Uno
-Creo tener la solución a su problema, Serena.
El reverendo Umino juntó las manos meticulo samente y pasó un pulgar a lo largo del otro, los ojos fijos en la mujer joven que estaba sentada a la mesa delante de él. Serena asintió educadamente. En los últimos meses, recibir a la gente bieninten cionada de la ciudad se había convertido en algo habitual. Al parecer, poner su vida en orden era la misión de todos los que habían conocido a Kenji e Ikuko Tsukino.
-Sé que la muerte de su padre debió parecerle el fin del mundo, Serena. Por eso nos hemos esta do estrujando la mollera, para ayudar a que se tran quilice.
Serena se imaginaba que estaba tan tranquila como cualquier otra solterona, pero quizá el reve rendo guardara algún as en la manga. Si daba con algún modo de limpiar lo que quedaba del huerto, ordeñar las seis vacas, echar de comer a todo un corral de gallinas ponedoras, además de arrastrar seis espuertas de manzanas a la bodega en las próxi mas doce horas, sería un milagro digno de dedicarle el sermón del domingo.
-¿Me está escuchando, Serena?
Kelvin Umino se inclinó sobre la mesa con una expresión preocupada en los ojos mientras tra taba de encontrar la mirada de la joven.
-Tengo la impresión de que los acontecimien tos de los últimos meses la han sumido en un pro fundo pesar. Esta mañana, casi parece hallarse en los abismos de la desesperación.
Lo que a ella le hubiera gustado esa mañana sería estar acurrucada en su colchón de plumas. Le dolía todo el cuerpo, le ardían los ojos por la falta de sueño y el estómago le gruñía de hambre, desde luego ésas sí eran razones para estar desesperada, si ella hubiera sido de las que se dejaban atrapar en aquellas trampas.
-Quizá haya venido demasiado temprano, que rida. Sin embargo, me ha parecido que nunca es demasiado pronto para traer buenas noticias.
Inclinándose más hacia ella, el predicador sonrió con amabilidad.
-¿Buenas noticias?
No había oído otra cosa que estupideces y pero ratas de la incesante procesión de gente que pasaba a verla. Alguna buena noticia sería un verdadero ali vio.
-Su padre le dejó una buena granja, Serena, pero si no puede trabajarla adecuadamente, no la conservará. No, si tiene que hacerse cargo de la hipoteca, del ganado y de la cosecha de manzanas. Algo que ella sabía de sobra. Tenía cuatro ofer tas sólidas para comprarle la granja, otra para traba jar de maestra en el condado vecino y una propuesta de matrimonio de Jedite Metalia. No había tenido tiempo de decidir si pretendía casarse con ella o con la granja antes de acompañarlo a la puerta.
-Usted es una mujer de recursos -dijo el pre dicador con calma-. He estado todo este tiempo preocupado por si la engañaba algún pícaro, o de que la gente de la vecindad le diera malos consejos llevados por la buena voluntad. Y anoche, ya tarde, el buen Dios llevó a mi puerta la respuesta a su pro blema.
Serena resistió el impulso de apoyar la cabeza sobre la mesa y cerrar los ojos. Estaba demasiado cansada para preocuparse de lo que decía el predi cador. Mover la gran escalera de árbol en árbol y luego subir para recoger las manzanas durante todo el día anterior la había dejado agotada. En realidad, si no se movía lo más probable era que se quedara dormida sobre la mesa de la cocina, a pesar del pas tor.
-... uno de ellos debe tener siete años, el otro es una criatura. El señor Chiba, Darien es su nom bre de pila, está dispuesto a presentarse aquí en seguida, este mediodía, sin ir más lejos, y hablarlo con usted.
El predicador, con una sonrisa triunfal, hizo una pausa para recuperar el aliento.
-Estoy encantado con cómo se han desarrolla do los acontecimientos. Creo que es la verdadera respuesta a su problema, una solución que su padre hubiera aprobado.
Serena parpadeó. Se había perdido en algún momento del discurso. ¿Quién diablos era ese señor Chiba? ¿Y qué tenían que ver con ella dos críos pequeños?
-Me hago cargo de que debe estar pasmada ante el rumbo que han tomado las cosas -siguió el pastor-. Yo sentí lo mismo anoche, cuando las pie zas empezaron a encajar. Estuve a punto de venir en aquel mismo instante, pero ya era de noche y sabía que estaría a punto de retirarse a descansar.
Ni en sueños, pensó Serena sombríamente. A esa hora estaba desnatando la leche y preparándose para batir la mantequilla de modo que hoy estuviera lista para mandarla a la tienda. No era raro que su estómago protestara en esos momentos. La noche anterior no había cenado y ahora el pastor la había sacado del granero antes de que hubiera tenido tiempo de desayunar.
-Ya veo que no encuentra palabras, Serena. A veces, un corazón se halla tan rebosante de agrade cimiento que ni siquiera acierta a expresarlo -dijo el joven reverendo, levantándose y ofreciéndole la mano-. Volveré con el señor Chiba dentro de un par de horas. Al mediodía, como muy tarde. Dios bendecirá nuestros esfuerzos, ya lo verá.
El pienso de las gallinas volaba por el aire con un sonido silbante y se derramaba por el suelo. Entre cloqueos y picotazos, los pollos se lanzaron tras él, esquivándose y empujándose mientras se ocupaban del desayuno.
Serena contempló con orgullo cómo sus leg horn blancas se atusaban al sol. Había criado la pollada de aquel año a partir de sus propios huevos, después de apartar las gallinas más viejas y hacer conservas con ellas para el invierno. El hacha aguardaba todavía a tres gallos jóvenes, el resto había pasado por su mesa durante el verano. Ahora el gallinero contaba con treinta ponedoras, cuyos huevos le proporcionaban una bonita suma todas las semanas cuando se los vendía a Andrew Furuhata, el dueño de la tienda. Con eso y la mantequilla que hacía dos veces por semana, se las arreglaba para mantener su despensa decentemente surtida.
-Y ahora a cuidar de mi estómago -les dijo a las gallinas que cacareaban a sus pies-. Sí, como si eso os importara. Vosotras sólo pensáis en llenar el buche.
Apartándolas, se abrió paso hasta la puerta del gallinero. Una de las cluecas había vuelto a escapar se y reclamaba un lugar bajo las lilas, junto al hórreo del maíz.
-Como no te andes con cuidado, acabarás en el puchero -dijo contestando al cloqueo del ave-. No tengo tiempo para dedicarme a buscar tus hue vos todos los días y ya es demasiado tarde para empollar. Hoy no estoy para ir tras ella -añadió para sí.
Frotó las suelas de los zapatos contra la horquilla de metal que había instalado a la salida del galline ro. Cuando los limpió de excrementos, fue a la casa.
Pensó que un cuenco de gachas de avena era tan alimenticio como cualquier otra cosa y esperó a que hirviera el agua en su olla más pequeña. Espolvoreó los copos y añadió una pizca de sal, cortó una reba nada de pan y la untó con mantequilla. Las gachas burbujeaban mientras ella trabajaba, las movió y comprobó la textura. Su padre siempre decía que las hacía en su punto.
La cuchara mantuvo la vertical. Si lo pensaba con detenimiento, era en lo único que había logrado complacerlo. El pan de mamá siempre era más tier no, su masa para empanadas más crujiente. Incluso su pollo con albóndigas de masa había sido ambrosía de los dioses, si hacía caso de la memoria de su padre. Sin embargo, durante diez años, su padre había juzgado a Serena como algo imperfecto, por mucho que ella se esforzara en agradarle.
-Ayer recogí seis espuertas de manzanas, papá -dijo en el silencio de la cocina-. Si no hubieras vendido el caballo, habría podido llevarlas a la bodega con la carreta. Ahora, el señor Furuhata tendrá que hacer un viaje si las quiere para la tienda.
Su padre había hecho toda suerte de cosas extra ñas en aquellos últimos meses, como si su mente estuviera en otro mundo. Vender el caballo había sido la gota que derramaba el vaso, para el modo de pensar de Serena. Y luego, se había quedado en la ciudad para jugar al póquer con los braceros el vier nes por la noche... algo que nunca había hecho antes. Y él nunca había tenido mano para los naipes. Después, recorrió a pie los tres kilómetros hasta la casa y se tumbó en el porche a dormir.
Serena lo encontró al día siguiente, el viento del oeste lo había dejado sin vida, igual que cuando mamá había muerto y se había llevado sus ganas de vivir. Habían pasado tres meses y todavía podía verlo allí, con una débil y extraña sonrisa en los labios, como si hubiera visto algo hermoso a lo lejos.
Las gachas estaban sabrosas, endulzadas con dos cucharadas de miel. La nata era consistente, amari lla y espesa, Serena se sirvió generosamente. Su vaca jersey valía cada centavo que le había costado, quizá más, a juzgar por el color de aquella crema. Además, era un animal precioso, con unos ojos inmensos.
El sol caía implacable sobre el campo de heno al este de la casa. Dentro de una semana estaría listo para segarlo. Nicholas Kumada, el molinero, había acor dado ocuparse de él. Un porcentaje era mejor que nada y nada iba a ser lo que Serena obtendría si debía encargarse ella de la siega. Los hombres ins piraban más respeto que las mujeres, por muchas vueltas que le diera. Por lo menos, tendría heno suficiente para las vacas hasta la primavera.
Contó las cajas de madera para las manzanas mientras se acercaba al huerto, sabiendo cuántas había antes de acabar. Pura tontería, habría dicho su padre. Pura vanidad, sentirse satisfecha de sí misma por realizar aquella sencilla tarea. Los músculos de sus pantorrillas protestaron cuando se agachó a por la primera caja. Por lo que a ella se refería, mover la escalera de árbol en árbol distaba mucho de ser una tarea sencilla. Al menos para una mujer sola.
Apretó los labios. Sería mejor que se fuera acos tumbrando o ya podía pensar en cortar los árboles y eso era algo de lo que no era capaz. Los tres acres del manzanar eran su lugar preferido aunque el tra bajo la agotara.
Mientras se levantaba con la caja, alguien dijo «hola» desde la casa. Volvió a dejar la caja en el suelo y se llevó la mano a la frente para proteger sus ojos del sol. Vio un carro lleno hasta los topes, cubierto con una lona apretada. Tres siluetas la con templaban desde el pescante. Al otro lado, el predi cador la saludó sin desmontar del caballo.
-¡Yuju! ¡Serena! He traído al señor Chiba, como le prometí.
¿Pero qué demonios le había prometido? Serena arrugó la frente mientras trataba de recor dar la conversación en la que tan poco había inter venido. Fueran cuales fueran los planes del pastor, era evidente que ella había dado su consentimiento. Echó a andar hacia ellos, la falda y las hierbas altas estorbaban sus pasos.
El hombre se había girado en el pescante. Su mirada era enigmática e inquisitiva mientras la con templaba con los labios apretados. O mucho se equivocaba, o no había nada de amistoso en él.
Pero contuvo el aliento cuando vio la cicatriz dentada que cruzaba su pómulo. El desconocido se llevó la mano al ala del sombrero, descubriendo su cara al sol. Aquella mano ancha, de dedos largos, bajó hasta descansar sobre su muslo y la boca se frunció en la comisura, como si la retara a reaccio nar ante su imperfección.
Serena comprendió que llevaba la cicatriz con orgullo, se presentaba ante ella con una actitud aus tera, impasible, a excepción de aquella ligera mueca en los labios. Los hombros eran anchos bajo la tela fina de la chaqueta, los pantalones delinearon los contornos fuertes de su muslo cuando él levantó el pie para apoyarlo sobre el guardabarros.
Era un hombre grande, fuerte, si el tamaño de sus manos, los músculos de su pierna y la amplitud de su torso servían de indicación. Sus miradas se encontraron, la del hombre oscura, firme e intensa, a pesar de hallarse de cara al sol.
-¿Qué puedo hacer por usted, señor?
Serena se detuvo a algunos pasos del carro sin preocuparse en disimular la irritación porque hubie ran interrumpido su trabajo. El viento llevó un mechón de pelo dorado contra sus ojos y Serena levantó una mano impaciente para apartarlo.
-A decir verdad, creo que esa pregunta debería hacérsela yo.
Aquellas palabras duras no hicieron nada por calmar la irritación de Serena.
-Usted es quien viene con el sombrero en la mano, señor mío. A mí me parece que es usted quien tiene algo que decir. Suéltelo de una vez o déjeme que siga trabajando. No tengo tiempo para visitas esta mañana.
-¡Serena! He traído al señor Chiba para que le sea útil -se apresuró a intervenir el reverendo mientras desmontaba-. Si llegan a un acuerdo, supondrá un gran beneficio para ambos. Le recomiendo que le conceda unos minutos de su tiempo.
-No dispongo de tiempo, reverendo -dijo ella con un suspiro-. Si el señor Chiba quiere contratarse como bracero, descubrirá que no es una buena idea hacerlo aquí. El trabajo es mucho y la paga escasa. Y no sólo eso, sino que tendré tres bocas más que alimentar.
-No tengo experiencia como bracero, señorita Tsukino -dijo Darien Chiba con una voz que vibraba de impaciencia-. Creí que podíamos llegar a un entendimiento, quizá a un acuerdo, pero me doy cuenta de que su actitud no sería beneficiosa para mis hijos.
Se volvió para hablar en voz baja con los dos niños que miraban a Serena por detrás de él. Sin embargo, Serena se sentía ofendida y plantó las manos en las caderas.
-¡Mi actitud! Señor Chiba, me han hecho abandonar mi trabajo para hablar con usted y encima se atreve a mirarme como si fuera un trozo de ternera puesto a la venta en la tienda. Me ha juz gado y no me ha encontrado conveniente, ¡y aún no sé lo que está haciendo en mis tierras!
Contemplándola desde el pescante, Darien dudó un momento y luego habló deprisa, en un tono tan bajo que ella tuvo que esforzarse para oírlo.
-Estoy buscando un lugar donde invertir, un sitio donde mis hijos puedan vivir en paz y donde pueda labrar un futuro para ellos. Sin embargo, ante lo que veo y oigo, no parece que aquí puedan encontrarla.
Sus ojos se posaron sobre ella, advirtiendo la postura beligerante que había adoptado con las manos en las caderas. A pesar de su serenidad, su tono era helado. Chiba tomó las riendas con una sola mano.
-Ya han soportado más riñas de las que se pue den aguantar.
Con un chasquido de las riendas sobre el lomo de los caballos, Darien apartó la mirada mientras el carro se ponía en movimiento. Serena se mordió los labios, avergonzada por sus palabras, consciente de que era justo que hubiera llegado a aquella con clusión. Vio que el carro daba la vuelta hacia el camino. Los dos pequeños giraron la cabeza para mirarla por encima del hombro.
Quizá fuera la aceptación tranquila que vio en sus ojos, o quizá las mejillas redondeadas del más pequeño mientras apretaba las mandíbulas. Una sombra de pudor ensombreció el sol de la mañana. Aquellos pequeños necesitaban algo de comer y un lugar fresco en que descansar, por muy hosco y altanero que fuera su padre.
-¡Señor Chiba! -llamó con voz ronca pero firme-. Vuelva. Deje que los chicos estiren las piernas un rato.
Los caballos arrastraron el carro unos cuantos metros más antes de que él los refrenara. Con la espalda recta, la cabeza erguida, Darien esperó. A su lado, las dos criaturas se movieron inquietas y hablaron en susurros, obviamente animándolo a que considerara el ofrecimiento de aquella mujer. El hombre miró aquellas caras, cedió y acabó asintien do.
No hizo falta más, el mayor saltó al suelo y se volvió para ayudar a su hermano. Darien le tomó por las axilas y lo depositó junto al primero. Entonces hizo girar al carro una vez más y siguió a los dos niños hacia la casa y hacia la mujer que allí los esperaba.
