Rin a veces pecaba de tener una visión romántica e idealizada de sus amigos, aunque a simple vista no lo pareciese. Para él, Haru era un chico lleno de sabiduría; Makoto, dulce y amable; Nagisa, alegre y comprensivo; Gou, lista y con capacidad de solucionar los problemas en un plisplás. Y Rei también tendría alguna que otra cualidad por ahí, pero habría que escarbar mucho.

Con eso en mente, quedó con sus amigos, sus compañeros del alma, y tras hacerse mucho de rogar les contó la situación. Eso sí, no desaprovechó la situación para mirar a Gou cada vez que hablaba de las perradas que le hacía Mikoshiba. Si podía desahogarse y apagar cualquier llama que hubiese despertado el capitán en Gou, perfecto.

Sus intenciones fueron nobles, pero los resultados fueron catastróficos.

—Pues yo creo que te lo tienes bien merecido, hermano, ¡que a quién se le ocurre tratar así a Nitori-kun! Nunca vas a encontrar a un compañero tan bueno como él.

—¡Eso, eso! El capitán te está castigando, Rin-chan, por no disculparte con Ai-chan como es debido. ¿A que sí?

—Estoy de acuerdo con Nagisa-kun. Tu comportamiento ha sido lamentable, Rin-san.

—Ya te vale, Rin.

Cada palabra que salía como una bomba de la boca de sus amigos acabó con la poca esperanza que le quedaba. ¡Menudo hatajo de traidores!

—Vamos, no seáis tan duros con Rin —intervino Makoto, candela en la noche, nube de algodón entre yunques. ¡Su salvación!— Ha cometido un error, y en eso creo que estamos todos de acuerdo, pero no es demasiado tarde para solucionarlo, ¿no?

—Makoto… —la ilusión se encendió en los ojos de Rin. Makoto sí que le comprendía, claro que sí.

—Mako-chan tiene razón, sí señor —Nagisa asintió con la cabeza, con un gesto majestuoso—. ¡Pues mirad, tengo un plan! Rin-chan, compra una tarta personalizada, que tenga una foto de Ai-chan contigo o algo. Y que ponga "lo siento mucho", sí, sí. Mientras tanto, Gou-chan usará sus encantos femeninos para distraer al capitán.

—¡Que te crees tú que voy a hacer eso! —gritaron al unísono los hermanos Matsuoka. Nagisa, sorprendido por aquella reacción, les aplaudió.

Hubo un silencio incómodo, en el que Rei, muy recatadamente, se acomodó las gafas y Haru y Makoto compartieron una mirada de las suyas, de esas que solamente ellos conocen el significado.

Fijo que estaban insultando a Rin.

—Discúlpate y punto —acabó diciendo Haru.

Como si fuera tan fácil…


Estar en una habitación tan grande solo era aburrido. Nitori no tardó en darse cuenta de lo mal que le estaban yendo las cosas desde que el capitán Mikoshiba le cedió amablemente su cuarto. En primer lugar, mantener un orden era mucho más difícil de lo que parecía. Si fuera su habitación, la de verdad, no le importaría en absoluto tener todo manga por hombro. El problema era que su estadía allí era pasajera —o eso esperaba él— y le sabría mal que Mikoshiba volviese y se encontrase con una leonera.

Reflexionó. Del mismo modo que al capitán no le gustaría tener su cuarto desordenado, a Rin tampoco. Aunque le costase ser pulcro y limpio, Nitori tendría que esforzarse al máximo para hacer de la convivencia algo agradable. La habitación no era solo de él, al fin y al cabo.

Desde luego, era preferible hacer un pequeño esfuerzo a perder a Rin. Sin duda alguna.

El sonido de su teléfono móvil lo sobresaltó de tal manera que casi se cayó de la silla del escritorio. Tocándose el corazón, asegurándose de que no se le hubiera cambiado de sitio, leyó el mensaje. Alzó una ceja al ver el nombre en su pantalla.

Matsuoka Gou.

"Estoy abajo. Quiero hablar contigo"

Nitori tragó saliva. Dudaba que Rin hubiese enviado a su hermana pequeña a darle una paliza, pero aun así no podía evitar preocuparse un poco.

Bajó y, justo delante de la puerta principal del Samezuka, Gou miraba la pantalla de su teléfono móvil.

—¡Ah, Nitori-kun! —Gou le sonrió dulcemente nada más verle— ¿Subimos a tu habitación?

Nitori esperaba que nadie los viese juntos, que lo último que necesitaba era que Mikoshiba o Rin malinterpretasen todo, así que optó por invitarla a tomar algo en la cafetería más cercana.

Tomaron asiento en una esquina de la cafetería. Había poca gente y las mesas ya estaban un tanto viejas, pero ni eso disminuía el sentimiento reconfortante que inundaba el local. Nitori, al menos, estaba a gusto.

—¿Y bien? —Nitori jugueteó con sus dedos, y eso que intentaba no parecer muy nervioso.

—Mi hermano me ha contado lo que pasó. Qué tonto es, ¿verdad? —soltó un suspiro. Nitori sonrió. Rin y su hermana fruncían el ceño del mismo modo cuando suspiraban— Pero, ¿sabes? Está arrepentido.

—¿De verdad…?

—Pues sí. ¡Oh, muchas gracias! —exclamó Gou cuando el camarero le trajo su refresco de limón— A lo que iba, Nitori-kun, él sabe que fue un tonto contigo y, bueno, sé que el capitán Mikoshiba os cambió de habitación con toda la buena fe, pero… esto no puede seguir así. Tenéis que hablarlo o mi hermano acabará matando al capitán.

—A mí me da la impresión de que sigue enfadado conmigo…

—¿Contigo? —Gou lo miró sorprendida— Está más enfadado consigo mismo y con Mikoshiba que contigo.

Nitori agachó la cabeza, sonriendo con timidez. Agradecía lo bien que lo trataba siempre Gou, al igual que el resto de los miembros del Iwatobi. Quizás no estaba tan solo como él se pensaba en un principio.

Siguieron charlando de programas de la televisión, de los músculos de los chicos del Iwatobi y del Samezuka —en realidad, eso ya era un monólogo de Gou, que se conocía mejor al equipo que el propio Nitori— y de alguna que otra anécdota en la que Rin se pusiera en evidencia.


El apoyo incondicional de Gou bastó para que Nitori reuniese la confianza necesaria para acercarse a Rin de nuevo. Al despedirse, Gou alzó los pulgares y le guiñó el ojo. Él le dedicó una sonrisa brillante que, sin duda alguna, le gustaría repetírsela a Rin.

Volvió a los dormitorios del Samezuka. No tardó en escuchar gritos que provenían del cuarto de Mikoshiba y Rin. Todo parecía indicar que el capitán ya estaba haciendo de las suyas.

—¡Pero Matsuoka, si estás monísimo! Deja que te saque una foto, anda.

—¡VETE A CAGAR!

La puerta se abrió. De la habitación salió Rin hecho un basilisco y con ganas de aniquilar a la humanidad. Daría bastante miedo si no fuera porque tenía un bigote y unas gafas pintadas en la cara. Obra de Mikoshiba, seguramente.

Nitori, plantado en el pasillo, lo miró con los ojos como platos.

Rin se convirtió en un chile con patas.

—¡Nitori!

—¡R-Rin-senpai!

Se escuchó un ruidito, como alguien conteniendo una risotada, pero los dos lo ignoraron.

—Fue Mikoshiba —explicó Rin, rascándosela nuca.

El rey de Roma se asomó por la puerta y meneó las manos en forma de saludo a Nitori. Le guiñó el ojo, orgullosísimo de sí mismo, como si el hecho de que Nitori estuviese ahí mismo en el momento de la tortura a Rin fuese idea suya.

Quizás lo era y Gou y él se habían puesto de acuerdo.

—¿Quieres que te ayude? Ya sabes, tu cara… —dijo Nitori tras mucho pensar. No sabía ni qué decir, pero en cierto modo supuso que aquello sería lo mejor.

—No hace falta —contestó Rin, firme, pero aún con el sonrojo tan ridículo—. Mira, Nitori… —chasqueó la lengua— Ai, he sido un imbécil contigo y… Oye, ¿podrías dejar de reírte mientras me disculpo?

Nitori no lo podía evitar, pero la cara colorada de Rin, con su expresión triste, mezclada con la travesura de Mikoshiba, era algo que no podía soportar.

Encima Mikoshiba seguía espiándoles tras la puerta. Menos mal que Rin no se dio cuenta. Le hizo unos gestos muy estrambóticos a Nitori, como si quisiera indicarle que era el momento perfecto para abrazar a Rin. Nitori se encogió de hombros, sin saber qué hacer.

—Lo siento, senpai, pero es que tu cara… —giró la cabeza, para no toparse de lleno con la mirada molesta de Rin, y vio, también escondida, a Gou.

¿Lo había estado siguiendo desde la cafetería? Nitori se sorprendió al verla, cómo no, y ella le hizo señas para que centrase su atención en Rin antes de que sospechase algo.

Sí, definitivamente Gou y Mikoshiba lo habían planeado todo.

Era una situación extraña. Rin, que parecía Mr. Potato, y Nitori en el pasillo mientras el capitán del equipo y Gou gesticulaban desde la distancia. Esperaba que nadie los viese a los cuatro, porque cualquiera diría que eran miembros fugitivos de un circo ambulante de segunda fila.

—Yo también tengo que disculparme, Rin-senpai —reconoció con dificultad—. Fui un poco egoísta y… ¡y yo quiero seguir conviviendo contigo! Estoy muy cómodo contigo y siempre aprendo cosas nuevas…y…

—Ai…

Gou le hizo un gesto indescifrable a Nitori, que a saber qué significaba eso de menear los brazos frenéticamente, y perdió el equilibrio. Su trasero rebotó contra el suelo y, como resultado, Mikoshiba salió de su escondrijo para ayudarla a levantarse.

Rin se quedó de piedra.

—¿Gou? ¿Qué haces tú aquí?

—¡Ay, qué daño! Gracias —dijo Gou, ignorando la pregunta de su hermano, mientras Mikoshiba la impulsaba hacia arriba.

—Menudo golpe, ¿eh? ¿Estás bien? —Mikoshiba sonrió y acarició la cabecita de Gou, como si su hermano no estuviese delante con cara de perro.

—¡¿Alguien me va a explicar qué pasa aquí?! ¡Nitori!

—Creo que el capitán quería que hiciéramos las paces y habló con Matsuoka-san, que a su vez habló conmigo y… —Nitori se detuvo. Se dio cuenta de que él tampoco entendía muy bien la situación.

—A ver, vosotros dos —Gou los señaló acusadoramente, intentando mantener la compostura a pesar de tener las nalgas doloridas—. ¿Creéis que así se hacen las paces?

—Qué mujer, ¡qué mujer! —Mikoshiba reía como un bobo enamorado. Cosa que era, por otra parte— ¡Abrazaos al menos, leñe!

Rin suspiró, cada vez más confuso con la vida misma, y se acercó lentamente a Nitori con los brazos extendidos. Se abrazaron, casi más por obligación que por otra cosa, y sonrieron sin que el otro lo supiera.

—Misión cumplida —Mikoshiba sacó pecho, pero el orgullo le duró bien poco. Gou le atizó un codazo.

—Y tú, capitán, ¿qué es eso de torturar a mi hermano? ¡Más te vale disculparte!

Mikoshiba echó un vistazo a Rin, que estaba más penoso que nunca. Era imposible tomarlo en serio así.

—Lo siento, Matsuoka, creo que mis métodos no han sido los apropiados. Reconozco mis errores no solo como capitán, sino como amigo —parecía arrepentido de veras, hasta tal punto que Rin consideró perdonarlo. Esas intenciones se fueron al traste al ver que Mikoshiba se giraba y, con cara de cachorrito, buscaba la aprobación de Gou— ¿Así?

—Capitán… —Gou casi le ladró y el capitán, tan grandote como era, dio un respingo.

—Y Nitori, también tengo que ofrecerte mis más sinceras disculpas. Has tenido que estar todos estos días solo y te he sometido a prácticas a las que no estás acostumbrado. Perdón.

—¡No es nada, capitán! Yo sé que querías lo mejor para nosotros.

—¡Venga, otro abrazo para conmemorar… lo que sea! Tú también, Gou-kun.

—Pero sin manosearla, ¿eh? —farfulló Rin.

Se dieron un abrazo entre los cuatro, en el que Nitori casi murió aplastado por los brazos potentes de Mikoshiba y el pecho de Gou.

—¡Nitori, saca la cabeza de ahí

—¡Senpai, socorro…! ¡NO PUEDO RESPIRAR!

El único que parecía estar disfrutando a tope era Mikoshiba, que reía con vigor, ignorando que estaba a punto de asfixiar al pobre Nitori.


—Qué locura de día, ¿eh, Rin-senpai?

—Y que lo digas —dijo Rin mientras ayudaba a Nitori a traer de vuelta sus pertenencias al cuarto—. Hay que ventilar esto, que aún huele a Mikoshiba.

Nitori se rió y asintió con la cabeza. Rin se sonrió, satisfecho por ver que Nitori estaba a su lado, sonriente y parlanchín como siempre.

—Oye, Ai… —Rin buscó unas palabras y acabó sin encontrarlas. Apretó los labios, fastidiado por su falta de elocuencia— Espera aquí un momento, ahora vuelvo.

Bajó corriendo a donde estaba la máquina expendedora. La miró fijamente, retándola desde su inferioridad, e intrudujo una moneda. Tendría que haber hecho eso mucho antes.

Al fin y al cabo, era de cobardes no pedir perdón. Eso era algo que le había enseñado Haru hace mucho, mucho tiempo (o quizás un programa de la tele, pero en fin, la enseñanza quedaba ahí).

Subió de nuevo, a toda prisa, e irrumpió en su cuarto con aires triunfantes. Nitori lo miró con curiosidad, sin saber bien qué hacer.

—Para ti —Rin le lanzó una caña de chocolate, pegajosa e infestada de calorías.

—¡Senpai! —los ojos de Nitori se pusieron llorosos, con lágrimas que se negaban a caer.

—No seas sensibleras, que es solo una caña de chocolate —comentó Rin con una sonrisilla burlona.

Sería solo una caña de chocolate, pero qué alegría se llevó Rin cuando Nitori —no, Ai— decidió partirla y darle una mitad a él.

—Rin-senpai, ¿estás llorando?

—¡NO, CLARO QUE NO!

Con la caña de chocolate en la boca, Rin volvió a abrazar a Ai, esta vez sin hermanas tetonas ni capitanes Hulk que arruinasen el momento. Ai le correspondió, tan tierno y tímido como él era.

Aquella vez Rin no se molestó ni con las migas ni con las lágrimas de Ai.