El ruido de las ruedas de su skate caminando sobre el irregular suelo de tierra del túnel era lo único que se escuchaba en ese lugar. Un sonido constante y leve que sonaba en los oídos de Michelangelo. Para él, era mejor eso que el silencio. Eso sí que era aterrador, el estar caminando en cualquier sitio con esa agonizante falta de ruidos a tu alrededor.

Según el menor, llevaba un buen rato en el skate, unos 40 minutos más o menos. ¿Cómo era posible que se le estuviera haciendo más largo la caminata por el túnel en patinete que andando? A lo mejor era porque tenía a su hermano Donatello al lado, a diferencia de ahora, que estaba solo. Sí, seguramente sea eso.

Un camino bastante aburrido, incluso los dibujitos en la pared habían dejado de ser entretenidos. Al principio intentaba adivinar lo que significaba cada uno, pero al ver que ya se empezaba a repetir mucho algunos dibujos decidió parar.

-¿Cuánto falta para llegar a la puerta?- se preguntaba constantemente el menor, mirando con inquietud la hora en su teléfono, las 3:47 de la madrugada-. Al final llegaré tarde a casa, y ahí sí que me caerá una buena.- guardó su teléfono en la bolsa con fastidio, siguiendo caminando en su skate mientras enfocaba a las paredes con la linterna.

Era un lugar muy curioso para el de naranja. El pensar que hace tiempo centenas de personas vivían aquí abajo le despertaba una intriga enorme. ¿Cómo eran las casas? ¿Y la comida? ¿Celebrarían las fiestas de hoy en día? Miles de preguntas le rondaban por la cabeza, intentando hacer una pequeña imagen de aquella ciudad reluciente y enorme con su imaginación.

Por fin, después de casi 50 minutos de trayecto, había llegado a la parte que esperaba.

La puerta de piedra.

Como lo recordaba, seguía abierta de par en par, aún dando espacio para entrar a aquella ciudad destruida y abandonada. Las piedra brillo aún iluminaban la zona, por lo que no era necesario seguir usando la linterna. Guardó el objeto en su bolsa, a la vez que cruzaba la puerta ahora de pie, sujetando con su mano el skate.

A pesar de que ya era la segunda vez que iba por esas calles, le seguía impresionando como la primera vez. Las casas, las pequeñas catedrales y locales de la ciudad derrumbadas por el tiempo, objetos de varia duración como el metal o cerámica enterrados entre los escombros, todo conseguía captar su vista. Pero él tenía un objetivo claro.

Ir a aquel templo enorme al final del camino, para así descubrir lo que había en su interior.

No tardó mucho esta vez. Dejando el skate en las escaleras de la entrada, subió con paso determinado hasta la puerta de madera también abierta, cruzando por esta.

No se paró a mirar las pinturas en las paredes y techos o las habitaciones en casi perfecto estado, ya que, en su mente, tenía una misión: cruzar aquella última puerta del final del todo.

-¿Qué habrá en ese lugar? A lo mejor es una joya antigua, ¡o un mapa de un tesoro!- la emoción que sentía se dejaba ver, empezando a contar mil teorías del extraño objeto que puede haber en esa sala misteriosa- Humm… a lo mejor es un libro con magia, o una pistola de plasma como en mi videojuego. No, no es posible, para eso tendrían que haber tenido un ataque alienígena en el espacio.

Eran decenas las posibilidades que había, pero esa emoción se fue rápido al notar algo extraño.

Sintió un movimiento detrás suyo.

Fingió no darse cuenta, siguiendo murmurando disparates sobre el objeto que podría haber allí. Si un ninja del pie le había seguido hasta ahí, no debía dar señales de que sospechaba. Si le daba la impresión de que no le había notado, tendría el factor sorpresa de su parte.

Por fin, llegó al lugar que quería, la segunda puerta de madera del templo. Era una puerta doble, con una gruesa línea de metal en medio de estas en forma horizontal. Tenía el tamaño de dos puertas de casa juntas, haciendo que el de la entrada pareciera más impresionante por su tamaño.

-Bueno, no debe ser difícil abrir esta puerta. A lo mejor con un pequeño empujón podría…- el menor dejó de hablar, girándose con rapidez con un puño alzado, listo para golpear a quien fuera que le estaba siguiendo, pero no esperó que su puño fuera parado por una mano verde con tres dedos.

-Con que estabas atento enano- aquella mano pertenecía a Raphael, el cuál se encontraba ahora delante de Michelangelo-. Pensé que conseguiría asustarte otra vez.- dijo sonriendo mientras soltaba la mano contraria.

-¿Raph? ¿Qué haces aquí?- preguntó confundido al ver al nombrado ahí.

-Hacemos.- corrigió Leonardo a la vez que se unía al dúo seguido de Donatello.

-¿Me habéis seguido?- preguntó perplejo. Solo se percató de la presencia de alguien más hace apenas unos minutos.

-No, venimos al supermercado de debajo del bosque. ¿Tú qué crees?- respondió con sarcasmo el temperamental, dándole un golpe en la cabeza al más chico.

-Auch.

-Michelangelo, ¿por qué has venido tú solo a este lugar?- preguntó Leonardo en tono serio, mirando al nombrado con una cara de regaño.

-Leo, verás, te va a parecer gracioso, jejeje- se ríe nervioso-. Cuando volvimos a casa y Raph empezó a decir esas cosas, pues… yo…

-Decidiste venir aquí tú solo para demostrar lo contrario, ¿cierto?- Mikey asintió ante las palabras de su hermano genio-. Me lo imaginaba. Te vi saliendo de casa.

-Espera, ¿estabas despierto?

-No nos cambies de tema- replicó Raphael enfadado-. ¿En qué demonios estabas pensando cabeza hueca? Podrían haber estado ninjas del pie o incluso Hun aquí.

-Me habría defendido- el menor se sintió un poco ofendido-. Yo también soy un ninja.

-¿Y si no hubieses venido por la mañana? Estaríamos todos preocupados por dónde podrías estar.

Michelangelo se calló ante lo dicho por Leonardo. Si por alguna razón se hubiera tardado en llegar a su hogar, estaría preocupando tontamente a su familia. En el fondo sabía que toda esa escena y esas palabras eran porque se preocupaban por él.

-Lo siento Leo, no había pensado en eso.- se disculpó el menor bajando la cabeza. El mayor sonrió ante esa acción, ya que notaba que el de naranja iba madurando poco a poco.

-Me alegra que lo entiendas- posó su mano en la cabeza de Mikey, dándole una leve caricia-. Bueno, si volvemos ahora tendremos un rato más para…

-Espera, ¿estás diciendo que nos vayamos?- Raphael miró medio enfadado al líder- Estamos justo delante de la puerta que tanto le interesa a Hun. Ya que estamos, entremos a ver que es lo que hay ahí de tanto interés.

-De eso nada Raph- contestó serio el de azul negando con la cabeza-. Puede haber algo peligroso ahí dentro, y no venimos preparados. Es más precavido venir mañana a investigar.

-¿Para que venga Hun antes que nosotros y se lo lleve? No Leo, debemos abrir esa puerta ahora que estamos aquí, es lo más inteligente.

-Raphael, puede haber algún sistema de defensa o trampas ahí dentro. No es seguro ir ahora, que no traemos cosas suficientes para defendernos.

-Tenemos nuestras armas, es más que suficiente para defendernos, Splinter Junior.

-¡Que no me llames así!

-¡Puedo decir lo que yo quiera, y si quiero llamarte así, pues te digo así, intrépido!

-¡¿Podéis dejar de discutir?!- esta vez el que habla es Donatello, gritando ya harto a los dos mayores- Son las cinco de la madrugada, tenemos sueño y estamos cansados. Después de entrenar podemos venir en la furgoneta y terminar de explorar este sitio.- habla calmadamente intentando convencerlos.

Raphael simplemente miró a un lado molesto, pero su hermano de morado tenía razón. Era muy de noche incluso para ellos, y un buen descanso no es vendría mal antes de enfrentarse a la que sea que haya tras esa puerta. Suspiró cansado.

-Ganáis esta vez. ESTA VEZ.- recalca al ver la cara triunfante de Leonardo.

-Bueno, asunto arreglado. Vámonos ahora para así poder dormir un rato más.- Leonardo estaba a punto de darse la vuelta y volverpor donde entraron, pero…

-Hey chicos, la he abierto.- los tres se giraron para ver como, efectivamente, la puerta de madera que los separaba de la habitación misteriosa empezaba a abrirse poco a poco, con un sonriente Michelangelo delante suya.

-¡¿Qué demonios has hecho Mikey?!- preguntó Raphael acercándose a la puerta. Una brillante luz blanca salía de esta, haciendo que la visión de los chicos se dificultara un poco.

-¿Cómo es posible que salga tanta luz de ahí dentro?

-Ni idea Donnie, pero no vamos a quedarnos para averiguarlo.- Leonardo se acercó a sus hermanos, con claras intenciones de llevarlos hasta la puerta principal del templo, pero un brillo deslumbrante inundó el lugar cuando la puerta quedó completamente abierta.

Fueron unos pocos segundos los que duraron con los brazos delante del rostro, para que, al quitarse los brazos de la cara y mirar enfrente suya, viesen la misteriosa habitación.

Era un cuarto enorme con paredes pintadas completamente de color azul oscuro, o mejor dicho, con la pared pintada de azul, ya que este tenía forma circular. Decenas de estanterías blancas estaban insertadas en la pared, con cientos de libros dentro con lomos de diferentes colores. En el centro de la habitación se encontraba una mesa de madera blanca de tamaño normal, con una hoja justo encima de ella. Una lámpara de araña colgaba del techo, dándoles a los chicos luz para poder ver. Era casi como si estuviese de día.

-Guau, esto es alucinante- exclama el menor de los chicos sorprendido, entrando al lugar-. Parece la habitación de un mago.

-Michelangelo, no te alejes- el de azul se acercó a su hermano, al igual que Donatello y Raphael-. Es mejor estar todos juntos, y manteneros alerta, puede haber algo o alguien aquí.- dijo precavido llevando una de sus manos a su katana.

Los cuatro se separaron un poco, cada uno viendo lo que más le llamaba la atención. Leo y Donnie fueron directos a ojear los llamativos libros que estaban en las estanterías, la mayoría con dibujos y lenguaje antiguo. Raphael, por otro lado, fue hacia una especie de armario pequeño situado en el fondo del cuarto, casi enfrente de la puerta. Un armario blanco como el mármol, decorado con finas líneas de oro a los lados, pero lo que hizo llamar la atención de Raphael no fue el armario en sí, sino lo que había dentro.

Protegido por una puerta de cristal, se encontraba un dibujo pintado sobre una especie de hoja parecida al papiro, rota por las esquinas y algo desgastado. Su tamaño se asemejaba al de una pantalla de televisor de 25 pulgadas más o menos, y sus colores aún seguían siendo vivos.

Cuatro colores, eso fue lo que le llamó su atención. Azul, rojo, morado y naranja. Unas bolas bastante extrañas salían en el dibujo con esos colores, justo delante de unas figuras humanas pintadas todo de negro. Esto se le hizo curioso, cuatro personas con esos colores tan característicos, y con un pequeño texto debajo.

-"Mizu, hi, kōri, tsuchi". ¿Qué demonios es esto?- eran solo cuatro palabras las que estaban escritas ahí, las que leyó recién en voz alta. Miró extrañado el papel, viendo como en el otro lado de la hoja aparecía dibujado una especie de neblina negra, con unas curvas blancas parecidas a sonrisas, pero con afilados colmillos y muy anchas. Decidió dejar eso en paz, no le daba buena espina el estar mirando eso.

Por último, Michelangelo ya tenía claro lo que quería ver. Fue en dirección a la mesa, para llevarse una sorpresa que no se esperaba. Al mirar hacia el techo para ver la lámpara de araña, pudo ver como el techo de la habitación estaba pintado del mismo color que la pared, un azul oscuro, pero a diferencia de la pared, por todo el techo había unas pequeñas luces brillantes, como pintura dorada, imitando una imagen del cielo nocturno estrellado. Era como ver una foto del espacio, casi podría decir que ese templo no tenía techo, sino un agujero enorme que conectaba hasta la superficie, dejando ver esa vista.

Se quedó mirando hacia arriba por unos minutos, hasta que tuvo que buscar más cosas interesantes (debido al dolor que empezaba a sentir en su cuello), pero realmente no quedaba mucho que ver, solo libros y más libros.

-Joo, deberían haber puesto una máquina recreativa o algo- dice aburrido mirando hacia la mesa, pero su aburrimiento se esfumó al ver un papel en medio de la mesa-. ¿Qué es eso?- se pregunta acercándose.

Cuando pudo llegar a donde estaba la hoja, la cogió con ambas manos, acercándolo a su rostro para verlo mejor. Era un papel en blanco con unas palabras escritas.

-Garasu o… teru… tebunu… tebu…

-Garasu o tēburu ni oku- dijo completo Leonardo, poniéndose al lado de su hermano menor al igual que Donatello y Raphael-. Son kanjis.

-¿Qué significan?- preguntó curioso el científico, mirando la hoja detalladamente.

-"Poned el cristal sobre la mesa"- tradujo inseguro-. ¿Qué cristal?

-Oh, yo lo sé- dijo emocionado el de cinta naranja, saliendo corriendo en dirección a la puerta. Los chicos vieron como de esta el menor sacaba una especie de piedra azul-. Creo que se refiere a esta.- se acercó a los chicos y les mostró la piedra de cerca. Los tres miraron al cristal curiosos e intrigados.

-¿De qué nos va a servir colocar ese estúpido cristal en la mesa?- esta vez fue Raphael quien habló, cruzándose de brazos algo molesto.

-Ni idea Raph, pero es lo mejor que tenemos.- Michelangelo se acercó a la mesa, colocando el pequeño cristal justo encima de esta, para luego alejarse un poco por si pasaba algo. Pasaron unos segundos, y no había cambiado nada.

-Genial, hemos venido a las cuatro de la madrugada para nada- se quejó Raphael enfadado, dirigiéndose a la salida-. Paso de quedarme para ver una biblioteca antigua, yo me largo.

-Raphael espera- le habló Leonardo, caminando hacia el de rojo y apoyando una mano en su hombro-. No puedes irte tú solo así como así. Tenemos que seguir juntos por si pasa algo malo.

-Si, a lo mejor viene un ratoncito a mordernos, o peor, el monstruo del polvo- habló sarcástico-. Vamos Leo, el único peligro que hay aquí es el de morirnos de aburrimiento. No hay más que buscar aquí.

-Raph, piensa, si Hun quiere venir a este sitio es por algo importante- dijo el líder de forma tranquila-. Tenemos que averiguar el qué es lo que le interesa tanto.

-Seguro una leyenda antigua de un pergamino mágico o un arma que te hace invencible. Leo, es una pérdida de tiempo, lo más inteligente es volver a casa.

-No vamos a volver Raphael, y ya está- habló serio-. Fue tu idea el venir aquí, pues ahora nos quedamos a descubrir el misterio de este lugar.

-Por que tú lo digas intrépido.- le miró desafiante.

-Em, chicos…- llamó el menor de las tortugas, pero no le escucharon.

-Pues sí, porque yo lo digo. Soy el líder y yo decido lo que hacemos y no hacemos en las misiones.

-Chicos.- llamó Donnie, pero recibió el mismo resultado que su hermano menor, que le ignoraran.

-Solo eres el líder por que eres el favorito de Splinter, y lo sabes.

-Eso no es verdad. Ya hemos tenido esta discusión cientos de veces Raphael, no voy a volver a discutir este tema contigo.

-Leo, Raph.

-Pues yo quiero. No porque seas el líder vas a decidir nuestras decisiones.

-¡Eso no tiene sentido!- exclamó un poco harto Leonardo.

-¡Sí lo tiene!

-He dicho qu-

-¡CHICOS!- las voces de los dos menores hicieron que ambos se giraran para ver qué sucedía, y la imagen que vieron les hizo olvidar por completo su discusión.

El pequeño cristal que estaba sobre la mesa empezó a brillar con intensidad en un color blanco intenso, vibrando ligeramente al principio sobre la mesa, para luego empezar a menearse con fuerza. Como por arte de magia, el cristal empezó a levitar muy poco a poco sobre la mesa, poniéndose en pose vertical mientras subía cada vez más y más. Los cuatro quelonios veían esto con asombro, mirando fijamente al cristal.

Una pequeña compuerta se abrió en medio de mesa, de la cuál empezó a salir un extraño humo blanco y rosa. Los chicos sacaron sus armas y se pusieron alerta, preparados para cualquier cosa, pero lo que no se esperaban es que de entre la mesa, en medio de ese humo raro, saliera una esfera, del tamaño de un balón de fútbol. Era brillante, con bastantes colores en ella. Azul, rojo, amarillo, verde, naranja, morado… todos se mezclaban entre sí como si fueran una simple lámpara de lava, creando una imagen bonita de ver. Los chicos se quedaron parados viendo esa imagen, casi hipnotizados. Sus brazos, antes en una pose de ataque, quedaron colgados en sus costados con un peso muerto.

Se acercaron poco a poco a la esfera, viéndola con asombro. No podían apartar la mirada, había algo que les impedía hacerlo. Con lentitud, acercaron sus manos a la esfera, curiosos. A centímetros estaban de la esfera, con la punta de sus dedos casi rozándola, hasta que, de repente, los colores de la bola empezaron a moverse de forma rápida, como si intentasen salir de una prisión esférica. Se empezaban a mezclar, hasta que todos los colores se convirtieron en uno solo: blanco.

Lo siguiente que se vio en la habitación fue una luz cegadora que envolvió todo el lugar.

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Unos pasos apresurados se escuchaban con rapidez por todo aquel edificio situado en uno de los muelles de la ciudad de Nueva Cork. Un edificio enorme, con tres plantas de altura mas un sótano subterráneo, un edificio que fue comprado hace tiempo atrás por una famosa empresa de la ciudad, la cuál, actualmente, dejó abandonada.

Hun se dirigía con bastante prisa a través de los pasillos de esa gran fábrica, pasando al lado de varios soldados del pie que iban y venían con varias cajas en sus manos. Ni siquiera se molestaba en mirarlos, tenía cosas más importantes que hacer ahora, como el comentarle a su jefe la misión de hoy. Sintió un muy ligero temblor en su espalda al pensar que tendría que contarle la intromisión de esas dichosas tortugas, y que al final, no pudieron completar la misión.

Ya eran muchas las veces que las tortugas se entrometían y estropeaban sus planes. La última misión que completó con éxito fue hace casi dos meses, la de aquel intercambio ilegal de drogas a cambio de armas mejoradas con aquella empresa tan famosa en los últimos años, Exfivol S.A, una empresa que, por fuera, parecía un negocio de alquiler y compra de antiguos edificios para luego reconstruirlos y darles un nuevo uso, duplicando así las ganancias, pero por dentro se encargaban de un terreno mucho más peligroso. Armas, drogas, sustancias en experimentación… todo un mercado negro, el cuál fue el centro de atención de las tortugas durante los últimos 3 meses, después de descubrir que esa empresa hacía tratos con el clan del pie.

Hun se quedó pensando en ese día, en el que, por fin, pudo volver a la guarida con ganas de ver a su jefe para informarle de la misión, la cuál fue un éxito. Esa vez solo se presentaron tres tortugas, ya que ese día no vio la cara de aquella insoportable tortuga de máscara naranja, y al parecer le trajo suerte. Fue más fácil de dispersarlos, y más fácil aún de rodearlos y dejarlos inmóviles para luego escapar. El hombre sonrió inconscientemente al recordar eso.

Se detuvo justo en la entrada de la gran sala de la fábrica, un lugar que servía como "intercambiador" para los negocios. Se quedó en la puerta esperando, con la espalda totalmente recta hasta que el guardia de vestimenta negra le dejó pasar. Caminó a paso tranquilo, mirando únicamente a un punto en específico del salón. La sombra de su jefe.

Se paró a solo dos metros de él, agachándose con una rodilla pegada al suelo mientras bajaba la cabeza, cerrando los ojos. No hizo nada más, simplemente a esperar a que su jefe dijera algo más.

Shredder, uno de los hombres más poderosos y peligrosos del país (por no decir del mundo), se encontraba dando la espalda a su subordinado, mirando con atención a sus soldados transportando las cajas de un lado para otro. Esta era una buena forma de conseguir materiales para la defensa de su guarida y para esas tortugas y esa rata, ignorando por completo a Hun. Así siguieron un rato, hasta que el de casco decidió hablar.

-¿Cómo fue la misión de hoy?- preguntó secamente, su voz gruesa y grave se escuchaba bastante calmado a comparación de otras veces, cosa que hizo alegrar y confundir a la vez al guerrero.

-Amo Shredder, conseguimos localizar la ubicación exacta del lugar que estuvo interesado los últimos meses- informó aún mirando al piso, para después apretar sus puños-, pero no conseguimos adentrarnos ya que esas malditas tortugas volvieron a entrometerse en nuestros planes.

-¿Algún dato extra que necesite saber?- por segunda vez en los últimos 5 minutos, Hun se sorprendió. O su jefe estaba de buen humor, o no se había enterado bien.

-La entrada al lugar está tapada por grandes bolas de tierra y barro, inaccesible entrar- en ningún momento se movió de su posición-. También nos aseguramos de mirar por los alrededores para comprobar que no hay más entradas, y en un radio de 20 km no hay ninguna otra cueva o gruta ligada con el lugar. Mis soldados se encargaron de comprobarlo al 100%

-Muy bien. Y ahora mi pregunta es… ¡¿Porqué no acabasteis con esas dichosas tortugas!?- exclamó furioso el de casco, sacando sus afiladas garras. Sin darse cuenta, una de las garras perforó por completo el pecho de uno de los soldados del pie que se encargaba del recuento del almacén. Fue en cuestión de pocos segundos que acabara muerto. Shedder simplemente sacudió su mano para tirar el cadáver al suelo, mirando indiferente el pequeño charco de sangre que empezaba a formarse en el suelo.

-Es… estábamos a punto de acabar con ellas Amo, les superáramos en número, pero utilizaron unas bomba de humo para huir- informó Hun levantándose mientras veía la escena, primero con sorpresa, pero luego su cara mostró indiferencia, como la de Shredder-. Pero prometo que en nuestro próximo encuentro acabaré con ellas.

-Más te vale que esas palabras sean ciertas Hun, o sino, será tu cadáver el próximo en marchar este piso.- amenazó seriamente Shedder, acercando su cuchilla ahora ensangrentada a la cara del contrario, para luego irse del lugar sin decir nada más.

Los demás soldados siguieron con su trabajo, ni siquiera se pararon para mirar o intentar ayudar al compañero que estaba tumbado en el suelo con aquel charco de sangre. Hun no se quedó allí más tiempo, saliendo por la misma puerta por la que entró, en dirección esta vez a su dormitorio.

Esas condenadas tortugas se la iban a pagar.

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Un hermoso atardecer se veía a través de unas amplias ventanas de una habitación de paredes y techos blancos. Un hombre joven, de unos 35 años, se encontraba sentado en un enorme sillón de piel marrón, bebiendo de una elegante copa de cristal un poco de vino, como era costumbre. Acercó la copa a sus labios, bebiendo sorbos pequeños mientras sus ojos marrones oscuros seguían mirando ese hermoso espectáculo.

Un barón de piel algo blanca, pelo marrón claro corto con un pequeño flequillo de cabellos sueltos, vestido con un traje blanco de buena marca y sentado en una enorme habitación lleno de valiosas decoraciones. Es lo que se le suele llamar "la buena vida".

-Señor Adams- de repente, la puerta principal de la habitación sonó, revelando a un hombre bastante más joven que el anterior-, tiene reunión en 3 minutos con la dirección del proyecto "Casa blanca".

-Enseguida voy William- informó el hombre mientras dejaba su copa al lado de una mesita de madera clara, levantándose tranquilamente mientras se arreglaba su corbata negra a juego con los toques oscuros del resto de su traje-, diles que ya estoy yendo.

-Como ordene señor.- dijo el chico para luego cerrar la puerta.

Pasó su mano por su pelo, peinándoselo un poco mientras seguía mirando por la ventana. Cogió una gran bocanada de aire, para luego dirigirse a la puerta, apagando las luces de la habitación antes de desalojarla.

Caminó por unos largos pasillos de azulejos azul claro, echándose a un lado cuando se topaba con algún trabajador de la inmensa empresa de Exfivol S.A, yendo a paso relajado. Cuando las personas que se topaban con él no se encontraban sumergidas en papeles de los beneficios de la empresa o de la contabilidad de sus inversiones, le saludaban con un educado "buenas noches, señor Adams", recibiendo un asentimiento de cabeza por su parte.

Robert Adams, un famoso empresario hijo de un gran cooperante de cientos de multinacionales de toda América, criado desde pequeño para ser un hombre astuto, educado y, sobre todo, impotente. Era apodado por algunos amigos suyos como "Pandora", una criatura creada con todos los dones posibles, un mote que no le faltaba razón.

Pero, detrás de todo ese encanto e inteligencia, se escondía una cara que muy pocos sabían. El señor A, así le conocían en el llamado mercado negro. Drogas, armas, documentos importantes, químicos, incluso algunos experimentos secretos fallidos del gobierno se vendían cada día en la sede del señor A, nombre que le otorgaron sus colaboradores cuando ya tuvo un cargo alto en el negocio. Ganaba el doble de ganancias con estas dos empresas, llegando a ser uno de los hombres más ricos y poderosos del país.

Llegó delante de una puerta de roble macizo, arreglándose la camisa antes de entrar a una de las reuniones más importantes del último semestre.

Su confiada sonrisa fue lo primero que se vio en la sala cuando entró.

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Halo jóvenes ninjas, ¿qué tal estáis?

Antes de nada, siento mucho haber tardado tanto en subir este capítulo, tuve problemas con el ordenador a principios de septiembre, cuando tenía planeado subir este cap, y me lo devolvieron arreglado a finales de ese mes. Ahora está en perfectas condiciones, por lo que espero subir la tercera parte a finales de octubre.

Bueno, bueno, bueno, ¿comó veis la historia? ¿Os está gustando? Hoy hemos visto a dos nuevos personajes en la historia, Shredder y un personaje totalmente nuevo, Robert Adams, también llamado "el señor A" (¿referencias? Nah). Estos dos personajes tendrán un importante desarrollo en la historia, al igual que muchos otros nuevos personajes que aparecerán.

¿Qué hará Robert Adams en la historia? ¿Qué le pasó a los chicos? Miles de preguntas se empiezan a formar (ya paro XD)

Espero que os vaya gustado esta historia, nos leemos en el siguiente capítlulo y os envío un gran Booyakasha~