¡Hola, sempais! (:D) Lo sé, ya tiene los siglos que no paso por acá y encima, me avergüenza hacerlo con esta porquería de actualización, pero insisto en que la Universidad me tiene el cerebro seco —¿pueden creer que me dormí a las cinco de la madrugada? (._.)—, y apenas tuve un tiempo para darme cuenta de que ¡hoy es el cumpleaños de Sasori-danna! Por supuesto, este pequeño one-shot fue cosa de rápido, de las tremendas desveladas que me he metido y de mi memoria de teflón, que se ha olvidado de adelantar algo y se dedica a escribir en el Stoki porque... joder (7-7), no tengo idea de por qué lo sigo intentando allá —maldito sea Loki, al que amo tanto (T-T)—. ¡En fin! (x3), de cualquier maner,a me quedo con la esperanza de que les gusté aunque sea un poco esta tontería (D:) y me honren con uno de sus comentarios.

El capítulo dedicado a mis queridas Sasugirl13 y NoeruItoshik, porque simple y sencillamente, sus comentario mantienen viva mi llama de inspiración en estas... "historias" ItaSaso (xD)... Mil gracias.


.

(*~((Destino))~*)

.

Es imposible engañarse eternamente, lo sabe. Y le duele admitirlo, porque es demasiado soberbio y orgulloso. Pero tampoco le agrada la idea de estar haciendo el tonto: No siempre va a poder fingir que le pasa desapercibida la forma en que su corazón se detiene, suspendido en su pecho como un muñón inservible, hasta que vuelve a encontrar mirada con Itachi. Al mismo tiempo, podía sentir la ansiedad del Uchiha cada vez que se topaban en los pasillos y fingían cordialidad, cuando en realidad, lo único que realmente ansiaban era estar cerca, tanto así para que no hubiera posibilidad de diferenciar dónde empieza uno y termina el otro.

Resultaba sumamente difícil ignorarlo. Por supuesto, no había necesidad de sufrir la distancia, pero Sasori se resistía a creer que hubiera sucedido y el Lazo Único escogiera a Itachi para ser la mitad de su todo; aquella parte de él mismo que siempre le había faltado, aun cuando no se hubiera dado cuenta jamás. El solo hecho de que cuando sus dedos se rozaban le causara una fuerte sacudida, como una corriente eléctrica que por poco le hace jadear, era algo que le causaba pánico.

Todavía ahora, cuando recordaba su primer beso, podía oír el chasquido que producían sus bocas mientras se posesionaban de la otra con ansía, deseo y un amor que trascendería más allá de la muerte; cómo sus manos buscaban la piel del otro bajo las ropas, con tanta desesperación que le dolía cada fibra del ser. En medio del silencio y la oscuridad de su habitación, Itachi lo atrapó entre sus brazos, sosteniendo su peso mientras exploraba su lengua y le acariciaba la espalda, produciéndole cosquillas y un mareo casi placentero.

No obstante, el revivir esa idea constantemente, le daba pavor enfrentarse a este hecho. Desde hace tres semanas vive escondiéndose y cuidando sus pasos, como el animal que presagia una trampa. Y tenía miedo, de verdad, nunca había sentido tanto en su vida: El corazón bramaba y exigía más cercanía, aunque él no la quisiera aceptar. Itachi le atraía demasiado, e iba como polilla a la luz.

Una parte de él deseaba perderse por completo en aquellos dos pozos negros que tenía Itachi por ojos, iguales a las noches sin estrellas. La verdad es que, durante mucho tiempo, Sasori creyó detestar la negrura; le daba miedo hundirse y que fuera lo último que viera antes de sumarse a las filas de almas en pena, consumidas por la desesperación y las pesadillas. Eso, y quizá no otra cosa, le impedía aceptar al Uchiha con toda naturalidad: Aquellos iris tan oscuros como la noche le tomaban en silencio, abrazándolo y susurrándole palabras que insinuaban paz y caos, ambos al mismo tiempo.

Sabía que incluso cuando Itachi no estuviera presionándolo para admitir que entre ambos existía el Lazo Único, la paciencia tendría que acabarse en algún momento y entonces, el moreno iba a obligarlo a decir en voz alta lo que ya se había resignado a tener.

Deseaba tanto volver a besarlo, que incluso le dolía pensar en ello, igual que si le estuvieran clavando millones de agujas en la piel.

Pero nunca lo iba a admitir en voz alta. Tenía un lugar en Suna; era el único sitio que conocía. No lo iba a dejar todo por su repentina fascinación hacia un yokai cualquiera. Mas se detuvo en el camino; justo cuando el pensamiento le vino a la mente, se vio obligado a desecharlo. Las orejas pegadas al cabello y el puño apretándose también en el pecho, donde parecía faltarle el aire.

—Itachi —dejó escapar su nombre en una especie de suspiro ridículo, que le hizo sentirse avergonzado consigo mismo.

Una vez más, el sonido de aquellas letras hicieron eco en las paredes de su cerebro y él negó las preguntas que empezaban a formarse, porque tenía la respuesta a cada una de ellas y hacían que temiera más al momento decisivo. Sabía lo que iba a suceder cuando, una vez sanados de sus heridas, los yokai de Konoha fueran a retirarse del palacio y no se imaginaba soportando la despedida. Con pasos lentos se apoyó en la pared y se quedó estático, oyendo el rápido palpitar de su corazón, tan desbocado que incluso empezaba a marearse. La despedida inminente. Durante días dio evasivas al asunto y trataba de mantener la distancia con el Uchiha, pero terminó deseando estar cerca de él con mayor ahínco; es como si los atara un hilo que se tensaba entre más lejos estaban y que constantemente, amenazaban con tirar de Sasori hasta llevarlo a los brazos de Itachi…, a sus labios. Oh, joder, al resto de su cuerpo y después aún más profundo, para alcanzar sus almas.

—Mierda. —Volvió a rezongar, dejando caer el brazo a su costado, más resignado que otra cosa.

—Akasuna-san —llamó alguien a un lado, no muy lejos de donde estaba. Al instante, su corazón le dio un vuelco, y solamente empeoró cuando se volvió a esa dirección y topó de frente contra el Uchiha, que caminaba hacia él con una expresión preocupada que le molestó y complació a partes iguales—. Hola.

Itachi se detuvo a solamente un metro de distancia, con una especie de sonrisa en los labios. Su aspecto era desaliñado, pero no se veía tan convaleciente como hace dos días cuando Sasori lo fue a visitar a su recámara; por supuesto, aclaremos que el pelirrojo se había sentido obligado a estar presente, pues el Buruaisu que había roto el brazo del moreno lo había atacado primero a él. Itachi se había atravesado y lo defendió con esa agilidad que parecía tan característica en él, y ambos trabajaron en equipo durante el ataque acontecido hace cuatro días como si lo hubieran hecho durante toda su vida. Fue asombroso, la coordinación a la que llegaron sin apenas dirigirse palabras.

Sasori miró con detenimiento al chico: Ahora, las únicas heridas del otro consistían en un brazo en proceso de recuperación —atado con una tela que iba desde la nuca hasta la altura de las costillas—, una pequeña sutura en la frente y el cojeo producido por las púas en las colas de los Buruaisu. Fuera de eso, y se alegraba de pensarlo, Itachi no había sufrido demasiados daños.

El pelirrojo no dejó pasar desapercibido la forma rápida y (mal) disimulada con la que Itachi llevó la mano a su cabello y empezó a alaciarlo. En otro momento y con cualquier otra persona, podría haber sonreído para burlarse, sin embargo, ante el joven Uchiha no. La sola idea de perderlo…, cuando éste se derrumbó a su lado, sintió tanto miedo que parecía ser quien perdía la vida, sino es que peor.

Le costó un esfuerzo sobrehumano no apartar la mirada de Itachi para contestar:

—Buen día —dijo, con la voz ligeramente perdida—. Veo que ya te encuentras mejor, ¿eh?

—Definitivamente. Gracias. —Contestó rápidamente y luego, le dedicó una sonrisa más amplia y segura de sí misma—. El regente de Suna es muy hábil con la medicina, casi tanto como Tsunade.

Él se limitó a asentir, dándole la razón en silencio. Itachi, por su parte, volvió a enseriarse y recuperar la mueca consternada.

—¿Y tú? ¿Cómo estás? —Preguntó, atropelladamente—. Supe que participaste en las líneas defensivas en el último ataque de demonios.

Cuando Itachi había despertado hace dos días, llamándolo entre sueños, Sasori le había pedido que no se repitiera tal cosa; del mismo modo, le reprimió por la preocupación que demostró. Le dijo que su integridad física no le atañía en absoluto y que no se metiera en sus asuntos. Por eso, casi suelta un gruñido al notar que aquél estaba rompiendo esa promesa de no entrometerse, a pesar de que fingía desinterés por el asunto, sus verdaderos sentimientos se transparentaban fácilmente…, al menos para Sasori, así era.

—Los Buruaisu son muy comunes por aquí —respondió de cualquier manera, intentando no sonar demasiado afable—. Y en toda Suna, no hay quién esté mejor versado que yo en el caso de estos demonios.

Itachi dejó escapar el aire, como si lo hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo. Sasori se removió, un tanto incómodo.

—Hasta nuestra estadía en Suna, nunca me encontré con ninguno de ellos —comentó Itachi, fijando la atención en otro lado—. Es cierto, eso de que son criaturas despiadadas y extremadamente peligrosas. —Le dirigió una mirada más, y Sasori percibió el golpe de aquellos ojos tan oscuros mientras adquirían un brillo especial y grandilocuente—. Me alegra que estés bien.

La manera en que dijo aquellas últimas palabras hizo que Sasori sintiera la necesidad de acortar la distancia entre ambos, echarle los brazos al cuello y besarlo. Podía leer el alivio en la mirada de Itachi, porque también lo sentía después de haber pasado el día matando demonios, con el único pensamiento de volver con vida para verlo; y encontrarlo ahí, enterándose además de que él estuvo preocupado por su bienestar y que, seguramente, al enterarse por terceros sobre el regreso de la brigada a la que pertenecía, se había puesto a buscarlo por todo el palacio hasta tenerlo frente a frente. Ambos estaban ahí, y era como si no existiera nadie más en el planeta.

—No tienes de qué sorprenderte, idiota —le dijo, de cualquier manera—. Sé defenderme yo solo a la perfección.

—Lo sé —Itachi apresuró su respuesta—: De no haber sido por ti, no estaría vivo ahora. Gracias.

Durante casi treinta segundos, las mejillas del yokai estuvieron tan sonrosadas como su cabello. Le costó un poco volver a su expresión inmutable, así que agradeció que Itachi no hiciera comentario alguno acerca del asunto.

—Ya me has agradecido al menos treinta veces desde tu llegada. Ten un poco de orgullo y ya no sigas —le reprochó, mirando hacia otro lado y cubriéndose el rostro con una mano—. Eres tan patético.

En contra de la reacción esperada —la que, a propósito no tenía muy en claro cuál era—, el Uchiha se encogió de hombros, restándole importancia al comentario con una asombrosa facilidad.

—Parece ser la única manera de hablar contigo.

Sasori sintió un golpe fuerte en su pecho antes de volver su atención a Itachi. Maldito sea el Lazo Único, pensó mientras gruñía y le mostraba los dientes al otro, que no pareció ni sorprendido u ofendido. Era persistente, y todavía más paciente de lo que le gustaría al pelirrojo. Él se hubiera mantenido a distancia desde el segundo percance que tuvieron, pues alrededor de esas semanas, es lo único que sucedió entre ellos:

—Nosotros no tenemos por qué hablar de nada —contestó, grosero. Supo de inmediato que en esta ocasión, sí había herido a Itachi; sin embargo, él se mantuvo en silencio, como si tratara de sopesar sus siguientes palabras. Al fin, pareció decidir que no tenía caso y giró sobre sus talones para caminar al otro lado, cojeando un poco, alzando la cabeza de manera orgullosa. El pelirrojo hizo una mueca, pero no lo siguió. ¿Qué caso tendría?

Él quería a Sandaime; así había sido desde que era un mocoso, y las cosas no iban a cambiar. Suna era su hogar, el sitio donde estaba enterrada su abuela y donde podía ir a verla en cualquier momento; justo ahora, como necesitaba de su compañía, simplemente podía salir del pasillo y encontrar la lápida, después podría hablar con ella todo el tiempo que deseara y por fin, pedirle su consejo. A pesar de que no recibiría respuesta, era lo mejor que podía obtener ahora que Sandaime estaba demasiado ocupado para atenderlo a él también. La llegada de los yokai de Konoha había sido toda una calamidad y el Kazekage pasaba el día remedando y atendiendo las heridas que habían causado en ellos los Buruaisu —algunos habían perdido un brazo o una pierna en el ataque, y necesitaban sanar; el tal Madara, tío de Itachi, decía que no podían dejarlos abandonados en cualquier lugar y había solicitado cordialmente la ayuda del kage de Suna—. Así que de momento, Sasori tendría que resolver sus problemas a solas.

Con paso lento partió hacia el cementerio, donde al encontrar el lugar de su abuela, se sentó y empezó a rezar.

El día estaba gris, como siempre, y el viento frío levantaba la arena y la esparcía por todo el paraje hasta el punto en que, allá a lo lejos, todo parecía difuminarse y perderse tras una cortina de arena movediza. Sasori tuvo que tallarse los ojos más de una vez para recuperar la visión, pero estaba acostumbrado a pasearse con esa clase de clima, así que no temía perderse. Además, para rezar no ocupaba tener los ojos abiertos todo el tiempo; un pequeño punto a su favor.

A pesar de que su intención había sido visitar a Chiyo y hablar, ahora no se le ocurría nada qué decir. Estaba totalmente en blanco y miraba el nombre de la anciana, escrito en aquella lápida ladeada, y pensaba únicamente en Itachi, en la forma en que intentaba acercarse y cómo de mil maneras él intentaba repelerlo. Era una situación triste ver que el Uchiha volvía a acercarse e intentarlo, una y otra y otra vez. ¿Por qué no simplemente aceptar que Sasori nunca iba a aceptar esa clase de cosa que el destino les imponía? Eso no era amor. No podía serlo.

Hizo una última oración a Chiyo antes de regresar a palacio. Vagó un rato por los pasillos, hasta que por fin, afuera de una de las habitaciones, escuchó la voz de un niño riendo. El sonido le hizo detener su camino, pues algo como una risa tan alegre, como la que sucedía en ese momento, era algo extraño; tan hermoso como doloroso.

Con el ceño fruncido se acercó a la puerta entreabierta y miró por la rendija. Aquella era la habitación de un niño llamado Akio; tenía seis años, y había perdido el brazo derecho y la pierna izquierda en un ataque de los carroñeros. Nunca, desde su llegada, sonrió siquiera, y ahora estaba en los brazos de Itachi con una risa casi histérica mientras el joven Uchiha dibujaba unas runas en el suelo, y de ellas se desprendía la figura de un perro que empezó a correr alrededor del chico. Éste miró con una sonrisa al animal antes de hacer un pequeño esfuerzo por seguirlo por la habitación. Itachi, que hasta ahora había estado sentado, se puso de pie y le ayudó a pararse.

Sandaime era fanático de los inventos, así que en los últimos meses había estado trabajando en construir prótesis para los necesitados, aunque al pequeño Akio siempre le había costado trabajo adaptarse a él y se rehusaba a usarlo. Por lo tanto, la visión del niño haciendo un esfuerzo enorme por mantener el equilibrio con el aparato de la pierna, y cogiendo de la mano a Itachi mientras seguía al perro, era algo que le producía cierto sentimiento de… extrañeza.

Luego de un par de minutos, el perro se detuvo y se acercó a Akio, para dejarse acariciar. Itachi lo soltó y les dejó a ambos, mirándolos con una sonrisa en los labios. Sasori abrió la puerta quedamente, aunque el niño ni pareció advertirlo ni Itachi se volvió para mirarlo.

—¿Qué estás haciendo? —Le preguntó Sasori, con el ceño fruncido—. No deberías de gastar así las runas, a lo estúpido.

Itachi se giró hacia él, con una mueca por primera vez molesta.

—No es estúpido —dijo, casi escupiendo las palabras—. Akio lo necesitaba —la sonrisa le volvió al rostro, enternecido—: Solamente quería hacerlo feliz.

El perro volcó al niño y empezó a lamerle la cara mientras éste reía. Sin embargo, el pelirrojo todavía no apartaba su atención de Itachi.

—Eres muy raro —señaló al fin, suspirando—. Aunque me sorprende que Akio esté riendo, creo que me…alegra.

Itachi giró la cabeza hacia él y sus miradas se encontraron. En esta ocasión, Sasori ni siquiera tuvo que esforzarse en mantener el contacto visual, simplemente se dio.

—Qué bueno es escuchar eso —murmuró Itachi, abriendo y cerrando el puño de la mano sana. El pelirrojo chasqueó la lengua para llamar su atención.

—Eres bueno con los niños, ¿cierto?

—Creo; al menos eso es lo que me han dicho siempre. La verdad es que —miró al chico y sus ojos destellaron con algo parecido a la ternura—, me gustan mucho, sí.

—¿Tienes hermanos?

—Uno. Se llama Sasuke.

Él asintió, dizque a modo de respuesta. Al otro no pareció molestarle que se guardara silencio de nuevo.

—Uchiha —llamó, después de un suspiro. Aunque éste no volteó, supo que le estaba prestando atención—, lamento haber sido grosero hace rato.

Ahora sí que se volteó parar mirarlo, con las cejas arqueadas; parecía impresionado, váyase a saber la razón. Sasori rogó porque no fuera a preguntarle nada acerca del tema, y como si leyese su mente, se quedó callado, apenas sonriendo y asintiendo de forma perceptible.

—No importa —agregó, sin insertar sentimiento alguno en su voz—. ¿Sientes algo por otra persona?

La pregunta fue apenas hecha con un susurro, y aun así le pareció que tenía el sonido atronador de un edificio desplomándose a su lado. Le tomó por sorpresa y fue horrible tener que mirar al Uchiha mientras éste apretaba los labios en una fina línea.

—Soy una terrible persona —dijo, en su lugar. Itachi abrió la boca para decir algo, pero él alcanzó a interrumpirlo—. No quiero verte en otro lado que no sea junto a mí, ni con otra persona. En alguna parte, eso es lo que quiero y no importa cuánto lo niegue. —Hizo una pausa y escondió el rostro detrás de las manos, tallándoselo con fuerza y dando un pequeño gritito de frustración—. Pero, este es mi hogar… y Sandaime es la única persona a la que tengo; no me imaginó abandonándola.

Itachi no varió su expresión hacia lo iracundo, más bien se mantuvo comprensivo.

—Entiendo.

Sasori se dio cuenta de que esperaba escucharlo decir que sería él quien se quedara. Pero comprendía que no fuera así, por cómo lo había estado evitando. Al final, únicamente sintió la mano del moreno sobre la suya y alzó la mirada, anhelante porque sabía que Itachi lo besaría y nunca había deseado tanto ninguna otra cosa. Se pasó la lengua por los labios.

—Quédate conmigo. —Las palabras salieron de su boca sin que él pudiera detenerlas, para cuando se dio cuenta de lo que había dicho, ya era muy tarde. Trató de soltar su mano de la otra, pero Itachi lo alcanzó a sostener—. Perdón, no era enserio.

Itachi lo jaló de nuevo hacia su rostro, acortando la distancia que los separaba. El pelirrojo dejó escapar una pequeña exclamación. Durante un largo segundo, mientras sus lenguas se encontraban, Sasori casi se retuerce para librarse del agarre; sin embargo, levantó los brazos y se aferró al cuello del Uchiha con fuerza. No se separó de él y recibió el gesto con la misma libertad que hace unos días. Se apretó al cuerpo de Itachi con tanta fuerza. Necesitaba estar más cerca, todavía más.

Dejó que la sensación le consumiera por dentro, que le hiciera arder. Dejó que la forma en que sus cuerpos encajaban le hiciera olvidar un poco el mundo, y que desapareciera todo lo que no fuera ese instante; el calor de su cuerpo y el constante golpeteo de su corazón contra el pecho, quitándole el aire para ofrecérselo a Itachi.

Entreabrió los ojos, mirando el rostro apacible del moreno. El sentimiento de amor explotó en su interior, y la esperanza también, de que pudieran estar juntos.

—Quédate conmigo —repitió entre un beso y otro, jadeando.

—Para siempre —respondió el otro, mientras hundía la lengua en su cavidad bucal y le hacía estremecerse y gemir de placer. Sasori tenía miedo; estaba aceptando el Lazo Único. Llevó una de sus manos por el abdomen de Itachi, hasta la entrepierna. Lo hizo por puro instinto, pero se vio complacido al notar que el Uchiha no rechazaba el contacto.

—¿Itachi-san? ¿Qué le está haciendo Sasori-san? —La voz de Akio los trajo de nuevo al mundo real. Ambos se separaron, con la respiración entrecortada y los labios hinchados y rojos; el niño los miraba con una expresión confundida, el perro había desaparecido—. Spushi desapareció.

—¿Spushi? —Repitió el Uchiha, confundido, antes de notar la ausencia del can—. ¡Ah! Bueno, ahora mismo arreglo eso.

El pelirrojo sintió que el rostro se le ponía de mil colores diferentes, así que tan digno como pudo, se paró y fue al umbral de la puerta. No tardó mucho en oír los pasos de Itachi y luego, detenerse porque la mano del otro se había colocado en su hombro.

—Olvida esto, Itachi —pidió. El moreno le obligó a darse la vuelta; tuvo que levantar la mirada (cómo odiaba ser tan bajito) —. ¿Qué haces?

Su única respuesta, durante un largo instante, fue una sonrisa.

—Esta vez no dejaré que te eches para atrás, Sasori —le plantó un beso en los labios—. Destino o no, yo te amo. Ahora que sé que tú me quieres a tu lado…

—¡Nadie ha dicho eso! —Exclamó, dándose media vuelta y saliendo de la recámara a paso rápido.

Pero era cierto. El Lazo Único era su destino, y mientras se enlazará con el de Itachi y no se separaran nunca, estaba bien. Sasori nunca se sintió tan feliz como aquella noche, cuando el Uchiha tocó la puerta de su habitación y se quedaron hablando hasta el amanecer.

Cuando despertó, tenía la mano sana del otro entrelazada con la suya.

Tenía miedo, pero Itachi estaba su lado. Y de pronto, la oscuridad de la Tierra pareció encenderse con una fuerte y potente luz.

FIN.


Bueno, tengo otros kilos de copias por leer a continuación (TwT), así que me ahorraré más comentarios y me marcho. (:3) Espero volver pronto con el ItaSaso —eso, ya saben, siempre depende de reviews...ok, no siempre, pero el amor por las parejas a veces se me muere por falta de comentarios (:3U) ya que pareciera no valer la pena dormirse a las cinco de la madrugada para despertarme temprano y escribir; entre otras muchas cosas con la escuela... y luego, está Loki (xS)—.

A quien corresponda: Muchas gracias por leer. ¡Hasta pronto! (owo)/... Creo (nwñ)