Disclaimer:

Severus, Harry y otros posibles personajes y lugares que aparezcan o se nombren en este fic, y que forman parte del Universo Potteriano son propiedad exclusiva de la Sra. Rowling. Todo lo demás sale de mi depravada imaginación.

Hola, ¿qué tal, queridos lectores? Espero que estéis impacientes por conocer la continuación de esta historia. Aunque sólo sea un poquito.

Aquí os dejo con el segundo capítulo. Espero que os guste.

Un abrazo


Capítulo 2. Bruma

Abrió los ojos al escuchar el insistente trino de los pájaros, y vio que aún estaba oscuro. Calculó que apenas debían ser las cinco o cinco y media de la mañana. Seguía haciendo frío y sus brazos y piernas estaban helados y entumecidos. Al mirar hacia abajo pudo ver que el movimiento a sus pies había cesado; ya no había mortífagos pululando, ni llamas ardientes. Bajó con cuidado del árbol y anduvo hasta llegar a la antigua casa, que había sido quemada hasta los cimientos. Todo estaba negro y lleno de cenizas. Rebuscó entre los escombros para encontrar a sus padres y a su hermano pequeño, pero su familia había desaparecido dejando en su lugar un inmenso vacío.

»»» 1 «««

A la mañana siguiente, cuando Maureen entró en casa de Snape, lo halló donde siempre, en su raído sillón de piel, mirando sin ver a través de la ventana. Se sentía incómoda tras su momento de absurda debilidad de la noche anterior. ¿Pero acaso no había visto un destello de decepción en su mirada? Una expresión de profundo abatimiento y desolación que había suscitado su necesidad de protegerle y el consecuente, y lamentable, deseo de besarle que había llevado a cabo. Sabía que había sido un error imperdonable, y de hecho, él mismo se había encargado de hacérselo notar con su comentario malicioso.

Se había prometido a sí misma que no volvería a suceder, pero eso no había conseguido sosegarla y apenas había dormido, lo que le había provocado unas incipientes marcas violáceas bajo sus ojos azul oscuro, y aunque él no podría apreciarlas, procuró estar el menor tiempo posible juntos en la misma habitación, así que lo saludó con un parco «buenos días» y se alejó en dirección a la cocina para preparar el desayuno.

Shadow la siguió, entorpeciendo su avance, enredándose entre sus pies mientras maullaba enloquecido.

—Quiere que lo coja —dijo Snape—. Echa de menos sus mimos. Lo ha malacostumbrado.

—A veces es bueno que lo mimen a uno —contestó ella, mientras al mismo tiempo se agachaba para acariciarle el lomo al gato negro.

—Sólo le han vuelto más débil.

—¿Es eso lo que teme que le pase a usted?

Maureen, molesta consigo misma por su reiterada muestra de debilidad, no esperó respuesta y se marchó.

Aún le temblaban algo las manos mientras preparaba unos huevos revueltos, al tiempo que unas naranjas se exprimían por sí solas llenando un vaso, casi hasta el borde, de su dulce zumo.

—No soy tan simple como un estúpido gato —dijo Snape a sus espaldas mientras él también entraba en la cocina—. Así que si lo que la preocupa es dejarme solo, triste y abatido cuando usted se marche, siento decepcionarla.

El corazón le latía con fuerza en el pecho cuando volcó los huevos de la sartén a un plato, que levitó por el aire hasta posarse frente a la silla que habitualmente utilizaba Snape. Éste, al percibir el sonido, se sentó con el sigilo que le caracterizaba.

—¿Por qué cree que quiero marcharme? —Le preguntó mientras le acercaba los cubiertos y dejaba junto al plato el vaso de zumo de naranja.

—Me parecía lo más lógico tras lo que pasó ayer —dijo, mientras empezaba a atacar su plato.

—¿Se refiere a que ahora que mi padre se ha pasado la noche entera sin dormir, intentando averiguar el modo de ayudarle, yo voy a marcharme? ¿Tanto cree que me afectó su rechazo? —Maureen quiso soltar una risa burlona, pero estaba segura de que el temblor de su voz delataría su nerviosismo, sobre todo para alguien con el oído tan fino como tenía Snape. Estaban a apenas un metro de distancia, era imposible que no lo hubiera notado, pero aún así siguió hablando con aparente tranquilidad—: Olvídelo, no hablemos más de ello.

—Muy bien, busquemos otro tema sobre el que conversar, como por ejemplo… —el hombre fingió dudar un instante— su padre cree que maté a alguien. Dígame a quién.

—Preferiría no hablar de eso, tampoco —había temido el tema desde que había llegado aquella mañana. No estaba preparada para comentarlo aún.

Snape se quedó en silencio, sus cejas fuertemente fruncidas en una arruga en mitad de la frente. Atacó de nuevo su plato, comiendo los huevos revueltos y bebiendo de su zumo. A Maureen siempre le parecía sorprendente el modo en que el hombre comía, como si supiera dónde estaba cada cosa, como si fuera capaz, no de verlo -eso era imposible- sino de notar la presencia de todo a su alrededor. Era muy consciente de que no la necesitaba, pero aún así seguía permitiendo que entrara cada mañana en su casa. ¿Cabía la posibilidad de que se sintiera tan solo como ella misma?

—¿No queda té? —dijo Snape, interrumpiendo sus cavilaciones.

—¿Eh? Sí, sí, claro que queda, un minuto y… —en ese instante el pitido de la tetera avisó de que el agua estaba en su punto.

Depositó la taza de té caliente al alcance de Snape, y ya retiraba la mano cuando éste la agarró fuertemente del brazo.

—¿Quién es usted en realidad, enfermera Tretcore?

Ella se quedó en silencio, deseando no temblar ante su contacto, pero sabiendo que no podía evitarlo.

—Supongo que de eso tampoco quiere hablar, ¿eh?

Ella negó con la cabeza. Luego, dándose cuenta de que era un gesto inútil ante un hombre ciego, carraspeó y soltó un grave y único «no». Snape le soltó el brazo y tanteó en busca de su taza.

—De acuerdo. Pero tendremos que aclararlo tarde o temprano —dijo mientras se llevaba el té a los labios—. Si no le parece mal, hoy pasearemos por el parque.

Maureen, de pie junto a la mesa, le miraba mientras seguía temblando. No pudo soportar seguir estando en la misma habitación que él y se marchó al salón, para fingir que lo ordenaba, como hacía cada mañana.

»»» 2 «««

Cuando Severus se quedó solo en la cocina, suspiró. Se había pasado buena parte de la noche en vela, intentando pensar a quién podía referirse el señor Tretcore cuando decía que había matado a alguien.

Había hecho cosas verdaderamente horribles durante todos sus años de mortífago «en activo». Había elaborado pociones peligrosas y en ocasiones incluso mortales. Sólo trabajaba por encargo -y siguiendo las instrucciones expresas- del Señor Tenebroso, nada más. Pero Severus sabía que esa excusa sólo le había servido en los primeros meses como mortífago, ya que pronto se dio cuenta de que moralmente era tan culpable como los que utilizaban sus pociones sobre el terreno.

Seguía dándole vueltas en su cabeza cuando la mujer fue a buscarle para dar el paseo matutino, y también cuando, tras llegar al parque, se sentaron en uno de los bancos que estaban en la sombra.

A Severus no le hacía falta ver para saber que frente a ellos se encontraban los columpios de su niñez. Sólo para apagar el sonido de las chirriantes cadenas que se balanceaban, Severus empezó a hablar, intentando mostrarse indiferente.

—Dígame, Tretcore, ¿en qué idioma hablaba su padre? —preguntó.

—Kindimú.

—Mmmm. No lo conozco —admitió Severus, y al cabo de un momento volvió a preguntar—: ¿Y dónde lo aprendió?

—África.

—¿Todas sus respuestas van a ser así de escuetas? —Se quejó Severus—. Por Merlín, ¿es que no se puede mantener con usted una conversación normal?

Pasaron varios minutos en silencio, roto únicamente por el sonido del columpio y algunos gritos aislados de chiquillos correteando por el parque. La voz grave de la mujer a su lado se elevó en la plácida mañana.

—Mi padre es nacido de muggles, y su familia nunca le permitió estudiar en Hogwarts. Con dieciocho años se marchó de casa y viajó por toda Europa, para ir en busca de magos y brujas con el único afán de aprender, pero despreciaban su inexperiencia y su falta de conocimientos. A los veintidós llegó a las montañas Drakensberg, en Sudáfrica, y allí sí aprendió muchísimo. Remedios, pociones y hechizos que se remontan a los principios de los tiempos. La tribu de los Kindeye, que vive en el monte Njesuthi, acogieron a mi padre con los brazos abiertos, y le pusieron el nombre de Ksidhy muhjty, «el hombre mágico». Ellos le enseñaron todo cuanto sabe. Jamás ha querido que le llamen mago, porque los magos no le trataron mejor que su familia muggle.

Cuando la mujer volvió a quedarse en silencio, Severus aprovechó para reflexionar sobre lo que le había contado. Lo cierto era que no sabía si confiar en aquella historia. La mujer la había narrado con cierto desapego, como si no le afectara, como si fuera algo que le hubieran contado, quizá tantas veces, que había dejado de tener sentido para ella.

—¿Ahora va a decirme que su madre es una Kindeye?

—No. Mi madre es irlandesa. Se conocieron cuando mi padre regresó de África.

—Comprendo.

—Él es un hechicero, un chamán que utiliza la sabiduría ancestral para elaborar sus pócimas, y usa conjuros que algunos quizá consideren primitivos, pero que puede que le salven la vista, profesor.

La enfermera tomó aire, dándole a Severus la sensación de que quería añadir algo más pero, finalmente, se quedó en silencio, y él aprovechó para recapacitar de nuevo sobre el asunto.

La pregunta que no había sido formulada por la mujer era, con toda probabilidad, la que él se llevaba haciendo desde la noche anterior: ¿qué podía perder por intentarlo? Nada puedes perder cuando no tienes nada. Aún así, se planteaba unas cuantas cuestiones, algunas de ellas relacionadas estrechamente con la vida privada de la mujer sentada a su lado y cuya respuesta, estaba seguro, le ayudaría a descubrir con quién estaba tratando en realidad.

—¿Su madre es muggle?

Hubo un instante de silencio tras su pregunta, y Severus creyó que no la respondería, pero entonces, cuando estaba a punto de volver a formularla, la enfermera suspiró.

—Mi madre es una sangre limpia.

La respuesta le sorprendió, y avivó aún más su curiosidad.

—Y, ¿cómo es posible que su padre consintiera en casarse con una sangre pura? Me consta, por experiencia propia, que son los menos tolerantes entre todos los magos.

—Déjelo ya, ¿quiere, profesor? —Le contestó la mujer, evidentemente molesta.

—¿He dicho algo malo?

Una oscilación en el banco donde se sentaba y una ligera brisa a la altura de su rostro, le indicaron que su enfermera se había puesto en pie. No le contestaba pero la oía resoplar a su lado como si hubiera corrido una maratón.

—Es una squib, ¿satisfecho? Una sangre limpia squib.

Quiso contestarle algo, aunque no supo exactamente el qué. Y entonces la gravilla del camino crujió, haciéndole saber que la mujer se alejaba, dejándole solo en el banco. Consideró que llamarla a gritos sería poco digno, así que se mantuvo en silencio.

A buen seguro no había dado ni diez pasos, cuando la oyó regresar.

—Volvamos a casa —dijo agarrándole del brazo—. Acabo de recibir lechuza de mi padre.

Severus alzó la mirada hacia el cielo, como si así hubiera podido ver la gran lechuza gris que se alejaba con su elegante aleteo hacia las blancas nubes.

»»» 3 «««

Tras acomodar al hombre, que se mostraba irritantemente tranquilo, en su butaca, Maureen se sentó en una silla frente a él con el paquete que le había entregado la lechuza enviada por su padre. Con dedos temblorosos desató el cordel que sujetaba el papel de estraza marrón que lo envolvía.

—Hay una nota —dijo mientras agarraba el pergamino, lo desdoblaba y empezaba a leer para sí.

«… sólo una gota en cada ojo, dos veces al día. Es necesario que anotes cada una de las sensaciones que sea capaz de describirte, para poder cambiar algún ingrediente o quizás algo más.»

Maureen levantó sus ojos del pergamino y observó con detenimiento la pequeña botella que sujetaba entre sus dedos, con unel líquido verde azulado en su interior. Después miró al hombre sentado enfrente, y no le sorprendió ver que seguía mostrándose indiferente a lo que ella estaba haciendo. Al fin se decidió a hablar.

—Parece que mi padre tiene una solución.

—¿Y a qué está esperando? ¿O la solución es quedarse ahí sentada sin hacer nada? Eso podría haberlo hecho mucho antes, ¿no cree?

Normalmente, aunque no pudiera fijar sus ojos en los de ella, Snape miraba en su dirección cuando le hablaba, pero en ese momento no lo hizo, tenía las negras pupilas perdidas más allá de la ventana, en la lejanía. Eso enfureció a Maureen.

—Quizá si demostrara un poco más de interés... No sé si lo sabe pero esto es para curarle a usted, no a mí —se calló, esperando una señal de asentimiento por parte del hombre que nunca llegó. Al fin le preguntó—: ¿Cómo puede ser tan orgulloso? ¿No siente ni una pizca de curiosidad?

—¿Intenta hacerse la interesante, Tretcore? —Le soltó, con una sonrisa soslayada.

Maureen se levantó, ofendida. Estaba dispuesta a dejar al hombre con un palmo de narices, esperando en su sillón una solución que ella tenía en sus manos, pero que no pensaba ofrecerle a no ser que él se lo pidiera. Esperaba que suplicara, que rogara por saber qué había enviado el señor Tretcore. Y entonces, a través de la furia de su ira, le vio allí sentado, con sus ojos ciegos firmemente dirigidos hacia una ventana que sabía que estaba allí pero que no podía ver, y un resquemor le atravesó el pecho.

Le observó detenidamente durante unos instantes, sintiendo lástima de la situación en la que se encontraba Snape. No podía imaginarse su vida sin poder ver lo que había a su alrededor, aunque ella hubiera visto cosas que deseaba olvidar, y también se afligió por el hecho de no poder utilizar su magia. Cierto era que Maureen había prescindido -e incluso llegado a renegar- de la suya, pero nunca le había sido arrebatada a la fuerza. Y era evidente que Snape echaba de menos usar su varita más de lo que reconocería nunca en público.

Volvió a sentarse, apaciguada y arrepentida, y pasó a leer la nota en voz alta. Esta vez, Snape pareció prestarle más atención.

—¿Ha anotado en algún lugar la composición? —preguntó el hombre, cuando ella hubo terminado de hablar, y tras tomarse unos minutos de reflexión silenciosa.

—No.

Él asintió, y volvió a quedarse en silencio.

—¿Puedo olerlo?

Maureen no vio ningún motivo para negárselo así que quitó el tapón, que descubrió que ocultaba un cuentagotas, y puso el pequeño recipiente bajo su nariz. Le escuchó aspirar profundamente y cerrar los ojos, mientras fruncía el ceño.

—¿De qué color es? —preguntó.

—Es un poco azul y…

—¿Azul turquesa? —La interrumpió, dejándola anonadada.

—Sí, algo así.

Snape asintió y abrió los ojos, mirando a través de ella.

—¿Qué importancia tiene el color? –preguntó Maureen, al darse cuenta de que no parecía dispuesto a seguir hablando.

—Para hacerme una idea de los ingredientes, nada más.

—¿Y con el color ya sabe eso?

—No puedo saber toda la fórmula, por supuesto, para ello tendría que hacer algunas pruebas, pero no es posible, así que tengo que fiarme de mi olfato y de su vista —Snape adoptó una pose jactanciosa, y siguió hablando—. En este caso estoy casi seguro de que su padre ha utilizado melquita como anestésico. Proviene de la planta mélquide y su salvia es de un potente color azul, pero mezclado con irisidia, y con núbicum, podría aclarar su tono hasta un bonito turquesa.

—¿Y cómo sabe que en la poción hay irisidia y núbicum?

—Enfermera Tretcore —dijo en tono altivo—, ésa era mi profesión hasta hace unos años. ¿Qué clase de experto en pociones sería si no pudiera identificar los ingredientes más simples?

Maureen podía ver un extraño brillo reflejado en las ciegas pupilas del hombre. Una luminosidad que no había visto desde que le conocía, pero que le daba un atractivo aspecto a su rostro, normalmente adusto. Hablar de pociones parecía rejuvenecerle.

—Ya entiendo —dijo solamente, aún estudiando las facciones de Snape.

—¿Tiene pergamino? —Siguió hablando él—. Le recomiendo un vuelapluma para anotarlo todo.

—Quiere decir que… ¿está decidido?

—¿Usted confía en su padre?

—Sí —asintió ella, sin ninguna duda en su voz—. Le confiaría mi vida.

—Bien. Adelante, entonces.

Tras esa afirmación el corazón de Maureen se disparó en su pecho, traqueteando en su cárcel de costillas, y sus ojos se inundaron de lágrimas. No supo de dónde habían salido, sólo que nadie había puesto antes su vida en sus manos de forma voluntaria. Quizás «su vida» era algo exagerado, pero sí su futura curación con esa fe ciega.

—De acuerdo. —Carraspeó porque la voz le salió algo ronca. Convocó pergamino y pluma, y se levantó para acercarse a Snape. Puso un dedo bajo su barbilla y le alzó el rostro—. ¿Está listo?

—Listo —contestó el hombre.

Sus ojos negros estaban abiertos y Maureen estuvo a punto de acercarse a ellos para intentar averiguar si había diferencia de tono entre la pupila y el iris, pero se contuvo y se mantuvo firmemente erguida. Abrió el botellín, aspiró el líquido con ayuda del cuentagotas, y dejó el recipiente en la mesa, junto al pergamino. Con el pulgar abrió el párpado inferior del ojo izquierdo, dejó caer en él una única gota, y en cuanto lo soltó, Snape cerró ambos ojos, dejando escapar una pequeña lágrima azul. Con rapidez, Maureen repitió la misma operación con el otro ojo, limpió el rastro dejado por la poción y fue a sentarse en su silla, agenciándose la pluma.

—¿Qué nota, profesor? —Le preguntó.

—Un cosquilleo por la parte interna. Pero no es muy persistente, en el ojo izquierdo ha desaparecido ya, apenas treinta segundos. Ahora un pequeño pálpito, y una presión mínima.

—¿Le duele?

—No es dolor exactamente sino como si apretaran el globo hacia adentro. Una presión de ese tipo.

Snape bajó el rostro y abrió los ojos, dejando al descubierto sus negras pupilas y el globo ocular teñido de azul. Maureen se apresuró a anotar el dato en el pergamino.

—¿Puede ver algo?

—No —la respuesta fue rotunda—, pero tampoco esperaba una solución milagrosa. ¿Usted sí? —Le preguntó con una sonrisa.

Maureen se habría ofendido por la burla que había tras esa sonrisa y esas palabras, si no fuera porque en realidad sí que había esperado un milagro. Lo curioso era que él no lo hubiera deseado también. Claro que, de haberlo hecho, no se lo habría demostrado sino que se habría ocultado tras una capa de sarcasmo e indiferencia.

—¿Ni siquiera una sombra? —insistió.

—Todo es una sombra, enfermera Tretcore —contestó, muy serio.

Se ruborizó, avergonzada por haber hecho una pregunta tan absurda. Anotó la falta de mejora en el pergamino.

—¿Algo más?

—No.

—Bueno, entonces deberemos esperar a esta tarde, anotaré de nuevo sus impresiones y le enviaré una lechuza a mi padre.

—Perfecto —asintió Snape—. Ahora, déjeme solo.

Maureen se lo quedó mirando. Su tono había sido ligeramente exigente, y no sabía qué era lo que pretendía esconder tras él. Quizá había puesto más esperanzas en el experimento de su padre de las que había querido reconocer en un principio.

Se levantó, alisándose la falda.

—¿Necesita algo más, profesor?

—Cierre la puerta al salir.

—Muy bien —dijo, al tiempo que asentía.

Con cierta aprensión, se alejó del hombre. No sabía por qué, pero creía que debería quedarse allí con él, para ofrecerle ese apoyo que no le había solicitado y que ella sabía que necesitaba. Pero no lo hizo, porque no habría sido aceptada. Enterró muy hondo la compasión que Snape le despertó y que pugnaba por salir a la superficie, al tiempo que se negaba a reconocer que el verdadero motivo por el que se marchaba era que no se creía capaz de asumir otro rechazo como el del día anterior.

»»» 4 «««

Severus pasó los siguientes diez días sumido en un extraño estado de mutismo introspectivo. Quedarse solo tras cada sesión de medicina experimental se había convertido en una costumbre. La incomodidad que adivinaba en su enfermera, tras cada petición de soledad le parecía curiosa, básicamente porque no la comprendía. Ella se mostraba más decepcionada que él con cada nuevo intento sin conseguir ninguna mejora significativa.

La primera vez tenía que admitir que había esperado que las sombras que le rodeaban se aclararan, se volvieran menos negras para pasar a un esperanzador gris, pero ahora, después de tantos días, seguidos de otros tantos intentos, debía asumir que su estúpido optimismo se había disipado del todo. Y para colmo, en los últimos dos días, le mortificaba un extraño e inexplicable picor ocular.

Mantenía sus ojos cerrados, intentando olvidarse del escozor, cuando sonó el timbre de su casa. El timbre muggle. El gato negro se removió un poco en su regazo pero no bajó, aunque no tuvo ninguna duda de que miró atento hacia la puerta del salón, que se abrió tras unos pequeños golpes.

—Disculpe, profesor.

La voz deliciosamente grave de su enfermera sonó tensa de un modo extraño, obligándole a abrir los ojos y ladear la cabeza en su dirección, con el ceño fruncido. En esa posición el aroma de los cítricos le llegó a las fosas nasales con más facilidad, pero iba acompañado de la serena esencia de los lirios.

Potter.

«¿Cómo es posible que huela como su madre?», se preguntó.

—Siento molestarle —siguió diciendo la mujer—. Ha venido a visitarle Harry. Si no le parece un buen…

—Hágale pasar —le interrumpió él—. Déjenos solos, y cierre la puerta.

De pronto su mal humor, que había empeorado en un segundo, mejoró al comprobar que podría desahogarse con el joven Gryffindor. Ya no le resultaban satisfactorias sus disputas con la joven mujer porque le dejaban frustrado y, lo que era aún peor, terriblemente excitado. Sabía que las molestas e inoportunas erecciones que padecía a diario no eran más que un efecto secundario de la irisidia (componente que seguía apareciendo en todas las versiones que habían probado de las pociones oculares), pero eso no le impedía sentirse como un viejo obseso.

La impertinente voz de Potter le sacó de sus cavilaciones.

—¿Se ha vuelto loco, Snape? —Le preguntó, sin molestarse en saludar.

—Todavía no —contestó él, enfocando su rostro hacia el lugar en el que creía que estaba el del joven—. ¿Ha venido para ver si usted consigue enloquecerme?

—Dios mío —jadeó el joven, con lo que Severus frunció el ceño—. Tiene… tiene los ojos… muy enrojecidos.

No le replicó. Se limitó a acariciar el lomo, algo erizado, de Shadow. Como mínimo, al gato tampoco parecía agradarle la presencia del joven en el salón.

—Pero, ¿a quién se le ocurre convertirse en el conejillo de Indias de ese… de ese…?

—De ese, ¿qué? ¿Curandero? —Le interrumpió.

—Curandero, sí.

—¿Le parece increíble que haya puesto mi salud en manos de un desconocido? —Severus convirtió su voz en un susurro gélido antes de añadir—. Le recuerdo, señor Potter, que fue usted quien metió a la señorita Tretcore en mi casa. Y que fue usted quien estuvo experimentando a mis espaldas.

El chico suspiró sonoramente.

—Está bien. —Dijo. Las siguientes palabras le llegaron a Severus desde un poco más abajo, era evidente que Potter se había sentado frente a él—. Tiene razón, lo reconozco. No debí ocultárselo. Entonces me pareció la única manera de avanzar en la investigación, pero lo que usted ha hecho ahora…

—Dígame, ¿cómo se ha enterado? —preguntó, intentando no mostrar demasiada curiosidad.

—Hace unos días me puse en contacto con Maureen, he contratado unos científicos que han abierto una nueva línea de investigación. Quieren hacer ciertos cultivos con la poción que curó las heridas del señor Weasley, cuando fue atacado por Nagini, y su propia sangre. Quería pedirle algunas muestras, pero me dijo que estaba usted siendo sometido a un tratamiento alternativo.

—Entonces, ¿no se lo ocultó?

—No. Pero tampoco me dijo la verdad. No me contó que su padre no tiene ningún tipo de titulación.

—Que no tiene titulación, al igual que usted, querrá decir —soltó Severus, alzando una ceja. Sabía que debía resultar algo extraño contemplarle hacer ese gesto, sobre todo porque no podía fijar su mirada en la del chico.

Por un momento, al recordar sus ojos verdes, y percibir su aroma, sintió que se desmoronaba. Podía incluso llegar a imaginar que quien estaba con él era Lily. Sólo debía visualizar su precioso pelo rojo y su perfecta y bella sonrisa. El efecto se desvaneció en cuanto Potter volvió a hablar.

—Yo he contratado a personas cualificadas para que le encuentren una cura.

—Muy loable por su parte —se mofó Severus, que entrecerró los ojos antes de añadir con voz maliciosa—: ¿Le sirve para dormir mejor? ¿Puede así mantener su culpa a raya?

El silencio se instaló entre ambos. Severus esperó una respuesta airada por parte del chico que jamás llegó.

—Snape… —se quejó, lastimero—. Yo no pretendía hacerle daño. Yo…

—¡¿Y qué pretendía, Potter?! —gritó, provocando que el gato negro bajara de su regazo de un salto para ir a refugiarse en su cesto—. Hacerse el héroe, como siempre. ¿Por qué no me dejó allí? ¿Por qué no dejó que muriera?

—Yo no quería que se quedara usted ciego, Snape. No pensé que…

—¡Ese ha sido siempre su problema! —Severus estaba tan furioso que se echó hacia delante, mirando al vacío frente a él—. ¡Nunca piensa!

Volvieron a quedarse en silencio. El hombre jadeaba mientras podía escuchar frente a él la respiración pesada de Potter. El chico contenía su magia a su alrededor con la misma presteza con la que lo hacía la enfermera, pero eso le sirvió para darse cuenta de que la energía de ella era mucho más violenta, más salvaje e impetuosa. Severus también sentía las yemas de sus dedos hormigueantes de una energía que no podía canalizar a través de su varita, y cerró las manos en dos apretados puños.

—¿Cree que es haberme quedado ciego lo que me molesta? —preguntó en un susurro—. ¿Cree que me importa lo más mínimo no poder verme reflejado en el espejo cada mañana? Es seguir vivo lo que me parece obsceno.

—¿Y por eso se castiga a sí mismo poniéndose en manos de un incompetente?

Severus se recostó en la butaca, mucho más sereno. Su ira se había desvanecido, aunque sólo fuera un poco, porque de golpe se había percatado de que su destino estaba más que decidido. Había sobrevivido con un propósito: seguir expiando sus innumerables pecados. No importaba lo que hubiera hecho en el pasado para conseguir el perdón, no podría conseguirlo jamás porque no lo merecía. Suspiró, lleno de hastío.

—Dudo que el señor Tretcore sea un incompetente —respondió—. Parece bastante diestro con las pociones.

—Ya, por eso sigue usted sin ver absolutamente nada, ¿no?

Severus frunció el ceño ante el comentario del chico. Lo cierto era que no sólo seguía ciego sino que aún no habían encontrado el modo de aliviarle el persistente picor, pero él tampoco había tenido ninguna gran idea al respecto. Iba a contestarle cuando Potter siguió hablando:

—No quiero ponerme en lo peor, pero ¿y si pierde los ojos?

—¿Cree que no he pensado en eso? ¿Cree que hago como usted, que actúa sin pensar en las consecuencias? —Severus unió sus manos en el regazo—. He sopesado las posibilidades que tengo, señor Potter y, sinceramente, podrían caérseme los ojos de las cuencas, pero ¿cree que eso empeoraría mi situación actual?

—Pueden sucederle muchas cosas, Snape, como quedarse catatónico, o postrado en una silla de ruedas o…

—¿Y cree que eso es peor que lo que tengo ahora? No puedo hacer magia, Potter. ¿Sabe lo que eso significa?

—Sí, lo sé —contestó el chico con demasiada rapidez, casi con ansiedad.

—No —le contradijo Severus, de modo rotundo—. No lo sabe. ¿Cree que no poder utilizar la magia durante los meses de las vacaciones es comparable a esto? Yo no soy un menor de edad. Esto es humillante. Sus amigos del Ministerio y yo tendremos algún día una bonita charla.

—Le quitaron la varita por su propia seguridad.

—¡Lo hicieron por la suya! —gritó—. No sea ingenuo, Potter. No puedo ver la Marca de mi brazo pero sé que sigue ahí y que me la puse voluntariamente. Y ellos también lo saben.

—No creerá que eso tenga nada que ver, ¿no? Está más que demostrado que su lealtad a la Marca ya no existe.

—Es usted demasiado joven —suspiró, rendido ante la evidencia—. Y, o es muy estúpido o muy inocente, porque no comprende nada.

—Así que está haciendo esto para recuperar su varita.

—De acuerdo, olvide lo que he dicho —espetó con un brillo malicioso en sus ojos enrojecidos y febriles—, acaba de demostrarme que es usted estúpido. ¿Por qué cree que lo hago sino?

—Snape, ¿pero no se da cuenta? Ese hombre no tiene estudios, deje que yo le ayude…

De pronto, algo se iluminó en el agotado cerebro de Severus. Si el crío quería ayudarle podría hacerlo de un modo inesperado.

—¿Le ha investigado, Potter? ¿A Robert Tretcore?

—Sí, lo he hecho.

—Y, ¿qué ha descubierto?

—Pues… es un hombre nacido de muggles, no estudió ni en Hogwarts, ni en ningún otro colegio mágico de Europa. A decir verdad, todo es bastante misterioso y se le pierde la pista definitivamente en el año 1967, cuando parece ser que viajó a Sudáfrica —hizo una pequeña pausa—. ¿Por qué?

Así que la historia que le había contado la enfermera parecía cierta. Recapacitó en silencio, intrigado por aquella extraña familia.

—¿Qué sabe de su esposa?

—Bueno, yo sólo he intentado averiguar cosas de él a nivel académico. Tal y como hice con Maureen.

—¿Y podría investigarlos a los tres a nivel personal?

—¿Usted tampoco se fía?

—Responda, ¿podría?

—¿Por qué le interesa tanto?

—Eso es cosa mía —replicó de malos modos—. ¿Podría?

—Sí, podría, claro que podría —le respondió Potter, claramente exasperado.

—Bien, pues hágalo.

—¿No va a pedírmelo por favor?

—Considérelo como parte del pago por permitir que me arrebataran mi varita, ¿qué le parece? —preguntó dañino, con una fría sonrisa.

—Yo no pude evitarlo —protestó el joven.

Justo en ese momento la puerta del pequeño salón se abrió, dando paso al aroma de los cítricos y a la voz de la enfermera.

—¿Quiere que les traiga algo de beber, profesor?

Severus no podía participar en el juego de miradas que debía estar llevándose a cabo frente a él, entre su ex alumno y su actual enfermera. No pudo evitar sentirse celoso porque ellos podían compartir algo de lo que él siempre había disfrutado. Potter se mostraría sorprendido, puede que incluso culpable, mientras que los ojos de Tretcore serían escudriñadores. ¿De qué color eran sus ojos? Nunca se lo había planteado, pero quizá también eran verdes.

—¿Profesor Snape? ¿Va todo bien? —preguntó la mujer, con voz preocupada.

Se dio cuenta de que lo que le preocupaba a la enfermera era su expresión airada. La ira había sido siempre su punto débil. Se dejaba arrastrar por ella como por pocas cosas, y era algo que no le costaba dejar aflorar a su rostro, aunque no se lo reprochaba a sí mismo, siempre le había sido útil mostrar ese tipo de bajezas humanas, haciéndole parecer más despreciable aún a ojos de los demás. Así que volvió a aprovecharse de ello.

—Todo va bien —respondió con sequedad—, Potter ya se marchaba.

Justo delante de él el muchacho suspiró, resignado. Al alzarse de la silla levantó algo de aire que, impregnado de lirios se instaló a su alrededor, torturándole con recuerdos lejanos y dolorosos: Lily sonriendo con timidez mientras él le contaba que su madre le había mostrado cómo pelar una naranja con su varita; Lily junto a él, contemplando el cielo azul plagado de nubes de algodón, imaginando que les daban forma a su antojo; Lily, Lily, Lily…

—Sí, Maureen, gracias pero ya me iba —el joven hizo una pausa, para luego añadir de modo significativo—: Volveré pronto, Snape.

—No se moleste en volver si no es con mi varita en su mano —le advirtió Severus.

—Descuide.

Los pasos arrastrados del chico se alejaron hasta perderse en el recibidor de la casa, pero Severus ya no les prestaba atención. Había una promesa en esa última palabra. Y tras esa promesa, una historia que se moría por descubrir.

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Algo le pasaba a Snape. No le hizo ni pizca de gracia la expresión soñadora de sus ojos negros y ciegos mientras Harry se acercaba a ella, cabizbajo y en apariencia molesto. Pero no podía estar segura de que estuviera molesto con el hombre, sino que lo que parecía haberle fastidiado había sido su interrupción.

Le lanzó una última mirada a Snape, que tenía la cabeza baja, como si se contemplara las manos entrelazadas en su regazo, y vio como Shadow abandonó su cesto para desperezarse lánguidamente, y de un salto se acurrucó sobre las huesudas rodillas del hombre en espera de sus caricias. Contempló por un segundo de más sus dedos deslizándose por el suave y brillante pelaje negro.

—¿Qué le ocurre en los ojos? —preguntó Harry a sus espaldas, y Maureen cerró la puerta del salón, girándose en su dirección para encararse con el joven Salvador del Mundo Mágico.

—Llevan un par de días irritados, creemos que es por el núbicum, pero debemos seguir usándolo para contrarrestar los efectos nocivos de la irisidia.

—No he podido convencerle de que abandone el tratamiento —dijo, con sus verdes pupilas refulgiendo—, pero volveré para seguir intentándolo.

—Vamos por buen camino, Harry, estoy segura y…

—Pero nunca está de más abrir otra línea de ataque. Podrías ayudarme a convencerle de que nos deje seguir experimentando.

—Creo que mi padre y yo merecemos un voto de confianza —añadió, testaruda, indignándose por el hecho de ver cierta ofensa en esos bonitos ojos verdes—. ¿No confías en mi capacidad?

—No es tu capacidad la que está en entredicho. A veces, el amor y la fe que tenemos en nuestros padres no nos dejan ver la realidad. Sé de lo que hablo.

Maureen apretó los labios, rabiosa. Robert Tretcore era una persona sabia y se merecía un respeto. ¿Cómo se atrevía un maldito huérfano, que no había conocido a sus padres, a darle lecciones? Una llama ardiente de rabia le quemó el estómago.

—Mi padre es un buen hombre, Harry —dijo con los dientes apretados—, y sabe lo que se hace.

El chico se puso la capa y se la abotonó a la altura del cuello, sin hacer ningún comentario. Se alejó unos pasos, abrió la puerta de la calle, pero antes de salir, aún con la mano en el pomo se giró hacia ella.

—No pretendía ofender, Maureen. En absoluto. —Levantó la mano, e hizo un movimiento de despedida—. Ya nos veremos.

Mientras observaba cómo el muchacho se arrebujaba en su capa y se alejaba en dirección al río, Maureen hizo acopio de toda su entereza para no cerrar de un portazo.

Se dirigió con paso firme al salón, donde encontró a Snape todavía sentado, con el gato negro sobre las rodillas, con la mirada muerta fija en el hogar de la chimenea.

—Gracias por defenderme, profesor —el hombre se giró en su dirección con el ceño fruncido—. A mí y a mi padre. Sé que Harry ha intentado convencerle de que…

—No la defendía a usted —la interrumpió—, justificaba mi estúpida decisión. ¿Antes de marcharse me preparará un baño?

Maureen tardó un poco en contestar. Todavía le costaba entender la volubilidad del carácter de Snape. Se mostraba enojado, y al minuto siguiente le solicitaba su ayuda, pero sin que sonara demasiado necesitado, para que no pareciera que él no era capaz de hacerlo sino que eran parte de las obligaciones de ella. Como llenarle la bañera de agua caliente, hechizada con un conjuro para que no llegara a enfriarse mientras él estuviera dentro.

—¿Tretcore? —La llamó.

—Sí, se lo preparo ahora mismo, pero antes debo ponerle las gotas en los ojos.