Actualización salvaje aparece! Gracias a todas y todos por el buen recibimiento :) ¿Quién quiere conocer a Naruto?

Hinaru16241: Ajaja paciencia, paciencia, los primeros capítulos serán bastante lentos, es solo el inicio, pero me gustará leer cada una de tus teorías, así que no dudes en presentármelas. Sé que un año se pasa volando, pero de verdad espero que este vaya lo más lento posible!

Hinata Hyuga -NxH: Gracias!

Akime Maxwell: Gracias a ti por leerla!

Agustin Monetti: No imagino porque sería pelirrojo xd

Alma7x: ¿Te refieres a si Naruto será un muchacho emo obsesionado con alguna venganza? Ajajaja, gracias por leer!

hinatamyqueen: Gracias, espero que te siga gustando!


II

Curiosidad

.

Abro los ojos en cuanto siento el golpe de las ruedas contra el asfalto y el motor desacelerando.

Lo siguiente que oigo son las palabras del capitán -primero en japonés y luego en inglés-, dándonos la bienvenida a la hermosa tierra del sol naciente. Solo entonces, tras horas y horas de vuelo, me permito volver a respirar tranquilo sin temor de estrellarnos o de morir convertidos en una bola de fuego cursando el cielo.

Odio los aviones.

Bostezo, me estiro como puedo en mi asiento y miro a través de la pequeña ventanilla que me ha tocado durante el viaje. Pienso que a primera vista no parece demasiado diferente de Estados Unidos, pero bueno, supongo que los aeropuertos son iguales en todas partes.

Mi nombre es Naruto, Naruto Namikaze… y creo que detesto estar aquí.

O bueno… tal vez este exagerando. No sé si detesto estar aquí, tampoco sé si me gusta. Mucho menos sé si terminar viviendo con Jiraiya habría sido como me lo imaginé alguna vez -viajando mucho, durmiendo en hoteles, comiendo en buffets libres y teniendo que quedarme solo cada noche que él tuviese una cita con alguna afortunada fan-, o si hubiese terminado siendo mucho peor.

Supongo que aquella interrogante se suma a la lista de cosas de las que últimamente no estoy seguro. No digo que sea una lista extensa, pero tiendo a cuestionar algunas cosas en este momento, tales como el porqué del que el pasto sea verde o si es que soy alérgico al maní o a las avellanas. Otra cosa que tampoco sé con certeza es la última vez que volé en avión.

Sé que fue hace muchos años. O tal vez no. Puede que mi mente lo esté inventando; puede que mis recuerdos respecto a estar en un avión solo sean de algo que vi en la televisión en algún momento de mi niñez.

No lo sé, pero, de todas formas, no es una experiencia que me gustaría repetir de nuevo. Porque en serio: ¿elevarse a miles de kilómetros de altura en un pájaro de metal y cruzar el océano? Si alguien me preguntara que opino de eso, le diría que es una locura.

Y ni hablar de las malditas turbulencias.

Creo que debí enloquecer en algún momento como para haber aceptado el subir al avión por mí mismo. Pero, de otra forma, no estaría aquí.

La pequeña luz roja que indica la señal del cinturón se apaga y por fin puedo desabrocharlo sin temer morir por hacerlo. A mi alrededor la gente se coloca en pie muy de prisa, toma sus cosas, verifica no estar olvidando nada, y espera impaciente a que las azafatas abran la puerta.

No sé cómo tienen tanta energía. Tal vez sea porque han sido 13 horas de vuelo y todos están desesperados por moverse; o tal vez porque, a diferencia de mí, ellos han podido dormir tranquilos en el viaje.

¿Yo? Yo nunca más subiré en un avión. Eso está decidido.

Siento un pequeño golpe en mi hombro y, tras eso, una pequeña bolsa con dulces se posa frente a mí. Alzo mi vista a quien fue mi acompañante en el viaje y me quito mis audífonos para escuchar lo que me dice. Me fijo en la sonrisa cálida que me dedica mientras recibo el pequeño y colorido paquete.

- Take it, please -murmura, en perfecto inglés. Y yo pienso en que esas tal vez sean las últimas palabras que oiré en inglés en un largo tiempo-. Sorry. You must be tired.

El bebé en sus brazos ya no llora. Sus ojos cerrados y su respiración calmada es la prueba de que duerme pacíficamente. Debe estar exhausto, ya que ha llorado gran parte del viaje.

- Thanks -son las primeras palabras que digo en mucho tiempo. Tengo que aclarar mi garganta y volver a repetirlas.

Ella sonríe con mi respuesta. Se ve feliz.

Y, por un segundo, yo vuelvo a pensar en mamá y en las cosas que la hacían sonreír de esa misma manera: verme llegar a casa con una buena calificación en mi examen; vernos a papá y a mi discutir sobre la identidad del asesino en alguna serie de misterio; robar el glaseado a la hora de decorar pasteles; o hacer jardinería en los días de verano. Esa sonrisa simple que solo reservaba para sus momentos de tranquilidad.

Esa sonrisa que nunca volveré a ver…

El pecho se me oprime de pronto y, por algún motivo, temo dejar de respirar.

Y me parece curioso, la forma en que algunos detalles en los que antes no había reparado ahora se repiten sin cesar en mi mente y la manera en que los recuerdos continúan apareciendo desde los lugares más recónditos, como si uno solo tuviera la capacidad de hacer aparecer por sí mismo una infinidad de momentos más. Me parece curioso, porque no importa lo mucho que estén siempre en mi cabeza, no importa lo alegres y vivaces que sean… el dolor al recordarlos continúa siendo el mismo.

Y, entonces, tengo que reprimir todo eso, obligándome a pensar en los únicos hechos que tienen sentido en mi vida en este minuto.

Mamá no volverá.

Papá no volverá.

Yo estoy solo… y nada puede cambiar eso.

En primer lugar, ese es el motivo por el estoy en este avión, en un país por completo desconocido que desde ahora será mi hogar.

Una mañana algo deprimente para un adolescente de dieciséis años, ¿no creen?

.

.

Papá me enseñó japonés cuando solo era un niño.

Tus raíces -dijo aquel día-, son algo que no debes olvidar por nada del mundo.

Él creía que el que yo supiera japonés era algo fundamental para mi educación. Incluso si solo tenía cuatro años en ese momento, y si ni siquiera entendía por completo en dónde quedaba Japón, papá decidió enseñarme. Siempre se jactaba de lo rápido que yo aprendía, y decía, orgulloso, que era porque lo llevaba en la sangre; mamá en cambio se quejaba de ello porque no estaba aprendiendo inglés correctamente y, cuando hablaba, creaba una mezcla con palabras de ambos idiomas que mis maestros no podían entender.

Supongo que debí ser un total caos en ese entonces, pero pienso que si hubiese sido de otra manera habría terminado desorientado completamente con solo bajar del avión. Ahora, en cambio, las palabras me suenan familiares y puedo guiarme a mí mismo para recoger mi equipaje.

Los agentes de Servicio Infantil me esperan también, tal y como prometieron harían. Parecen agentes secretos, con sus trajes y lentes de sol. Me saludan con una reverencia, me llaman por mi nombre y me dan la bienvenida en inglés, como si aquello pudiera hacerme sentir de alguna forma en casa.

Es inútil. Yo sé que no lo estoy.

Viajamos en auto la siguiente hora. Desde el aeropuerto de Osaka hasta la prefectura de Kyoto, y luego, hasta el norte de la zona urbana. O eso es lo que me dicen.

Todo el viaje resulta incómodo y silencioso, pese a que los agentes tratan de todas las maneras posibles iniciar una conversación conmigo. Siento un poco de lastima por ellos, porque he dejado de escucharles apenas he subido al auto. Y aunque sé que no es lo correcto, la cortesía me parece una pérdida de energía. Sucede que no quiero hablar con un par de desconocidos a quienes, en el mejor de los casos, no volveré a ver en mi vida. En vez de eso voy perdiéndome entre las canciones de mi teléfono, mientras me entretengo con la funda descosida del asiento frente a mí.

Lo siguiente que sé es que de pronto frenamos y el conductor anuncia nuestra llegada.

Y mientras la puerta de la furgoneta se abre, yo solo puedo pensar en lo extraño que es todo esto.

En lo que extraño que es descender del auto para conocer a la familia con la que viviré hasta mi mayoría de edad; en lo extraño que es estar completamente solo, en un país desconocido y a punto de iniciar una nueva vida… Y digo extraño, porque no sé de que otra manera definirlo. O en realidad si lo sé.

Es irreal. Todo esto.

Porque por alguna razón, sigo esperando ser despertado y alejado de esta pesadilla en la que me he visto atrapado las últimas semanas; sigo esperando que mamá me regañe por continuar durmiendo y que papá me llame "dormilón" mientras acaricia mi cabello. Y, pese a que lo deseo con todas mis fuerzas como jamás he deseado nada, no sucede.

No sucede absolutamente nada, todo sigue pasando sin que yo pueda hacer algo al respecto.

Porque esto no es ningún sueño, porque estoy de pie, solo, enfrentando a la realidad. Mi realidad, alterada por completo en las últimas semanas.

Y no sé qué estoy sintiendo exactamente.

Tal vez nada, o, mejor dicho, tal vez todo.

- Hyuga-san… -la voz que menciona esas palabras suena distante, pese a que vienen de la persona parada junto a mí-, hemos llegado.

- Bienvenidos.

No presto verdadera atención, aunque supongo que debería hacerlo.

Lo único en lo que puedo pensar es en que la casa parece ser grande, al menos casi tanto como la mía. O bueno, la que fue mi casa alguna vez, a la que nunca podré regresar. Supongo que lo único que me consuela es saber que otra familia vivirá allí y será feliz, o al menos eso he especificado en la inmobiliaria que se encargará de venderla: una familia feliz y un perro. De todas formas yo no podría volver ahí. Serían demasiados recuerdos.

- Él es Namikaze-san.

Me han presentado y, mi reacción, ha sido la que mi padre me enseño tantas veces: una reverencia.

- Gracias por recibirme.

Ellos realizan otra reverencia. Mis ojos pasan por encima, se mueven otra vez a la casa en dónde voy a vivir. El corazón me late deprisa, demasiado deprisa.

Creo que quiero vomitar.

Momento de respirar profundo.

- Bueno, creo que eso es todo.

- Estaremos en contacto.

- Se lo agradecemos. Gracias por venir.

El auto se marcha rápido, yo quedo solo. Completamente solo.

Y sigue pareciéndome algo irreal.

- Naruto, mi nombre es Hyuga, Hyuga Hiashi. Nos conocimos cuando eras un niño.

El hombre frente a mí hace una reverencia, que a mi gusto parece algo exagerada. Sin embargo, la imito de inmediato y a la perfección, tal como papá me enseñó.

- Gracias por recibirme -vuelvo a repetir. Lo primero que noto es que sus ojos son muy claros, más que los míos. Su mirada parece amable pese a que su rostro tiene un gesto serio.

¿Puedo confiar en eso?

- No hay nada que agradecer. Minato, bueno, tu padre… él hubiese hecho lo mismo por mí.

Sus palabras me golpean, porque, por solo un instante, me permito imaginar una realidad en donde no soy yo quién se encuentra en esta situación. Y me parece agradable esa fantasía.

Inspiró para sacarla de mi mente. Tomo mi bolso del suelo y lo cargo. Volteo hacia la casa, sin saber bien que decir o hacer. Nadie me invita a entrar y no tengo el valor de hacerlo por mí mismo. Así que sujeto el bolso aún entre mis manos, sin atreverme a dejarlo caer. Creo que sería algo patético.

Es la señora Hyuga quién da un paso al frente finalmente, tal vez intentando rescatarme.

- Ven, Naruto -me llama, con voz cálida y amable-, te mostraremos la casa.

Yo asiento, mientras me dejo guiar hacia la entrada. Sin embargo, no entro de inmediato. Mi vista queda atrapada por unas pequeñas campanillas colgadas justo sobre el marco de la puerta, que se mecen debido al viento.

Viéndolas, siento frio de pronto. Comienzo a creer que la ropa que empaque no será suficiente para resguardarme del clima aquí.

Seguramente mamá habría empacado ropa más adecuada. A diferencia de papá, ella siempre sabía cuando los días iban a ser fríos.

- Hanabi, Hinata, vayan a sus cuartos -la voz de la señora Hyuga es baja, sin embargo, yo la alcanzo a entender.

- Pero, mamá…

- Sin peros, Hinata.

El señor Hyuga me habla sobre el clima en la ciudad, preguntándome por el tipo de ropa que he empacado. Yo no respondo. Me permito apartar la vista hacia sus hijas quienes, en silencio, se disponen a entrar a la casa para obedecer.

Ambas me están mirando, justo como yo a ellas.

La menor, -Hanabi, recuerdo de pronto, porque tiene el cabello castaño tal y como su padre-, me sonríe con timidez y alza su pequeña mano a modo de saludo, justo antes de cruzar por el umbral y perderse al interior de la casa. Yo no alcanzo a responder, muevo mi vista hacia su hermana mayor, -Hinata, la primogénita, que es solo un par de años menor que yo-, quien se detiene por completo para observarme.

Nuestras miradas chocan entonces, un solo segundo, antes de que ella baje su vista y la aparte con prisa, como si se tratara de un error el observarme con normalidad. Pero a mí me basta aquel escaso segundo para reconocer su mirada. Es la de "pobre chico, sus padres han muerto", que todos me han dirigido en el último tiempo.

Y creo que realmente odio esa mirada.

- Hinata, date prisa -ordena la señora Hyuga. Ella musita un rápido "sí", antes de dirigirse al interior. Sé que me mira una última vez, pero yo reniego el contacto está vez.

No soporto que me miren con lastima.

En cambio, clavo mi vista en el suelo. Algunos maceteros se encuentran junto a la entrada. Dentro, pequeñas flores crecen lentamente. No son las únicas, toda la entrada se encuentra rodeado de pequeñas macetas, cuidadosamente colocadas.

- Es un hermoso jardín -comento, aunque no sé porque lo hago.

Quizás, porque quiero decir algo amable.

- Muchas gracias -la señora Hyuga hace una reverencia, halagada. Quiero decirle que a mí también me gusta la jardinería… o que al menos me gustaba, en un tiempo pasado.

No estoy seguro de si es algo que todavía me gusta. En realidad, creo que esa parte de mí está muerta ahora.

Murió, muy probablemente, con mis padres.

.

.

La habitación en donde dormiré es amplia, con paredes pintadas de azul y un techo blanco.

Una cama, algunas repisas en la pared, un escritorio y un armario son mis únicos adornos. Los japoneses son gente sencilla que no posee demasiadas cosas, sé que la ostentosidad es mal vista aquí. Creo que por eso mismo no he traído tantas cosas, más bien solo lo que ha entrado en mi bolso. O tal vez esa es la excusa que me doy a mí mismo para haberme permitido dejar casi toda mi vida atrás.

Veo también una ventana corrediza, que da a la calle y a un pequeño balcón. Abro, saco mi cabeza y observo hacia el balcón del cuarto del lado. Me entra la duda, pero no me atrevo a preguntar a quién le pertenece.

- El cuarto de Hinata está junto al tuyo, el de Hanabi al final del pasillo -la voz de la señora Hyuga me llega desde la puerta, respondiendo la pregunta que no he hecho en voz alta-. No te molestaran, así que puedes desempacar tranquilo. ¿Alguna duda?

- No, gracias -digo con calma. Ella sonríe, hace una nueva reverencia y yo no tengo idea de si debo imitarla o no. No he aprendido lo suficiente sobre modales en Japón.

- Te traeré algo de desayunar pronto. Si necesitas algo, por favor no dudes en pedirlo.

Yo asiento, mientras la veo alejarse por el pasillo.

Por primera vez, me quedo solo en la habitación, y no sé qué hacer a continuación.

Desempacar, supongo.

Suelto mi bolso y dejo que mi cuerpo caiga sobre la cama. Los zapatos me los he quitado en la entrada.

Miro al techo blanco, tan desconocido, y llevo las palmas de mis manos sobre mis ojos, presionando hasta que todo se vuelve rojo; hasta que la presión en mi pecho desaparece y las ganas de llorar se esfuman.

Me toma casi veinte segundos conseguirlo.

Respiro profundo, me repito a mí mismo que no puedo llorar, porque no soy un niño pequeño, soy casi un adulto. Me lo repito una y otra vez, esperando que quede grabado en mi cabeza. Y lo hago porque si me permito, por un instante, perder el delicado control que estoy manteniendo… lo sacaré todo, todo lo que he guardado estas semanas; todos los pensamientos, los recuerdos y los sentimientos que he estado tan erróneamente acumulando y conteniendo, pero que ya no tienen lugar en mi nueva vida.

Y como no puedo enfrentarme a eso, opto por otra cosa.

Desempacar.

Voy casi por la mitad cuando siento que me observan desde la puerta. Ya saben, ese tipo de presentimientos que te hace girar la vista, aunque no tengas un motivo racional para hacerlo. Y descubro a Hinata, la hija mayor de los Hyuga.

Ella da un salto al ver que la he descubierto, y desaparece de la entrada. Sin embargo, vuelve a asomarse muy pronto.

Me mira en silencio. Y yo reconozco los mismos ojos claros de su padre, en un rostro mucho más amable.

- Supongo que desde ahora seremos vecinos -hablo, solo para hacer menos incomodo este encuentro. Veo el salto que mis palabras le provocan-. Si hay algo que te moleste, no dudes en decírmelo.

No dice nada, solo me observa de vuelta. Supongo que no ha esperado que le hable tan pronto. Yo tampoco esperaba que ella se acercara, pero pienso en que debo ser educado con ella… después de todo estaremos viviendo juntos desde ahora.

Tras algunos segundos Hinata asiente, abre su boca para decir algo y luego, al último segundo, la vuelve a cerrar, para mirar hacia el suelo. No me cuesta notar que esta chica es extremadamente tímida… o, tal vez, simplemente no sabe cómo actuar frente a un total extraño.

Debería esforzarme, ¿verdad?, debería sonreír o algo.

Lo intento, pero todo lo que consigo hacer es una mueca rara que de inmediato abandono. Sí, definitivamente no se me da bien sonreír en este momento.

Hinata vuelve a mirarme algunos segundos, en silencio. Pero esta vez estoy seguro de que no me mira con lástima, como al huérfano de dieciséis años que soy, no, ella me mira de otra manera. Y luego, sin despedirse, desaparece por el pasillo. Por un segundo pienso en que volverá a asomarse, pero entonces escucho el sonido de una puerta cerrándose. La de su habitación, supongo.

Y yo quedo solo, otra vez, con esa mirada en mi mente, intentando decidirme si se trataba o no de lástima. Como quiero creer con todas mis fuerzas que no era eso, me convenzo de que se trataba de un sentimiento más ameno. Como curiosidad, por ejemplo, por el desconocido del cuarto de al lado, por el muchacho de sonrisa rara.

Sí, curiosidad.

O quién sabe, Naruto, tal vez odie tu presencia aquí y ya…

CONTINUARÁ…