sería un hacha con las armas blancas, al igual que todos los tributos que habían salido de aquel distrito durante años.

Sarai, de diecisiete años, caminó hacia la tribuna para reunirse con su contrincante, veía las caras de orgullo y felicidad dirigidas hacia ella, y entonces supo que no se había equivocado al decidir presentarse voluntaria, que ganaría esos juegos y que se ría el orgullo de su distrito, se hecho el pelo oscuro hacia atrás y se colocó en la posición que le correspondía.

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Distrito 4

La muchacha que ese año representaba al Capitolio era nueva y joven tenía el pelo lacio, de color morado chillón y sus pestañas eran tan claras que no se podían apreciar a simple vista.

El cielo estaba despejado y el astro rey calentaba con fuerza desde lo alto, el leve murmullo del mara acompañaba como una banda sonora natural aquel día como cualquier otro, un pañuelo de color espuma salió volando arrastrado por le suave viento marino, pero nadie se movió para intentar alcanzarlo.

La gente comenzó a impacientarse y una niña de unos cuatro años salió gateando de entre la multitud de padres, corrió hasta uno de los cuadrados delimitados con sogas donde se encontraban los barones de entre diecisiete y dieciocho años y se abalanzó sobre uno de ellos.

Una mujer joven se abrió paso entre los agentes de la paz para llegar hasta ellos.

- ¡Annie!- Gritó.- ¡Annie, ven aquí!-El joven que sujetaba a la niña en brazos se la pasó a la mujer que tras darle un fugaz abrazo y pronunciar unas palabras de ánimo para el muchacho, se volvió hacia la multitud con dos agentes del a paz siguiendo sus pasos de cerca.

Shaai de dieciséis años de piel clara y ojos oscuros se acercó de forma lenta y vacilante hacia el estrado, la niña de doce años a la que habían nombrado antes que a el se encontraba perdida allí arriba buscando la mirada de alguien conocido que le infundiese valor. El joven pensó en lo asustada que debía estar, tenía el recuerdo de haberla visto jugando a la rajuela un par de semanas antes en ese mismo lugar y si su memoria no le fallaba, le llamaba Marina, "como el mar" pensó antes de comenzar a subir las pequeñas escaleras del escenario.

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Distrito 6.

En el distrito del transporte, la mayoría de los habitantes se encontraban llenos de grasa, sus caras aunque recién lavadas aún contenían manchas difuminadas que les hacían parecer enfermos.

Muchos de ellos vestían petos que les relacionaba con la única marca de transporte que existía, El Capitolio, el sello estaba estampado en la parte superior derecha de todos los monos de trabajo.

Los jóvenes mejor vestidos que sus mayores, esperaban inquietos para poder volver a sus casas lo antes posibles, si es que no les llamaban para participar.

Cuando el nombre de Belfast Green salió de la urna, la gente se quedó impresionada. Belfast era un joven negro de dieciocho años de complexión fuerte y temido por casi todos. Su familia era conocida en el Capitolio, su padre era uno de los mecánicos más reconocidos en todo el país a causa de su magnífico trabajo reparando los trenes de mercancías que llegaban a la capital, cuando el muchacho llegó a la tarima para reunirse con su compañera, observó como la gente lo miraba con respeto.

Vicky estaba de pie a su lado, él la conocía bien, habían ido a la misma clase desde que tenía memoria, era una joven de cabello pelirrojo, mejillas repletas de pequeñas pecas y de ojos verdes. Cuando ambos se pusieron de frente para estrecharse las manos en señal de "amistad" Belfast observó como el labio inferior de la joven al igual que sus manos temblaban ligeramente.

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Distrito 8:

A pesar de ser el distrito de los textiles, las ropas que vestían los presentes, no eran ni de lejos tan lujosas como en el Capitolio. No existía en toda la plaza una sola prenda, camisa o pantalón, que estuviese libre de una costura visible o de un remiendo en forma de "L".

Aún siendo día de fiesta en todo el país seguían saliendo humaredas de las grandes chimeneas de las numerosas fábricas, donde los mayores del distrito, aquellos que no tenían familia cercana que participase en la cosecha, seguía trabajando sin descanso.

Cuando Dena oyó su nombre desde la tribuna, no supo reaccionar, todas las cabezas se giraban hacia ella. La muchacha miró hacia donde se encontraban su madre y su hermano pequeño y enseguida comenzó a avanzar sin poder apartar la vista de ellos. Giró la cabeza, y mientras caminaba despacio hacia el escenario pensó en la ilusión que le había embargado aquella mañana cuando se dio cuenta de que esa sería su última cosecha por que apenas un mes antes, había cumplido los dieciocho, y ahora se daba cuenta de que las teselas, aquellos pequeños papelitos de color terroso con los que podías recibir pequeñas dosis de comida básica dándole al Capitolio el derecho de meter tu nombre en la urna tantas veces como papelitos firmases, le habían jugado una mala pasada, y de una manera u otra esta sería su última cosecha. Las miradas dejaron de fijarse en ella cuando sonó el nombre del tributo masculino. "Linnus!" Escuchó gratar a alguien a lo lejos y después vio al joven subir al escenario, se fijó en sus ojos, eran claros, fue entonces cuando se sorprendió a si misma pensando en lo guapo que le parecía y se preguntó por qué no habría aprovechado esos escasos años de su vida para salir con chicos.

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Distrito 10.

El olor de los animales apestaba el lugar, pero los habitantes ya estaban acostumbrados a él, aunque se notaba en las caras de aquellos que provenían de la capital que no pensaban lo mismo.

Los quejidos de los distintos tipos de ganado que se criaban en las granjas comunitarias a las afueras del distrito llegaban a los oídos de los presentes como un eco atraído por el viento, la gente esperaba bajo el sol abrasador a que comenzase el himno del Capitolio.

El hombre que se acercó al micrófono era delgado e iba todo vestido de blanco, y a pesar de llevar una sombrilla de colores chillones en una mano para protegerse, sudaba como un cerdo.

Luna escuchó su nombre y no se sorprendió, cuando aquella mañana se había despertado supo que iba a pasar, que ese año le tocaría a ella. Se alisó el vestido granate que le había regalado su madre por su cumpleaños, se apartó el flequillo oscuro de los ojos y comenzó a andar con el sonido de la madera de las suelas de sus botas resonando contra al plaza empedrada. Se obligó a si misma a parecer serena y subió las escaleras sin apenas esfuerzo.

Aunque ella no era de gran estatura, desde el escenario se podía observar casi toda la plaza, Luna buscó su mirada entre las últimas filas mientras el hombre de blanco se acercaba a sacar el pequeño sobre de la segunda urna.

Luna encontró sus ojos marrones observándola desde la distancia, aguantó su mirada y esbozó una pequeña aunque tensa sonrisa en su dirección. Pero cuando la muchacha escuchó la voz de aquel extraño hombre, demasiado limpio para aquel lugar, pronunciar el nombre del tributo masculino la sonrisa se petrificó en su cara morena, su tez se tornó blanca y fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

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Distrito12.

El distrito minero no era demasiado grande, pero aún así Maisie acababa de colocarse en su posición cuando escucho su nombre completo por los altavoces colocados en las cuatro esquinas de la plaza. El miedo la atenazó por dentro, era su nombre, era ella la que debía subir allí, su respiración comenzó agitarse aún más de lo que ya estaba a causa de su carrera matinal.

Alguien la empujó e hizo que se tropezase y cayese rasgándose las rodillas por debajo del vestido, un agente de la paz la agarro por los hombros y la levantó del suelo sin esfuerzo alguno. Ella le conocía, y él a ella también, le sonrió débil e imperceptiblemente y le dio un suave toque en el hombro para reconfortarla. Maisie comenzó a caminar hacia el escenario, sabía que todo el mundo la miraba, vio a su abuelo en un lateral y se le formó un nudo en la garganta. Se obligo a apartar la mirada y a seguir caminando, notó el reguero de sangre que emanaba de de su rodilla izquierda llegar hasta la pantorrilla y seguir su camino hacia el tobillo, no miró hacia abajo, sabía que si veía el menor rastro de sangre se desmayaría y no quería que el resto del país pensara que era una debilucha.

Willburg vio a la niña de trece años subir al escenario y el fue detrás, su nombre había salido, la mujer joven de pelo rosa lo había leído así que el muchacho se tragó las ganas de salir corriendo. El cabello rizado de un rubio oscuro le caía desordenado sobre los ojos oscuros. Cuando se aparto el pelo de la cara y observó la mirada asustada de aquella niña, supo que no había vuelta atrás.

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Aquel día todos los distritos entregaron a sus tributos y ellos viajaron al Capitolio de donde solo uno volvería.