Capítulo 2


Sentado en el filo de la incómoda cama del pabellón médico de Gisela, con las manos en las rodillas y los hombros tensos como jabalinas, Yuuri mantuvo la mirada fija en el suelo de piedra mientras intentaba aguzar el oído para escuchar los cuchicheos de Conrad, Gwendal, Gunter y Gisela, todos de pie al otro lado de la puerta de madera.

Hasta el momento, lo único que había logrado distinguir habían sido frases como «golpe en la cabeza», «hechizo» —y eso, en Shin Makoku, claro que era una posibilidad— y, en un dechado de elocuencia, incluso la sugerencia de Conrad de un «percance cerebrovascular» — ¿qué demonios había ido ese hombre a aprender a la Tierra, eh? —.

Yuuri se dio por vencido, dejó de esforzar sus oídos e hizo un ruido patético con la boca, cerrando los ojos y negando con la cabeza. Si horas antes no había estado cien por ciento seguro de haber despertado por completo, ¿eso aún era una posibilidad? Quizá todo eso seguía siendo un sueño, una pesadilla que estaba alterando su percepción del espacio-tiempo: lo que parecían horas podían ser minutos, incluso segundos y su cerebro era un pequeño cabrón que, por algún motivo, había decidido borrar a Wolfram, su Wolfram, de la realidad.

Pequeño bastardo.

Yuuri se sintió mal por todo ese tiempo que pasó, como buen deportista, desayunando en las mañanas, evitando el alcohol y bebiendo mucha agua para mantener sus neuronas hidratadas y en buen estado, ¡al final eso no había servido de nada!

Con la parte inferior de la mano, se golpeó con fuerza la frente en repetidas ocasiones y eso desató toda una reacción en cadena: primero, dolor —mucho dolor en su cabeza, ¡auch! —, segundo, la puerta abriéndose de golpe, como si hubiera sido empujada desde el otro lado por una multitud de cuerpos —y así fue: los cuerpos de cuatro sujetos preocupados por su majestad, el Maou, impactaron al mismo tiempo contra la madera gruesa, abriéndola de par en par—, tercero, la mano de Conrad sujetando su muñeca para evitar que siguiera haciéndose daño.

— ¡Déjame en paz! —Exigió Yuuri con voz ronca, intentando liberarse del agarre del soldado—. ¡Tú no entiendes! ¡Esto está mal! ¡Tengo que despertar!

La mano de Conrad aflojó su agarre en la muñeca de Yuuri paulatinamente, hasta que éste se vio libre por completo de su roce. Cuando el joven japonés se animó a levantar el rostro —con ansiedad— para contemplar las caras de los demás, se encontró con una gama de muecas que iban desde la preocupación, hasta el terror y la decepción. Eso hizo que su estómago se hiciera nudo. ¿Por qué tenía que pasarle todo esto? ¿Por qué justo a él? Ya le habían metido la cara en un retrete para damas una vez, ¿no era eso un reto suficiente en la vida? ¿Algo que superar? Y lo había hecho bastante bien sin ir a terapia, gracias.

—Su majestad —Conrad. Yuuri lo apreciaba como a un miembro más de su familia y, en otras ocasiones, su voz era ejemplo de serenidad y paciencia, pero, en ese preciso instante, el hombre deseó poder romper cada uno de esos perfectos dientes blancos con el puño: ¡serenidad sus pelotas! —, Yuuri, te aseguro que estás despierto. Esto… esto es real.

¿Podía haber una frase peor que esa en una circunstancia así?

Yuuri se cubrió la cara con las manos y volvió a negar, vehemente, con la cabeza.

— ¡Dios, no! ¡No puede ser! —Aulló entre sus dedos—. ¡Es tan estúpido! ¡O es una broma o es un sueño! ¡Vamos, Conrad, golpéame! —exigió, poniéndose de pie tan rápido, que se mareó. Una vez más, la mano de Conrad evitó que se fuera de bruces al suelo.

El rostro de Gwendal estaba tan arrugado que pronto podría competir con el de una pasa y Gunter tenía aspecto de estar al borde de las lágrimas. El ceño de Gisela estaba fruncido y sus ojos seguían cada uno de los movimientos de Yuuri de una manera que recordaba a un gato a punto de devorar a un canario.

Yuuri encaró a Conrad, que dio un pequeño paso hacia atrás, intentando poner distancia entre él y la petición alocada que acababa de escuchar.

— ¿Perdón? —preguntó el hombre, cuya voz había dejado de sonar segura.

Yuuri eliminó el paso de distancia que los separaba. Había crecido mucho los últimos años y los ojos de ambos estaban al mismo nivel. Retador, insistió:

— Quiero que me golpees. Fuerte. Con el puño cerrado. En la nariz. Sólo así voy a estar seguro de que esto es… es… así voy a saber qué demonios es… ¡vamos, ahora! ¡Es una orden! —exclamó, haciendo aspavientos con las manos.

—Pero, Yuur…

— ¡Orden, dije!

Conrad miró por encima del hombro de Yuuri, buscando el apoyo —posiblemente— de los demás, pero sólo se encontró con el rostro —aún más arrugado— de Gwendal, que parecía estarse preparando para hacer un clavado, con todo y piruetas, hacia el más profundo de los avernos y los sollozos de un acongojado Gunter, que parecía haber adoptado como dilema personal todos los malestares que aquejaban a su majestad.

Conrad, finalmente, se encogió de hombros con un ademán tenso, respiró profundo y miró a Yuuri a los ojos. Éste, sabiendo que había conseguido lo que quería, sonrió un poco, dio un paso hacia atrás y asintió con la cabeza.

—Venga —dijo, más para sí mismo que para Conrad, cuyo puño impactó, repentina y dolorosamente, contra su cara, haciéndolo dar tres traspiés hacia atrás antes de perder el equilibrio por fin y caer al suelo, justo sobre su trasero.

¿Alguien se puso a pensar alguna vez en lo incómodo que es caer sobre el trasero en una superficie tan dura como la roca? Quizá sí, pero no eran personas que fueran por la vida hablando sobre eso. Yuuri, en una milésima de segundo, tuvo un millón de comentarios que hacer al respecto, pero se contuvo en favor de la sensación de dolor que gobernaba cada neurotransmisor en su cuerpo.

Mierda, sólo eso.

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.

Ni siquiera en sus peores sueños —esos en los que lo golpeaban en la entrepierna con una bola rápida— había sentido tanto dolor como en ese momento… lo que significaba que estaba completamente despierto y que lo que Conrad y los demás llevaban diciéndole toda la mañana era cierto: no había un Wolfram von Bielefeld en el Pacto de Sangre. Ni siquiera había tierras con el nombre Bielefeld en el mapa de Shin Makoku. Tampoco había un Lord Waltorana y, ciertamente, la madre de Conrad no tenía un tercer hijo. Nunca lo tuvo y no planeaba tenerlo, según sus propias palabras.

Pero, ¿qué demonios estaba pasando ahí? ¿Qué habían sido los últimos siete años, en los que Yuuri se había visto comprometido con un Wolfram von Bielefeld? Y no comprometido como te comprometes con una dieta vegetariana o con los paseos matutinos que prometiste dar diario, sino comprometido como en «vamos a casarnos».

Algún día.

Ese era el plan.

— ¿Qué carajo? —masculló Yuuri, lloriqueando por el fuerte golpe que había recibido en la nariz… y porque su vida había dado un innecesario giro de 180°.

Ahora estaba seguro de que la noche anterior se había ido a dormir con un sujeto rubio de ojos verdes y esa mañana había despertado sin él, pero ¿por qué?

La mano de Gisela, delgada y pálida, pero firme, apareció frente a su cara. Yuuri la tomó tras una pausa y se encontró de pie en un instante, sin que la chica tuviera que batallar con su peso en lo más mínimo.

Gisela suspiró antes de hablar.

—Bien —dijo, perdiendo por completo el aire de gato hambriento—, físicamente, todo está bien —tocó con las puntas de los dedos la magullada nariz de Yuuri y la frialdad de su piel fue un alivio para el ardor que éste sentía—, en lo que cabe —enfocó a Conrad, que evitó mirarla a la cara—. Psicológicamente… quizá su majestad sólo deba volver a sus habitaciones y descansar.

— ¡No se trata de eso! —protestó Yuuri, intentando alejarse de ella caminando hacia atrás. Su espalda impactó contra el musculoso pecho de Gwendal. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo entero y se contentó con tambalearse hasta el borde de la cama de nuevo, donde se dejó caer y cruzó los brazos sobre el pecho, testarudo—. No estoy alucinando, ni estoy loco y tampoco me hechizaron ni estoy sufriendo ninguna clase de malestar cerebral; esto debe ser algo así como… la Dimensión Desconocida o algo por el estilo. Es como aquello de la niña que se cae de la cama y cruza un portal hacia otra dimensión y lo único que sus padres escuchan de ella es su voz… tal vez me caí de la cama y crucé a un universo alterno o algo por el estilo —de pronto se sintió como si alguien le hubiera echando un cubo de hielo por el cuello de la camisa—. ¡O tal vez fue Wolfram quien se cayó de la cama y ahora mismo está llamando por ayuda y no hay nadie ahí para escucharlo! —se puso de pie de inmediato, listo para correr a la puerta y volver a toda velocidad a su habitación.

La condenada mano de Conrad sujetó su brazo otra vez.

Yuuri lo miró a la cara y, antes de que el hombre abriera la boca, adivinó lo que éste estaba por decir y se preparó mentalmente para recibir el golpe.

—Yuuri, te lo juro: en Shin Makoku nunca ha habido alguien llamado Wolfram y no provienes de una dimensión… desconocida. ¿Recuerdas que ayer por la tarde practicamos lanzamientos hasta el anochecer y que ayudaste a Greta a practicar su lectura hasta quedarte dormido?

Yuuri deseó poder decir que no, pero sí. Eso fue justamente lo que hizo el día anterior.

—Pero… pero… fue él quien dijo que ya era demasiado tarde para practicar lanzamientos y también… él pronuncia algunas cosas mejor que yo. Estaba ahí, con nosotros. Él…

Wolfram había estado con ellos todo el tiempo, ¿cierto? Hasta el amanecer, cuando el universo se lo había tragado sin explicación aparente, desapareciéndolo de su vida… ¿para siempre?


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