Llegaron al mismo tiempo, casi sin darse cuenta. John estaba demasiado cansado para tratar de actuar todo feliz y dichoso; y Sherlock en realidad lo estaba siendo tanto que casi se le dificultaba respirar. De todas formas, cuando John ocupaba el lugar de enfrente y se registraba apenas conteniendo un coraje inmenso y mordiéndose el labio, Sherlock miraba alrededor e intentaba adivinar cuál de todas esas personas era teóricamente idéntica a él. ¿Le gustaba el sonido del piano en medio de la noche? ¿O se trataba de su manía para leer casi como si se tratara de un deporte?

Se imaginó cien cosas, y pensó otras cincuenta la mientras miraba la hoja de registro y firmaba con un garabato bien ensayado en aquella hoja electrónica. Miró su reflejo y alisó su traje una vez más, ya sentado en una de las bancas de espera; mirando ese reloj de números rojos que se cambiaba de vez en cuando. En las pantallas, se seguía oyendo la historia. Sherlock casi podía recitarla de memoria, con todos los tonos de voz, haciendo énfasis en la búsqueda del alma gemela como uno de los propósitos que la gente debía cumplir.

Él juntó sus piernas, y trató de distraerse recordando las notas de la noche anterior. Todas le venían a la mente como un rompecabezas que ya sabía armar. Y si cerraba los ojos, casi podía sentir que se encontraba frente a su instrumento.

De pronto, eso ya no hizo falta.

— Holmes —dijo una voz en el alto parlante, su pulsera se iluminó en rojo un par de veces antes de apagarse de nuevo—. Sherlock Holmes.

Él se encaminó hacia la única puerta abierta entre el inmenso pasillo. Suspiró, y entonó la mejor de sus sonrisas sólo para encontrarse que no había nadie del otro lado esperándole. Sherlock intentó tranquilizarse, y examinó todo lo que había a la mano en ese cuarto. Sólo una mesa, con un tubo cerrado que no parecía servir; y un par de asientos de un lado. De pronto, la puerta se cerró y él volteó para ver a la otra persona que recién acababa de entrar.

Era un enfermero.

— Va a estar aquí en un momento. —le sonrió, y se colocó del otro lado del escritorio. Después de eso, no hizo falta más que esperar viendo a la puerta.

El alto parlante se oyó una vez más, pero Sherlock no pudo diferenciar el nombre de la persona. Tal vez tendría que preguntárselo cuando le viera, pero terminó suponiendo que serían presentados apropiadamente cuando la persona entrara buscando algo que no conocía todavía. Sherlock cerró los ojos apenas un par de segundos antes de que se oyera la puerta de nuevo, y entonces no pudo evitar sonreír.

Su alma gemela era perfecta. Unos ojos serenos y una piel tersa, además de ese hoyuelo marcado que se formó cuando él hizo una mueca después de cerrar la puerta una vez más. Su aspecto casual y el cabello dorado que se encontraba peinado hacia un lado. Para Sherlock, verlo era sentirse impaciente. Esperar que el resto de su vida empezara de una vez.

— Por aquí, señor Watson.

El 'señor Watson' no aparentaba pasar de los veinticinco. Sherlock apenas tenía diecinueve, eso era un buen comienzo. Tal vez él era más maduro y decía cosas que valían la pena escuchar, o tal vez Sherlock sólo estaba comenzando a ser un verdadero dolor en el trasero. No había despegado su mirada de él desde su llegada, y cuando les quitaron las pulseras usando ese tubo y los presentaron adecuadamente; Sherlock no pudo hacer más que repetir el nombre de John en la mente. Tenía su encanto, si tenías en cuenta que ese era el nombre que más repetiría el resto de su vida.

John, John, John.

— Esto es todo de mi parte —el enfermero tomó las pulseras y las metió juntas en una bolsa transparente—. Pueden tomarse su tiempo, o irse de una vez y comenzar a preparar la mudanza de alguno. Se recomienda que vivan juntos de inmediato, pero el gobierno da tres meses de plazo para asentarse.

El hombre de uniforme gris salió para dejarlos solos. Entonces, John miró a Sherlock con detenimiento por primera vez. Se acercó demasiado rápido, y tomó su mentón con el dedo índice y el medio. Examinó su cara como si estuviera tratando de encontrar algo, y Sherlock se mantuvo quieto todo el rato, aún incapaz de soltar esa sonrisa que se le había formado hace ya varios minutos. Cuando él pensó que iba a besarlo, se apartó de un movimiento rápido y le preguntó—: ¿Tienes algún problema en mudarte a mi casa?

Sherlock negó con un gesto.

— De acuerdo, entonces puedes ir directo a empacar tus cosas. Déjame tu dirección y yo pasaré a medianoche por ti.

Al principio, creyó que John estaba bromeando.

— ¿Por qué a medianoche?

Él colocó las manos dentro de sus bolsillos.— ¿En serio quieres saberlo?

Sherlock no supo como contestar.