Los personajes de InuYasha son de Rumiko Takahashi, y no mios, lamentablemente… si asi fuera, tengan por seguro que la historia hubiera sido muy diferente!!!

Hey, hace falta poner esto en todos los capitulos??? - -u

Capitulo 2:

"Un Despertar Diferente"

Tarde era ya. Kaede estaba preocupada por su hermana Kikyo, que había partido antes del amanecer, con la promesa de no tardar demasiado. Muchas horas habían pasado desde ese momento, y aún no aparecían noticias de la sacerdotisa. La pequeña hubiera preferido quedarse en la cabaña a esperar a su hermana, pero cierta culpa la consumía por dentro lentamente. Con mucho cuidado se aplicó las hierbas medicinales en su ojo, que Kikyo había dejado preparadas, se arregló el cabello y la yukata y se infiltró en la vida de la aldea, dispuesta a pedir ayuda.

Kikyo era la protectora de la aldea. Sus poderes de Miko eran utilizados para ahuyentar Youkai, mientras que sus conocimientos en medicina eran puestos a prueba cada vez que alguien lo requiriese. Además, entrenaba a Kaede, su hermana menor, para ser su sucesora. Sin embargo, no era secreto que sus habilidades eran incomparables con cualquier otro ser humano, y su enorme bondad la convertían en una criatura única.

Además de las sacerdotisas, había varios niveles sociales en el lugar. Las Miko recibían las mayores atenciones, y no era necesario que trabajaran más allá de en lo que usaban sus poderes espirituales; estaban en una postura muy envidiada por los demás aldeanos, quienes labraban los campos bajo un torturante sol, o recorrían enormes distancias intercambiando mercancías. Sin embargo, había personas aún más arriba que las Miko: el jefe de la aldea, Dregiro, y su familia. A este hombre acudió la pequeña Kaede con su desesperación. Hombre de buen corazón que conocía bien a la niña, escuchó atentamente sus preocupaciones, y en seguida dispuso una búsqueda para encontrar a Kikyo.

Montados a caballo partieron los exploradores. Buscaron a la sacerdotisa en cada casa de la aldea. Mientras lo hacían, los hombres discutían entre sí, intentando hallar la causa de la desaparición de la Miko.

-Fue ese maldito demonio-Dijo uno de los jinetes, un hombre de avanzada edad, calvo pero de espesas cejas y mirada maniática-. Sabía que sería peligroso para la Señorita Kikyo permitirle que se le acercara ese Youkai bastardo. Ese mal nacido hijo de perra se aprovechó de su bondad y se encargó de asesinarla, pueden estar seguros de eso!

-Es verdad!-Exclamó uno de sus compañeros-. La próxima vez que se atreva a acercarse a nuestra aldea, hay que acabar son él!

-SI!-Apoyaban los demás al unísono.

Kaede escuchaba indignada. La invadían ganas de gritar que esos hombres estaban completamente equivocados: que en primer lugar, InuYasha no era un Youkai, era un Hanyo. Pero su hermana le había advertido que no divulgara aquello, puesto que muchos creían que era un demonio puro, y por ello le temían; de enterarse que era un híbrido, no dudarían en intentar asesinarlo, resultando, obviamente, mortalmente peligroso para aquellos que osaran atacarlo. En segundo lugar, no podía creer los insultos y acusaciones falsas que había oído. InuYasha no era para nada sociable, pero eso no significaba que fuera un traidor. Era simplemente imposible que se atreviera a quebrar la unión que tenía con Kikyo que, creía Kaede, iba más allá de una simple amistad forjada desde el respeto mutuo. A pesar de su propia seguridad, sabía que aquellos hombres no le creerían. Debía encontrar a su hermana antes que los demás y avisarle que los aldeanos planeaban atacar a InuYasha. Seguramente, él estaría con ella.

Con la mente atestada de dudas y confusiones, la pequeña seguía a la caravana que, luego de no poder encontrar a la sacerdotisa en la aldea, fueron a por cada río, cueva y montaña de la región. Sólo a un lugar no fueron, un espacio sagrado donde no solían entrar. Sin embargo, una corazonada le dijo a Kaede que buscara allí. Sigilosamente, se separó del grupo y se dirigió al Árbol Sagrado; sentía que encontraría algo ahí.

Al mismo tiempo, el cálido sol del ocaso dominaba el cielo, tiñendo las nubes con un tono anaranjado y dejando la firme y oscura madera del Goshinboku de un brillante rojo caoba. Lentamente, InuYasha volvía en sí. Se sentía aturdido y confuso, y no podía recordar por qué se hallaba en ese lugar. Sus recuerdos estaban dispersos y mezclados, ninguno tenía sentido. Pero de entre ellos surgió un único pensamiento que rápidamente ocupó por completo su mente.

-Kikyo…-Dijo lentamente- Kikyo?... Kikyo, dónde estás!- Exclamó, mirando hacia todos lados, desesperado. Podía sentir su olor cerca. Nervioso, se puso de pie e intentó rastrear el aroma de la Miko en el aire, pero quedó aún más confuso: ella estaba muy cerca, demasiado, pero no podía verla. Volteó, y la vio que yacía junto al Árbol Sagrado, apenas lejos de donde él había estado. Riendo entre dientes de su propia estupidez, se le acercó y se agachó a su lado para poder posar su mano en el hombro de Kikyo y así despertarla. Fue entonces cuando, horrorizado, vio que por sobre sus hombros llovía largo y espeso cabello negro, y que en sus manos no había garras, sino inútiles uñas humanas. Rápidamente, llevó su mirada al cielo: ni siquiera era de noche, y era imposible que fuera Luna Nueva. De pronto, su memoria regresó a la normalidad y lo ocurrido tomó sentido. Recordó haber estado parado frente al mismo árbol, el comienzo de la transformación, seguido por el insoportable dolor… luego, nada más; había caído inconsciente, y por lo tanto no había nada más que pudiera seguir recordando.

Se inclinó un poco más sobre Kikyo, cuando un punzante dolor le recorrió la espalda; le había estado ardiendo, pero no lo había notado. Para esto no lograba encontrar explicación alguna, y sabía que solamente la sacerdotisa lo podría resolver.

Haciendo un gran esfuerzo por contener el dolor, logró despertar a la Miko. A diferencia de InuYasha, ésta rápidamente comprendió lo que sus ojos veían.

-InuYasha?-Preguntó. Tenía la vista algo nublada, pero estaba muy feliz de encontrarlo vivo.- Me alegro mucho de que estés bien…-Dijo mientras lo rodeaba con un delicado abrazo.- Estoy…-Comenzó de vuelta luego de separarse, pero se interrumpió cuando, mirando a InuYasha, vio que dos ojos dorados le devolvían la mirada. Él captó esta repentina sorpresa.

-Qué sucede?-Preguntó.

Kikyo no lo comprendía; ya había visto a InuYasha en su forma humana, durante la Luna Nueva, y bien sabía que sus ojos cambiaban a un marrón muy oscuro, que incluso se confundía con negro. No era posible que, siendo humano, hubiera conservado los mismos ojos que tenía como Hanyo.

-Tus…-Comenzó Kikyo, titubeando. No sabía si debía decírselo, o convenía que lo descubriera por su cuenta.- No, olvídalo.

-Qué?

Al mismo tiempo que exhalaba un profundo suspiro, la joven se convencía de que era mejor que lo supiera.

-Tus ojos… Aún son dorados.

-Q…Qué?! No puede ser…

-Creo que sé la razón… Pero te lo explicaré luego; te ves agotado… Mejor volvamos a la aldea.

No muy a gusto, tuvo que aceptarlo, no le quedaban más alternativas; sabía que intentar hacer que esa mujer cambie de opinión sería un desperdicio de energía y aliento.

-De acuerdo.

Comenzaron a caminar en dirección al pueblo, pero de pronto InuYasha cayó de rodillas al suelo con un doloroso quejido.

-InuYasha!-Estando cabizbajo, su cabello se deslizó a un costado, dejando a la vista un gran corte en su kimono, rodeado de una oscura mancha de sangre.

-Estoy bien, no te preocupes.

-Tu espalda… estás herido, verdad?

-Cómo lo sabes?

Pero Kikyo no contestó. En cambio, se agachó a su lado, ofreciéndole su hombro para apoyarse.

-Te ayudo-Le dijo.

-Keh! No es más que un rasguño! No tardará más de un día en sanar.

-No seas testarudo-Le regañó Kikyo, tomando su brazo y pasándolo sobre sus hombros, obligándolo a apoyarse.-. Quizás lo sea para ti, pero no para tu cuerpo. Ahora… Ahora eres humano, no lo olvides. No eres tan fuerte como antes, ni debes exigir tanto de ti mismo.- Dicho eso, comenzaron a caminar con lentitud. InuYasha no rechazó por segunda vez la ayuda ofrecida, ya que a pesar de no querer admitirlo, la necesitaba.

Con dificultad y en silencio avanzaban por el bosque. InuYasha, absorto en sus pensamientos, no prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor. De a poco, comenzaba a arrepentirse de lo que había hecho. No estaba seguro de haber tomado la decisión correcta convirtiéndose en humano. Era una vida ardua y complicada a la que no estaba acostumbrado, y creía que jamás lo estaría. No creía poder aguantar mucho en aquel débil y frágil cuerpo. Sin embargo, no había vuelta atrás. No había forma que pudiera retornar a su antigua forma de Hanyo. Sólo lo confortaba el estar junto a Kikyo, el saber que ella siempre estaría a su lado. Recordar que había hecho todo ese esfuerzo por ella lo hacía valer la pena.

-Fue Shibogarasu- Dijo Kikyo de pronto.

-Eh?- Distraído, InuYasha no había comprendido lo que le había dicho.

-Fue Shibogarasu, el demonio cuervo-Repitió la sacerdotisa-. Has oído hablar de él, verdad? Fue él quien te hirió. Lamento no haberte protegido… Eran demasiados…

-Sigue con vida? Escapó?- Preguntó InuYasha, interrumpiéndola.

-No- Contestó-. Logré aniquilarlo, pero demasiado tarde, ya te había atacado… lo siento, en verdad.

-Keh! No hay problema, Kikyo, no fue tu culpa. El bastardo se va a podrir en el infierno, y se lo merece.

La sacerdotisa asintió con la cabeza, agradeciendo en silencio que fuera comprensivo, sabiendo que no era común en él.

-Estaba preocupado-Continuó InuYasha-. Su esencia todavía está alrededor nuestro. Temía que te hubiera atacado a ti también, pero según parece, es en mi ropa donde quedó, y por eso la sigo sintiendo…

-Espera un segundo… quieres decir que aún puedes detectar eso?

-Siempre lo hice… no sé de qué te sorprendes…Aguarda…-Comenzaba a entender que algo estaba fuera de lugar, había algo que no tenía sentido-. Se supone que ya no debería poder hacer eso, no es así?

Pero Kikyo sí había comprendido.

-Es lo mismo que con tus ojos- Le dijo-. Pero luego te lo explico.

El silencio volvió a dominar la situación, cada uno absorto en sus propios pensamientos, aunque se basaban en lo mismo. InuYasha intentaba descular qué era lo que había descubierto Kikyo, mientras que ella analizaba la situación, tratando de encontrar los posibles peligros y beneficios del anormal cambio que había presenciado.

Aún con la mente perdida, InuYasha se sobresaltó cuando la saccerdotisa se detuvo de repente. Algo sorprendido por tener que volver a la realidad de manera tan repentina, agudizó su casi inútil oído para intentar captar algún sonido sospechoso, pero su nariz fue más rápida, y detectó el olor de un caballo y uno que ya conocía desde antes, el de la hermana menor de la joven Miko que lo acompañaba.

Enorme fue la alegría de Kaede cuando vio a Kikyo a lo alto de su mismo camino, aunque una frondosa barrera de árboles sólo le permitía ver parte de ella. La pequeña aminoró el caballo, hasta que el animal se detuvo. Miraba a todos lados, buscando a InuYasha, y se preocupó cuando no pudo encontrarlo.

-Onee-Sama!-Exclamó- Debemos encontrar a InuYasha! Los aldeanos lo atacarán si lo encuentran, y… -La pequeña quedó repentinamente sin voz por el asombro: Kikyo se acercaba lentamente a ella, y pronto dejó atrás la barrera de árboles, dejando ver a su compañero. Al principio, Kaede no lo reconoció, por el largo cabello negro y la falta de las blancas orejas perrunas, pero luego, al fijarse en su inconfundible kimono rojo, se dio cuenta que no era otro que el mismo del que estaban hablando.- InuYasha? Eres tú? Te ves algo…

-Qué?! Diferente? No hace falta que me lo digas, niña ingenua!- No tenía ganas de lidiar con nadie, ni siquiera con la inocente jovencita. La pequeña había quedado paralizada por el "ataque verbal" que había recibido, pero pronto recordó su tarea pendiente.

-Kikyo Onee-Sama! –Exclamó. – Debe llevar a InuYasha a un lugar seguro, y pronto!

La sacerdotisa se vio envuelta en graves aprietos, y tuvo que organizar su estrategia rápidamente.

-Ya sé lo que haremos –Dijo al fin-. Kaede, tú irás al frente. Vigila el camino, y avísame si alguien se acerca. Iremos hasta nuestra cabaña… Es bueno que los aldeanos no se atrevan a entrar- Agregó luego de una pausa-. InuYasha, te tendrás que quedar oculto, por lo menos hasta que sane tu herida.

Éste abrió la boca para protestar, pero se contuvo luego de pensarlo mejor. Kikyo tenía razón: la herida que tenía no sería grave, si él hubiera sido un Hanyo, ni siquiera hubiera tardado en curar. Pero no sabía que tanto podría soportar un cuerpo humano, ni cuanto tardaría en reponerse. A pesar de ser siempre impulsivo, no le quedó otra opción que ser precavido.

Su silencio y ausencia de quejas le dieron permiso a Kikyo para creer que aceptaba lo propuesto, por más que sea a regañadientes. Nuevamente, emprendieron el regreso a la aldea.

El oscuro dominio de la noche ya había invadido el cielo, cuando a lo lejos divisaron pequeñas luces que demostraban que la vida nocturna de la aldea ya estaba activa. Sin embargo, no podían continuar por el camino principal. Horas atrás habían visto a los exploradores volver hacia el pueblo. Por suerte, en ese momento se encontraban fuera del sendero, escondidos entre los árboles, y no fueron vistos. Pero mucho tiempo había pasado desde entonces y aquellos hombres, de seguro, habían esparcido sus sospechas en InuYasha por cada uno de los habitantes. No podían arriesgarse a que fuera visto, mucho menos en la condición que estaba.

-Por aquí, síganme.- Ordenó Kikyo. Introdujo a su hermana y a InuYasha entre los árboles. Con dificultad, se abrieron paso entre las plantas, hasta que lograron ver su cabaña, lo malo era que ésta se encontraba en un amplio claro, con ningún lugar que pudiera servir como escondite intermedio. Pero los aldeanos eran respetuosos, y no se atrevían a molestar a las sacerdotisas, a menos que tuvieran una muy buena razón, por lo que el lugar estaba desierto. Con mucho esfuerzo, lograron cruzar sin ser vistos, lo más rápido que pudieron.

Una vez dentro, Kikyo dejó en claro que ella y Kaede debían mostrarse ante los pobladores, antes de que se preocuparan incluso más. InuYasha debía quedarse solo.

-Pero… Onee-Sama, no…- Comenzó la pequeña, pero no se atrevió a decir lo que pensaba, por temor a la reacción de InuYasha. Le hizo señas a su hermana para que se acercase- …no debería ponerle sellos sagrados a la cabaña? Ya sabe… para que no escape…-Le susurró al oído. InuYasha echaba de menos las orejas que poseía siendo Hanyo; de haberlas tenido en ese momento, podría haber escuchado sin problemas lo que la niña había dicho. Pero no las tenía, así que debió quedarse con la duda, aunque no por mucho, porque la respuesta de Kikyo le permitió adivinar lo que el susurro había transmitido.

-No hace falta, Kaede. Sé que InuYasha se portará bien, y no intentará hacer nada descabellado mientras no estemos- Contestó la Miko, dedicándole al muchacho una dulce sonrisa que le daba a entender que tenía toda su confianza depositada en él. Tan hermoso gesto dedicado a él hizo que InuYasha se ruborizara y se viera obligado a desviar su mirada.

Complacida, Kikyo llevó a su hermana fuera de la cabaña, en dirección a la de Dregiro, para aclarar la situación. A pesar de que debería estar pensando en alguna excusa creíble que justificara su larga ausencia, tenía la mente ocupada con un enorme regocijo consigo misma, feliz de haber conseguido la confianza de InuYasha, por muy difícil que eso hubiera parecido ni bien lo conoció. Sabía que él jamás se atrevería a quebrar esa confianza, ese fuerte lazo forjado entre los dos. Tan enorme alegría no pudo ser escondida y se manifestó al exterior con una suave risa. La pequeña Kaede la miró, confusa, preguntándose cuál sería la causa de tanta felicidad, mientras que Kikyo se daba cuenta que debía verse como cualquier joven profundamente enamorada lo haría, cuando descubría por primera vez en su vida lo que realmente era el amor. Sin embargo, muy profundo en ella había un fragmento de preocupación que empañaba su felicidad. Sabía que pronto llegaría el momento en que tendría que escoger entre el más profundo de los anhelos de su corazón, y sus obligaciones como sacerdotisa. El destino había puesto ambos en su camino, y muchas vidas cambiarían por su decisión.

Fin del Segundo cap

Hola de vuelta!

Perdon por tardar tanto, me pico la fiaca y el vicio por programas de compu completamente inútiles

Agradezco a 009-ky por haber sido la primera persona en dejar Review

Una cosa para agregar, 009-ky si, Kikyo no murio… por ahora. Si hay algo que deben saber de mi es que soy una maniatica asesina de personajes. Adoro el sentir que alguien muere a manos mías. En mis historias siempre muere alguien, por mas que sea un personaje irrelevante con una muerte inútil y patetica, que no cambie para nada el curso de la historia… y ya tengo en mente quien va a ser mi victima en este fic, Muahahaha!

Van a tener que esperar para ver.

Ah, y me disculpo por el vocabulario, pero seamos realistas, quizas no sea asi en el anime, pero aquellos que leyeron el manga no pueden negar que InuYasha es u n mal hablado de los mejores, que cadados palabras manda un insulto. Ademas, supongo que los "viejos" no eran ningunos santitos tampoco. Lo que si, jamas escuche a Kaede o Kikyo hablando en el anime en Español, asi que no tengo idea como hablan ellas. Supongo que, como son re educadas, deben hablar asi… re bien… que se yo… me gusto la idea que todos (bueh, casi todos, menos InuYasha, claro) trataran a Kikyo de "usted", incluso su propia hermana.

Fer, me esforcé por vos! Siempre decis que hago los caps muy cortos…. Trate de hacer este lo mas largo posible

Bueno, esta vez fueron "cortas" las aclaraciones, para compensar la vuelta pasada.

Sayounara *Wa Ashita No Tame Ni? (Wakaranai) TT_TT*