Finn POV.
Santana López era el tipo de chica con la que no querías meterte en la secundaria o en cualquier otro momento de su vida. Tenía un cabello negro, sedoso y largo, ojos oscuros, y un cuerpo para morirse. Nunca fuimos lo que se diría "cercanos", pero gracias a que yo era popular y ella era popular debíamos salir de a ratos. Luego, ella se enredó con Sam y él empezó a salir con nuestro grupo, aunque no venía a nuestra escuela, y para el momento que ella comenzó a ver niñas, ya éramos amigos. De todas maneras creo que se caían bien.
La verdad es que era una zorra. Además de que no tenía relaciones serias y dormía con todos, era una zorra de actitud. Directa y punzante. Por eso me caía bien.
El día que salí con ella no me molesté en arreglarme. No importa cuánto te esforzabas con ella, siempre tenía algo que decir. Y ese "algo" era negativo. Entonces que me vestí como me vestiría si fuera al centro comercial… porque de todas maneras, iba al centro comercial. Decidí tomar un taxi, así cuando llegaba no estaría completamente sudado. Sudé en el camino, de todas maneras (era un sudador), pero me salvé bastante. Entré, subí por escaleras mecánicas y me acerqué a la tienda de comida de bajas calorías a la que dijo que vaya y traté de no tomarlo como un insulto. Cuando la alcancé dijo algo como esto:
— Ew, ¿por qué estás tan sudado?—Y yo miré abajo, preguntándome de qué hablaba, porque me sentía fresco.
— No estoy sudado— Le fruncí el ceño y ella puso los ojos en blanco, pero sonreía juguetonamente. Me indicó que me sentara, y lo hice.
En cualquier momento que me insinuaba, ella desviaba el tema completamente. Y cuando me di cuenta que nada iba a pasar, toda la tensión salió de mí.
— No tienes nada interesante que decir, ¿cierto?—Me preguntó luego de tragar un sorbo de su agua con gas, algo que solo podía tomar ella.
— ¿Realmente? No— Me encojo de hombros— El caso va bien. La banda todavía no me habla por dejarlos. Sam… pues, está colgado de una rubia, pero bien. Y yo trato de tachar la parte étnica de mi lista.
— ¿Lista?—Frunció el ceño—Oh, cierto. Lo entiendo. Sigues con eso, Cielo Santo. Madura, hombre—Suspiró y jugó con su cabello.
—Voy a conseguir madurar el día que consiga terminar la lista. La terminaré, me acostaré con una chica no importa sus características, la dejaré embarazada y punto final—En realidad ese no era el plan. Siempre soñé con una familia: una chica, un par de niños, un perro. Nada de películas cursis, sino más bien… como si me chocase con alguien. Y este alguien fuera una chica ardiente, así que le ofrezco ayuda y terminamos ligando. Esas historias siempre tienen finales felices.
—Es el sueño de todos, grandulón.
— ¿También el tuyo?
—No exactamente—Sacudió la cabeza— Sabes que no puedo, técnicamente, embarazar a una chica. Así que simplemente tendré que esperar a que sea… divertido. No lo sé, Finn, y espero no saberlo por un tiempo largo. Hasta los veintisiete, al menos.
Me pregunté si podría cambiar su idea sobre su sexualidad en ese tiempo.
—Claro. Bueno, cuando conozcas a la chica, preséntamela. Y yo te presentaré a la mía.
—Dios, no. ¿Quién eres, mi padre?
—Pensé que sería divertido—Tiró su cabeza atrás mientras se reía de lo que acababa de decir. Estaba seguro de que mi cara no tenía ninguna expresión, menos quizás confusión.
—Pensé que habrías bajado de peso para los treinta, pero no.
Quise corregirla. Tenía casi veinticinco, lo que no me parecía tan malo—Claro que no. Comer es genial— Contesté y puso los ojos en blanco. Utilizó mi frase para inducir la idea de que fuéramos a comprar una ensalada o cualquier cosa que se comprara en We Care Health (nombre que sonaba como crema para piel) y antes de que se levantara porque no había contestado, saqué un sandwich y como cuatro paquetes de aderezo. Río.
— ¿Alguna vez has tenido ese sentimiento de que todo cambia muy rápido y que no puedes mantener nada igual, no importa cuánto intentes? Es abrumador. En algún punto incluso olvidas quién eres. En algún punto te preguntas si el mundo sigue siendo el tercer planeta más cercano al Sol, y si las bocas siguen llamándose bocas y los dedos, dedos. Es interesante cómo la vida sigue, el amor sigue y el viento sopla, pero tú eres… tú. Por eso, Hudson, me alegro de conocerte. Deberías estar orgulloso—Miro a sus uñas luego de suspirar pesadamente mientras yo pensaba DIOS MÍO SANTANA LOPEZ ME HABÍA DADO UN CONSEJO, hasta que se dio cuenta de lo que había pasado y agregó—Claro, no tan orgulloso. No es bueno seguir siendo igual a cuando tenías dieciocho cuando tienes como, cuarenta.
Sonrío satisfecha, se dio media vuelta y fue a pedir su orden de comida aburrida.
Lo divertido de la comida es que se define en "divertida" o "aburrida", asimismo como "deliciosa" y "asquerosa" por la cantidad de calorías que contiene. Por ejemplo, en Los Angeles algo delicioso tiene pocas calorías, pero sigue siendo aburrido, porque tiene pocas calorías. Pero lo asqueroso, por otra parte, es una hamburguesa, por el aceite y todo eso, aunque es divertida porque… ES UNA HAMBURGUESA. Y cuando piensas en hamburguesa piensas en McDonal's y luego eso te conduce directamente a niños pequeños, o cajitas felices y juguetes o juegos y felicidad. Quizás digo eso porque lo más que recuerdo haber sido feliz fue hasta los cuatro años, porque luego mi padre murió. Drogas, me dijeron. Ni siquiera me importa realmente, porque no conozco a ese hombre, pero el yo de cuatro años lo hacía. Mi entrenador fue entrenador suyo y me dio el puesto de capitán del equipo por lástima. cuando no necesitaba lástima. Seguí adelante, con una madre deprimida, un padrastro alcohólico que luego fue arrestado por robo de algo que ni siquiera recuerdo, y popularidad.
Cuando Santana volvió yo ya llevaba la mitad del sandwich y estaba leyendo el periódico. Hizo un gesto de asco y negó con la cabeza.
—Me corrijo. Has cambiado.
—Claro que sí. Han sido casi ¿siete?, años. Debo cambiar, pero me gusta pensar que sigo siendo yo pero maduro.
—Alguien maduro no comería sandwiches con panes tostados de manera tal que una figura de Star Wars quede impresa.
Miré mi pan—Lo reconociste—La molesté.
—Tengo dos sobrinos, totalmente justificado.
Pasamos el día recordando viejos tiempos, hablando sobre aventuras, sobre Sam y sobre una chica con la que Santana salía, que tenía cerca de diecinueve años. Tenía el pelo azul y se llamaba Dani. Acotó que le gustó, en cierto modo, por lo poco que le recordaba a Brittany, su exnovia. La quiso pero no funcionó. Se encogió de hombros cada vez que lo dijo. Yo le hablé de la chica del azúcar y ella frunció el ceño cuando nombré lo que pasó con Quinn/Lucy. Ella frunció el ceño, mejor dicho, frunció mucho el ceño.
—Espera—Me cortó en medio de una frase. Me callé— ¿La chica se llamaba Quinn?
—Así parece—Murmuré, sin comprender.
—Y tiene una amiga judía, por lo que me contaste al llegar sobre lo étnico—Ataba cabos y no me prestaba atención, pero me sorprendió que me haya prestado atención como para acordarse. Quizás sí me estimaba—Esta chica… ¿tenía un piyama rosado?
—Un camisón, en realidad.
—OH, ¡CIELOS, HUDSON!—Exclamó—CONOZCO A ESA CHICA.
Debí haberle sacado importancia. ¿Qué si la conocía? Ya me había olvidado de ella, más allá del tema de que su amiga era una farsante. Pero cuando la latina dijo eso treinta mil ideas se prendieron en mi cabeza como si fueran bombillas y yo un personaje de caricatura. La miré, con los ojos abiertos y sin la mínima intensión de decirle que bajara el tono. Nunca estuve más agradecido con Sam por juntarme con Santana López.
Rachel Barbra Berry era su nombre, y me sonó inusualmente conocido. Como pensé, era judía. Tenía veinte años, casi veintiuno, y era la persona más aburrida de la que alguna vez oí hablar. Admiraba con fervor a Barbra Streisand, su sueño era interpretar a Fanny en la obra de Broadway, Funny Girl, sólo comía comida vegana, odiaba el chocolate, tocaba piano, pero sólo piezas clásicas y la única vez que había ido fuera se la pasó mirando las noticias con su teléfono.
Según lo que dijo Santana, era de Lima como nosotros, pero sus padres se mudaron con ella a Los Ángeles en el momento que entro a la Preparatoria. Allí conoció a Quinn, a quien desistí de llamar Lucy/Quinn porque Santana pensaba que era raro. Aunque vivió en Los Ángeles por tres años y medio nunca tomó Sol voluntariamente ni tuvo sexo en la playa. En realidad, no tuvo sexo en absoluto.
De todas maneras, el hecho de que fuera tan diferente sólo consiguió que me atrajera más. Podía pensar de ella como agradable y sabía qué temas podrían hacer una conversación llevadera entre los dos. Éramos compatibles, y debía enfocarme en eso sobre todo si quería convencerla de que se acostara conmigo, y sobre todo si nunca había dormido con nadie.
Esa noche lo único que hice fue pensar técnicas para conquistarla y, asistido por Santana, encontré una que parecía perfecta.
Rachel POV.
Todo era un desastre. Desde lo que componía hasta mi alimentación. Desde que tan organizada estaba siendo hasta la manera que cuidaba mis uñas. Estaba mareada y tenía hambre todo el tiempo y ya que no podía estar embarazada, culpaba a la prueba.
Venía desaprobando el examen hacía dos años. Claro que no parecía malo teniendo en cuenta que era NYADA, pero yo era Rachel Berry. Rachel Berry no fallaba, Rachel Berry no repetía y Rachel Berry no se equivocaba.
El estrés era básicamente lo único en lo que pensaba. Cada pieza que escribía la encontraba poco digna o no lo suficientemente buena y la rompía, para luego levantarla del suelo y pegarla junta. No era mala, pero sí NYADA-Mala.
Kurt venía todos los días prácticamente a ayudarme, pero ya lo molestaba el hecho de que me sintiera tan histérica sobre todo, así que lo libere. Mi cabeza dolía todo el tiempo, mis brazos pesaban y ansiaba dormir todo el día, pero en el momento que iba a la cama alguna idea llegaba a mi mente. Me levantaba, la tocaba y la desechaba. Era cansador y lo notaba, pero no me rendía, porque Rachel Berry tampoco se rendía.
Por ese mismo motivo, el viernes en el que se cumplían cuatro meses hasta la audición definitiva (eran dos: una provisoria, para trabajar en las fallas y una de verdad, en la que entrabas o no) Quinn y Santana decidieron que era suficiente, que iba a empezar a perder cabello y que el período en cualquier momento dejaría de venirme. Entonces me llevaron afuera.
No fue afuera estilo "cuerpos sudorosos en una habitación, tragos, música electrónica a todo volumen", sino algo mucho más orgánico: Me sacaron al cine. Disfrutaba del cine, de las historias contadas en imágenes, de las personas pudiendo ser dos personas, así que acepté. Quería desconectarme y era sano, lo suficiente para estar de acuerdo con el plano. Así que salí con Santana, una amiga de Quinn que también se convirtió en amiga mía luego de unos meses, Kurt, un muchacho gay que conocía desde antes que a Quinn, Blaine, otro muchacho gay que salía con el anteriormente mencionado y Dani, la novia de Santana que tenía cabello azul, era más joven y por la cual me preocupaba como si fuera mi hermana pequeña.
La tarde del viernes anteriormente mencionado me vistieron, me obligaron a salir y me llevaron fuera. Al principio me resistí, por supuesto, pero en el momento que me senté en la butaca ya ni pensaba en eso. Cuando empezó "El Mago de Oz", el clásico de 1939 y me sentí como una niña, cuando veía este tipo de películas.
Casi no me di cuenta cuando un muchacho alto de cabello marrón se sentó a mi lado. La ubicación de los asientos era algo parecido a Blaine, Kurt, Dani, Santana, Quinn, yo, muchacho de cabello café. Santana se estiró para adelanté, el muchacho igual, se saludaron con un asentimiento y yo fingí no darme cuenta.
Era. Ese. Chico.
Quinn empezó a reírse por lo bajo. Dani se dio vuelta, preguntó algo a Santana, ella respondió que sí, ambas rieron, Kuert las vio pidiendo con la mirada que cerraran la boca y Blaine le acarició la mano, sabiendo que en cualquier momento empezaría con su discurso sobre la apreciación de los clásicos. Yo me hundí en mi asiento sintiendo mis mejillas calientes, calientes, quemando.
—Hola, interesante encontrarte—Susurró, bastante serio para la carga de sarcasmo que usaba. Levanté una mano a mi cara y me tapé hasta que contuve mi rabia. Entonces me levanté y decidí ir al baño. Quinn se levantó conmigo, y cuando lo hizo el chico la miró, cómplice, y habló: —Sam dice hola.
Quinn quedó congelada. Tiró de mi mano y salimos casi corriendo. Escuché en el camino fuera de fila escuché al chico sisear y cuando giré Quinn sonreía satisfecha.
Al llegar al baño y con el pasar de algunos segundos, Santana estaba con nosotras. Levantó sus cejas al ver lo enojada que estaba.
—Estas sobre reaccionando.
—Soy yo. ¿Esperabas otra cosa, gran idiota? —Río, como quién sabe que cometió algo mal pero no se preocupa por ello. Entonces me dio un informe de quién aprendí que se llamaba Finn.
Finn Hudson era de Lima, Ohio, como yo. Pero eso ya lo sabía y gracias a la mención de su nombre lo recordé. Ese nombre, ese lugar, la historia tras toda la mudanza volvieron a mí. Pero lo ignoré tanto como pude. También me contó que era abogado, que estaba en Nueva York por trabajo, que se quedaba con su amigo Sam Evans, nombre que dejó a Quinn de una pieza. Tenía veinticinco. Tocaba la batería, pero como hobbie. Tuvo una banda. Vino porque Santana lo hizo venir. Quería meterse entre mis pantalones. La latina me recomendó que le diera una oportunidad, que era un buen chico, que se estaba volviendo viejo y yo dije que no.
Me di vuelta, tiré de Quinn y cuando quise dejar el lugar, Finn Hudson estaba en la puerta del baño. Me recorrió un escalofrío. Ahora que sabía quién era podía recordarlo. Antes, la primera vez, estaba enojada por sus insinuaciones, porque Quinn estaba tarde, porque mamá quería que me dejara llevar por algo así, entonces no presté atención a su rostro envejecido. La segunda, en la sala, fue la oscuridad. Pero ahora… la claridad me golpeó como si hubiese practicado boxeo toda su existencia. Finn sonrío, sin mostrarse apenado. Ladeó la cabeza.
—Hola. Soy Finn—Estiró su mano.
—Losé. Santana… bueno, ella me contó.
— ¿Y qué pensaste? —Sonrío insinuándose.
—Pensé que…—Me pregunté si debería decirle que lo conocía. Y pensé "No, Rachel, Dios. Eres tan idiota"—No importa qué pensé. Sólo quiero comunicarte que no va a funcionar. Es importante que sepas que no va a funcionar.
—No estés tan segura, Berry.
—Oh, claro que lo estoy.
Me miró, le miré y entendí que tenía un plan. Y que yo me negara era plan de este. Suspiré.
— ¿Cuál es la manera más rápida de terminar con esta telenovela? Porque me voy a seguir negando y veo que planeaste eso.
Pretendió sorprenderse exagerando— ¡Pareciera que nos conociéramos de toda la vida!
A decir verdad, sí. Nos conocemos hace casi toda una vida—No es siquiera gracioso—Me crucé de brazos.
—Lo sé—Sonrío de lado y sentí mis pies clavarse en donde estaba parada, un calor muy alto y que yo era algo parecido a mantequilla. Traté de ignorar el sentimiento de niñita de catorce años.
—Okay, Finn… ¿Hudson? —Claro que me hice la desentendida, claro que sí. Aunque supuse que eso sólo le daría más ganas de perseguirme. Lo que sea—Te ruego que encuentres una manera rápida de terminar esta historia antes de que… no lo sé, me enojé y pida una orden de restricción. Porque ya tienes una, y es para con mi vagina.
Se cayó un tiempo. Me pregunté si me recordaría, si alguna vez se había sentido culpable por lo que me hicieron. Si esta era su manera de querer arreglarlo, besarme de verdad o lo que sea.
—Y qué si… ¿Qué si te invito a salir?
—No voy a citas—Levantó la ceja. Quería agregar "No voy a citas por tu culpa, idiota". Pero en realidad no era así. Él no fue mi última cita, pero fue la última cita—también fue la primera de todas, pero aun así— a la que asistí pensando que las cosas saldrían bien.
—Eres imposible, morena.
—Que no me digas morena—Apreté los ojos y labios luego de hablar con la voz un poco más alta de lo habitual.
—Morena—Soltó suavemente. Esta vez reí, pero por frustración. Cuando iba a responder algo pensado en algo así como tres segundos (muy elaborado, por supuesto), Quinn salió y se me adelantó.
— ¿Qué sabe Sam de mí?—Lo dijo enojada. Algo le había dicho Santana.
—Sabe tu nombre. Por favor, si una chica me va a patear el trasero, que no sea por eso.
—No voy a patearte el trasero, pero dile que borre mi número. Y que si me llama, lo ignoraré.
— ¿Por qué? —Parecía tener miedo de que le pateen el trasero todavía, pero ahora sospechaba que tenía miedo a ese… Sam.
—No tienes porqué saber—Frunció la quijada y suspira, pero se explicó de todas maneras—: No busco nada serio. En absoluto. Odio los sentimientos. Mi nombre falso es… como una barrera entre los sentimientos y yo.
Árbol abrió la boca para contestar. Vi que iba a decir una P, por lo que deduje que diría "¿por qué?" otra vez, en parte porque era Finn Hudson y era curioso, y también porque Quinn era interesante en sí. Al final, él asintió, Quinn asintió, ella se fue, él me miró de nuevo.
— ¿Entonces, de 1 a 1, cuántas oportunidades tengo de que digas que sí?
Seguía siendo adorable. Podía notar la dulzura en sus facciones, en sus ojos. La inclinación de sus labios, la irregularidad de sus cejas. Estaba estudiándolo con la cara sin expresión alguna cuando noté que tenía frío.
—No lo sé.
— ¡Eso no es un no!
—En realidad, sí lo es. Es un "NO lo sé".
—Rachel Berry, no me arruines el momento.
Se lo iba a arruinar, pero no quería porque diría algo relacionado a mi frío y él me ofrecería su jaqueta. Así que me abracé con los brazos y trate de hacerme inmune a mirarlo y derretirme. Así que lo miré por unos segundos, pero cada vez que pestañaba sentía una pequeña explosión de calor en mi pecho.
— Bien—Suspiré—Está bien.
— ¿Qué está bien? —Había tanta ilusión en su voz que me sentí mal por haber pensado en decir no.
—Está bien, saldré contigo. Pero debes dejarme ir ahora.
— ¡SÍ! CLARO QUE SÍ. LO QUE SEA QUE HUBIERAS QUERIDO. PENSÉ QUE IBAS A PEDIR COMO, UN GRAN GESTO ROMÁNTICO, PERO NI SIQUIERA TENGO QUE GASTAR DINERO—Hizo una fiesta. Supuse que todo eso lo había pensado en su cabeza y luego, cuando se dio cuenta que gritó, se mostró avergonzado.
—Ahora debo irme.
Ni siquiera esperé a Santana cuando dijo que estaba bien. Salí, sabiendo que Quinn estaría fuera, y me sorprendí cuando no fue así. Me quedé en mi lugar por unos segundos, mirando a ambos lados, sin saber dónde ir o si esperar a mi amiga, cuando sentí una mano en mi hombro.
— ¿Necesitas que te acerquen? — Mientras hablaba me giraba a verlo. Por mucho que me hubiese gustado decirle que no, tuve que dejarlo. No había otra manera. Si bien Nueva York era un buen lugar, yo era una chica de cuatro paredes, ventanas cerradas, puertas cerradas, computadora, televisión, Netflix, comida, piano.
Su auto olía a hamburguesa, pero también olía a perfume de chico. No había notado que usaba colonia. Me dieron ganas de preguntarle, pero me invitaría a olerlo. Así que ignoré ese detalle y miré el resto del auto. Ventanas pulidas, espacioso, limpio. Me agradó la limpieza. Había leído y visto que los chicos suelen tener autos espantosamente mal tratados. Finn Hudson no tenía un auto mal tratado.
No le reclamé que había dicho que me dejaría ir. Cuando lo hice me calló, diciendo que disfrutara de la travesía, de la acera moviéndose bajo nosotros. Añadió que usualmente no lo notaría, pero que si me concentro lo suficiente en eso, probablemente sí. Me preguntó si sabía conducir. Le dije que no. Preguntó por qué. No tenía una respuesta.
Al no tener una respuesta, la conversación cesó. Él no sabía que decir, yo no quería decir nada. Finn podría disfrutar de sentir la acera deslizándose, yo disfrutaba de la armonía del silencio. De poder notar todos y cada uno de los sonidos posibles. Apoyé mi cabeza en la ventana y antes de darme cuenta, caí dormida.
.
Desperté en mi cama a las doce de la noche, pero no en punto. Recordaba vagamente a Árbol cargándome, yo abriendo los ojos y él diciendo un bajo "sh".Después dormí otra vez. Y luego ya no.
Usaba la misma ropa de hace una horas. Me levanté, sintiendo algo menos de estrés algo menos ahora que había dormido sin esfuerzo. Me dolía un poco la cabeza, pero era que seguía teniendo sueño. Cuando giré la cabeza vi una nota.
"Bueno, ¿hola? Morena. Espero que hayas dormido bien. Mi camioneta te dejó literalmente muerta. Claro, no literalmente. Pero entiendes.
No olvides que me prometiste una cita. La PROMETISTE, Rachel. MIRA, TE LLAMÉ POR TU NOMBRE. Tienes un nombre bonito… ya, no importa.
No te olvides de llamarme, porque si no te llamare yo. De esa no escapas".
Entonces escribió su número. Tomé el teléfono y mandé un mensaje.
Yo: Gracias por dejarme en cama y por la nota. Aunque, ¿cómo entraste?
Árbol: Te pregunté dónde dejabas la llave de emergencia. Estabas realmente dormida y me dijiste. Ah, y está bien, supongo.
Yo: ¡Demonios! Ahora debo cambiarla de lugar.
Árbol: … O no.
Yo: Definitivamente voy a cambiarla.
Árbol: Qué mala onda, Brunette Rachel[1]
Yo: ¡Deja de llamarme así!
Árbol: No.
Árbol: Y me debes una cita, por cierto.
Árbol: :-)
[1]: Rachel Morena. Brunette es un juego por "Brunette Ambition".
HOLA. Sé que me tomó meses subir un capítulo, pero estoy en un período complicado de mi vida, sin mencionar la falta de computadora. Pero toda espera termina, y esta también. Espero que lo disfruten, y excusen lo apurado que es porque quería terminarlo y subirlo, que sé no es lo mejor, pero pensé que los 4 lectores lo merecían. Lol.
-Louise.
