Disclaimer: Ningún personaje me pertenece. Todos son propiedad de DreamWorks con William Joyce y Cressida Cowell. Esta historia es mía, escrita sin fines de lucro.
Atención: Esto es Slash/Yaoi/BL/etc. Si te disgusta, abandona esta página y busca algo de tu agrado. Gracias~
Advertencia: Muerte de los personajes.
Sepulcro de hielo
Prólogo, parte II
~ o ~
Vio su vida pasar frente a sus ojos. Por más que estirase sus manos hacia ella no podría alcanzarla y mucho menos si intentaba algún movimiento forzado que pudiese complicar aún más la situación que estaban viviendo.
Podía perderla, allí mismo, pero no quería.
La observaba ver sus pies inquietos sobre el hielo y cómo éste se iba agrietando internamente mucho más. Continuamente.
"Lo tendremos", había afirmado a su madre cuando ésta le había dicho que tuviesen cuidado. Por supuesto que deseaba cumplir esa promesa silenciosa entre ellos pero no tenía planeado de ninguna manera que aquello pudiese llegar a suceder. Y sin embargo, en ese preciso instante era tan real que el escalofrío súbito le recorrió la espina dorsal mucho más rápido y punzante que el aire gélido mismo.
¿Qué iba a hacer ahora?
Ni siquiera era mayor de edad. No podía opinar aún y la mayoría de las personas lo creían un chiste. Creía haberse ganado esa mirada debido a la infinidad de niñeadas que había, pero no tenía malas intenciones. Él también tenía miedo, no sólo su hermana, y no sólo de verla caer.
Él también temía que el hielo se rompiera bajo sus pies y lo obligara a descender. No sabía nadar y prefería el agua cuando estaba congelada o cuando era necesaria para comer o beber durante el día. Luego, la detestaba. No obstante, el ver a su hermanita temblar frente a sus ojos, no muy lejos de su posición, le recordaban que realmente no debía temerle tanto a la situación. Era ella o nadie. Era ella o nada. Su ella; su hermanita pequeña que cargaba en los hombros de su hermano toda la confianza que pudiese tener en el mundo. Confiaba en él más que en ella misma. Más que en cualquier otro vecino al cual le sonreía con tantas ganas.
Confiaba en él más de lo que él lo hacía.
—¡Jack! Tengo miedo…
Volvió a levantar el mentón hacia ella y sus orbes la capturaron viendo hacia las gritas que se iban alargando con cada movimiento. El pánico lo atacó pero no quiso enseñárselo.
—Lo sé—respondió, apretando su mandíbula en lo que se inclinaba un poco hacia adelante y intentaba pensar. No se le estaba haciendo muy fácil—. Pero tranquila, no te va a pasar nada.
Los balbuceos de la menor llegaban a sus oídos, y sin embargo, una sonrisa se deslizó por sus labios, volviendo a recuperar la compostura.
—¡Esto va a ser muy divertido!—el ligero movimiento de hombros delataba su nerviosismo pero agradecía inmensamente que ella no fuese tan observadora como para saberlo a simple vista. Inspiró. Un nuevo crujido. No le quedaba demasiado tiempo.
—No lo creo, Jack… —la niña elevó la voz inconscientemente debido a su desespero. Sus rodillas ya le temblaban y sus pequeñas manos no tenían a lo que atenerse. Necesitaba aferrarse. A lo que sea.
Siempre estaba lleno de ideas, ¿por qué justo ahora no podía tener una?
—¿Crees que estoy jugando?—intentó alentarla mientras echaba un vistazo a su alrededor, buscando una salvación. No había nadie en los alrededores, ¡cuando siempre se encontraban a algún adulto que los regañaba!
—¡Sí, tú siempre estás jugando!—nuevamente, la escuchó elevar la voz, ya entrada y sumida en el pánico. El hielo no dejaba de crujir bajo sus pies y eso sólo lograba que su pulso se acelerase una vez más.
Lo pensaría muy detenidamente la próxima vez que quisiese salir a patinar con su hermano en invierno. No lo haría al menos por un tiempo, sino lo dejaba.
—Bueno, pero no… no ahora—el castaño volvió a verla, deteniendo su mirada fijamente en ella, sonriendo al conseguir que ella capturase sus ojos. Tan sólo un contacto visual. No pedía nada más. La necesitaba tranquila, todo lo que pudiese, para no entrar en pánico él y no lograr hacer nada a la final. No lo deseaba. Tampoco lo aceptaba.
Algo.
Lo que sea.
—Te prometo, —le dio la suficiente firmeza a su voz para lograr que lo miraba con detenimiento. Determinación, no pedía nada más—te prometo que vas a estar bien.
Ya no temblaba. Ya no temía. Y la menor levantó completamente su mirada hacia su hermano.
—Sólo tienes que confiar en mí.
Como siempre. Como siempre has hecho, incluso más que yo mismo.
Confiar en él como cada instante en el que invadía su habitación a altas horas de la noche y lo despertaba para que le leyera un cuento, para lograr quitarle de la cabeza aquella pesadilla que siempre la atormentaba; aquella que la acechaba, con perder a su familia. Cuando la ayudaba a cocer sus vestidos cada vez que los rasgaba. Cuando la alentaba a ir y a hacer amigos. Cuando la ayudaba a acercarse a los niños. Cuando no tenía problemas en hacerla reír a ella y a todos. Cuando simplemente lo dejaba sonreír para que ella lo mirase, o le permitía reír para que ella sonriera. O sólo le pedía que se colocara siempre detrás de sí para atraparla en caso de caer al abismo.
Un abismo que ahora le impregnaba terror.
—¡Será como un juego!—gesticuló con sus manos hacia ella, viéndola sonreír levemente—. Jugaremos a saltar, como todos los días—afirmó y, sin dejar de sonreír, se irguió—. Y es tan fácil como… Uno… —colocó su pie sobre el hielo, el cual crujió, logrando que hiciese una mueca. Observó a su hermana y volvió a sonreír, simulando caer junto a morisquetas graciosas. La vio sonreír una vez más—. Dos… —La niña rió, y se vio tentado a hacerlo también—. Ahora es tu turno. —Jack se inclinó y tomó un cayado de pastoreo, que poseía la cima convenientemente curvea. Rápidamente, la expresión de temor regresó al rostro de la menor pero fue suplantado casi al instante de volver a ver a su hermano. Lo recordó y respiró profundamente—. Uno… —Dio el primero paso, vacilante, y el hielo volvió a crujir. Jadeó, alertada—. Dos… —la animó y dio otro paso. Otro crujido—. ¡Tres!—el adolescente estiró el cayado y atrajo a la niña, usando la curva para rodear su cintura. Logró lanzarla hacia el otro lado del lago, donde el hielo ya era firme. Ambos cayeron a la superficie fría, deslizándose en la misma.
La menor se incorporó y sonrió, viéndolo desde su posición. ¡Había funcionado! El mayor se puso de pie y le correspondió la sonrisa, aminorándola al oír un nuevo crujido.
Él jadeó. Ella gritó su nombre. Y él cayó.
El agua helada empapó cada tramo de piel, logrando que se entumiera tan pronto como le fue posible. Y aún bajo el agua, pudo ver los pies de su hermana, acercándose. Creía oír sus gritos y tuvo la intención de alertarla.
Sus manos apretaron su cuello, estando privado de respirar, y las agitó cuando se soltó. Estiró su brazo y sintió el golpe del aire helado en el dorso de sus dedos, aferrándose con las uñas al hielo que había logrado tocar. Sintió un tacto cálido que lo llevó a la superficie.
Tomó una gran bocanada de aire cuando emergió y observó el rostro asustado de su hermana, la cual temblaba de sólo verlo. Sus labios ya estaban morados y su piel helada. Pálida.
—E-Em…
—¡Jack!—gimió, apretando su mano y echándose hacia atrás, intentando tirar del cuerpo de su hermano. Increíblemente, lo sentía más pesado. Un castañeo la hizo temblequear y miró hacia abajo, llegando a ver el momento justo en el que el talón de sus patines y la hoja de hierro se clavaban en el hielo, rompiéndolo. Una fuerza la obligó a caer hacia atrás, aún aferrada a la mano pálida y mojada, sintiendo el golpe súbito en la parte posterior de su cabeza. Vio borrosamente cómo el hielo se levantaba fúrico frente a sus ojos. Cesó de apretar tanto la mano de su hermano y dejó caer todo su peso al hielo.
Escuchó un sonido de goteo y entrecerró sus ojos, viendo al cielo.
—¿Lo logramos, Jack?—esperó pacientemente la respuesta pero nunca la escuchó. Intentando hacer una mínima fuerza, se sentó en el hielo y sacudió la cabeza, queriendo disipar el mareo. Levantó la mirada y observó los ojos de su hermano, los cuales aún la miraban. La observaban fijamente, derramando lágrimas que ella no fue capaz de ver sino hasta ese instante, en el que dio cuenta de la punta del hielo que se lograba ver por encima de la espalda del muchacho. Sus pupilas se dilataron y volvió a escuchar el goteo. No era agua y caía desde las yemas de los dedos del mayor. Su piel pálida había recuperado su color—. ¿Jack…?
Allí en el hielo, a pocos pasos de ella, se encontraba su confianza. Viéndola en la penumbra, sin moverse ni respirar, demostrándole por primera vez que él también podía sangrar.
—¡JACK!
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Continúa en…
Sepulcro de hielo
Capítulo I: Fall
PRÓXIMAMENTE
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