Hola sempais owoUU. Jeje, seguro se preguntan qué fue lo que paso. Bueno, una prima que lee mis historias -y que nunca deja review pero se digna a decirmelo en persona ¬¬** [jaja, no te creas, primita, te quiero mucho ^o^UU]- me anuncio que tenía muchos errores -otra vez- de repetición, algunas incoherencias y yo así de O.Ó ¡NO ES VERDAD, REVISE EL DOCUMENTO DE PIES A CABEZA!, pero ¿qué creen? ... que subí otra copia de resguardo que no estaba actualizada u-u. Y, como no me ha gustado tantos errores cuando me esforce mucho en no dar tantos, jaja, ya se imaginaran ._.UU.

Bueno, aqui les dejo mi versión corregidita xD, aunque ustedes no hayan encontrado -o me los hayan pasado- los errores. :D

2.

Cálido y frío.

La leyenda de la luna roja.

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Deidara se quedó mirando el cielo estrellado con una sonrisa cada vez más grande. Se sentía feliz, y no sabía exactamente la razón, pero si de algo estaba seguro, es que eso no importaba, porque al fin y al cabo, se sentía liviano —casi podría jurar que flotaba—, y además, estaba completamente descansado. Lo cierto era que durante dos días la cabeza había estado palpitándole a niveles insospechados y que posiblemente nunca sería capaz de describir. Encima, durante el primer día en que Sasori le ordeno seguir el viaje, había estado dando traspiés a causa de un terrible mareo. Pero por alguna razón, se había sentido renovado en cuanto el marionetista le había dejado el ninja de la Arena que habían estado persiguiendo, para derrotarlo y hacer unas cuantas explosiones —claro, sin matar al pobre y desafortunado hombre—, que lograron aliviarle el dolor en la cabeza y el hastío que había adquirido su vida.

Ahora, él estaba sentado en una de las muchas bancas de madera de una aldea, esperando a que Sasori cobrara la recompensa.

"Podría dejar que el dúo zombi lo hiciera, pero sería perder el tiempo" había dicho Sasori mientras caminaban hacia la aglomerada calle, y luego añadió: "Nosotros estamos cerca. Kakuzu debe de ser más práctico, ¿qué pasa si el ninja muere bajo nuestro poder? ¡No querrían pagar un centavo y todo esto habría sido inútil!"

En eso, Deidara estaba de acuerdo. El ninja había sufrido suficientes heridas como para morir si no se le cuidaba de manera extrema, y dudaba que Sasori —lo decía por experiencia propia— pudiese aplicar un solo momento aliviando el dolor de cualquiera. Por su parte, se conformaba con haber podido liberar inspiración.

Intentó calmar la ansiedad que le había cundido el cuerpo varios segundos atrás, cuando pensó que Sasori ya se estaba empezando a tardar. Miró de un lado a otro. Sentía una pesada mirada sobre su espalda, pero cada vez que volteaba sobre su hombro, la gente parecía continuar con su vida, sin reparar apenas en su presencia. Aquello no hizo más que intrigar a Deidara. ¿Es que a nadie le llamaba la atención las capas de su atuendo? Bueno, no estaban en un lugar muy interesado en cosas ninja, pero aún así no le dejaba de sorprender.

Apoyó el rostro en la mano y lanzó un quedo suspiro exasperado. Momentos como ese, cuando Sasori se alejaba un poco, miles de imágenes sobre montarse en una de sus aves de arcilla y salir volando le golpeaban en la cabeza. Se sobó un poco ésta que volvía a encontrarse adolorida. El vendaje todavía apretaba sus sienes y quizá tardaría un par de días más en deshacerse de ellas —Sasori no le había ayudado a ponerla ni una sola vez y éstas parecían muy mal dispuestas alrededor de su cabeza; además, el marionetista tampoco había tenido reparo en golpearlo cada vez que creía "conveniente"—.

De todos modos, no era algo que quisiera hacer de momento, sobre irse. Cada vez que empezaba a formular una posibilidad, aparecía ese rostro. Recordaba los angulosos pómulos y las mejillas blancas —casi como la porcelana—, desprovistas de rubor, los adormilados e indiferentes ojos cafés grisáceos que parecían someter a voluntad, y el cabello tan rojo como la sangre misma. No podía dejar de pensar en lo que significaba cada fino rasgo de ese rostro tan perfecto, —y no se trataba en absoluto que lo fuera porque Sasori era un chico apuesto, sino por la determinación de convertirse a sí mismo en arte—.

Fue entonces que se le ocurrió que él mismo era un charlatán: decía vivir por y para su arte, que las explosiones eran todo en su vida y que él daría todo por ellas y para demostrar la verdadera belleza de lo efímero. Pero… En realidad, nunca había llevado el arte a ese nivel. Sasori había logrado vivir realmente para el arte. Eso era… era… ¡Sublime!

Una nueva sonrisa se extendió por su rostro. Él también haría una inmolación de sí mismo. Sin embargo, había que tener en cuenta que si lo hacía ya no podría volver al mundo a seguir mostrando su arte. Decidió que por ahora, guardaría su Jutsu supremo y se daría a conocer como un gran artista, para que, al final, cuando su obra maestra estuviera terminada, fuera excepcional. Los críticos de arte dirían: "¿Has sabido de la última explosión? ¡Ha sido una verdadera maravilla!, "Sí. Nada más se podría esperar del Gran Deidara". Ah, pensar en eso lo hacía realmente feliz.

¡Al cuerno con Onoki! ¡Al cuerno con el terrorismo! Deidara espero pacientemente al maestro de las marionetas, pues intuía que a su lado, aprendería cosas sobre el arte que tal vez, no había logrado encontrar por sí mismo. Sonrió maliciosamente. Si ahora era el alumno, pronto, pronto Sasori se daría cuenta de que podría superarlo. Tal como el proverbio dice "Y el alumno superará al maestro". Ese era el destino, tenía que serlo.

Durante todo aquel tiempo había creído que su suerte en Akatsuki sería fatídica y hastiosa, pero ahora el artista descubriría que en aquel camino al que estaba ligado, daría pie a sinnúmero de cosas impresionantes y emocionantes. Y ese, también era el destino.

Tan despistado y soñador como estaba, apenas si se dio cuenta de que la figura de Hiruko regresaba a su lado y se detenía con un ruido seco. A estas alturas, Deidara era capaz de escuchar el típico sonido del movimiento de una marioneta, algo que antes de saber que Hiruko era un muñeco, le pasaba completamente desapercibido. El rubio se limito a quedarse quieto un momento e inmediatamente ponerse de pie. Había aprendido —por supuesto que también a las malas— que a Sasori no debía de hacerlo esperar ni dos segundos, o podría ganarse una buena tunda.

Sin mediar palabra, Hiruko avanzó hacia las afueras del pueblo, seguido por Deidara. El rubio permaneció en silencio, preguntándose interiormente por qué si Sasori ya le había mostrado —accidentalmente, según parecía— su verdadera apariencia, seguía manteniéndose dentro de ese espeluznante muñeco. También se dio el lujo de especular sobre que el arte supremo del pelirrojo no podría ser nunca admirado si iba escondido todo el tiempo.

Levantó la cabeza hacia el cielo. Pese a sus pensamientos superficiales, lo único en lo que no podía dejar de meditar realmente —y siempre con un regusto amargo—, es que todavía no podía volar. Para él eso también formaba parte de su vocación y le hacía sentir aquella libertad bienvenida a cualquier hora. Aunque, en esos instantes, él se viera obligado a reprimir sus impulsos…

Agachó la cabeza con un deje deprimido y lanzó una especie de suspiro entristecido. Claro que no se le había ocurrido preguntar siquiera si podía llevar a cabo lo que durante días y noches enteras le había quitado el descanso gracias a la ansiedad, pues estaba seguro de que sería mal recibido. A través de los cabellos miró a Sasori, que seguía moviéndose en silencio. ¿O sería tal vez que simplemente pintaba exageradamente malo al marionetista?

Recordó las últimas semanas —no tardó demasiado en hacerlo— y descubrió que eso último quedaba vetado. Sasori no podía ser amable, ni siquiera parecía haber mostrado realmente su crueldad. Un comentario en mal camino podría llevarle de nuevo a un semi hospital donde le trataban peor que en un interrogatorio ninja hecho por un enemigo. Sin embargo, tenía que admitir que Sasori había demostrado ser capaz de traerle al menos una manzana para comer, en vez de dejarlo morir de hambre. Pero había que agregar que había adelgazado mucho en solo dos días y medio.

Como queriendo corroborarse a si mismo aquello, se cogió distraídamente un pedazo del pellejo del brazo y lo levanto. Frunció el ceño y asintió infantilmente. Lo que había sospechado, pronto solo le quedarían los huesos.

Sasori se detuvo, notando que Deidara había empezado a aminorar el paso. Giro la cabeza de Hiruko —¿por qué lo hacía? A Deidara no le quedaba claro, ya sabía que era una marioneta. ¿Qué chiste tenía entonces hacer eso?— y le penetró con su "mirada".

—¿Sucede algo, mocoso?— le preguntó con un tono que le indico a Deidara que en realidad, la respuesta no le importaba.

—Estaba pensando, hum— contestó con rapidez y apretó el paso hasta el lado de su maestro —Hace un poco de calor, ¿cierto?

Sasori se mantuvo en silencio varios segundos.

—Hmph. Mocoso estúpido— dijo por fin, (Deidara sufrió de un tic nervioso en el ojo visible) y luego lanzó una especie de carcajada —¿En serio estás preguntándome eso, a mí? Realmente eres despistado. O simplemente no tienes cerebro— aquello último no había sonado a pregunta, sino más bien a un hecho. El tic del rubio aumento de rapidez —¿Entonces, cuál de las dos?

—Solo quería tener una conversación, hum— fue la contestación que decidió dar, luego de unos segundos de pensárselo detenidamente —Estoy muy aburrido de andar de allá para acá en absoluto silencio.

Como si supiera que eso le provocaba ansias, Sasori decidió guardar un profundo mutismo. El rubio aposto interiormente a que dentro de Hiruko, el pelirrojo sonreía soberbiamente y quizá, hasta orgulloso de su pequeño acto de maldad y tortura, porque había que admitir que a Deidara el silencio le producía una sensación de tormento. Él era una persona inquieta y además, temía al silencio.

Bajó la mirada, ignorando la repentina molestia contra Sasori. La verdad es que siempre que quería hallar una respuesta al por qué el silencio le molestaba, su cabeza le dolía. Y no, no se trataba de las heridas que Sasori le había causado. Se trataba de algo todavía más profundo, algo que le carcomía por dentro de una manera horrible. Pero, por alguna razón, siempre terminaba pensando en su primer momento artístico. Sacudió la cabeza de un lado a otro, intentando desviar un algo de forma casi automática.

—¿Entonces no piensa dirigirme la palabra?— preguntó el rubio, más por el simple hecho de escuchar algo que rompería con el silencio (el bosque estaba extrañamente callado) —¡Fah! Me pregunto si todos son como usted…— murmuró y miró a Hiruko, más precisamente el lugar del que probablemente saldría la cola metálica y lo golpearía —Hum.

—¿Aún crees que podríamos mantener una sola conversación con sentido?— bufó Sasori, aparentemente divertido (aunque Deidara podía detectar un tono parco en su voz) —Después de la grandísima estupidez que dijiste sobre el arte efímero…— estas dos palabras las soltó como si le hubieran provocado el regusto de quien (y conste que no lo decía por experiencia propia) toma grasa de animal —No deberías de esperar tanto.

Deidara frunció el ceño, tratando de no sentirse tan ofendido.

—Yo respeto su arte— dijo con sencillez mientras apretaba el paso. No miró a Sasori mientras hablaba —Y lo respeto a usted todavía más como artista, hum— pausa. Se sintió frustrado al no recibir la respuesta que quería: Un gracias habría estado bien, para empezar. Soltó un suspiro —Creo que es muy valiente que se haya convertido en marioneta. ¡Cuando yo dije que vivía por y para mi arte no contaba con que fuera pura charlatanería ante usted, con semejante devoción para volverse marioneta! ¿Le dolió, hum?— su pregunta no fue respondida. Pero no estaba dispuesto a dejar caer el silencio otra vez, y el camino más seguro para evitarlo, era hablar sobre el arte, era algo que aunque diferente concordaban de la manera más perfecta —De todos modos, debe de sentirse muy bien por poder mirarse en el espejo y darse cuenta de que lo logro. ¿Convertirse en arte será tan bueno como lo estoy imaginando ahora, hum?

Silencio. Deidara y Sasori seguían caminando. Una rama de árbol crujió cuando un pájaro salió volando hacia el horizonte. El rubio abrió la boca, pero antes de poder decir nada, el pelirrojo se adelantó:

—Hablas demasiado, mocoso— fueron las tajantes palabras del Akatsuki mayor. Deidara sintió ganas de jalar de sus cabellos y gritar desde las caras de los kage de la hoja. Le desesperaba la estúpida renuencia de Sasori a hablar un poco. Después de todo, no lo mataría mediar unas cuantas palabras. Para su sorpresa, ahí no termino: —¿En verdad piensas inmolarte a ti mismo? Un poco ridículo, en realidad. Pero…— el rubio se imagino al verdadero Sasori encogiéndose de hombros —Es tu arte, ¿no? ¿Quién sería yo para detenerte? Es más… ¿Por qué no pruebas a hacerlo ahora?

Deidara se cruzo de brazos, consciente de que la propuesta del marionetista era realmente deshacerse de él.

—No voy a hacerlo ahora. Tengo cosas que superar antes de llegar a la máxima expresión de mi arte, hum— respondió con un puchero —Todavía no quiero morir.

—Entonces (y lo digo solo porque tu arte expresa la vida efímera), no eres un verdadero artista.

—¡Sí, lo soy!

—No. No lo eres— el pelirrojo hizo una pausa. Su voz no denotaba burla y tampoco sorna, simplemente hablaba como si no pudiera tener más que la razón —No deberías de temer por la muerte si es eso lo que te transformaría en arte. Eres solo un mocoso que no entiende nada.

Deidara comenzaba a hartarse de ese comportamiento. Incluso aunque respirara profundamente y contara hasta mil… no serviría, ni todos los segundos que el universo había pasado ya en su infinita existencia, ni los que le quedaban, parecían poder bastarle. Definitivamente, Sasori era mucho peor que Onoki. O quizá él estaba exagerando las cosas, una vez más.

Habría querido darse la vuelta y andar hacia cualquier otro lugar, pero estaba seguro de que Sasori le tomaría con la cola del escorpión y lo golpearía hasta dejarlo inconsciente o darle muerte de una vez por todas. A todas vistas, Deidara representaba una continua molestia para el Akatsuki mayor y seguramente a éste no le importaría librarse de él y decir que "al mocoso lo mató un bandido estúpido al que he felicitado en vez de vengar al estúpido ese". Bah. Total que Deidara estaba acostumbrado al desprecio y no dejaría que eso le arruinara las firmes expectativas de lo que sería el resto de su vida, una vez que se adaptara a esta situación.

—¿Y entonces por qué no me enseña a entender, hum?— inquirió segundos después, poniéndose delante de Sasori y caminando de espaldas al camino, para poder observar a la marioneta —Seguramente que usted podría, ¿cierto?

—Hmph— contestó Sasori, con un tono déspota —Eso es una ridiculez. ¿Por qué iba yo a perder mi valioso tiempo con alguien como tú?

Sasori pretendió seguir "caminando" y se hizo a un lado con agilidad antes de pasar al lado de Deidara. El rubio frunció el ceño.

—Porque…— al rubio no se le ocurría nada que decir y duro en silencio casi un minuto entero sin que aquello pareciera impacientar a Sasori. Por fin decidió hablar cualquier tontería que pasara por su cabeza —Porque usted (quiera o no, y tanto si tiene que ver con arte o no) es mi maestro.

Sasori se detuvo en seco. Un viento movió el cabello de ambas figuras y Deidara se sintió por primera vez como un quien pidiera limosna. Temía que Sasori fuera a golpearlo por algún tipo de ofensa.

—Yo no soy tu maestro, mocoso. Tú me resultas realmente una carga porque eres un inútil, maleducado y mimado. Solo te soporto porque Pein me dijo que serías mi compañero y así sería. Pero yo apuesto a que no duras más de dos meses. Eres mucho peor que esa senil serpiente.

Y diciendo esto último, Sasori volvió a echar a andar sobre el sendero, dejando a un muy ofendido Deidara mirándolo con ponzoña.

"Aquí el mimado es otro" pensó el rubio con un tono amargo, antes de avanzar tras los pies del marionetista, dispuesto a guardar el silencio.

0*0*0

Sasori dijo que dormirían en la intemperie porque la siguiente aldea quedaba a un día de camino y por supuesto, se hizo lo que ordeno. Deidara incluso se había permitido soportar el comentario del marionetista cuando éste le echó la culpa por la lentitud y por quedarse en la tierra en vez de en un cómodo futón. Pero, como Deidara todavía se sentía ofendido y sin ganas de hablar, se quito la capa de Akatsuki y la echó sobre el suelo antes de recostarse. Su bolsa con arcilla resultaba un poco cómoda y se la puso debajo de la cabeza a modo de almohada.

Antes de que Sasori dijera mucho más —si es que planeaba hacerlo, claro—, Deidara le dio la espalda y cerró los ojos.

El pelirrojo por una parte se mostro indiferente y por otra, se sorprendió un poco ante la tajante renuencia de Deidara por siquiera mirarlo. No es que le molestara, pero el silencio después de su última charla, en vez de resultarle pacífico y acogedor, se había tornado incómodo e incluso desagradable. Pero Sasori no alcanzaba a descifrar el por qué y pronto llegó a la conclusión de que no debía de importarle, puesto que no era su culpa; Deidara había instado la plática y obtuvo lo que quería escuchar —o lo que lo hizo callar—, pero por alguna razón parecía ofendido. Dentro de Hiruko, el rostro de Sasori se contorsiono con molestia. ¡Como si no le hubiera dicho cosas peores al rubio en esas cuantas semanas!

Se encogió de hombros y se acomodo dentro de Hiruko. La verdad es que esa marioneta le gustaba mucho. La espeluznante joroba que tenía la marioneta era en realidad por dentro una especie de cuarto acolchado y cómodo: Podía estar la mayor parte del día sentado en flor de loto —gracias además a que sus articulaciones no eran más humanas, no tenía que preocuparse porque sus piernas se durmieran o le doliera el trasero—. Pero por la noche, acostumbraba a sentirse mejor recostándose —encogiendo las piernas mientras estaba boca arriba o simplemente haciéndose un ovillo— y dejar que sus pensamientos compitieran con el ahora nulo sueño.

Tenía que admitirlo, por culpa del corazón que todavía prevalecía en él, también debía descansar de vez en cuando. Si no, ¿qué clase de consecuencias habría? La última vez que se creyó que no necesitaba dormir —debe tenerse en cuenta que eso había pasado los primeros meses de su auto transformación —, no fue capaz de moverse por sí solo y cayó al suelo de costado hasta que descanso un rato; Al final, existía un punto en el que resultaba imposible seguir, incluso siendo tan resistente como lo era gracias a su cuerpo artificial.

Pensó en las palabras de Deidara y su absoluta devoción al hablar del sacrificio que había hecho por su arte eterno. Por alguna razón, le hacía sentir feliz y orgulloso. En otro momento costaría admitirlo, pero Deidara era mucho mejor compañero que Orochimaru. Sería indiferente si el mocoso ese se enojaba, pero muy en el fondo había que decir que él se sentía un poco agradecido por este cambio.

Con esos pensamientos, cerró los ojos y se quedo "dormido".

Cuando despertó eran poco antes de las seis de la mañana. Para Sasori, esa hora era el momento de abrir los ojos sin necesitar ya de un despertador, pues despertar con el trino de los pájaros resultaba más acogedor. Se sentó y miró a través de los ojos de Hiruko; El día estaba nublado y las nubes cargadas de agua parecían querer precipitarse en cualquier momento, pero el marionetista ya sabía que eso no sucedería sino hasta en la tarde, y para entonces, podía ser que ambos estuvieran en la actual guarida de Akatsuki. Miró hacia Deidara, que seguía convertido en un ovillo y con los cabellos desperdigados y desordenados fuera de la liga que usaba para su usual coleta baja.

Cuando Deidara dormía parecía un ser tan apacible y que no rompería un plato, pensó Sasori con una sonrisa burlona. Sinceramente, recordaba que el primer momento en que lo vio juraría que era una mujer, y además una muy bonita. Imagínense su sorpresa cuando el mocoso habló. Estaba que no se lo creía.

Podía mandar a levantar a Deidara tan brusco como los otros días: gritándole o golpeándolo con la cola de Hiruko —algo que en lo personal, había empezado a gustarle—, pero eso significaría tener que soportar todas sus niñerías, y Sasori quería unos momentos más de paz. Con un suspiro abrió la espalda de Hiruko —cuidando que el "clic" no se escuchara lo suficientemente fuerte como para despertar al menor— y seguidamente salió de éste.

El claro donde habían aguardado la mañana parecía un lugar tranquilo, algunos abetos los rodeaban y enormes pinos se juntaban unos entre otros, dando la idea de que los observaban detenidamente. Sasori dio rienda suelta a sus recuerdos de la niñez y pensó en las historias que solía contarle a veces su abuela, diciéndole que en los vastos bosques de Konoha, los árboles podían comunicarse entre ellos y moverse. Cuando pequeño, Sasori había querido visitar la aldea de Konoha solo por eso. Una especie de sombra cubrió sus ojos al saber también, que luego de que fallecieran sus padres, poco o nada le importaba el resto del mundo fuera de su taller y las miles de marionetas que construía en él. En ese entonces, aquel sitio lúgubre y lleno de muñecos que a muchos podrían haber inducido a terribles pesadillas, a él le había parecido realmente un mundo distinto, que era perfecto y que pertenecía solo a él.

Se llevó una de las manos a la altura del pecho, donde descansaba su corazón, y se detuvo. Hasta ese momento, Sasori no se había percatado de que había estado caminando y que yacía varios metros lejos de Hiruko y de Deidara.

No le intereso darse media vuelta y regresar y prefirió mejor sentarse y recargarse en el tronco de un árbol. Si en verdad existían los ents debían ser criaturas asombrosas y eternas… Claro, en el sentido de que la misma edad no les hacía sino sabios, pues quemándoles o cortándoles su "vida" terminarí pensamientos se detuvieron en seco. ¿Qué estaba diciendo? ¿Por qué…por qué estaba pensando en inexistentes árboles capaces de hablar y de moverse?

Sacudió la cabeza de un lado a otro, cerró los ojos y seguidamente dejó la mente en blanco. Respiro la paz del silencio y también de la leve brisa que hacía crujir un poco las ramas de los árboles. Él ya no era capaz de sentirla —y no podría negar interiormente que a veces la extrañaba—, pero le agradaba ver como todo se movía bajo la caricia de ésta. Le gustaba que un algo aparentemente invisible y que no se podía atrapar con las manos fuese lo suficientemente potente como para mover algunas cosas. La naturaleza, podía llegar a ser muy sorprendente, pero igualmente traicionera.

Volvió a abrir los ojos. A veces, lo que realmente debería de ser sorprendente es que fuera capaz de pensar tantas estupideces cuando estaba solo y relajado. Se quedó ahí unos diez minutos más, olvidando que existía otro lugar que no fuese él mismo, en esa parte del bosque tranquilo y lleno de sosiego. Pronto, una rama crujiendo lo despertó de su ensoñación y el pelirrojo abrió los ojos. No volteó y tampoco se molestó en sacar algún tipo de arma; Simplemente se encontró irritado por la interferencia de su meditación.

—¿Qué quieres, mocoso?— preguntó en un tono déspota. Inmediatamente se percato de que el rubio se había detenido y contenía la respiración —¿Y? ¿No vas a contestar?

Deidara salió de entre los arbustos, con la mirada hacia abajo y la postura de espalda de quien se ha avergonzado: con los hombros caídos y la cabeza ligeramente tirada hacia delante. Sasori pensó que en ese momento, el rubio parecía un niño regañado. La idea le desagrado y le recordó que detestaba a los mocosos porque siempre se convertían en una carga. Además, ¿qué se creía ese? ¡Era miembro de Akatsuki! No duraría ni un solo segundo si continuaba así.

Espero pacientemente a por una respuesta por parte del rubio, pero Deidara lo único que hizo fue rascarse la cabeza distraídamente, y Sasori se percato de que, aparentemente ya no le dolía tanto, porque no soltó ninguna maldición ni hizo una mueca dolorida.

—Tenía hambre y venía a buscar un poco de fruta, hum— se limitó a contestar mucho tiempo después. Sasori giro la cabeza sobre su hombro y lo observó con una ceja arqueada.

—¿Y entonces por qué sigues aquí?

Deidara abrió la boca para contestar algo como "Quería asegurarme si mi deseo de anoche se cumplió y usted murió por retrograda o grosero" o quizá algo como "Bueno, quería alejarme de esa asquerosa marioneta a la que se afana llamar arte cuando realmente es una cosa espeluznante y carente de cualquier cosa que pueda significar belleza". Pero ciertamente, aquello lo llevaría a la muerte, así que se limitó a encogerse de hombros y siguió su camino por el bosque, buscando un árbol de manzanas o cualquier cosa que pudiera comer.

Por otro lado, Sasori permaneció quieto, observándolo con desdeño desde su lugar mientras el rubio por fin encontraba una árbol manzanero y usaba su chakra para subir al tronco, arrancar la fruta ágilmente y luego dar una vuelta hacia atrás, cayendo de pie en el suelo, con una elegancia que Sasori habría creído imposible hasta no verla. Deidara se daba media vuelta y mordía su improvisado desayuno con indiferencia, mientras caminaba lejos de donde Sasori, hasta Hiruko.

El pelirrojo frunció el ceño antes de volver a girar la cabeza y descansarla sobre el tronco. Miró el cielo durante indeterminado tiempo y con un suspiro exasperado decidió que era tiempo de moverse. No quería que al llover se fueran a formar imprevistos, debían al menos de llegar a una posada para descansar.

Se puso de pie y camino hasta donde Hiruko. Deidara yacía mordiendo una segunda manzana, sentado y mirando un punto en la nada. O eso hacía hasta que Sasori llegó y el rubio le miró durante un segundo. A Sasori no le puso nervioso la mirada que le dirigió Deidara —curiosa y llena de expectativas—, pero sin duda lo irrito. Sin embargo, no menciono nada y se metió dentro de la marioneta.

Mientras se acomodaba en Hiruko maldijo su mala suerte: en un poco de tiempo, Deidara ya había visto dos veces su verdadera apariencia y eso era algo un poco frustrante, pues hasta ahora había mantenido su imagen en una incógnita ante al menos, la mitad de la caótica organización. Una especie de sensación de incomodidad también creció en su interior al ver como Deidara se levantaba y se sacudía las ropas, aparentemente mirando hacia otro lado, pero echando vistazos hacia él. Hubiera querido decirle que dejara de hacerlo, pero decidió mejor dejarlo a un lado, el mocoso probablemente estuviera tratando de reconocer realmente el verdadero arte y comprendiéndolo gracias a él.

Una sonrisa de autosuficiencia se abrió paso por el blanquecino rostro del marionetista y seguidamente puso en marcha a Hiruko, en un silencio que pretendía fuera prolongado. Sorprendentemente, Deidara no dijo palabra en todo el camino y se limitó a andar a su lado, como un alma de la que apenas —Sasori dio gracias por ello— podía percatarse de su presencia muy de vez en cuando.

Siguieron caminando durante todo el día, y apenas se dirigieron la palabra cuando Sasori le decía dónde descansarían y cosas por el estilo. Deidara simplemente obedecía y se sentaba a pensar en quién sabe qué cosas. Pronto, el silencio volvía a ambos y los envolvía como solo él sabría hacerlo. Sasori permaneció quieto en la última parada que hicieron, estaban a un par de horas de llegar a la posada y miró a Deidara. El rubio, por su parte, hizo todo acopio de valor para fingir que eso no le importaba, pero al final, volvió a cruzar una mirada un poco desafiante contra la marioneta. Sasori sintió la temeridad de esa mirada y sonrió un poco.

—¿Qué tanto piensas?— le preguntó por fin, curioso de saber la respuesta. Deidara se mantuvo callado, pero al final se encogió de hombros.

—En que quiero llegar ya, hum.

Silencio.

—Tsk. La juventud de ahora ya no es tan paciente como antes— declaró Sasori. Deidara abrió los ojos con sorpresa.

—Usted es todavía más impaciente que yo, hum— terció sin pensar y sin el ánimo de ofender, simplemente establecía un hecho, algo que Sasori decidió pasar por alto gracias a su veracidad —No puede restregarme en la cara eso…

Sasori lanzó una especie de carcajada que en voz de Hiruko le provocó un terrible escalofrío a Deidara, quien seguramente hubiera preferido estar a veinte metros sobre la cabeza del muñeco, para que si al final su dueño lo decidía, la cola del escorpión no pudiera alcanzarle y golpearle la cabeza. Pero ahí estaba: indefenso y esperando que llegara un golpe que nunca pasó.

—Hablaba de la juventud— agregó Sasori, y el rubio no estaba seguro pero había creído identificar un tono triste en la voz del maestro de las marionetas —Cuando yo era más joven, era infinitamente paciente— hizo una pausa, y continúo hablando, como si pensara en voz alta —Pero me hicieron esperar tanto que un día me cansé de ello.

Deidara volteó a ver a otro lado, consciente de que quizá Sasori terminara culpándolo por su súbita confesión y lo golpeara, como si lo hubiera dicho él.

—Pero yo era muy paciente…— repitió Sasori, pero con el gélido tono de voz recuperado —Ahora todavía podría esperar lo suficiente. Y puedes contar con que yo nunca hago esperar a los demás: No llegó antes ni después, sino, justamente en el momento.

El rubio frunció un poco el ceño. Bueno, eso era cierto, pero… Recargó la cabeza en la mano y el codo en la pierna atraída hacia su pecho y se quedo pensativo. ¿Qué habría podido esperar tanto tiempo Sasori como para que al final se hartara de hacerlo y por ende terminara aborreciendo la espera? En todo caso, la imagen de un Sasori paciente no parecía caberle en la cabeza, pues eso resultaría muy difícil. Y además, ¿siendo inmortal no debería de acostumbrarse a la lentitud del tiempo que cruzaría siempre sobre los aspectos de la Tierra, pero nunca sobre él? Tendría todo el tiempo del mundo para esperar lo que fuera. Sin embargo, nuevamente a Deidara no le pareció que Sasori fuese capaz de esto. Le pareció un poco contradictorio, pero de todos modos, Sasori dejaba en claro con sus palabras que la época en que esperaba —y fuera cual fuera la razón—, se había terminado.

Con un encogimiento de hombros, decidió que no tenía por qué importunarle nada de eso. De hecho, debería de estar pensando en nuevas obras de arte para superarse a sí mismo antes de que llegara el momento de inmolarse, porque ahora estaba decidido a hacerlo. Aquel personaje que se hallaba en frente, le había inspirado a la determinación del hacer.

De pronto, una pequeña pregunta fue formulada en su mente y contra su propia voluntad, las palabras salieron de sus labios en un atropellado cuestionamiento:

—¿Usted realmente quería ser un Akatsuki, hum?

Poco faltó para que el silencio acostumbrado cayera sobre ellos. Pero Sasori respondió casi inmediatamente:

—Lo encontré por casualidad.

Deidara volvió a abrir los ojos, incrédulo.

—¿Cómo dice?— preguntó, sin molestarse en ocultar la sorpresa. Sasori bufó molesto.

—Los mocosos siempre esperan que se les repita lo que se les acaba de decir, ¿cierto?— preguntó molesto y luego se quedo callado un par de segundos para volver a contestar: —La verdad es que Akatsuki me encontró, igual que a ti. No entraré en muchos detalles, pero me dieron la misma invitación. La diferencia es que yo acepte. Creí que sería un lugar conveniente para continuar con mi búsqueda.

El rubio frunció el ceño.

—¿Búsqueda de qué, hum?—preguntó, lleno de curiosidad.

—Mi marioneta perfecta— contestó Sasori sin rodeos. Deidara arqueo una ceja.

—Pero, convirtió a Sandaime en una marioneta, ¿no es así?— volvió a preguntar Deidara, confundido —Él era el ninja más fuerte de toda la historia en Suna y muy probablemente lo suficientemente bueno como para enfrentar a Hashirama o incluso a Uchiha Madara, ¿no?

—En efecto— respondió Sasori, con un deje de irritación y otro poco de orgullo en su voz. Deidara abrió la boca con sorpresa —Sandaime era capaz de enfrentarse a alguno de ellos y ponerse a su nivel. Desgraciadamente, dudo que pudiera vencerlos.

—Pero es igual de sorprendente. Y en todo caso, entonces usted estaría al nivel de los Kage, hum— aduló Deidara. Sasori se quedo en silencio. Dentro de Hiruko, el pelirrojo había apretado los puños.

—Al nivel de los kage…— susurró, y Deidara notó el tono nostálgico de su voz —¿Kazekage?— aquella palabra parecía contener un sabor amargo en la voz de Sasori y quizá también destruido. Deidara no se atrevió a preguntar y se quedo callado —Supongo que sí. Pero, en todo caso, no era lo que yo quería. En lo más mínimo.

—…— Deidara frunció el ceño, no comprendía a qué se refería exactamente el marionetista, así que con un suspiro decidió arriesgarse a preguntar: —¿Habla de Sandaime o de alguna otra cosa, hum?

Silencio un par de segundos. Deidara se irritaba con esto pero, bueno, ¿qué se le podía hacer?

—Sandaime es una pieza magnífica de mi colección— respondió Sasori entonces, al rubio le recorrió un escalofrío por la espalda, por el tono de voz de Sasori uno diría que odiaba y adoraba al mismo tiempo aquella marioneta. En todo caso, la idea de cuántas marionetas podían sumarse a su colección le causaba una especie de náuseas, pensaba que su colección no serían más de cien, porque tenía entendido que Sasori solo se llevaba a aquellos que valían la pena. Algo que también haría él… de compartir sus ideales. El pelirrojo no pareció advertir la mueca de incredulidad que tenía el rubio y continúo: —Sin embargo, no es muestra de perfección.

—Quizá buscar la magnificencia sea mejor que la perfección, hum— dijo mientras se quedaba pensativo —No creo que la perfección se pueda alcanzar, y si se pudiera, creo que solo restaría belleza.

Sasori se quedo ligeramente sorprendido por las palabras de su compañero. Pero de todos modos no encontró aquellas palabras cien por ciento verdaderas, pues ¿qué podría tener de especial algo que de entrada, no estaba perfecto? El marionetista era un firme creyente de las cosas hechas de tal manera que los errores eran nulos, para que la belleza de ese algo fuera digna de convertirse en eterna. Y pensaba que a los humanos lo que realmente los hacía débiles eran los sentimientos. Incluso el más poderoso ninja, sería derrotado alguna vez si llegaba a amar. No es tampoco que fuera partidario de andar por ahí repartiendo odio. Simplemente, se trataba de quedarte vacío, como una marioneta.

—¿Por qué dices eso?— le preguntó, de todos modos, dispuesto a escuchar (se dijo que por quizá primera y única vez) lo que Deidara opinaba.

El rubio sin embargo le hizo esperar un poco, como si quisiera palpar la respuesta que daría.

—Porque…— empezó a decir Deidara, mirando un punto en la nada —Nadie puede tener sentimientos por algo que está hecho con el solo fin de no tener errores, sin considerarse los verdaderos pensamientos que se tienen mientras lo realizas. Ya que solo se está pensando en hacerlo todo perfecto, la obra carece de significado, y termina transformándose en un vacío ya que no comparte la esencia de su creador, hum.

Dentro de Hiruko, el pelirrojo frunció el ceño hasta que sus cejas prácticamente se tocaban. ¿Un vacío? ¿Significaba eso que sus grandes obras de arte alcanzaban un punto de perfección tal, que las hacían valer menos? La sola idea lo enfermaba. Sintió ganas de golpear a Deidara, pero antes de sacar la cola metálica, observó como Deidara elevaba la mirada y se quedaba observando el cielo grisáceo. Creyó advertir la añoranza y el deseo, además de la tristeza y la ansiedad que cruzaron en ese preciso instante la mirada del rubio.

—¿Qué pasa?— preguntó, sin que le importara realmente. Deidara se obligó a bajar la mirada y observarlo con una especie de malicia malograda en la mirada —¿Te sientes bien? ¿Temes a la lluvia?

Deidara frunció un poco el ceño y luego negó con la cabeza una vez.

—Quiero volver a cruzar los cielos, hum— admitió con cierta tristeza —Extraño poder estar volando en una de mis creaciones.

Sasori guardo silencio durante varios minutos, sopesando las palabras que acababa de decir el joven rubio y tratando de asimilarlas a la tristeza que claramente sentía Deidara. No podía comprender por qué aquello resultaba tan importante, pero decidió no hacer comentarios. Esperó un poco, pendiente por si Deidara había querido agregar algo más, pero parecía que él ya había terminado con lo que tenía que decir.

—¿Por qué siempre hablas cosas tan absurdas?— le preguntó un poco malhumorado el maestro de las marionetas. Deidara se quedo quieto y silencioso durante varios segundos. Después, giro a ver al Akatsuki y la añoranza desapareció de sus ojos, removidos por una especie de coraje y frustración.

—No tiene importancia, hum.

Sasori se limitó a mirarlo con desdén. Presintió que aunque Hiruko fuera incapaz de hacer la mueca para con Deidara, el rubio podría adivinar perfectamente las ansias de golpearlo hasta matarlo y por fin, librarse de él. Pero, segundos después de que miles de cruentas escenas desfilaran por su mente, tuvo que admitir que en realidad, Deidara no era tan mal compañero como Orochimaru, a quien detestaba por pasar horas y horas hablando del sharingan y de Itachi Uchiha, a quien odiaba con ganas. Decidió que aquella aberración que sentía por el moreno no tenía mucho sentido, pero… Bueno, no valía la pena divagar en esos pensamientos tan ridículos, de momento se conformaba con saber que odiaba a Itachi y ¿qué otra cosa de su relación con ese Akatsuki podría importar? Daba lo mismo.

—Mocoso— le llamó, interrumpiendo abruptamente sus propios pensamientos. Deidara lo observó con atención —Vámonos. Hemos descansado suficiente.

0*0*0

El pequeño pueblo al que habían entrado en esos instantes estaba cerca de la Aldea de las Aguas Termales, y muchos de los habitantes se preparaban para irse a los bosques donde podrían encontrar un poco de agua caliente para pasar el rato y relajarse luego de trabajar tanto bajo el pequeño torrente de lluvia que se desató antes del atardecer y que había terminado una media hora antes.

Deidara se recostó pesadamente sobre el futón, deseando poder estar fuera y no dentro de aquella oscura habitación. Por el rabillo del ojo siguió a Sasori hasta que él acomodo a Hiruko en una esquina y se quedaba muy quieto. Deidara se preguntó si el pelirrojo saldría alguna vez de aquella marioneta con él presente. Recordando que las últimas veces no había sido planeado encontrarse frente a frente, lo dudaba. ¿Qué tendría de malo mostrarse como una pieza que él considerara arte? ¿Por qué se ocultaba?

Sus pensamientos siguieron volando durante lo que parecieron horas, aunque hubiesen sido solo dos minutos. Mientras Sasori lo miraba con detenimiento, Deidara empezó a asentir con la cabeza ligeramente, como si mentalmente estuviera llegando a conclusiones, y por alguna razón a Sasori logró incomodarle eso. Pensó que Deidara, en más de una contada ocasión podría haber escapado —en realidad, Sasori se las había dejado servidas en bandeja de plata, pues muy en el fondo deseaba que se largara y le dieran otro compañero—, pero el rubio se había mantenido ahí…; Con una especie de suspiro resignado volvió la mirada hacia el menor.

—¿Quieres salir de aquí, mocoso?— le preguntó con la grave voz de Hiruko. Deidara lo miró levemente sorprendido y con cara de idiota (en opinión de Sasori, todavía más de lo usual), y entonces el pelirrojo añadió con un tono déspota y poco benévolo: —¿Estás sordo, mudo o eres estúpido?

El menor no hizo otra cosa además de fruncir el ceño. Pero luego sonrió un poco, ansioso por la propuesta que acababa de hacerle el marionetista.

—¿De verdad me dejaría salir solo, hum?— preguntó, solo para asegurarse. Hiruko se mantuvo inmutable, al igual que su dueño.

—Mientras no llames la atención.

—¿Mientras no me escape, hum?

Una pausa. Sasori debatió entre ambas opciones. Posiblemente habría querido dejar implícito el hecho de que quería que Deidara escapara.

—Yo nunca dije eso— respondió al fin. Deidara abrió los ojos como platos. ¿Podía ser cierto? ¿Sasori lo estaba dejando libre? —¿A qué esperas?

Deidara se sentó y se puso de rodillas, observando a Sasori como a quien han pescado desprevenido. No sabía si debía dar las gracias o simplemente salir pitando de ahí, sin embargo, de alguna manera se sentía ofendido por la renuencia de Sasori por tenerlo como compañero, y es que sentía que de irse estaría dándole a entender a Akatsuki que el marionetista tenía razón: Que no podía durar como Akatsuki. Si algo había que molestara a Deidara, es que lo menospreciaran, a él o a su arte. O a su madre, cuando ella todavía vivía. Dejó las manos reposando en su regazo y las apretó ante aquel último recuerdo. En verdad odiaba que no creyeran en sus habilidades. Y en todo caso, Deidara había aceptado el trato: "Si Itachi te vence, te quedarás en Akatsuki hasta que mueras o hasta que pase eso con los demás y seas el único superviviente, aunque ten en consideración que eso podría no pasar nunca".

Sasori había estado seguro de que si le decía a Deidara que escapara —sin rodeos ni estúpidas explicaciones innecesarias—, el menor habría salido corriendo y nunca más lo volvería a ver. Se había sorprendido al ver como simplemente el rubio agachaba la cabeza y se quedaba quieto, apretando las manos y formando dos puños temblantes. Parecía un niño pequeño que no tardaría en echarse a llorar. Se molesto en demasía, pues eso era precisamente lo que deseaba evitar. Sin embargo, cuando Deidara levantó la cabeza observó una sonrisa maliciosa y quizá hasta cierto punto retadora.

—Dije que me quedaría en Akatsuki. No es necesario sentir lástima por mí, hum— le dijo el rubio, entre dientes y luego añadió —Ahora que si es usted el que quiere (por razones personales o yo qué sé), deshacerse de mí, la cosa cambia, hum.

Sasori sonrió, aunque Hiruko nunca podría hacer eso y demostrarle a Deidara su hastió por tan obvia pregunta… o afirmación.

—Eso es lo que quiero. Deshacerme de ti— respondió, sin ningún tipo de tacto. Deidara hizo una especie de mueca dolorida, pero inmediatamente volvió a parecer un niño travieso.

—Comprendo, hum— dijo. Seguidamente hizo una pausa, había pensado quitarse la capa dignamente e irse, pero la idea de que menospreciaban sus habilidades lo fastidiaba todavía más —Lamentablemente, dudo que eso le guste a su líder.

—A mí no me importa lo que el líder piense— contestó Sasori, restándole importancia a Pein —Es cierto que soy un subordinado. Pero tengo mis condiciones y mis derechos también. Aun soy dueño de mi propia vida.

—¿Insinúa que yo no, hum?— bufó molesto el rubio, a punto de coger un poco de arcilla y arrojársela a la cara de la marioneta, aunque supiera que no le dolería en absoluto.

—Ambos sabemos que es así.

—Pues no es verdad, hum— soltó Deidara, malhumorado y ofendido —Puedo hacer lo que desee.

—No quieres estar en Akatsuki, estás aquí a la fuerza. Ni siquiera te atreves a montarte en una de tus figurillas de arcilla y alejarte un poco, ¿ah? A mí me parece que no tienes el control de tu vida. Estás haciendo lo que crees que debes hacer, y un mocoso como tú (además de ser tan niñato que no tiene sentido conservar), no le sirve a la organización.

La mirada iracunda que le lanzó Deidara no pareció inmutarle ni un poco.

—Puedo serle más útil a Akatsuki de lo que la mitad de los ya ingresados, hum— amenazó.

—¡Je!— se burló Sasori —Por favor. Eres solo otro niñato estúpido.

—¡NO ES CIERTO!— gritó Deidara, fuera de sí —¡NO SOY UN IMBÉCIL NI UN MOCOSO! ¡SOY DEIDARA, EL ARTISTA EFÍMERO, HUM!

Las bocas de sus manos por fin mostraron un poco de entusiasmo en todos esos días y emitieron sonidos de aprobación. Una gran sonrisa se extendió por el rostro de Deidara, y sus ojos brillaron con intensidad. Sasori lo observó con impasible actitud, pero con una chispa divertida en su interior. Había algo en aquella mirada que le lanzaba el rubio que habría intimidado a casi cualquiera.

Durante segundos el único sonido que se escuchó fue el de las mujeres que gritaban afuera de la posada llamando a sus hijos, y de los hombres que en la cantina bebían y contaban chistes mientras se atragantaban y reían a carcajadas. Más allá los típicos sonidos del bosque: el movimiento del viento, el crujir de las ramas y un lobo aullando a la luna llena.

—Tú no eres un artista, mocoso— alegó Sasori, con una sonrisa —Porque tus explosiones no son arte. No se puede ser lo que no se práctica realmente.

A pesar de las palabras, lo único que Deidara hizo fue sonreír más.

—Yo también tengo una razón para quedarme en Akatsuki, hum— terció, con una voz casi orgullosa. Sasori se sintió levemente intrigado: —Perfeccionar y mostrar mi arte, a todos, en especial a ti, para que comprendas la verdadera esencia de lo efímero antes de que me inmole a mí mismo… Sasori no danna, hum.

La primera y última vez que había escuchado a Deidara decirle así, Sasori había estado seguro de que lo imaginaba. Pero ahora… Sintió una extraña punzada en el corazón —porque ese tenía que ser el único (y lamentable) órgano de su antiguo cuerpo que tuvo que conservar—, y seguidamente una especie de sensación placentera y a la vez, un poco dolorosa. De pronto…

—Er… Mocoso idiota— susurró Sasori con un tic en el ojo derecho al recordar un detalle importante. Deidara no perdió su sonrisa, pero su rostro expresaba una atención absoluta —¿Qué quieres decir con eso?— entrecerró los ojos, consciente de la espera de Deidara para con él, y encima, el mocoso solamente había puesto cara de no comprender —¿Danna? ¿A caso crees que yo querría ser tu esposo, idiota?

Las facciones de Deidara se convirtieron en una mueca de asco y disgusto.

—¡CÓMO DICE!— gritó, un poco al borde de la histeria —¡YO LE DIJE MAESTRO, DANNA QUIERE DECIR MAESTRO, HUM!

—Y también esposo.

—¡En la aldea de la Roca esposo se dice de otra manera, hum!— gritó Deidara y sonrojado le dio la espalda a Sasori y se sentó con violencia —¡No puedo creer que entendiera tal cosa! ¡Qué palabras usan en Suna! ¡Maldita sea, ya quede como un idiota, hum!

Bueno, que no necesitaba de eso para parecerlo, pensó Sasori con una sonrisa medio divertida y ahogando una carcajada. Al final, la intención pareció contar más que cualquier otro significado y costumbre arraigada por el de Suna, pues danna fue todo lo que Deidara decía en cuanto a ponerle a él un honorifico… De todos modos, no fue como si pudiera cambiarlo por algún otro, pues el rubio estaba acostumbrado a escuchar el significado de danna como maestro y era lo suficientemente terco —o tonto, lo que en opinión de Sasori encajaba más con el perfil— como para no lograr cambiar sus costumbres. Sasori dejó que lo llamara así, porque le daba lo mismo… Sin embargo, nunca dejó de causarle cierta vergüenza y en un futuro no muy lejano, quizá también regocijo.

0*0*0

Dos semanas habían pasado de su conversación sobre que Deidara escapara o no. Sasori seguía sirviéndole las oportunidades en bandeja de plata, pero el rubio siempre las rechazó. El pelirrojo se molestaba cada vez menos con la renuencia de Deidara a irse y se fue acostumbrando a la compañía del rubio, siempre tan cercana a la suya. No es que le estuviera empezando a caer bien, pero dio por sentado que ya nada podría hacer.

En ese mismo entonces, Deidara se fingía el dormido por las noches y para cuando Sasori acordaba, el rubio había desaparecido en las sombras y un rato después —cuando creía haberse librado de él—, lo veía en el cielo, volando en un ave blanca de arcilla, dando vueltas en círculos, riendo y estirando las manos a los lados para disfrutar mucho más del aire que le golpeaba el cuerpo. Seguidamente, Sasori maldecía, fruncía el ceño y se quedaba malhumorado…

Pero nunca pasaba mucho más tiempo refunfuñando sobre el chico como lo hacía admirando cómo volaba por los aires, con una sonrisa de autosuficiencia y felicidad absoluta que a veces incluso le recordaba cómo era construir sus marionetas antaño: cuando ellas representaban sus momentos más alegres, y a él le encantaba hacerlas. Más que un pasatiempo, las marionetas se convirtieron en su vida… Sin embargo, pronto solo fueron hechas de manera tan monótona que resultaba aburrida, y cada una de ellas era solo muestra de la carencia de alegría que Sasori tenía. Se convirtieron en una rutina y perdió sentido seguirles buscando vida a éstas mismas e incluso construirlas.

Pensó en las marionetas de sus padres, y en la importancia que le daba cuando las movía con un solo propósito: Darles el alma de aquellos que partieron, hacer que lo abrazaran y susurrando en su mente las palabras de cariño que tanto ansiaba que le dijeran. Se recordó mirando por la ventana hacia el horizonte, ansioso y solo pendiente de encontrar las figuras de sus padres, para inmediatamente saltar de la cama y correr a sus brazos para estrecharlos y decirles cuánto los había extrañado…Cuánto los quería.

Abría los ojos y se decía que aquel día no llegó jamás. Y que además, no iba a llegar. Pero, pese a todo, alguna parte de él todavía esperaba con ansias y la opresión en su corazón acrecentaba la sensación de soledad inminente.

Si alguien…le hubiera extendido la mano de verdad…Si alguien le hubiera ayudado. Pero era muy tarde, ¿verdad que sí?

Con esos pensamientos volvía la mirada hacia Deidara y lo observaba embelesado por la radiante energía que emitía y que le hacía llegar incluso a pesar de la distancia que los separaba mientras Deidara se alejaba horas en la noche, y luego regresaba, agotado —pero feliz— a recostarse sobre el suelo y dormir, sin reparar en que aún entonces, Sasori lo observaba.

Y pronto, algo empezó a cambiar: Sasori no despertaba a Deidara a la usual hora, y lo dejaba dormir a pierna suelta hasta a veces las diez de la mañana, hora en que el rubio despertaba y (solo de vez en cuando) encontraba ya un poco de fruta arrimada a su lado. Observaba a Sasori dentro de su marioneta con cierta curiosidad e intriga, pero nunca llegó a mencionar nada. El pelirrojo casi siempre amanecía varios metros lejos y aguardaba hasta que Deidara comía una fruta, recogía las otras y caminaba a su lado, para continuar comiendo en el camino.

Cuando se cumplieron casi dos meses de que Deidara entrara a Akatsuki, Sasori había renunciado completamente a la idea de que el rubio fuera a dejar la organización y —con un súbito deseo de hacer mejorar la vida de Deidara— le dijo que era suficiente con volar durante las noches y regresar, que bien podía hacerlo de día. A consecuencia de ese pequeño cambio, Sasori volvió a levantarlo a las cinco o seis de la mañana y nunca llevándole un poco de comida. Pero el rubio nunca se quejo ni dio muestras de inconformidad; Con el permiso del pelirrojo, Deidara no tardó ni un minuto en sacar un poco de arcilla, hacer su jutsu y andar al lomo de ésta, con su sonrisa y una ligera expectación sobre el comportamiento de Sasori.

—Debería de subir conmigo en mis obras de arte, Sasori no danna, hum. Seguramente tardaríamos menos— le aseguro el rubio una mañana, mientras se preparaba para alzar vuelo. Su respuesta fue la usual: silencio y el sonido que hacía Hiruko al arrastrarse (o caminar, Deidara todavía no estaba seguro) por la tierra mientras Sasori lo hacía moverse —Como quiera, hum.

Sasori se daba cuenta de lo benévolo que llegaba a ser con el rubio a veces, y mucho más cuando Deidara demostraba que todavía podía vivir con solo el arte a su lado. No se refería exactamente a que gracias a sus explosiones y sus habilidades, el rubio pudiera atacar y derrotar a sus enemigos, no, Sasori se refería al hecho de que Deidara seguía amando su arte.

Aunque el pelirrojo se sintiera a gusto entre sus creaciones ya no las amaba, poco a poco sentía que les faltaba algo para ser perfectas o al menos dignas —incluyéndose a sí mismo—, pero no lograba atinar el qué.

—¿Alguna vez ha considerado ponerles más color, hum?— sugirió Deidara un día mientras examinaba a Sasori (o más precisamente a la cola de Hiruko) cargando con un cuerpo digno para ser parte de su colección —Sus marionetas serán eternas, pero son demasiado lúgubres.

El rubio se ganó una buena colleja por haber hablado.

—No te tomes demasiadas libertades, mocoso idiota— le dijo entonces, imaginando que de tenerla, su sangre habría estado hirviendo dentro de su cuerpo ante tal desvergonzado comentario por parte de quien se hacía pasar por su alumno.

Durante algunas tardes, cuando el pelirrojo decía que descansarían el rubio se iba a un claro del bosque y practicaba sus jutsus hasta el cansancio y casi siempre sin mejorar demasiado en ellos. Sasori lo observaba dentro de Hiruko, con un creciente interés.

((~~FLASH BACK~~))

Hace poco se habían reunido con Akatsuki en la guarida, y Deidara no había hecho más que echarle riña a Itachi.

¡Eh, Uchiha!— gritó el joven rubio nada más llegar el moreno —¡Quiero enfrentarte, hum!

Sasori se avergonzó de cuántas veces en cuatro días Deidara cayó al suelo: de espaldas, boca abajo, de sentón, en trance por el genjutsu del sharingan, volando por los aires luego de una patada o un puñetazo, chocando contra las paredes de la cueva…En fin, que de muchas maneras. Y luego estaba Itachi, que permanecía tan imperturbable como siempre, sin una sola gota de sudor ni un cabello fuera de lugar.

—Tú nunca podrás derrotarme, Deidara— le decía Itachi con un ligero suspiro exasperado —Te falta odio.

Odio no es lo que le faltaba, pensó Sasori mientras Kakuzu se quejaba de que habían roto quién sabe qué cosa y Kisame se reía a carcajada suelta mientras Itachi daba media vuelta y se iba en silencio, como un fantasma. Hidan se acercó a Deidara, (aquella era la primera vez que Deidara veía en persona al dueto zombi, pero a todas vistas, al rubio Kakuzu le parecía algo indiferente e Hidan era casi tan detestado como Itachi) y le soltó un montón de burlas.

—¡Ja! Eres una nenaza de mierda— le decía. Deidara lo fulminaba con la mirada y sacaba un poco de su arcilla y la preparaba para hacerla explotar. Sasori creía que era un buen desahogo hacer eso, porque, a diferencia de Itachi, Hidan siempre caía —¡MALDITA PIRUJA!

—¡QUE SOY HOMBRE, IMBÉCIL, HUM!

Y otra explosión seguida del grito ahogado de Hidan y (obviamente) sus maldiciones.

Sasori se mantenía quieto, observando a Deidara mientras se iba al bosque y desaparecía durante horas.

—¿No deberías cuidarte que no se vaya?— le preguntó Kisame el cuarto día que lo vio hacer esto —Parece que ahora si se ha cabreado por no poder vencer a Itachi san.

Sasori no tardó en responder:

—Yo no soy su niñera. Además, el mocoso regresará— y con eso, el pelirrojo daba media vuelta y se iba tan tranquilo, como si nada (aparentemente).

—¿Estás seguro?

—Puedes ir a traerlo si eso quieres.

Kisame se reía y negaba con la cabeza antes de irse a burlar de Hidan. Sasori se iba a su taller y salía de Hiruko para trabajar en sus marionetas, con media concentración en ellas y la otra detestando a Itachi. ¿Qué se creía? ¿Qué tener un jutsu de línea sucesoria lo hacía muy especial? El verdadero poder de un shinobi tenía que radicar en la fortaleza que se tenía para aprender y superar las adversidades con solo un entrenamiento duro, determinación, etc.

Esos mismos pensamientos lo acosaron durante esos días en la guarida, pero el cuarto, algo cambió: Estaba arreglando a Hiruko cuando sintió una profunda pena por Deidara, que debía de estar harto de tanto entrenar —porque seguramente eso es lo que hacía cuando salía— para regresar y ver que sus esfuerzos habían sido vanos. Cierto que de ser é —sí, así de jactancioso es el maestro de las marionetas—, ya habría logrado uno que otro progreso, pero… Era Deidara, un niño impetuoso e impulsivo que no pensaba antes de actuar.

Sin embargo, el pensamiento que vino a continuación le tomo desprevenido: La realidad era que, Deidara tenía la capacidad para vencer a Itachi, de eso Sasori estaba seguro. Algo le decía que el rubio era más fuerte el moreno. Tenía que serlo.

Con el ceño fruncido, se metió a Hiruko y salió de su taller y de la cueva. Se adentró a las inmediaciones del bosque que rodeaba la actual guarida y siguió caminando un largo trecho, consciente de las ramas rotas a jaloneos y las ligeras explosiones que le indicarían a donde estaba Deidara. Era una suerte que Deidara se comportara como un berrinchudo a veces, al menos no tardaría en encontrarlo.

No se equivoco. Deidara estaba enfurruñado contra un árbol al que golpeaba repetidamente mientras maldecía y quebraba la corteza. Sasori se percato casi inmediatamente de la sangre de los nudillos y el temblor de dolor que le recorría el brazo a Deidara a cada golpe y aunque éste no quisiera darle la más mínima importancia.

Dejó que sufriera otro rato, sin que pareciera darse cuenta de su presencia. Luego de dos minutos —quizá más o quizá menos—, se harto de esperar y sacó la cola de Hiruko, atrapando las manos del rubio entre el metal e impidiendo que continuara con su masoquismo.

—¡DÉJEME EN PAZ, CARAJO!— gritó Deidara, fuera de sí. Sasori frunció el ceño y considero tirarlo de cabeza con fuerza.

—¡A callar!— le ordeno con firmeza en su lugar y Deidara dejo de forcejear casi inmediatamente y lo miró, encabronado —¿Qué te crees? Andas por ahí golpeando los árboles que no tienen la culpa de tu incompetencia— el rubio le dirigió una mirada iracunda —Yo creía que te salías a entrenar, a meditar o cualquier cosa de ese estilo. No me imagine que vinieras a hacer algo tan burdo como golpear un árbol.

—Bueno, y a usted, ¿qué le importa, hum?— respondió Deidara, tajante.

—Me importa porque haya dentro dicen que es mi culpa que no sepas hacer nada contra ese imbécil de Itachi— respondió Sasori, aunque no era del todo cierto que se lo hubieran dicho, ya había escuchado a Hidan despotricar sobre el tema con Kakuzu y Zetsu (con este último tan a favor como para argumentar, y con el primero lo suficiente como para que alegara que era culpa de la incompetencia de Sasori como maestro que se gastara tanto dinero en reposiciones) —"Como si no supiera controlar a un mocoso"— Sasori imitó la voz ronca de Zetsu que salió a la perfección gracias a Hiruko —Todos parecen creer que tengo la obligación de educarte (y aunque eso es una completa sandez), ya no me queda de otra si quiero que dejen de molestar. Y a ver, ahora dime que no me importa.

La cola de Hiruko soltó a Deidara y éste cayó al suelo de sentón, acompañado con un estrepitoso sonido.

—Para empezar— continuo Sasori ignorando el murmullo dolorido del rubio —No puedes hacer nada contra Itachi si tus ojos no saben distinguir su genjutsu. Y si te lanzas nada más a lo estúpido, jamás lograras nada.

Deidara apretó los puños con frustración. Sasori hubiera querido azotarle un golpe, pero se dijo que no quería dejarlo (y no lo necesitaba) más tonto que ahora.

—Te diré qué, mocoso— añadió Sasori y el rubio levantó la mirada para encontrarse con los ojos fríos de Hiruko, la sensación de todas las muertes que emanaban de esa figura hizo que se estremeciera levemente, aun sabiendo que el verdadero asesino estaba escondido y que parecía un ángel (¿estaba pensando qué?), sus cavilaciones se vieron interrumpidas por el maestro de las marionetas —Hay algo que tú tienes y que Itachi no.

—¿A sí?— preguntó Deidara, curioso por saber —¿Qué?

—Un grado de estupidez tan enorme que te vuelve agresivo y tenaz.

Silencio. Deidara sufrió de un tic en el ojo y una gota de sudor le recorrió la nuca. Apretó los puños y sonrió de lado, más por el fuerte tirón del tic que por cualquier otra cosa.

—¿Se supone que eso es un cumplido, hum?— preguntó Deidara con un murmullo, y agregó para sus adentros —"Porque si es así, mejor debió de quedarse callado"

—No del todo— admitió Sasori —Pero… sí en parte— ante aquella confesión el tic en Deidara desapareció y el rubio miró al mayor con atención e intriga —Verás. Itachi está realmente confiado a que su sharingan podrá salvarlo de todo, y eso es cierto, hasta que tú no sepas como desmentir esa ilusión, el Uchiha te seguirá pateando el trasero.

—Y eso tiene que ver con mi grado de estupidez, y su medio cumplido, porqueee— dijo Deidara arrastrando la última letra para que el pelirrojo le diera seguimiento.

—Porque puede formarte la perseverancia de un sabio y la determinación para lograr cualquier cosa, obviamente.

—¿Incluyendo eludir el sharingan, hum?

Hiruko le soltó un golpe con su cola en la cabeza.

—¡Eso quiere decir cualquier cosa, mocoso idiota!— regañó Sasori mientras el rubio maldecía en silencio y se sobaba la punzante y adolorida zona. Sasori hizo una pausa y el rubio escucho claramente el suspiro exasperado de su maestro —Yo me ocupare de enseñarte como se hace eso… Con tal de que no vayas a lanzarte como estúpido nuevamente a la primera y, en vez de eso esperes el momento indicado y culminante del entrenamiento.

Los ojos de Deidara parecieron brillar de alegría.

—¿En serio? ¿Usted me enseñará, hum?

Otro golpe.

—¡Duele! — volvió a gritar Deidara, aguantan las lágrimas que querían salir de sus ojos.

—No actúes como si tuvieras cuatro años, mocoso. Acabo de decirte que lo haré.

Deidara se quedo callado, y durante toda la noche escucho la teoría que Sasori le explico. Aunque eso le desesperaba, sabía que Sasori tenía razón.

Y en el momento oportuno, Itachi Uchiha sería vencido por fin, pensó Deidara con una sonrisa de autosuficiencia.

((~~FIN DEL FLASH BACK~~))

Sasori hizo que Hiruko se acercara a donde Deidara parecía meditar.

—Mocoso— le llamó. Deidara alzo la mirada y recibió un golpe en la cabeza con la ya familiar cola de metal.

—¡Au! ¿¡Eso por qué ha sido, hum!— refunfuñó Deidara.

—No te debes de permitir ninguna distracción en la meditación, o eso significa que no lo estás haciendo bien.

El rubio hizo un puchero.

—Ya lo sé, hum.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

—Es muy difícil. Y la verdad no sé cuando me golpeará por "ignorarlo" o por hacerle caso.

—No te golpearía si hicieras bien las cosas.

—Ya lo sé, hum.

—Te golpearé nuevamente si vuelves a decir esa tontería. Si lo sabes no lo digas, hazlo.

—Ya lo…— se interrumpió cuando vio que la cola de Hiruko era proyectada hacia su cabeza, y dio un hábil salto hacia atrás.

Sasori volvió a lanzar la cola, intentando darle. Deidara esquivo uno que iba directo a su cuello, otro a su estomago, uno a su pie, pero en el cuarto movimiento, la cola de Hiruko no pareció regresarse y volver a intentarlo, sino que pareció que su dirección siempre había sido fingir que iba al pie izquierdo y subir de repente hacia la mano derecha. La cola se le ciñó a la muñeca y, segundos después, Deidara se vio proyectado contra un árbol, pero antes de que pudiera golpearse concentro su chacra en las piernas y se esforzó en dar una especie de giro —aun sujetado por la cola de Hiruko— y caer con los pies apoyados en el tronco y no en un doloroso golpe en la espalda. Sasori le retorció la muñeca y Deidara, con un grito ahogado, se dejo caer al suelo. La cola de Hiruko lo soltó y mientras el rubio disfrutaba de un poco de libertad y se giraba boca arriba advirtió como la punta de Hiruko se dirigía hacia él…Y se clavaba en su cuello, hundiéndose y sacándole una expresión aterrada. La cola de Hiruko atravesó el cuello de Deidara y se clavó en el pasto.

El marionetista permaneció en silencio. Luego, retrajo la cola y la lanzo hacia arriba, donde golpeo a alguien y lo lanzo hacia el suelo, clavando la punta del metal en la capa negra del otro individuo.

—Ese fue un buen intento, mocoso— dijo Sasori, mientras Deidara se removía de un lado a otro, rasgando la capa y soltándose de la cola de Hiruko —Un clon de arcilla. Me sorprende que no lo hayas pensado nunca antes, cuando te golpeaba.

El Deidara que yacía inerte, al cual la cola de Hiruko había atravesado, se volvía blanco y se desparramaba sobre el pasto como la arcilla moldeada que, efectivamente, era.

—Intuía que se trataba de una especie de prueba, hum— terció Deidara, desilusionado de lo poco que se había acercado al pelirrojo.

—Pues, fue un intento un poco malo, pero a final de cuentas, lograste el objetivo: Eludir un ataque. Sin embargo, debes dejar de resultar obvio. Si para mí ha resultado fácil, para el sharingan será como echarse una siesta.

El rubio se mostro todavía más enojado consigo mismo.

—Descansa— le ordeno Sasori. Deidara se sentó. La última vez que se había negado y había empezado a hacer alusiones de que podría seguir entrenando durante días, Sasori le había golpeado (qué sorpresa, pensó sarcásticamente).

La noche comenzó a caer, y la luna y las estrellas empezaron a aparecer. Deidara admitió lo cansado que estaba y se tiro en el suelo, haciendo un tache con sus extremidades. Hiruko que sedo tan inmóvil, que por un momento Deidara creyó que Sasori saldría y lo volvería a ver en persona, sin embargo esa no parecía ser la intención del mayor, ni por asomo.

Casi dos meses desde la última vez que se encontró con el verdadero Sasori. A veces, el rostro del pelirrojo aparecía tan claro en su mente, y otras, tan difuso que se preguntaba si no había sido invento suyo.

Fijo su vista en el cielo y entonces se percató. La luna llena estaba de un color rojizo, no como el queso, sino como si alguien hubiera puesto un papel rojo gigante delante de ella. Abrió los ojos y la boca desmesuradamente y se enderezó.

—La…La…— tartamudeo. Sasori pareció querer golpearlo —La luna está…

—¿Roja? ¿O tú la vez azul?— se "burló" el pelirrojo —Sí, lo está.

Deidara nunca la había visto así. Se quedo realmente embelesado por la belleza que adquiría incluso con un color tan sangriento. Miró entonces a Sasori, esperando que el pelirrojo le pudiera dar alguna especie de explicación. Al ver que Sasori no parecía advertir su mirada, el rubio se aclaro la garganta. Aunque Hiruko no giro la cabeza, supo que Sasori lo escuchaba.

—¿Usted sabe por qué pasa eso, hum?

—Obras de la naturaleza, supongo— contestó Sasori, con ligereza —Quizá esa es su forma de decir que también ella puede hacer arte.

—¿Arte?

El silencio cayó profundo sobre ambos mientras se sumían en sus pensamientos. De repente, uno de ellos lo interrumpió, pero al otro le sorprendió de sobremanera el cómo se deshizo de éste.

—Cuando era pequeño…— dijo Sasori y en la voz grave y ronca de Hiruko, aquel tono melancólico y triste fue un poco más escalofriante de lo que usualmente era la voz de Sasori cuando hablaba de entrenar, arte o cosas así —Cuando tenía seis años mi madre me contaba muchas historias, que a su vez, Chiyo (mi abuela) le había contado para que lo hiciera conmigo— hizo una pausa. Deidara apretó los labios en una fina línea. De vez en cuando, su maestro tendía a pensar en voz alta, y esta, parecía una de esas ocasiones —La luna roja también tenía un cuento— otra pausa —¿Lo conoces, mocoso?

Deidara se sorprendió de que Sasori estuviera realmente consciente de que le hablaba de esas cosas. Negó con la cabeza una sola vez y tímidamente, luego se preguntó si Sasori se habría dado cuenta, pues al estar encerrado en Hiruko quizá no pudiera verlo…Sin embargo, el marionetista siempre parecía consciente de lo que sucedía a su alrededor, y eso no fue la excepción.

—¿En serio jamás te la contaron?— preguntó Sasori, con un tono incrédulo —¿A caso tus padres no eran partidarios de contarte cuentos para dormir?

—Mi mamá era muda, hum— respondió Deidara, entre dientes.

Una pausa. El "era" en aquella oración le hizo saber a Sasori que el rubio había perdido ya a su mamá —y sorprendentemente, también logró saber que había sido porque ella murió y no porque Akatsuki o el arte lo hubiera separado de ella—, y al no mencionar a su padre supuso enseguida que habría muerto antes de conocerlo… O los había abandonado.

—Ah. Ya veo— respondió Sasori, al parecer indiferente, pero sintiendo en el interior comprensión e incluso lástima —¿Quieres oírla?

El rubio frunció el ceño. No se había imaginado a Sasori diciendo esas palabras, pero igual se encogió de hombros y se recostó. Miró la luna y espero a que el mayor continuara.

El cielo era estrellado y la luna estaba llena cuando un hombre caminaba en lo profundo del bosque. Sus piernas temblaban y sentía el corazón en la garganta, latiendo con la fuerza de los tambores y provocándole incontrolables estremecimientos. Su rostro estaba cubierto por la capucha de una túnica que llegaba hasta el suelo, pero a través de la luna —y si realmente quisiese alguien hacerlo— se podrían apreciar la piel llena de quemaduras o los grandes ojos verdes de un color pantanoso. Miraba de un lado a otro, y sostenía con firmeza el cuchillo atado en el cinto.

"El viento gélido le arrancaba más fuerzas de las pocas que ya tenía y en sus ojos era latente el miedo.

"Fue entonces que escucho aquello que estaba buscando: Un hermoso canto traído por las copas de los árboles que se mecían de un lado a otro. Era, claramente, la voz de una mujer y precisamente la que buscaba.

"Hace un par de meses, la noticia de que un fantasma habitaba el bosque se había dado a conocer. Se trataba, según los aldeanos, de un espíritu maligno que deseaba arrastrarlos a las profundidades del bosque para ahí poder consumir sus almas. Pero decían que había una condición, pues la mujer solamente atraía a aquellos que eran hermosos o bien parecidos, ya fueran hombres o mujeres.

"Entonces, quedaría claro que el hombre —tan malformado como quedo después de que se incendiara su hogar cuando pequeño—, había sido enviado por el líder de la aldea a encontrar al supuesto ente.

" '¿Cómo podría eliminarlo con un cuchillo si es un fantasma?' preguntó el mal aventurado al líder de su pueblo.

" 'Fácil' le había respondido éste, volviendo a extender el cuchillo y cogiendo la mano del otro, para obligarle a ceñir sus dedos alrededor del mango 'La sacerdotisa de la aldea ha hecho algunos encantamientos y dice que servirá para expurgar al espíritu. Oh, Kohaku. Espero que entiendas perfectamente la importancia de ésta misión. Tú (y nadie más), eres el único que puede salvarnos a todos nosotros'.

"Mientras subía la empinada colina que le llevaría a las afueras del territorio que siempre conoció, Kohaku se preguntó el por qué los hombres seguían el canto si sabían que no debían. Pero ahora, mientras una letra apacible se abría paso entre las tinieblas, Kohaku lo comprendió. Era imposible parar sus pasos, pues se había quedado en una especie de trance que impedía pensar con claridad. El pánico empezó a apoderarse de él, pero un pensamiento lo alivio: 'La señorita solo busca presas bellas, ¿y yo qué tengo de eso? Mi cara no puede ver un espejo sin que ese cristal se rompa, así que… ¿A qué temo?'

"Una vez pensado eso, el corazón comenzó a tranquilizársele, y sus latidos ya no fueron tan dolorosos dentro del pecho. Con su paso lento siguió andando durante parte de la noche, y cuando la luna estaba en su punto más alto —sirviéndole también como una clara lámpara—, Kohaku encontró un claro.

"El canto fue entonces más fuerte, y Kohaku se encontró admirando a una figura sentada sobre una roca. Se trataba de una mujer de largos cabellos negros como el ébano que trenzaba con aparente concentración, y eso, él lo sabía incluso aunque ella le daba la espalda. La piel que podía ver a través de la suave tela —casi transparente— era tan blanca como la nieve y a la luz de la luna, parecía emitir un brillo celestial, como si fuese un ángel.

"Su respiración se detuvo mientras la mujer se volteaba de perfil y podía ver una fina nariz pequeña, y unos ojos de color grises cubiertos por unas largas pestañas negras, la ceja estaba muy bien delineada, y tanto las mejillas como los carnosos labios resaltaban con un ligero tono carmesí.

"Sin duda, era la criatura más bella que Kohaku jamás vio en su vida.

"Kohaku entendió entonces que no podría ser capaz de asesinarla y se tiro de rodillas a sollozar en silencio su desgracia. ¿Cómo podría contarle a su jefe que, para lo único que le había encontrado utilidad después de tantos años, no podía hacerlo? Kohaku siempre había querido ser aceptado por la aldea, pero sus rasgos horribles jamás se lo permitieron. Siempre busco una oportunidad, y ahora que la tenía entre las manos, como el cuchillo que brillaba bajó la luna, sería incapaz de tomarla y llevarla a cabo.

"Pero aquella criatura —fantasma, ángel, demonio o lo que fuera—, no le inspiraba el mismo miedo que a los demás, incluso antes de verla. Así que, decidió alejarse de ahí.

"Cuando se estaba parando, hizo crujir una rama y entonces, la mujer giro la cabeza violentamente. No parecía sentirse amenazada, sino que, simplemente parecía haberse sorprendido. Kohaku temió que ella le viera y la idea de que ella podría comérselo le inundo de pánico el corazón. Sin embargo, la mirada de ella era compasiva y tierna, se puso de pie y extendió las manos hacia Kohaku, sonriendo y esperando que él fuera a donde se le invitaba con la mirada.

"Kohaku retrocedió negando con la cabeza, un poco asustado. Pero ella no se movió, y simplemente bajó los brazos. Kohaku estaba a punto de irse mientras intentaba encontrar palabras para disculparse, cuando observó que la mujer buscaba algo con la mirada sobre el pasto, y se percato de cómo sus rasgos se suavizaron mientras se agachaba y recogía una flor roja como la sangre y seguidamente, se la extendía a él.

" '¿Qué haces?´' preguntó Kohaku con un hilo de voz, al ver que ella le extendía todavía más la flor.

" 'Quiero regalártela' le contestó ella con una voz dulce.

" '¿A mí? ¿Por qué querrías hacer semejante cosa?'

" 'Porque eres muy bello'.

"Por supuesto que al principio, Kohaku no hizo otra cosa más que ofenderse. Y el coraje de aquellas palabras, le hicieron sujetar con firmeza el cuchillo y salir al encuentro de la mujer. Se sorprendió al verse agarrando los finos cabellos de ella y echándole la cabeza hacia atrás. Ella no soltó ningún grito cuando le puso el cuchillo en la garganta, peligrosamente dispuesto a matarla. Sin embargo, algo le sorprendió de sobremanera. ¿No se supone que a los espíritus, la mano humana no los puede tocar?

"Aquello hizo que se detuviera, y se mantuviera observando a la joven con los ojos encendidos entre la ira y la confusión. Ella no había hecho más que soltar la flor y dejarla caer al pasto, mirándole con unos ojos grises anegados en lágrimas, más sin embargo, ninguna cayó al suelo ni rodo por esas mejillas delicadas.

"Kohaku suspiro y reacciono. Soltó inmediatamente a la joven y se alejo de ella, soltando el cuchillo.

" 'Lo siento. Lo siento' murmuró una y otra vez, jalando sus cabellos en gesto desesperado y poco elegante, como todo lo que solía hacer él. Durante unos minutos sufrió ante la mirada de aquella criatura tan sublime y realmente se sorprendió cuando ella le cogió de las manos y las atrajo hacia sus labios.

" 'No tienes por qué disculparte, Kohaku' le dijo ella con una voz amable y llena de amor 'Te he esperado durante mucho tiempo, y no me ha importado ese arranque pequeño de furia. Mejor aún, me has demostrado que tengo que enseñarte mucho más de lo que esperaba. Ven conmigo por favor. No te haré daño'.

"Kohaku se dejo hacer y ella lo llevó a lo más profundo del bosque, donde entraron a una cueva y le preparo un poco de té con unas hierbas aromáticas y extrañas. Kohaku se relajo al instante, y antes de poder decir nada se quedo sumido en un profundo letargo oscuro, sin sueños.

"Al despertar, creyó que la noche no había terminado, sin embargo, era ya la tercera que pasaba en la cueva. Se levantó, sintiéndose pesado y extremadamente cansado. Se dio cuenta de que estaba en una cama hecha de hojas de árboles y sorprendentemente cómoda. A su lado, con una sonrisa y un paño frío, estaba la mujer, cuidándolo.

"Él le explicó con detenimiento qué misión había tenido y también que no estaba dispuesto a cumplirla. Y ella le contestó con sinceridad que cuando cantaba, lo hacía para que él la escuchara, pero que siempre venían otros hombres y mujeres que no le interesaban, y que se iba de regreso a su cueva. Le explico también que no sabía sobre los decesos de aquellos que la siguieron, y dijo que seguramente se habían perdido, pues el bosque era demasiado grande y peligroso para aquellos que no lo conocían. Kohaku, aun con reservas, decidió creerle aquello último, pero tenía una duda: '¿Por qué me esperabas a mí'?

" 'Te esperaba porque el corazón del hombre ya está muy corrompido por la vanidad y la hipocresía, solo tienen lugar para la avaricia y la envidia. Pero tú, que careces de la oportunidad de cualquier cosa, me pareces una persona muy buena, y quiero hacerte mi amigo. Yo siempre estoy muy sola, y no tengo otra compañía que el de los animales. Así que dime, Kohaku, ¿te gustaría vivir conmigo?'

"La idea le hizo volver a temer, en especial porque aún no podía —o quizá no quería— preguntarle cómo sabía su nombre y le dijo que lo pensaría.

"Hablaron sobre muchas cosas, como si ambos fuesen conocidos de toda la vida. Al final el temor que Kohaku sentía por encontrarse con el líder de su aldea, y encima la comodidad con que podía platicar con la mujer, hicieron que a los dos días accediera a quedarse con ella.

"Pasaron los días, y luego los meses, hasta que por fin, Kohaku se dio cuenta de que estaba enamorado de esa mujer.

"Ella no tenía nombre, y la conocía y llamaba por 'Señorita del Viento', pues a él siempre le pareció que se movía con la elegancia y ligereza que lo hacía el viento durante las noches, mientras movía las copas de los árboles. Además, cuando ella llegaba a acariciarle el cabello o el rostro, Kohaku sentía como si fuera una brisa fresca que le recorriera el cuerpo y que pronto despertó descargas eléctricas que subían desde la punta de la cabeza a la de los pies.

"En otro momento, la llamaría Sirena, Hada o Luna, intentando que ella mostrara cuál de todos le gustaba más y poder nombrarla así para siempre. Pero ella nunca dio señales de desear otro nombre que no le pusiera Kohaku, incluso aunque terminará diciéndole de mil maneras.

"Vivieron en paz durante mucho tiempo, siempre como amigos aunque en sus corazones desearan algo más. Ya se venían los años de la primera guerra ninja, cuando de repente, la aldea donde Kohaku había vivido empezó a expandirse y un día determinado, por fin llegaron a cuestas de la cueva.

"Los árboles fueron quemados y los animales cazados. Luna —como Kohaku termino decidiéndole por nombre— estaba realmente enojada y triste y siempre salía a llorarle a los bosques y luego a esconderse en la cueva junto con Kohaku, que le rogaba a Luna irse de ahí.

" 'Pero, ¿cómo quieres que deje todo donde he vivido? Es mi hogar y yo lo amo más que a mi vida misma' le respondía siempre entre sollozos amargos. Kohaku, harto de esto, decidió ir a encontrarse con el líder de su aldea.

" 'Descuida, Luna. Me haré cargo de salvar tu hogar'.

"Ella lo miró con una tenue sonrisa. 'Kohaku, ¿no entiendes todavía aún, que este también es tu hogar. Siempre lo ha sido y siempre lo será' después de aquellas palabras, una sombra de miedo se formo en el rostro de Luna y cogió a Kohaku de la mano 'No me dejes. No vayas, no quiero perderte'.

"Kohaku se sorprendió, pero se sintió inmensamente feliz. Se agachó y tomando valor de no sabía dónde, le acaricio la mejilla. Sabía que si intentaba detener a los aldeanos probablemente moriría, pero eso no le importaba. Levantó la cabeza de Luna, y la besó en los labios.

"Se fue poco tiempo después, diciéndole a Luna que la amaba y que regresaría. Pero, que sino lo hacía, ella debería de resignarse e irse, antes de que cualquier cosa le pasara.

"Kohaku se encontró con el líder e intentó hablarle sobre lo absurdo que era —y lo importante que sería sino lo hacía—, destruir el bosque. El líder se rió en su cara, lo insulto y llamo cobarde. Que debía de haber muerto, y que, de todos modos, aquello podía solucionarse.

"Mandó llamar a sus hombres y estos apresaron a Kohaku —quien aunque lucho valientemente, estaba en clara desventaja—, y les dijo que lo llevaran a los postes de tortura, donde lo amarraron por las muñecas y lo dejaron de rodillas, para que el sol de las mañanas le insolara.

"Pasaron días, y Kohaku se sentía cada vez más débil. Veía cómo los aldeanos seguían moviéndose y talando árboles, y deseo que Luna ya estuviera lejos de ahí.

"Cuando se cumplía la primera semana, a la luz de la luna y con la boca seca y las fuerzas flanqueando al máximo, Kohaku supo que moriría. Se resigno a ello y sonrió amargamente. Entonces, el viento trajó consigo el canto de Luna, y Kohaku se sintió desesperado al ver enfrente de él la menuda figura de la mujer que amaba. Luna llevaba un chal envolviendo su cuerpo y un cuchillo, aquellos mismos que él llevaba el primer día que la conoció. Cortó las sogas y lo liberó, pero Kohaku estaba ya muy débil y simplemente se desplomo sobre el suelo. Luna lo atrajo a su cuerpo y lo abrazo.

" 'Te pedí que te fueras. Me prometiste que lo harías' le dijo Kohaku con la voz débil, muy en el fondo agradecido por poder verla una vez más. Representaba un consuelo, ante la inminente muerte.

" 'Kohaku, hice lo que me pediste, pero no podía dejarte aquí. No así'

"Luna hizo lo posible por cargar a Kohaku y llevárselo lejos, ahora que todos los hombres de la aldea dormían, pero él no daba señales de poder pararse y al final la desesperación entro en ella.

" 'Tienes que ayudarme, Kohaku. No puedo cargar con todo tu peso yo sola'.

" 'Debes dejarme aquí' respondió él con una media sonrisa.

" '¿De qué hablas? Por supuesto que no haré eso.

" 'Sí, lo harás. O nos mataran a los dos, por favor, Luna… Tienes que irte. Debes hacerlo porque te amo, y no quiero que te hagan daño'.

" 'Si me dejas marcharme sola, serás tú el que me haga daño, Kohaku' insistió ella, con lágrimas corriendo por sus mejillas, tan cristalinas que a la luz de la luna llena, parecían estrellas.

"Kohaku le pasó una mano sobre el rostro, en una leve caricia. Se disculpo porque no había podido ayudarla a salvar su hogar, y también por tener que dejarla.

" 'Pero en algún lugar nos encontraremos, ¿verdad?' le dijo, con sus últimas fuerzas 'Mientras te haya visto esta última vez… Puedo estar en paz. Te…'

"Aquello último no logró terminarlo, y fue lo último que dijo. Su mano cayó a su costado y Luna, que vio morir a su amado frente a sus ojos y sin poder hacer nada, sintió la ira cubriendo su ser. Gritó tan fuerte que todos los aldeanos despertaron y corrieron a su encuentro.

"Alguna vez, Kohaku le preguntó a Luna si realmente era un fantasma o un ángel, puesto que ella no envejeció ningún día. Ella nunca quiso contestarle.

"El líder de la aldea se puso frente, y miró la trágica escena sin sentir tantita pena. Luna, que lo observaba con los ojos completamente negros, sin rastro del iris ni de la pupila, eran simplemente, dos abismos que refulgían con un color morado a través de las orillas. Los cabellos de Luna se mecían de un lado a otro y el viento aullaba con fuerza. El líder —igual que muchos hombres— hizo un intento de clavarle kunais y espadas pero estas se veían desviadas y salían volando de sus manos sin siquiera llegar a diez centímetros de su blanco.

"Hubo gritos, sangre y muerte. Para cuando la luna cruzaba su punto culminante, Luna estaba recostada sobre Kohaku, rodeada de miles de cuerpos sin vida, y susurrando cosas al oído del único cadáver que le importaba.

"Y entonces, el cuerpo de Kohaku empezó a brillar con un resplandor rojizo y se fue haciendo más pequeño, más delgado hasta convertirse en una flor. Luna la tomo entre sus dedos y se adentro al bosque casi muerto.

"Un par de noches más tarde, cuando el atardecer hacía cruzar sus últimos rayos de sol a través de las montañas, un niño cruzaba junto a sus padres el bosque. Los tres eran viajeros y querían escapar de la guerra, que ya daba sus inicios, y dieron con un claro. Ahí había una mujer muy hermosa, que cantaba una triste canción a los pétalos de una flor rojiza.

"Los tres se quedaron embelesados por aquella extraña imagen, y se sorprendieron todavía más cuando la mujer pareció desvanecerse en el viento, y una ráfaga de éste empujaba la flor hacia arriba, más, más aún, hasta que se perdió de vista en la noche.

"Permanecieron quietos y asombrados. Y, justo cuando no podían asombrarse más, hubo en la oscuridad un destello rojizo en el cielo. Levantaron las cabezas, y observaron como la luna se había puesto completamente roja.

"Cuando la luna volvió a la normalidad —el blanco consumiendo graciosamente al rojo—, los tres se adentraron al claro. El niño, se percató de un cuaderno y lo recogió, se lo enseño a sus padres: El padre lo abrió y comenzó a leer en voz alta la historia de Luna y Kohaku… Al final de las hojas solo había unas palabras que intrigaron a él y a su familia: 'Todos necesitan a alguien. Yo te necesitaba a ti… Por eso he plantado flores rojas en la luna y muy pronto te llevaré ahí… El día que tu despiertes estaré a tu lado como la primera vez que lo hiciste en mis manos, y en ese momento de tan frágil y efímera felicidad, y para que todos sepan la desgracia y el amor en nuestra historia: la luna, se tornara roja'."

Deidara se quedo quieto durante mucho tiempo, observando cómo efectivamente, la luna dejaba de ser roja y conforme avanzaba el tiempo y la posición, se convertía en la misma luna blanca de siempre, aburrida, se atrevería a decir ahora que la había visto de aquel color tan inusual.

—¿Y ese es el fin, hum?— preguntó Deidara, con el ceño fruncido. Todavía a pesar de todo, no se creía que Sasori hubiese recordado historia más cursi —¿Así nada más? ¡Yo creía que se trataría de un guerrero y de una batalla tan cruenta que la luna lloro sangre, hum!— hizo una pausa y suspiro —¿Una historia de amor? Eso no mola mucho, hum.

Sasori nunca había salido de Hiruko mientras contaba la historia, y la marioneta claro que se mantenía impasible y quieta, en su lugar. En la voz de Hiruko, la historia había tenido un toque tenebroso y más lúgubre, pero a Deidara le inquietaba pensar siquiera en una luna roja creada por amor.

—Quizá es solo que tú estás demasiado mocoso para entender esa clase de cosas— se limitó a decir Sasori, con un tono de burla. Antes de que Deidara pudiera replicar, el marionetista hizo girar a Hiruko y avanzó hacia donde se quedarían por la noche.

Deidara parpadeo rápidamente, se puso de pie —con la cabeza aún un poco dolorida— y corrió al lado de Sasori.

—¿Usted alguna vez se ha enamorado, hum?— preguntó Deidara, intrigado. Se preparo mentalmente y anticipó el golpe que le querría dar el marionetista con la cola de su marioneta, pero nuevamente se vio sorprendido al encontrarse con que Sasori no lo golpeó (resultaba también algo raro que por cosas sin sentido si lo hiciera, y, para cuando él estaba preparado… nada) —Ahm… —añadió ante el silencio en que se sumió Sasori, y encima, ante el abrupto paro de movimientos por parte de Hiruko —¿Sasori no danna?

—No digas sandeces, mocoso— contestó Sasori por fin y continúo con sus movimientos —A menos que quieras que te golpee de nuevo, y que, esta vez, si tenga toda la intención de matarte.

Deidara sufrió de un escalofrío y sacudió la cabeza.

—Lo siento, solo me dio curiosidad, hum— agregó Deidara y para aliviar la tensión de su error, agregó con cierto nerviosismo —Seguro que un artista de su calibre nunca ha tenido tiempo para pensar en esas estupideces, ¿verdad? Por eso es que logro su objetivo, hum.

Sasori no le contestó y se limito a detenerse contra un árbol, ya cerca de un claro. La marioneta se mantuvo observando a Deidara, como siempre, mientras el rubio se recostaba en el pasto y bostezaba, cansado.

—Bueno, de todos modos, ha sido interesante ver así la luna, hum— dijo mientras se acomodaba y bostezaba todavía más —¿Sasori danna?.

El pelirrojo no habló, pero a Deidara le daba igual si contestaba o no, sabía que lo escuchaba —vete a saber por qué, ya que lo natural sería que lo ignorara completamente—, así que sonrió antes de cerrar los ojos.

—Sasori danna, gracias por contarme ese cuento, hum.

Y se quedo dormido.

Dentro de Hiruko, Sasori miraba hacia Deidara con aire un poco irritado.

—Che. Este mocoso habla mucho, y durara poco— murmuro. Algo en el fondo, muy, muy, pero muy en el fondo, comenzó a desear que no fuera así.

Sasori soltó interiormente una maldición. Ya empezaba a encariñarse con el mocoso.

TO BE CONTINUED.

Esto, ahm... bueno, ya saben. Gracias por leer, tener paciencia y dejar review owoUU