Qué hay, people? Vale, sé que mi anterior capitulo no ha estado muy bien, quiero decir, es el primero que hago y… bueno, no me resultó muy fácil. Espero hacerlo mejor con éste. No me seáis muy duros con las criticas ¿vale? Solo soy una aspirante a escritora más ;)

Explicaciones

- Te lo explicaremos de camino, no podemos quedarnos mucho tiempo aquí, sería peligroso- me explicó Thalia.

- ¿Cómo que peligroso?- pregunté. Lo cierto es que estaba empezando a ponerme un poco nerviosa. ¿De qué diablos iba todo esto?

Entonces vi una furgoneta aparcada en el bordillo de la acera y, delante de ella…

- ¡Hostia!- fue mi inteligente comentario. Porque, delante de la furgoneta, con los brazos cruzados, había un hombre fornido y alto que me miraba fijamente con sus ojos azules. Y cuando digo ojos en plural, no me refiero precisamente a dos ojos. El hombre tenía ojos esparcidos por todo el cuerpo, en los brazos, en las manos… Yo no podía reaccionar, estaba alucinando ¿no?

- Ángela, te presento a Argos- me dijo Percy con el amago de una sonrisa.

- ¡¿Te estás riendo de mí?!- le espeté histérica- Yo estoy flipando en colores y ¡¿tú te estas riendo de mí?!

El chico estalló en carcajadas. Miré a Argos, que me guiñó el ojo de su frente, y me sentí algo mareada.

- Ángela, ¿estás bien?- me preguntó Thalia, preocupada. Percy seguía riéndose, a lo que ella le contestó dándole una sonora colleja.

- Venga, vamos a la furgoneta, sesos de alga. Será mejor que nos movamos antes de que empiecen a venir los monstruos.

Percy hizo amago de sentarse en el asiento del co-conductor, pero Thalia carraspeó y un trueno resonó a lo lejos. Inmediatamente, Percy se fue a sentar en los asientos de atrás conmigo.

- Vale, estoy flipando un poquito con este tío- dije refiriéndome a Argos, que ahora conducía tranquilamente la furgoneta (seguro que no le hacen falta retrovisores)

- Verás, sé que todo esto será muy difícil de aceptar- comenzó Percy, serio-. Pero te acostumbrarás pronto. Ángela, tu eres una semid…

No pudo terminar la frase, ya que algo golpeó fuertemente contra escapó de la furgoneta haciendo que está frenase bruscamente lanzándonos a todos hacia delante.

- ¡Mierda!- gritó Thalia- Ya decía yo que esto estaba siendo demasiado tranquilo.

Otro golpe sacudió la furgoneta y los cuatro salimos del vehiculo torpemente antes de que este fuera completamente carbonizado. Entonces por el rabillo del ojo vi una sombra del tamaño de un caballo. Me giré y…

- ¡Una quimera!- gritó Thalia. El monstruo podría haber pasado perfectamente por una cabra… de no ser porque de la columna le salía una cabeza de león y tenía una enorme serpiente como cola. Todo esto debe de ser una alucinación, pensé, debo de estar soñando y en cualquier momento me despertaré y todo será un estúpido sueño del que podré reírme.

- ¡Thalia, protege a Ángela! Yo os cubro- gritó Percy. Yo estaba preguntándome cómo iba Percy a luchar contra esa cosa… ¿Quimera? Cuando el chico metió la mano en su bolsillo y sacó… un bolígrafo. Tenía ganas de reírme, y lo hubiera hecho, de no ser porque en ese momento Percy destapó el bolígrafo y este creció rápidamente hasta convertirse en una reluciente espada.

- ¡¿Cómo ha hecho eso?!- exclamé histérica- Santo Dios, debo de estar loca. ¡Dime que estoy soñando!

- ¡Te prometo que tendrás tu explicación! Pero ahora mismo debo ayudar a Percy, tú quédate aquí con Argos.

Dicho eso, Thalia salió corriendo hacia el monstruo. Antes siquiera de saber de dónde había salido, la chica ya tenía un arco en la mano y disparaba flechas plateadas a la quimera, cosa que la volvía más lenta, pero no la mataba. Percy blandía su espada y no paraba de dar mandobles y esquivar los ataques del monstruo. Entonces, de la boca del león salió una gigantesca llamarada que por poco le da de lleno a Thalia. Ambos chicos siguieron luchando y esquivando llamas cuando, de repente, Percy saltó encima del lomo de la quimera y le cortó la cabeza a la serpiente que tenía por cola, entonces le clavó fuertemente la espada en la columna y el monstruo explotó en una nube de humo. Percy aterrizó en el suelo perfectamente de pie y él y Thalia vinieron corriendo hacia mí.

- Llamaré a Blackjack- dijo Percy-. Será mejor que traiga a varios amigos.

Acto seguido Percy cerró brevemente los ojos y al abrirlos se llevó los dedos a la boca y silbó al cielo. Yo no entendía qué estaba pasando, un tipo con miles de ojos, una quimera… ¿qué sería lo siguiente?

- No, viaje en pegaso no- murmuró Thalia.

Un momento. ¿Pegaso? Antes de que pudiera preguntar acerca del tema, cuatro sombras voladoras se dejaron ver en el cielo.

- Ahí están- dijo triunfante Percy.

Entonces, delante de mis ojos, aterrizaron cuatro hermosos caballos alados. Percy rió y se acercó a uno de ellos, un imponente pegaso completamente negro que relinchó contento al tener cerca a Percy.

- ¿Qué tal, Blackjack?- dijo él-… Sí, es nueva… No, no tiene terrones de azúcar, además, no te convienen… Sí, al llegar te daré algunos.

Vale, después de ver a Argos, a la quimera, a Percy matando a la quimera con un boli y a cuatro caballos alados… no debería haberme extrañado que el chaval hablara con los caballos, pero es que seguía sin entrarme en la cabeza. Empecé a sentirme algo mareada y conmocionada.

- Creo que me voy a desmayar- musité.

- Te debemos una explicación- dijo Thalia-. Verás, Ángela, ¿conoces los mitos griegos?

- Te refieres a las historias esas de Jasón y los Argonautas, Teseo y el Minotauro, la Hidra, las gorgonas…

- Sí, pero ten cuidado al mencionarlos, los nombres tienen poder. Pues, verás, el caso es que…

- Emmm… Thalia…- interrumpió Percy- Creo que deberíamos explicárselo todo cuando lleguemos, no hay tiempo.

Thalia asintió y, con muy mala cara, se subió a un pegaso alazán y se aferró al cuello del animal con los ojos cerrados fuertemente. Argos se subió a un pegaso con manchas marrones que parecía más un poni a su lado. Yo, recelosa, me acerqué al último pegaso que quedaba, el animal me miraba con una mezcla de curiosidad y… ¿respeto? Su pelaje y crin eran de un blanco puro y sus imponentes alas se mantenían plegadas a ambos lados de su cuerpo pero se notaba que eran grandiosas y espectaculares. Era hermoso. Me acerqué cuidadosamente.

- Esto… Ángela- me dijo Percy, cauteloso.

- ¿Qué pasa? Creí que eran inofensivos.

- Ese pegaso no es del campamento- respondió Percy, visiblemente nervioso. Llegados a ese punto yo ya me esperaba que al corcel le salieran colmillos y garras y nos atacara, y al parecer Percy y Thalia también lo creían porque enseguida desmontaron y se pusieron delante de mí.

- ¿De dónde has salido?- le preguntó Percy. (Yo seguía sin saber cómo el chaval podía hablar con los caballos) Blackjack relinchó y Percy se relajó.

- Dice que ha venido con ellos. Es de fiar, aunque no está en el campamento, es un… espíritu libre.

Entonces, el corcel blanco se acercó a mí y, con una elegancia que nunca había visto, bajó la cabeza y se inclinó levemente hacia delante. Habría jurado que había hecho… una reverencia. Todos nos quedamos en silencio, atónitos ante la aquella muestra de respeto y elegancia.

- ¿Cómo te llamas?- preguntó Percy.

Yo no esperaba poder oír la respuesta, por eso casi salto del susto cuando oí una suave voz responder.

- Pegaso.

- ¿Ha dicho Pegaso?- dije, con la voz entrecortada. Percy me miró con los ojos muy abiertos.

- ¿Lo has entendido? Creía que solo yo los escuchaba.

- Mi señor me ha mandado protegerte, Ángela.

- ¡Un momento, un momento!- dije, ya harta de tanto misterio- ¿Se puede saber de qué va todo esto? Ahora mismo estoy alucinando, necesito una explicación. Por cierto- dije, cayendo por fin en la cuenta de un minúsculo detalle-: no eres Pegaso en realidad ¿no? No eres el mismo Pegaso del mito ¿verdad?

- Soy Pegaso, caballo alado del señor de los cielos. Mi señor me ha mandado contigo, Ángela. Ahora soy tu corcel.

- ¿Zeus te ha enviado?- la cara de sorpresa de Percy debía de valer todo el oro del mundo.

- ¿Qué sucede?- irrumpió Thalia- Por si no lo recordáis, yo no soy ninguna susurradora de caballos.

- Thalia, te presento al caballo alado de tu padre, Pegaso.

- Increíble- musitó Thalia. Percy y ella intercambiaron algunas palabras, pero yo apenas presté atención. Estaba demasiado conmocionada para hablar, ¿cómo podía ser ese Pegaso? Todo ese rollo de los caballos alados era un mito… ¿verdad? ¿Y cómo que lo había enviado el padre de Thalia?

- Bueno- concluyó Thalia-, será mejor que nos pongamos en camino. Cuanto antes llaguemos al campamento, mejor.

- ¿Campamento?- pregunté.

- Vale, será mejor que vueles cerca de mí, te lo explicaré de camino- me contestó Percy.

Me acerqué a Pegaso y, con cuidado, le acaricié el reluciente pelaje blanco. Entonces Pegaso se inclinó un poco, quedando a mi altura.

- Sube.

Con cuidado, le hice caso y me subí a su lomo. Entonces Pegaso extendió las alas y alzó el vuelo. Era increíble, sus alas eran tan blancas y hermosas como el resto de su cuerpo y su crin ondeaba al viento. Se sentía bien el viento en la cara y la sensación de que, aunque estés a miles de pies del suelo, estás protegida por alguien que jamás te dejará caer. Porque estaba segura de que Pegaso me protegería, aunque aún no entendiera nada de todo lo que estaba pasando.

A mi lado se situó Percy, montando a su negro corcel, Blackjack, igual de imponente y hermoso que Pegaso.

- Bien, he aquí un par de explicaciones- comenzó él-. Verás, voy a simplificar las cosas un poco.

Suspiró, dudoso, como si no hubiera una forma simple de explicar las cosas.

- Bien, conoces los dioses griegos ¿verdad?- asentí en respuesta-. Pues verás, resulta que esos dioses son reales y… a menudo bajan al mundo de los mortales y tienen hijos con humanos, esos hijos reciben el nombre de semidioses o mestizos, en término coloquial. Y… tú eres una mestiza. Todos los monstruos y todas la historias y dioses que creías que eran mitos… pues resulta que son de verdad.

Me quedé muda. Aunque no me costó mucho de creer dado todo lo que había visto ese día: Argos, la quimera, la espada de Percy… Pegaso… Al menos ahora ya tenía una explicación para todas aquellas cosas raras que siempre me habían pasado: el tipo de la gabardina, la dependienta del supermercado, mi profesora, y muchas cosas más de hacía bastante tiempo. Sabía que ese razonamiento de los dioses y todo eso también era algo lioso y en mi mente se agolpaban un montón de preguntas, pero ya habría tiempo.

- Y esos monstruos…-prosiguió Percy al ver que yo digería la noticia con bastante tranquilidad-. No han muerto del todo, con un poco de suerte no los volveremos a ver en mucho tiempo, pero acaban por regenerarse y tenemos que volverlos a matar. Además, los semidioses atraemos a muchos monstruos.

- ¿Y tenemos que estar siempre luchando?

- No, hay un sitio en el que podemos estar a salvo: el Campamento Mestizo. Allí estamos protegidos de los monstruos y allí también es donde nos entrenan para poder sobrevivir en el mundo exterior, no enseñan a combatir.

- ¿Y todo allí son como nosotros?

- Sí, cuando llegas al campamento te asignan una cabaña dependiendo de cuál sea tu progenitor divino. Somos bastantes, la verdad. No hay mucho más que explicar… ¡Oh! Bueno, excepto el hecho de que la entrada al Olimpo se encuentra en la cima del Empire State y que el director del campamento es Dionisio, el dios del vino, y nuestro director de actividades es un centauro (Quirón nada menos), y que tenemos un muro de escalada con lava incluida, y un perro del infierno, y el bosque está lleno de ninfas y a saber qué más, y hay sátiros por todas partes y…

Percy debió de darse cuenta de que estaba yendo muy rápido (¡infarto, infarto, infarto!) porque paró en seco su monologo.

- Lo siento, es demasiado como para soltarlo así, de sopetón. Ya lo verás todo cuando lleguemos. El campamento es genial, te va a encantar.

- Solo espero encajar- mi intención no era decirlo en voz alta, pero Percy debió de escucharme porque me miró con ternura y sonrió.

- Ese es tu lugar, Ángela, allí es imposible que no encajes. Cuando yo llegué al campamento también pensaba que no conseguiría encajar, pero pronto me dí cuenta de que allí todos tenemos nuestro lugar. El Campamento Mestizo es mi hogar, Ángela, y estoy seguro de que pronto será el tuyo. Ahora descansa, nos queda un largo camino hasta llegar allí.

Un lugar en el que podría ser yo misma, en el que todos teníamos un sitio… parecía demasiado bueno para ser cierto

Recosté la cabeza en el suave cuello de Pegaso y cerré los ojos. Percy me caía muy bien, su forma de hablar, con confianza, y su forma de mirar me decían que era un buen amigo y muy leal, capaz de sacrificar su vida por aquellos a los que quería. No se lo dije a Percy, pero inmediatamente sentí admiración por él, me inspiraba confianza y se notaba que era una persona fuerte y valiente.

Creo que ese fue el momento en el que adopté a Percy como hermano.