Capitulo II

Dos Desconocidos

I.. Inu… InuYasha-. Musitó al fin con notable dificultad por la sorpresa de encontrarse de frente con la persona que ocupaba su corazón desde hace más de 10 años. Kagome rogó interiormente no haber salpicado al pobre hombre, puesto que casi escupió todo el licor en su cara y una minúscula gotita rozo su oreja.

.-Señorita Higurashi… Es gusto volver a verla después de tanto tiempo-. Murmuró él con impecable cortesía mientras se inclinaba y haciendo caso omiso a la sorpresa de Kagome tomó su mano y depositó un cortés beso en ella.

Kagome sintió que desvanecía al sentir el suave roce de sus labios por sobre la delicada tela de su guante. Vio como él se alzaba de nuevo frente a ella, con ese aire altanero e imponente que tanto le caracterizaban. Iba vestido de impecable negro y llevaba su largo cabello atado con una fina cinta del mismo color. Su mirada ámbar resaltaba en su riguroso y elegante traje oscuro. Sus ojos destilaban esa misma arrogancia y orgullo que había conocido años atrás. Sin embargo, ese brillo audaz de alguien con sueños y metas se había apagado. Ahora tenía una mirada agotada, de una persona que ha sufrido demasiadas penurias y aquel fulgor rojizo oculto en el fondo de sus pupilas era la ira desmesurada de una venganza pendiente. Kagome tenía una percepción impresionante, algo que su nana Kaede le nombraba como un "don" especial, así que aunque incluso aunque esta hubiera sido la primera vez que se conocieran con InuYasha su conclusión sobre él hubiera sido la misma… una persona dolida, una persona llena de odio y venganza.

Y aunque Kagome no entendiera del todo el origen de aquella ira, sí podía identificar al detonante, mejor dicho, a la DETONANTE. La misma persona que había arruinado su vida y que tristemente compartían la misma sangre;

Otra vez Kikyo…

Kagome sintió que viajaba tiempo atrás cuando ambos aún no conocían lo que el doloroso futuro les deparaba. No sabía muy bien que había pasado con InuYasha después de su marcha, pero no dudaba en que su hermana hubiera estado involucrada en su abrupta partida y posterior alejamiento por casi más de tres años. Al pensar en lo distantes que se habían vuelto y el rumbo tan distinto que habían tomado sus vidas, sintió que la pena la embargaba. Pero también sabía que debía volver en sí y asimilar la realidad a la que se enfrentaba ahora, un ahora en el que eran como dos desconocidos.

Lo miró fijamente por varios momentos, él esperaba una respuesta a su saludo, tenía que ser cortés ¿no?

.-Para mí también Señor… Señor Taisho, es un gusto volver a verle…-. Articuló, él la había llamado "Señorita Higurashi", no Kagome como solía hacerlo. Así que sintió que ella debía hacer lo mismo, aunque antes ya se le había escapado su nombre. Vio como una ligera sonrisa burlona se dibujaba en su hermoso rostro varonil. Aquellas sonrisas las recordaba bien y le causaban indudable malestar ¡No te burles de mí, ya no soy una chiquilla!, pensó con rabia. Ya no podía empujarla al lodo, tirarle las trenzas o mofarse de ella porque no podía hacer una suma.

Un mayordomo pasó frente a ellos con una bandeja llena de trago para caballeros. InuYasha se giró sólo un poco y como si nada cogió dos pequeños vasos con un licor dorado.

.-Brandy, tal vez…-. Le dijo ofreciéndole el vaso, abstrayéndola de sus recuerdos.

Kagome solo atinó a asentir mientras lo recibía. Bebió casi de un sorbo todo el vaso, pero tuvo que refrenarse al sentir el escozor en su garganta, quiso toser pero aguantó estoicamente, un ligero sonrojo coloreo sus mejillas.

.-Me sorprende Señorita Higurashi… quién diría que siente adicción a los tragos fuertes…-. Musitó él con notable diversión al verla beber con tan poca cortesía.

Kagome sólo atino a hacer una mueca y encogerse de hombros.

.-Usted no me conoce Señor Taisho, yo siento adicción a muchas cosas…-.

Oh mi Dios! Yo dije eso. Pensó Kagome con espanto y es que jamás había hablado así con un hombre, ahora que analizaba sus palabras parecían hasta una insinuación. Tonto InuYasha que cada vez que aparecía hacía aflorar en ella una personalidad que ni sabía que tenía.

A InuYasha casi se le arranca una carcajada. Esta Kagome distaba mucho de la pequeña tímida que había conocido años atrás y por primera vez, desde que la vio aparecer en el salón se dedicó a observarla con más dedicación.

Kagome había cambiado, ya no era la jovencita miedosa y llorona que recordaba. Tenía un aire elegante y rebelde, incluso subversivo. Había crecido también, no tan alta como el estándar de las damas, pero sí mucho más de lo que recordaba. Alzó la vista a su cabello que seguía sublevado desafiando a sus peinados, aquello le arranó una pequeña sonrisa, que se desvaneció casi al instante en el que bajó a sus ojos castaños, ojos que le recordaban a Kikyo. La maldita perra que lo había traicionado.

Como es que ella y Kagome podían ser hermanas, era algo que nunca había entendido. Eran tan opuestas como el Yin y el Yang. Kagome la Luz y Kikyo la oscuridad. Kagome siempre había sido cálida, tierna y gentil, mientras que Kikyo era todo lo contrario. Algo que terriblemente no había notado y que destruyo su vida. Gracias a Dios, ahora podía notarlo.

Todavía podía memorar aquel funesto día en que conoció a Kikyo…

Se había enamorado de ella en el mismo momento que ella bajó de aquel carruaje. Su belleza, su gracia, su fingida nobleza, que él tan ciegamente creyó, fueron su pasaporte a la ruina.

Cuando supo que Kikyo estaba siendo obligada a casarse para pagar las deudas de sus padres, él se enteró de que era hijo ilegitimo de un conocido Conde, Lord Inu-Taisho, quien quería reconocerlo heredándole parte de su herencia y un nobiliario título cuando abdicara. A pesar del resentimiento que sentía hacía el hombre que abandonó a su madre cuando él apenas tenía meses de nacido, aceptó su invitación a su mansión y volverse un asqueroso Taisho, todo esto con la única finalidad de ser lo suficientemente rico para pedir la mano de Kikyo, pagar las deudas de sus padres y tenerla al fin como su esposa. Estaba tan seguro de que ella aceptaría, mejor dicho, estaba seguro que ella sería la mujer más feliz del mundo cuando supiera que sería salvada de las garras de Naraku por su amado.

Pero InuYasha no pudo estar más equivocado.

Aquella triste revelación vino cuando se juntó con Kikyo en los establos, como solían hacerlo para sus encuentros amorosos. Cuando le contó sus planes vio su mirada, como se trasformaba en una Kikyo que él jamás había visto.

La verdadera Kikyo.

Escuchó su risa burlesca, sus palabras llenas de odio y deferencia.

"Por favor, no digas idioteces, aunque fueras el hombre más rico de todo Londres, jamás me casaría contigo. Por Dios, si solo eres un hijo bastardo que ahora será reconocido. Sería horrible para mi ser apuntada con el dedo por estar casada con un ilegitimo…"

"No seas estúpido querido, tú no eres más que un entretenimiento para mí, un juguete para pasar el rato y del que ya me estoy aburriendo..."

Aquellas palabras quedaron grabadas en su corazón con el fuego de cólera, dañándolo para siempre. Supo que jamás podría volver a amar una mujer, podría desearlas, saborearlas, pero jamás podría volver a sentir aquella pasión y aquel sentimiento estremecedor llamado amor.

Y es así como esa misma noche partió a Taisho Residence para nunca más volver.

Después de eso muchas cosas pasaron, los negocios de su padre, una degenerativa enfermedad de su madre y distintas situaciones llamadas "destino" lo terminaron llevando a Asia, Japón. Allí estuvo por tres años, en los que encontraron un tratamiento para la extraña enfermedad de su madre. Era conocido como acupuntura y consistía en clavar agujas muy finitas en partes específicas del cuerpo humano. También aprendió de su cultura y lengua y al ser un hombre de confianza para los feudos amasó más dinero a las arcas de la familia. Creó un nuevo negocio donde el azúcar y la minería eran sus productos estrella. Para seguir expandiéndose su padre le instó a volver a Inglaterra para buscar más compradores y adeptos, algo a lo que se rehusó. No estaba preparado para volver a ver a Kikyo. Sin embargo, las cartas de su vuelta a Londres estaban echadas hace rato. Lo supo cuando su padre le dio la funesta noticia de que la única forma de heredar era a través de un vínculo sagrado, es decir:

Contraer matrimonio.

Una estúpida cláusula que venía con la herencia Taisho. Una exigencia impuesta por sus antecesores hace más de 100 años y que estaba sujeta a las arcas de la corona. Por ende, si no era cumplida, el apellido Taisho y todas sus riquezas volvían a estar en manos del rey y el gobernador hasta encontrar un nuevo Lord digno de llevar el título de Duque.

A decir verdad, ahora que él había amasado su propia mini fortuna, no encontraba tan importante perder aquella tonta herencia. Sin embargo, su padre se había reivindicado por completo, había pedido perdón por todo el daño causado y se había esforzado por suplir todas las penurias en las que él e Izayoi habían pasado. Se sentía mal por el viejo, el pobre hombre amaba su título, su residencia. Además, todo el encomiable esfuerzo que había hecho durante toda su vida iría a parar a la corona, en donde más de un zalamero burgués rogaría por obtener aquellas riquezas. Sentía rabia, no podía quedarse de manos cruzadas.

Pero tampoco quería contraer matrimonio.

Se sentía incapacitado de estar con una mujer para otra cosa que no fuera saciar sus apetitos sexuales, unirse a una de por vida sería una pesadilla. Sabía que los matrimonios por conveniencia eran comunes, nunca se involucraban sentimientos así que su corazón no saldría trasquilado. Sin embargo, un miedo horrible le estrujaba el cerebro al pensar en perder su libertad, en tener que concurrir a esos tediosos bailes de temporada y tener que comportarse como un caballero frente a aquella hipócrita sociedad inglesa. Pero todo se volvió un caos imparable cuando su padre dejó de respirar aquella mañana. Un repentino ataque cardiaco lo dejó tirado sobre la gran alfombra del salón.

Luego de eso, las malas noticias no tardaron en llegar, una tras otra, como una gran tormenta.

InuYasha tuvo que verse obligado a viajar a Londres a regularizar la situación, fue a la corte dónde el rey informó que si no se casaba en un plazo de 90 días, no sería reconocido dentro de la herencia Taisho y al no haber un heredero para el título todos los bienes de la familia pasarían a manos de Naraku. InuYasha sabía quién era, claro que sabía. El esposo de Kikyo y una sabandija rastrera. Todos lo conocían por su actuar lisonjero para con el rey. Así que en fin, el camino ya estaba hecho y por nada del mundo permitiría que Naraku se quedara con la fortuna de su padre.

Y a regañadientes allí estaba él, en medio de un opulento salón londinense repleto de damitas casamenteras buscando una a la cual cortejar sin mucho preámbulo, pedir su mano, casarse rápido y volver a Japón. Pero lo que esperaba fuera un mero trámite se transformó en engorroso y gran problema cuando descubrió que ninguna de esas odiosas damitas quería estar cerca de él. La razón la dedujo al instante y las palabras de Kikyo resonaron nuevamente en su cabeza:

"Solo eres un hijo bastardo que ahora será reconocido. Sería horrible para mi ser apuntada con el dedo por estar casada con un ilegitimo…"

Era una frase cruel pero absolutamente cierta y estaba en problemas, o estaría en verdaderos problemas si no encontraba a alguien con quien casarse en tres meses.

Estaba en eso, cuando entre la nada vio que la multitud enmudeció cuando las puertas del salón se abrieron con copiosidad.

Cuando vio entrar a Kikyo sintió un dolor punzante en el pecho y una rabia inmensa, tanto que tuvo que apretar los puños para contenerse de ir a enfrentarla. Después, tras ella, apareció una renuente Kagome.

Kagome, Kagome.

Ahora que hablaba con ella se sentía mucho mejor. Junto con Miroku y su esposa, ella era una de los pocos conocidos que le que quedaban en aquel atestado salón. Una de las pocas personas que se había dignado a hablarle, sin menospreciarlo o ignorarlo con cortesía. Aquello era agradable.

Entonces algo cálido se removió en su interior, demasiado insignificante para notarlo aún y una gran idea se instaló en su mente. Quizás no estaba tan perdido como imaginaba, quizás Kagome podía ser la solución a todos sus problemas. Quizás…

Continuará…

Otro capítulo terminado al fin , espero que sigan leyendo y gracias por sus review que son la más maravillosa paga. Nos leemos el próximo sábado. Saludos a todas.

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