Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es chocaholic123, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is chocaholic123, I just translate.


Gracias a mi beta Isa por revisar y corregir este capítulo.


Capítulo 2

—Tengo hambre —anunció Angela cuando estábamos como a una hora de la ciudad—. ¿Alguien tiene comida?

—Nada aquí, nena. —Ben se encogió de hombros—. Aunque vamos a buena hora. Podemos detenernos por un rato a comer.

Aunque mi estómago retumbó, fue más por nauseas que por hambre. Desde nuestra discusión sobre Vietnam me había empezado a sentir progresivamente peor. No estaba segura si era por el tema o por el calor en el carro. La última cosa que quería era entrar a una cafetería.

Los otros aceptaron de inmediato, así que mantuve la boca cerrada y miré hacia adelante cuando Ben se salió de la autopista hacia una cafetería de aspecto sucio que estaba en un lado de la carretera. Los brazos de Edward se habían relajado alrededor de mi cintura, pero cuando nos detuvimos se tensaron de nuevo, como si no quisiera soltarme.

Eric fue el primero en salir. Corrió hacia los baños públicos, acunándose la entrepierna con la mano derecha. Tyler se rio, caminando tranquilamente tras de él, pasándose la mano por su grueso y rizado cabello, antes de abrir la puerta del baño de hombres. Me deslicé del regazo de Edward al asiento, mi cuerpo dolía por estar tanto tiempo en una sola posición. Edward bajó las manos y se frotó los muslos.

—¿Te dormí las piernas? —pregunté.

—Cada célula de mi cuerpo está bien despierta —replicó, y me mordí el labio en respuesta. No tenía práctica en coquetear; todos los chicos que iban a Wentworth High sabían eso. Si hubiera sido Jessica Stanley hubiera soltado una risita y hubiera hecho un comentario divertido, luego me hubiera inclinado y le hubiera frotado los muslos yo misma. En lugar de eso, me moví al otro lado del asiento y salí por la puerta que Tyler y Eric habían desocupado recientemente.

En cuanto mis pies tocaron el piso sólido, supe que iba a vomitar. Mi estómago me dolía tanto que ni siquiera consideré lo mortificante que era correr hacia los árboles que había detrás de la cafetería y doblarme para que los escasos contenidos de mi estómago llenaran en piso.

—Oh, Bella, ¿estás bien? —Angela se acercó a mis espaldas y pude sentir que me acariciaba el cabello con reticencia. Ella era tan buena con los enfermos como yo.

—Sólo… un poco… mareada —logré decir. Era la reina de la obviedad.

—¡Edward! —gritó. Cerré los ojos con vergüenza—. Tú eres doctor, ven aquí a ayudarme.

—No soy doctor. —Su dulce voz estaba a sólo unos pasos de nosotros—. Pero haré lo que pueda.

Un momento después sus frías manos estaban tocando mi frente. Cerré los ojos con fuerza. Odiaba que él me viera así.

—¿Te sientes caliente? —preguntó.

—Hay una ola de calor —repliqué—. Y llevo horas sentada en tu regazo. Por supuesto que me siento caliente. —Tardé un momento en comprender el significado alterno de mis palabras. Casi morí de vergüenza.

—Intentemos enfriarte, ¿bien? —Pasó una mano debajo de mi brazo y lo pasó alrededor de mi espalda, levantándome sobre la cajuela de un carro oxidado que estaba abandonado ahí cerca. Caminó hacia el otro lado de la cafetería, hacia una llave externa, agarró la orilla de su camiseta blanca de algodón y se la quitó. Mi boca se abrió cuando vi los músculos de su espalda ondulándose bajo su tensa piel bronceada. No había ni un gramo de grasa en él. Desnudo de la cintura hacia arriba, parecía algún tipo de semi-Dios.

Se agachó y abrió la llave, poniendo su camiseta blanca debajo del chorro de agua, la mojó bien antes de exprimirla. Cerró el agua y regresó. Se sentó junto a mí en la cajuela y comenzó a tocar mi cara con el algodón mojado.

—¿Se siente mejor? —Su voz era suave. Bajó la camiseta, hacia mi garganta, y su pulgar rozó la piel sobre mi oído. Asentí, no confiaba en mí para hablar o hacer algo más que someterme a su toque.

Contra mi voluntad, mi mirada cayó hacia su pecho desnudo. Sus pectorales estaban firmes y definidos, su piel salpicada con un escaso vello café. Sus pezones estaban duros, y quería pasar mis dedos sobre ellos. Nunca antes había visto el pecho de un hombre de cerca, mucho menos lo había tocado. Comenzaba a darme cuenta por qué todas las chicas de la escuela se derretían al hablar de los cuerpos de sus novios.

Él era un hombre en cada centímetro de su ser. Debajo de su pecho, su estómago estaba tenso y marcado, con una línea de vello oscuro que guiaba hacia su grueso cinturón de piel. Había dos hendiduras donde sus caderas se unían con su pelvis, desapareciendo cuando llegaban a sus jeans.

Quería ver más.

—Vamos a entrar —gritó Angela desde el otro lado del polvoriento estacionamiento—. ¿Quieres que te ordenemos algo, Edward?

—Pídeme un Reuben o algo así, ¿sí? —gritó en respuesta, sus ojos todavía me veían con cautela—. Y compra una bebida para Bella.

Tocó la parte superior de mi pecho con su camiseta mojada. Por primera vez quería que la tela fría y mojada desapareciera, para que dejara su piel contra la mía. Estiré la mano y hundí mis dedos en su cabello, sorprendida ante lo suave que se sentía ese desastre color bronce contra ellos.

—Te van a cortar el cabello, sabes, antes del entrenamiento básico —dije con tristeza. Era estúpido, ya que apenas llevaba unas cuantas horas de conocerlo, pero iba a extrañarlo.

—Lo sé. —Su voz era sombría, y me vio con preocupación—. ¿Tienes a alguien allá, Bella?

Negué con la cabeza, el nudo de mi garganta había regresado.

—Mi primo Brady peleó en la Operación Cedar Falls. Murió a causa de pérdida de sangre. —Mis ojos picaron al recordar al chico juguetón que solía lanzarme al lago y perseguirme por la costa hasta que me doblaba de risa. Ahora él era poco más que un recuerdo, enterrado debajo de una piedra blanca en el Cementerio de Arlington.

—Lamento escuchar eso. —Sonaba sincero; estiró la mano para capturar la solitaria lágrima que caía por mi mejilla—. No pretendía hacerte llorar.

Negué con la cabeza.

—No lo hiciste. Es culpa de Lyndon Johnson. —Cuando se acercó más, con su piel desnuda tan cerca de la mía, cerré los ojos y recé por ayuda. No quería que me besara, no así, con mi boca sucia y mi maquillaje regado. Cuando finalmente tuviera mi primer beso real de adultos, quería que fuera debajo de un cielo estrellado, con mi novio en un esmoquin negro, usando una corbata que combinara con mi ramillete.

Con una boca con sabor a menta.

Más que nada, quería que fuera con Edward. El hombre que se había sentado pacientemente conmigo en su regazo durante horas. El que era voluntario en una clínica sucia en Haight sin recibir sueldo.

Quería besar los labios de un hombre que iría y pelearía en una guerra en la que no creía porque él pertenecía a un país que creía que era correcto.

—¿Bella? —Se bajó de la oxidada cajuela, extendiendo su camiseta sobre ésta para que el sol la secara—. ¿Te sientes bien para entrar? —Ahora había un par de pies entre nosotros y extrañé el calor de su cuerpo junto al mío.

Asentí.

—Sólo iré a limpiarme primero. —Mirando su pecho desnudo, agregué—: Aunque no sé si te dejaran entrar sin camiseta.

Bajó la vista y se rio, sus ojos brillaron.

—Supongo que es mejor que vaya por mi chaqueta. Si me subo el cierre, nadie se dará cuenta.

—Si te subes el cierre, la gente pensará que estás loco por usar chaqueta en este calor —recalqué, y pasé junto a él cuando me dirigí a los baños exteriores.

—Tal vez estoy loco —murmuró. Su voz sonó baja, no estaba segura si se suponía que yo debía escucharlo.

~*CD*~

Estábamos sentados en Buena Vista Park. El sol estaba casi en su cenit, haciendo que el pasto resplandeciera y brillara como un oasis en el desierto. El clima caliente, combinado con el número de cuerpos y el sonido que los acompañaban, hacían que el campo se sintiera vivo, como si estuviera pulsando con sangre. Había un trasfondo dulce y ahumado en la gentil brisa; una fragancia que recordaba de debajo de las bancas de la preparatoria en una noche de viernes cuando los marginados crearon su propia diversión.

Edward estaba sentado al otro lado, recargado en el pasto, unos lentes de sol oscuros escudaban sus ojos. Rodó un porro entre sus dedos, llevándoselo a sus labios llenos para encenderlo, inhaló y contuvo el aliento por un momento antes de exhalar. Sus labios formaron un círculo, para que el humo saliera en forma de anillos. Miré cómo le pasaba el porro a Tyler, quien casi se lo arrancó con ansiedad.

Angela se inclinó y agarró mi mano, apretándola con fuerza.

—Sé que te gusta Edward —susurró en mi oído. Rodé los ojos, pero no pude obligarme a negar mis sentimientos—. Ve por él, Bella. Vive un poco la vida. Lo que sea que pase aquí, está destinado a ser, ¿de acuerdo?

Ben le alzó las cejas, se movió hacia enfrente y la agarró de la cintura. Ella gritó, su sonrisa delataba su protesta, permitiendo que Ben la jalara a su pecho.

Eric estaba paseando por el parque, tomando fotos y hablando con los diferentes grupos de personas. Me acosté en el pasto, me sentía adormilada, viendo a Edward fumar hasta la cima.

—¿Quieres? —Tyler me dio un codazo, ofreciéndome el porro. Negué con la cabeza, intentando evadir su divertida mirada. Estaría en suficientes problemas con Charlie sin tener que agregar uso ilegal de drogas a mi lista de delitos menores.

—¿Nunca lo has intentado? —Edward se inclinó hacia enfrente, levantó sus lentes y los dejó sobre su cabello. Sentí que mi estómago se caía cuando negué con la cabeza de nuevo.

Angela logró desenlazarse de Ben.

—Su papá es policía. Nadie se lo daría ni aunque les rogara.

Aparté la vista, avergonzada por mi falta de experiencia. Estirando la mano, agarré una gruesa hoja de la hierba, rodándola entre mis dedos. El dulce aroma flotó en el aire.

—Nos pone casi iguales —comentó Edward—. Tú con el papá policía, yo con el congresista.

Alcé la vista, sus ojos seguían firmemente en mí. Le dediqué una ligera sonrisa. En respuesta me lanzó una brillante sonrisa.

—Oye, logré conseguir un poco de ácido. —Eric estaba ligeramente sin aliento, como si hubiera estado corriendo. Se dejó caer al piso, uniéndose a nuestro círculo. Abriendo su mano, reveló varios cuadritos de papel blanco con coloridas fotos impresas en ellos—. ¿Alguien quiere unírseme?

Tragué pesado. Esto se estaba saliendo de control. Un poco de marihuana era una cosa, pero LSD era un gigante paso. Si mi papá se enteraba alguna vez, estaría castigada de por vida.

—Yo no —respondió Edward, y suspiré con alivio.

—Yo necesito manejar después, hombre. Tú sigue. —Ben se encogió de hombros antes de girarse de regreso hacia Angela.

Miré con interés cómo Eric ponía la tableta debajo de su lengua, cerrando la boca para dejarla disolverse. Había escuchado antes sobre LSD, pero nunca había tenido la oportunidad de experimentar sus efectos de primera mano.

—¿Qué se siente? —Estaba mirando a Eric con interés.

Sacudió la cabeza.

—Tarda media hora más o menos en hacer efecto. Te diré entonces. —Sonaba divertido, hablando con su lengua presionada hacia abajo. Edward y Tyler comenzaron a reírse y yo alcé los ojos al cielo.

—¿Me acabas de rodas los ojos, Bella? —preguntó Edward, sus propios parpados se habían entrecerrado.

Me tragué la carcajada que quería escapar.

—Un par de inhaladas y ambos actúan como niños —repliqué, inexpresiva—. Perdóname si lo encuentro divertido.

Edward se paró y se acercó a mí, agachándose para agarrar mi mano. Jalándome para ponerme de pie, mantuvo una palma envuelta alrededor de la mía, usando la otra para llevar el porro a su boca. Podía sentir mi corazón latiendo más rápido cuando envolvió sus labios en el papel. Su pecho se expandió cuando inhaló otro toque.

Esta vez, en lugar de soplar anillos de humo, agachó su cabeza hasta que su cara quedó justo frente a la mía. Poniendo sus suaves y gentiles labios contra los míos secos, sopló el humo dentro de mi boca, sus ojos todavía ardían dentro de los míos.

Mi corazón golpeteó contra mi pecho. No quería inhalar. Sólo quería que me besara.

—Respira, Bella —murmuró contra mis labios. Hice lo que me dijo, sintiendo el humo quemar en mi garganta en su camino hacia mis pulmones. Intenté no toser contra los labios de Edward cuando pasó.

Me dejó apartarme para exhalar, sus ojos bajaron hasta que abrieron un agujero en mi pecho. Mi piel estaba caliente y sonrojada; brillaban en el sol de la tarde. Quería abanicarme como una belle sureña.

—Ven aquí. —Edward envolvió sus brazos a mi alrededor, tiró el porro y lo deshizo con su pie. Me jaló contra él, su cara a centímetros de la mía. Vaciló por un momento antes de bajar la cabeza para besarme. Sus labios se movieron contra los míos, insistentes y cálidos; la sensación me mareó. Sus manos subieron para acunar mi cara, su lengua dibujó una delgada y caliente línea a lo largo de mi labio inferior. Tocó la punta de su lengua con la mía y me estremecí, la sensación de nuestros besos de boca abierta trajo mi cuerpo a la vida.

Mis dedos se enredaron en su cabello, recordé lo suave y sedoso que era. Tiré y gimió, bajando las manos para acunar mi culo.

—Eres tan hermosa —susurró. Lo jalé más cerca, desesperada por sentir cada parte de él. Movió sus labios por mi mandíbula, su respiración se sentía caliente contra mi piel, chupó la sensible piel debajo de mi oído.

Todo en mi cuerpo explotó. Mis pezones se endurecieron, mis piernas se hicieron gelatina, mi respiración se hizo dificultosa y tosca.

Había leído los libros suficientes para saber qué era la lujuria y cómo se suponía que se sentía. Pero leerlo en blanco y negro no era nada comparado con experimentarlo, y me sorprendí a mí misma con mi ferviente respuesta. No estaba segura si era resultado de la marihuana de segunda mano, o sólo el efecto que Edward Cullen estaba teniendo en mí. Probablemente era un poco de ambas.

De cualquier forma estaba desesperada por más.

Solté su cabello, bajando mis manos por los vigorosos músculos de su espalda. Vacilando en la curva de su trasero, las bajé para acunarlo, empujándolo hacia mí. ¿De dónde demonios está viniendo esto?

La dura cresta de su excitación se enterró en mi cadera, haciéndome abrir los ojos de golpe con sorpresa. Apreté más las manos, sacándole otro gemido a sus dulces labios.

—Es algo bueno que estemos rodeados de gente —susurró contra mi cuello—. De otra forma te devolvería eso.

Me alejé un poco, viéndolo con una sonrisa. Los sonidos del parque llegaron de vuelta susurrando a mis oídos, recordándome que no estábamos solos. Estirando la mano, agarré los lentes de su cabeza, poniéndolos sobre mi cara para que ya no pudiera verme los ojos. Me sentía mejor detrás de ellos, como si estuviera detrás de una barrera o pantalla.

Mucho mejor para esconder mi vergüenza.

—Vaya, Bella, te ves soñadora —comentó Eric, sus ojos se veían oscuros al vernos—. Cada vez que ustedes dos se besan veo muchos colores.

—Cabeza de ácido —comentó Edward, levantando su cabeza para lanzarme una sonrisa. Todos nos sentamos juntos para ver a Eric ponerse en ridículo mientras alzaba una mano frente a sus ojos, moviéndola lentamente en el aire y siguiéndola con su mirada. Edward se estiró y tomó de regreso sus lentes, deslizándoselos por la nariz. Mientras tanto mi mano seguía envuelta en la suya. Mi respiración se entrecortó cuando su pulgar dibujó lentos círculos en mi piel.

—Todos son tan hermosos —suspiró Eric, removiendo su vista de su mano—. Bella, eres absolutamente preciosa, no puedo entender por qué nunca antes te he dicho esto.

Comencé a reírme y descubrí que no podía parar, la diversión tomó la rendición de mi cuerpo cuando noté lo absurdo de la situación. Todos estábamos drogados en una forma u otra, pero Eric ganaba con sus zumbidos sin sentido.

Edward se rio junto a mí y me jaló a sus brazos, acostándose en el pasto para que mi cabeza quedara apoyada en el hueco de su garganta. Cerré los ojos y dejé que el sol tostara mi piel, intentando disfrutar del momento. Nos quedamos acostados así por un largo periodo, mi cabeza subía y bajaba al ritmo de su respiración.


Muchas gracias por el buen recibimiento que tuvo esta historia. Me alegra que les guste tanto como a mí.

Las actualizaciones van a ser los miércoles, una vez a la semana. Y no, no puedo publicar más seguido porque estoy a punto de regresar a la universidad, así que mi tiempo se verá severamente limitado.

¡Gracias por los reviews, alertas y favoritos!

Nos leemos el siguiente miércoles.

Por ahí me pidieron mi Top 5 de historias, la verdad eso me resulta muy difícil porque nunca puedo decidirme sobre mis historias favoritas, así que mencionaré sólo 5 de las que más me gustan. Esto no quiere decir que sean las únicas, son sólo las primeras que se me vienen a la mente. No agregaré California Dreamin' para darle la oportunidad a otras, pero queda implícito que entre mis historias preferidas se encuentran la mayoría de mis traducciones.

1.- The tutor – ItzMegan73

2.- Life's Little Choices – My-Bella

3.- The Real Life of E. A. Masen - Vancouver-Canuck-Girl

4.- The Keepsake - windchymes

5.- The Cannabean Betrothal – ItzMegan73