Disclaimer: El Potterverso, en el que me baso para crear esta expansión, pertenece a su autora J.K. Rowling, no me he beneficiado económicamente de su uso.
La expansión de la Magia Rumana es de mi autoría, por lo que los personajes y elementos originales me pertenecen.
Este fic participa en "El desafío semanal" de El foro de las Expansiones
II
Si se tratase de una pesadilla.
Cuando Aisha Vânătorea se recostaba en su cama con toda la intensión de dormir, solía esperar horas antes de lograr entrar en el mundo de los sueños. Pasaba horas en su cama pensando, recordando con doloroso detalle la vida que había dejado en Rumania.
A veces, cuando cerraba los ojos, podía ver aquellas orbes grises mirándola como aquella tarde de invierno, podía sentir el odio que guardaban, pero sobre todo, podía sentir la tristeza y el dolor desgarrando su corazón. Aquellas noches cuando recordaba la mirada de Oana, quería llorar, llorar hasta que se le secara el alma, hasta olvidar a aquella joven mujer. Pero no lo tenía permitido, ella siempre se la ingeniaba para regresar.
Cuando Aisha lograba dormir sin atormentarse antes. ella aparecía, en medio de la nieve, con su cabello tan largo y tan negro como Aisha lo había grabado en su memoria. A veces, llevaba la ropa de lana que solía usar cuando iban a ver a sus abuelos, aquellos clásicos chalecos o esos sombreros que odiaban; a veces, y con la única intención de torturarle, iba vestida con aquella túnica violeta que había usado para atormentar a la mitad del Reino, y que llevaba aquel día.
Mientras estaba ahí parada a la mitad de aquel claro cubierto por la nieve, la miraba, no como la Oana que había visto debajo del Puente del Mentiroso, mientras le mostraba el cuerpo inerte de su prometido. No, era más como la muchacha alegre que algún día había sido, la que se enamoraba del amor y suspiraba mientras idealizaba la huida de su Tía. La veía sonreírle he invitarla a caminar a su lado, como cuando era niñas y querían ver a su padre volviendo de las Făgăraș.
Aisha aceptaba, siempre aceptaba y caminaba a su lado, la tomaba del brazo y reía junto con ella imaginando juntas el final feliz de la historia de amor de su tía Riva. Caminaban hasta acercarse al bosque, y entonces Aisha lo sentía. Sentía aquella cosa en el pecho que le decía que no siguieran, que se quedaran ahí y esperar juntas que de verdad la historia de su tía terminara de una forma romántica. Pero seguía, aun agarrada del brazo de su hermana, aun ingenua y feliz. Hasta que lo veía.
A lo lejos un joven de cabello oscuro lloraba con el corazón desgarrado por el dolor, abrazaba un cuerpo, rígido y sin vida. Aisha lo escuchaba gritar con tanto dolor que siento que su propio corazón se rompía, y quería llorar con él. Miro a Oana tratando de encontrar consuelo en su sonrisa, pero Oana miraba a aquel joven con tristeza, una tristeza genuina que venía de lo más profundo de su alma. Una tristeza que fragmento el corazón ya de por si roto de Aisha, y penetro hasta lo más profundo de sus huesos. Quiso llorar como aquel joven que gritaba el nombre de su amada lleno de rabia.
Aisha quiso correr hasta aquel pobre muchacho y consolarlo, y lo hizo. Llego con algo de dificultad a su lado, el estaba de espaldas y cubría aquel cadáver con su cuerpo. Aisha le toco el hombro para llamar su atención y este se giro para mirarla, la jovencita casi se desmalla. Aquel muchacho era Harvey, el joven cuidador de dragones que solía acompañar a su hermana.
Aisha se alejo, buscó a Oana con la vista pero esta no estaba en donde la había dejado, buscó en todas direcciones y se topo con alguien que no esperaba ver. A ella misma, parada a unos metros de Harvey , mirando la escena con expresión fría. Quiso llorar por la familiaridad de la escena, aquello ya lo había visto, ya lo había vivido, hacia años en una tarde de invierno, y a quien Harvey abrazaba no era otra que la joven a quien había tomado del brazo minutos atrás. Miro aquel cadáver y en efecto, era su pequeña hermana con su cabello negro cubriendo parte del rostro, con su piel tan pálida como la nieve que caía en ese momento, con sus ojos vacíos, sin siquiera aquel odio que la atemorizaba tanto. Ahí en medio de la nieve, su hermanita yacía muerta y Aisha no necesitaba que le dijeran quien le había quitado la vida. Ella lo sabía bien.
Busco de nuevo a la Oana que la había llevado hasta ahí y esta vez la encontró justo al lado de la otra Aisha. La miro con atención, ella estaba diciéndole algo pero no logra escuchar nada. La miro a los ojos y entonces la escuchó dentro de su cabeza con esa voz suave que tanto le gustaba. "Tu la mataste" dijo.
Aisha solía despertarse en la madrugada, agitada, algo desorientada, con un sabor amargo en la boca, sudando a pesar del frío de Londres. A veces, como en aquella ocasión, no lo soportaba y lloraba, lloraba a su hermano, lloraba a sus padres, lloraba a su familia entera, lloraba a todas las familias que ya no tenían quien les llorara, pero sobretodo, lloraba a su hermana. La lloraba como estaba segura nadie más la iba a llorar, porque ella lloraba a las dos, la Oana que había perdido en su juventud, la que había escapado a los Cápartos y jamás había regresado. Y lloraba a la Oana que había nacido aquel verano de sus quince años, del cadáver de un joven dragón mientras cazaba con su padre en las Făgăraș, aquella a la que había tenido que matar con su propia varita.
