Raro o no, ya no sentía lo mismo. Las últimas veces que volvió lo hizo con menos ganas, ya no era la conejita rebosante de alegría que se emocionaba por ir al lugar donde "todos pueden ser lo que quieran ser". Tal vez, el hecho de que el slogan ya no iba acorde a lo que se vivía en Zootopia, era una de las razones.
Era curioso cómo, pese a todo lo que pasó en los últimos dos años, tenía la necesidad de volver a Zootopia. Sus padres le ofrecieron cobijo, pero la ciudad la reclamaba. Ya no trabajaba en la ZPD como había sido su sueño, por lo que tenía menos excusas para volver, pero sin embargo siempre que tenía la posibilidad de alejarse termina regresando.
Estaba sentada a la par de un tigre, que usaba su collar como todo ciudadano depredador corriente. Tiempo atrás, posiblemente no le hubiese gustado del todo viajar con alguien tan grande, con una mandíbula tan fuerte y garras tan grandes. Ahora sin embargo sentía lástima.
Todos los depredadores en Zootopia y alrededores, sin importar su raza, sexo o edad, tenían que usar sus "collares de protección". Ante el aumento de ciertas feromonas, hormonas y de la adrenalina en sí, el usuario sería electrocutado hasta quedar inconsciente. Era injusto, pero la medida fue aceptada por la mayoría pública. Cabe recalcar también que la mayoría de habitantes de Zootopia eran herbívoros, lo cual condicionó claramente la votación sobre la implementación de los artefactos.
Como era de esperarse, los collares de protección abrieron una gran grieta en la sociedad. Los depredadores ahora formaban una minoría mayormente marginada. Si eres depredador ten casi por asegurado que no estarás en la recepción de ningún negocio, tu carrera política no será la mejor, no podrás formar parte de alguna junta directiva, cobrarás menos y serás desplazado por tus compañeros de trabajo. Era injusto, efectivamente, pero era real. Años atrás esto sonaría impensado, pero al día de la fecha las presas terminaron por dominar a los depredadores.
Los cambios que se dieron en Zootopia terminaron por afectar la conducta de la gente y Judy no fue la excepción. Quienes la contrataban por su trabajo como investigadora privada afirmaban que era muy seria, un tanto distante e indiferente. Sin duda alguna había madurado y aprendido de las malas experiencias. A diferencia de otros, no le molestaba trabajar con depredadores, como hizo en el pasado. Era una de las pocas que ayudaba a cualquiera que se le presente.
Escuchó una voz femenina afirmando que en menos de dos minutos llegarían a la estación. Dio un vistazo a su alrededor, la forma en que todos se sentaban en el tren daba a entender el modo en que se pensaba en Zootopia. Ella era la única que desentonaba con el orden establecido por una sociedad ahora más racista y prejuiciosa que nunca. Depredadores atrás, presas adelante.
Bajó con su equipaje, era un bolso bastante grande y pesado. Levantó la vista e inspiró hondo, pasando por un buen o mal momento Zootopia siempre era imponente. Le pasó la primera vez y le pasaba ahora, sentía mariposas en el estómago.
Pidió un taxi estando ya afuera de la terminal. Savanna Central seguía siendo el mismo lugar agitado y frenético de siempre, con animales yendo de un lado a otro. El taxista era un lobo que le resultaba presuntamente familiar, pero evitó entablar una conversación. Quizás lo conociera de su paso en la ZPD, pero no podía recordarlo.
Pagó lo acordado una vez que la dejaron frente a los apartamentos Grand Pangolin. "Buena suerte, Hopps", exclamó el lobo una vez que aceleró. Vino a su mente tan rápido como un cheetah con energizante. Teniente Colmillo, trabajaba en la división de secuestros. Estaba muy cambiado, pasó de tener esa sonrisa boba a un estado de depresión absoluta. Incluso notó un cambio en su pelaje, posiblemente varias canas por el stress.
Sintió su teléfono vibrar en cuanto puso la llave en la puerta. Era un mensaje de Fru Fru, no la veía desde la noche previa en que se fue a Bunnyburrow. "Escuché que volviste, podríamos juntarnos esta noche. Hay una bar nuevo en Tundratown." No tenía ganas a decir verdad, por lo que declinó la oferta.
"Tengo una sorpresa para ti, pero sólo podrás verla si me acompañas." La musaraña no se detendría hasta convencerla. "Ok.", respondió Judy. Le pasarían toda la información de la fiesta, mientras ella se acostaba para reponerse del viaje.
. . . . . . . .
Estaba todo listo, sólo quedaba esperar a su amiga. Tenía un bonito vestido de color verde claro, dinero suficiente como para comprar algo para beber y su teléfono completamente cargado. También guardaba en su bolso algo para defenderse, por si acaso. Uno nunca sabía cuándo algo podría pasar.
Bocinazos, más bocinazos. Judy estaba en recepción cuando Fru Fru la llamó. No hizo falta atender, con avanzar unos pocos metros dejó atrás el edificio. Fiel a su estilo, la hija del temido Mr. Big llegó en una estrepitosa limusina.
Gritó su nombre con su típica voz chillona. Ambas se abrazaron en medida de lo posible, dada la diferencia de tamaños.
-Bien Fru Fru, se supone que estoy aquí para una sorpresa.- dijo la coneja, cruzándose de brazos.
-Se supone… que estás aquí para que ambas podamos tener una noche de calidad como amigas. No puedo creer que haya tenido que recurrir a una sorpresa para que vengas.
-Fue un día pesado, uno de los tantos que llevo en las últimas semanas. Lo único que tenía pensado en cuanto llegué era dormir como si fuese a invernar.
-Somos jóvenes, Judy. Tenemos que disfrutar nuestros años de gloria.
-¿Qué hay de tu marido? ¿Está de acuerdo en que pases tus años de gloria en un bar?
-Sólo le dije que iría contigo para ponernos al día, así que lo que pase esta noche no saldrá de la limosina.
-¿No hay sorpresa entonces? Esperaba una botella de champagne o un buen licor de zanahorias.
-Como gran amiga que soy, por supuesto que te tengo una sorpresa de bienvenida. Seguro que te gustará más que un asqueroso licor de zanahorias.
-Dices eso porque nunca has probado el que hace mi abuelo.- Fru Fru tocó un botón que estaba a la par de la puerta y la ventanilla que las separaba del conductor comenzó a bajar lentamente. Judy Hopps quedó sin palabra alguna.
-Saluda a nuestra invitada, Nick.
-Es un placer tenerla con nosotros, señorita Hopps.- el zorro no había cambiado en absoluto, al menos en apariencia. No le dirigió la mirada, sino que seguía enfocado en el camino. Al igual que todos los depredadores, tenía un collar en su cuello.
-Nick… Fru Fru…- Judy se sentía confundida.
-El señor Wilde comenzó a trabajar como chofer de la familia hace un mes.- indicó la musaraña.- Supuse que ambos estarían más felices por el reencuentro.- Fru Fru no entendía el descontento general.
-Intento mantener la compostura, madame. Por dentro estoy que salto de alegría.- dijo en su típico tono sarcástico.
-Pasaron dos años, Nick…
-Veo que sabe ubicarse temporalmente, no deja de sorprenderme señorita Hopps.- se hizo un breve silencio.- ¿Le gusta mi collar? Combina con mis ojos.- exclamó con la mejor falsa sonrisa que pudo dar.
-¡Nick! ¡Dónde están tus modales!
-Está bien, Fru Fru… Nick tiene sus razones para…- sin que nadie se dé cuenta, una luz los embistió. La conversación quedaría en el olvido luego del choque.
"¡A por ella!", gritó alguien. Estando todavía aturdido, Nicholas Wilde sabía qué es lo que tenía que hacer.
