Ella no podía respirar.
—¿Cuánto llevas ahí? —preguntó él, con los ojos llenos de pánico.
Solo entonces, al oír su voz hablándole realmente a ella, a la Kyoko que vivía fuera de su cama y de su cabeza, ella se movió. La mano en la boca, un grito gestándose en su garganta y el corazón tronando en sus oídos a punto de volverla sorda.
Kyoko huyó, por supuesto.
—¡No es lo que crees! —le oyó gritar antes de encerrarse en la habitación de invitados. ¿En serio? Podrá ser ingenua, tonta, mojigata, pudorosa y tradicional, sí, todo eso y más aún, pero ella sabe lo que vio…
Y lo que escuchó…
Lo evitó como pudo durante semanas, dos, tres, un mes incluso… Él le sigue mandando mensajes que ella no se atreve a leer, y provocando encuentros públicos de los que no puede escapar… Ella, traicionada por su propio rubor, callaba y no apartaba la vista del suelo, porque si lo hacía, sabía que iba a quedarse mirando como una idiota esa parte de él. Su saludo triste le rompía el corazón, su voz rota le instaba a buscar sus ojos, pero ella simplemente no podía mirarlo.
Por la noche, lágrimas de rabia y miedo mojarán sus sábanas porque la vida le ha dado más de lo que puede manejar… Vio lo que no debió haber visto, escuchó lo que no debía haber escuchado… La vida le obligaba a elegir: a dar un paso al frente o a quedarse inmóvil… La posibilidad de un mundo nuevo —con él—, lleno de caminos inexplorados, desconocidos, se abre ante ella y Kyoko no puede soportarlo. No puede, de verdad… Si ya antes el amor era difícil de asumir, de aceptar y de reconocer en voz alta, no digamos el sexo…
¿Y si a ella no le gustaba? El sexo, no él… ¿Y si no quiere que él la toque? O peor aún, ¿y si ella no quiere tocarlo?
¿Y si la realidad es peor, más torpe y decepcionante que sus fantasías con ella? ¿Y si nunca está a la altura de un hombre como él? ¿Y si la imagen que él tiene de ella se rompe en mil pedazos cuando la conozca de verdad?
¿Y si ella no puede satisfacer a un hombre como él?
Y si, y si, y si… Los 'y si' no cesan de atacarla, de llenar sus noches con más miedos…
Ella era virgen, por los dioses… Ella no tenía idea de nada, absolutamente de nada…
Kyoko ahoga sus sollozos en la almohada, estrangula el llanto enterrando la cara en ella, y el miedo y todas sus inseguridades, renovadas, más fuertes, siguen ahí. Porque las palabras de Shotaro resuenan con más fuerza: plana, sosa, aburrida, sin ningún atractivo sexual…
Pero él la llamaba… A ella…
Cuando cierra los ojos, aún puede verlo, tocándose…, diciendo su nombre…
Y una noche, harta de miedos que la paralizan, Kyoko, la siempre curiosa Kyoko, se toca… Tiene buen cuidado de que el pestillo de su habitación esté cerrado cuando se tiende en su futón y se toca. Primero por encima de la ropa, pero hay demasiada tela como para sentir algo. Así que audaz, temeraria, sortea las prendas, y se busca, más allá del bosque de su doncellez donde solo está su piel al desnudo.
Ella se toca, separando los pliegues núbiles y trazando líneas curiosas de explorador. Sí, de acuerdo, reconoce ella, es… ¿agradable? ¿Excitante? Kyoko no tiene palabras para algo que no ha sentido nunca… Pero ella insiste, persiste, y dibuja círculos, rectas, presiona, acaricia, hasta que arquea la espalda con un suspiro ronco que le nace de adentro.
Y entonces aparece él, llenándolo todo.
Tras sus ojos cerrados, Kyoko lo ve, lo siente, y recuerda… La gentileza de sus manos entrelazadas, su aliento sobre la piel, aquel beso que no fue beso, sus ojos nublados… La firmeza y calidez de su torso bajo sus manos, cuando aquella noche ella lo montaba… Y la entrega… La entrega absoluta de Cain a Setsu y su promesa…
Ella suspira, se muerde el labio inferior, y por un breve instante, se sorprende de la humedad que nace de ella y que se extiende y hace que sus dedos resbalen, se deslicen sobre la piel sensible, perdiéndolo, pero ella busca de nuevo ese punto, ese punto exacto donde antes estaba él, y dibuja apresurados círculos con la yema de su dedo índice. Ah, sí, ahí está él de nuevo.
Suspira de nuevo, sintiendo —recordando— el sabor de su piel en su boca, y presiona más fuerte y más rápido allí donde el mundo parece querer tragársela, contra la carne y los nervios de su cuerpo. Siente venir la marea, rugiente, embravecida, hasta que el oleaje la alcanza, esa marea de sensaciones, de éxtasis, que la desborda y la pone del revés, que le ahoga y le da la vida…
Cuando la ola pasa y llega la calma, Kyoko jadea, respira entrecortadamente, y siente que la tela del pijama le estorba y le molesta. Con cierta inquietud culpable, acecha en la oscuridad pero no escucha más que el usual silencio de la noche…
Eso fue… ¿Cómo describirlo? Agradable, y excitante, por supuesto…, racionaliza ella. Pero insatisfactorio, falso. Absolutamente falso… Porque sus caricias no eran él, no eran sus manos, no era su boca, no era su piel. No era su aliento el que hacía estremecer su piel…
Kyoko aprieta los labios, que se afinan en una línea de disgusto insatisfecho, pero luego inspira hondo y vacía el pecho dejando salir el aire lentamente por la nariz.
Y Kyoko lo busca de nuevo… Busca a Ren con su mano, con sus recuerdos, con las emociones, con todo lo que él le hace sentir. Busca amarlo, con su cuerpo, con su alma… Busca la entrega, ese salto al vacío entre sus brazos…
Y en el aire oscuro de su habitación, nace un nombre convertido en suspiro:
—Ren…
Y solo entonces ella lo entiende.
