Notas autora: Traigo la continuación, que ya tocaba :3

Advertencias: En este capítulo he metido Yamato x Mimi, así como continuado con el Taiora (to).

Nota 1: Existen personas que tienen el sentido del olfato muy agudo, otras con ciertas manias... Sora tiene esas cosas y una buena patada.


¿Por qué?

Porqué su olor siempre está en todas partes.

I

Si había algo que Sora pudiera ser capaz de reconocer de Taichi, no eran sus rebeldes cabellos, lo cual ya era obvio. Era su olor.

Algo característico y puro. Varonil y extraño. Alarmantemente sensual y adictivo.

De tan solo pensar que el olor de alguien pudiera crear tantas sensaciones en ella, se sonrojaba, temiendo que cualquiera pudiera tacharla de pervertida.

Su madre siempre decía que las chicas debían de lavarse mucho, porque tendían a oler mal. Sudor y otras cosas.

También alegaba que los muchachos a según qué horas, apestaban.

Sora rió, un día, preguntándose qué cara pondría su madre si llegara a saber que ella disfrutaba del olor de cierta persona.

II

El día que Tai puso la camiseta sobre el césped, quizás fue un día de descuido para ella. No lo hizo queriendo, pero alargó la mano con la excusa de doblarla y se la colocó en las rodillas.

Mientras las chicas se desgañitaban por animar a los chicos, que jugaban un partido amistoso en el campo de futbol de aquel famoso parque, ella les observaba, con la camiseta entre sus brazos. Le llegaba olor a suavizante. A césped fresco y… a él.

Cerró los ojos, dejándose llevar y por un instante, si hubiera estado más atenta, habría sido capaz de fingir que simplemente suspiraba y cerraba los ojos por el aire.

Mimi la pilló y esa noche, formó una noche de chicas para sacarle todos los trapos sucios que tuviera.

Eso sí, Sora sonrió cuando al quitarse la ropa, comprobó con sorpresa que el olor de Tai se había quedado arraigado a su propias prendas.

III

Cuando eran más jóvenes y descansaban en el mundo Digimon, Sora siempre había estado cerca de ellos, tan sucia como ellos. Si no fuera por los momentos en que ella y Mimi podían escaparse para asearse, dudaba haberlo soportado algo más.

Los chicos eran otro tipo de seres. Podían convivir con la suciedad en armonía. O al menos, eso decía Mimi. Sora no recordaba haberle prestado mucha atención a esto, pues las batallas, los problemas y demás, no le dieron tiempo a más.

Pero si recordaba haberse recostado sobre él, abrazarse, rozarse, estar al lado. Tai siempre olía maravillosamente. Era un olor que asociaba directamente con él.

Por más que Mimi dijera que los niños olían raro, a ella le gustaba.

IV

Cuando entró en la tienda se detuvo de golpe. Su nariz cosquilleó con el aroma leve a una colonia en especial.

—Vaya, Sora— saludó el tendero con la confianza de años—. Justo acaba de marcharse tu novio.

La pelirroja enrojeció y aferró el bocadillo tras pagar y salir corriendo. Buscó con la mirada, pero fue su risa quien le alertó.

—¡Diablos, Taichi! — corrió hacia él, pateando una lata que dio de lleno contra el rostro del chico—. ¡Deja de esparcir rumores vergonzosos y da tú la cara!

Luego se volvió, alcanzando a escuchar al joven castaño gritar:

"¡Esa es mi chica! ¡Siempre da buenas patadas al balón!".

V

Al llegar a la adolescencia, Sora pudo darse cuenta de que una cosa. Algo que diferenciaba mucho a Taichi y Yamato, era su olor. Yamato siempre llevaba olor a colonia cara, de rastro fuerte. Quizás para evitar que el sudor tras los ensayos molestaran a los demás. O quizás para remarcar que le gustaban a veces las cosas demasiado extravagantes. O dar la nota, como solía decir Takeru, añadiendo un "hermano, te quiero igual" y risas por parte de todos.

Sin embargo, Tai siempre olía de esa forma curiosa. Atrayente. Como algo que picaba en tu nariz y no terminabas de saber qué era.

Y a ella le llegaba de lleno su olor. Sentada delante, con la ventana abierta y una ráfaga rebelde que traía de atrás hacia delante el olor de la persona. Taichi se sentaba tras ella.

—¿Qué colonia usas? — le había preguntado una vez—. No consigo descubrir cuál es. Pero huele de maravilla.

Él había parpadeado confuso.

—No uso colonia. Ni desodorante.

Sora se murió de la vergüenza mientras él no cesó de seguirla por todos lados, olisqueándose la ropa y preguntándole si olía mal.

V

Desde que convivían juntos, compartiendo un piso de estudiantes, Sora había diferenciado las cosas por olores. Mimi era escandalosa con el perfume. Siempre que se duchaba, todo terminaba oliendo a rosas.

Yamato también, solo que olía a colonia fuerte.

Ella misma solía dejar atrás un reguero de olor a cerezas o frutas. Era su champú preferido.

Y Taichi solía dejar olor a jabón mezclados. Era de los que prefería usar el champú de otras personas al suyo. Quizás porque siempre se le olvidara de comprar cuando hacía la compra.

—Taichi— llamó cuando limpiaba el baño aquel día, siendo su turno—. ¿Has cogido de nuevo mi gel de cuerpo?

Lo escuchó tragar desesperado y carraspear, hasta toser.

—N-no sé por qué lo dices— tartamudeó.

Se lo imaginó con una gota resbalando por su frente, culpable.

Salió del baño para encontrárselo sentado en el sofá, cambiando de canal, pero sin ver absolutamente nada. Tragó y probablemente no la esperó, porque cuando le olió el cuello, dio un brinco hacia delante, cubriéndose el lugar como una chiquilla adolescentes y mirándola acusadoramente.

—Hueles a fresas, Taichi— remarcó entrecerrando los ojos—. Has usado mi champú.

—E-era el que estaba ahí.

Sora se cruzó de brazos, golpeó el pie y señaló la puerta.

—Ya puedes ir a comprarme uno nuevo, Taichi.

Él asintió y como un rayo, salió. Yamato les miró con una ceja alzada, con Mimi sobre sus piernas. La chica de largos cabellos señaló la mesa mientras se escuchaba por la ventana la moto de Tai encenderse y alejarse.

—Volverá. Sin nada, pero volverá. Porque su cartera está ahí.

Los tres rieron, imaginándose la escena.

Tai volvió, sí, sin champú y con una caja de fresas bajo el brazo. Nadie preguntó de dónde las había sacado.

VI

—¡Dios mío, Tai! — exclamó Sora con sorpresa—. ¿Qué te has echado?

Taichi parpadeó, mirando el bote que sostenía con inocencia. Sora se debatía entre reírse o dejarlo pasar. Pero no podía permitir que su novio saliera a la calle así.

—Desodorante, ¿no? — respondió este sentándose en la cama para ponerse los calcetines.

Sora se adelantó, cogiendo el bote y haciendo que lo leyera.

—¡Esto no es desodorante, cariño! — rió sin poder aguantarlo más—. ¡Es ambientador del baño!

Estupefacto, el joven empezó a desnudarse hasta que la ropa terminó revuelta en el suelo.

—¿¡Por qué había un bote de ambientador entre mis cosas!?

A lo lejos, Sora percibió las carcajadas de Mimi y Yamato en el salón. El castaño entrecerró los ojos, prometiendo venganza.

Un mes más tarde, Yamato no tenía nada de ropa interior limpia y por ir a oscuras, terminó pasando el día con la primera prenda que pilló de Mimi. La desgracia quiso que solo tuviera tangas.

Taichi, más tarde, fue sermoneado por Mimi, quien no aceptaba que tocara su ropa interior.

El castaño aguanto el sermón. Por la noche, Sora descubrió un extraño libro sobre su almohada, una sonrisa pícara en su novio y una caja de condones a estrenar sobre la mesita de noche.

VII

Sora presionó la nariz contra el cuello de Taichi y sonrió. La venda cubría sus ojos y tenía las manos maniatadas. Taichi y Yamato tenían la mirada fija en ella, esperando. El castaño se había echado hacia atrás, esperando.

—¿Y bien? — cuestionó Yamato impaciente.

Sora se relamió.

—Taichi. Y el olor es canela.

Ambos se miraron mientras ella se lamía los labios, maldiciendo. De nuevo, Tai tuvo que quitarse otra prenda. Mientras Yamato le quitaba la venda de los ojos, la chica sonreía y miraba las ataduras de sus manos, esperando que la liberase totalmente.

Pero el chico no lo hizo. Sora dio un tirón.

—Ey. Adiviné— protestó.

Taichi lanzó los calzoncillos por encima de su hombro, donde el resto de prendas de los otros dos esperaban. La gran mayoría, ropa de Yamato y él. Sora apenas había perdido prendas. Exactamente, contaba con su ropa interior.

Los chicos empezaban a pensar que hacía trampas.

—El pañuelo tenía que permitirte ver en algún momento— gruñó Yamato colocándose tras ella. Sora le miró, arqueando una ceja.

—No es verdad.

—¿Cómo lo haces, entonces? — Taichi se arrodilló entre sus piernas, inclinándose y besándole el ombligo.

La chica rió por cosquillas.

—Cada uno oléis diferente y de una forma particular. Añadiendo otro olor, no es diferente para mí.

Yamato metió los dedos por las tiras del sujetador, bajándolo por sus hombros, inclinándose hasta que su boca presionó su cuello.

—Trampa, Sora.

—N-no es cierto. Vosotros no tenéis olfato.

Pero los chicos ya no la escuchaban y hasta ella llegó un olor superior de sus cuerpos.

Olor a sexo.

VIII

Si había algo de los quehaceres de la casa que Sora amaba hacer, era doblar la ropa. Era la excusa perfecta para moverse de un lado a otro de la casa. Por habitación en habitación. Sin tener que estar arraigada a un solo lugar y preocuparse porque se ensuciara si volvía a pasar.

Además, ella tenía ya un plan perfecto.

Primero doblaba las toallas para llevarlas al baño. Luego llevaba las esponjas. Los trapos de la cocina le seguían. Los manteles en el cajón del comedor. Las servilletas con ellos.

Después llegaba el turno de la ropa personal.

Primero hacía la suya, dejándola sobre la cama para después colocarla. Y ya, tan solo, quedaba la de los chicos.

Primero la de Yamato. Se tomaba su tiempo en colocarla, en revisar que nada estuviera descosido y perfectamente doblado en los cajones. Yamato podía ser un as en la cocina, pero cuando tocaba arreglar su dormitorio… era un caos.

Claro que no era peor que Taichi.

Pero ahí siempre cambiaba algo. Sora solía guardar su ropa interior rápidamente, así como los calcetines tras asegurarse que no hubiera roturas.

Las camisetas las doblaba una a una. Y en todas metía las nariz. El olor del suavizante y a él. Aunque la ropa estuviera lavada, siempre quedaba algo de Taichi en ella.

Luego las guardaba y lo mismo con los pantalones. Alguna que otra vez se había preguntado como ambos chicos podían tener pantalones tan largos de pierna y algo estrechos en la cintura.

Luego recordaba cuando pasaba los brazos por ellas y se estremecía.

Más de una vez, cuando ambos chicos se marchaban en algún viaje familiar o de estudios en los que a ella dejaban atrás, se descubría durmiendo a solas, abrazada a dos camisetas de los chicos y la nariz enterrada entre las prendas.

—¡Estamos en casa! — anunció la voz de Yamato.

Sora guardaba la ropa rápidamente y salía a recibirles. Pues aunque disfrutaba de esos momentos con la ropa, era mucho mejor olerles directamente.

Y si podía ser, piel a piel.


¡Nos vemos en el próximo! Gracias por su apoyo :3

Especialmente, a mis cielos del foro Proyecto 1-8 que me apoyan tanto nwn.