Occidental (I)
Había un total de diecisiete cajas de mudanza en el maletero del coche.
Que cómo habían cabido dentro, era un misterio. Estaban todas encajadas en un Toyota gris que debió haber pasado a mejor vida tiempo atrás. Solo tenía tres puertas, cuatro marchas y un volante que se empezaba a atascar al hacer un giro de más de ciento veinte grados. Así que entre las cajas, el poco espacio que tenían para moverse y lo incómodos que eran los asientos, apenas si podían respirar. Pero ahí estaban. Los tres exjugadores más famosos del Karasuno embutidos en una caja de zapatos (Sugawara en el asiento de atrás, entre el neceser y la cafetera, porque era algo más pequeño que los otros dos) tratando de permanecer calmados y optimistas. Sin conseguirlo.
Asahi conducía el coche del tío de Daichi con una mano mientras se peleaba con la otra para obligar al GPS que encontrase la maldita Avenida América (« Es una avenida así que debe ser grande, no puede ser tan difícil encontrarla». «Calmaos, ya la encontraremos, solo hay que tener un poco de paciencia». «Siempre tan pragmático, Suga». «Es mi trabajo») donde habían alquilado un piso por internet dos semanas atrás.
Daichi era más de la vieja escuela. No paraba de insistir en coger el mapa y ver dónde se encontraban. Sugawara le repitió por quinta vez que se encontraban en un barrio nuevo y que, obviamente, ninguna de aquellas calles iba a salir en su mapa de los años noventa. Pero Daichi quería intentarlo, por si las moscas.
—Sabes lo primero que voy a hacer cuando descarguemos todo el coche, ¿verdad? —dijo Daichi girando el cuello (por encima de las plantas que tenía entre las piernas) para mirar hacia atrás.
—Te comprarás un mapa nuevo —le respondió Sugawara, aburrido de ver tantos edificios iguales y tratando de leer los nombres de las calles escondidos bajo los balcones llenos de flores—. E insistirás en ponerlo debajo del asiento para no perderlo de vista. Ah, y por supuesto cuando nos volvamos a perder repetirás hasta la saciedad que no utilicemos el GPS porque tendrás tu maravilloso mapa y nos dirás mil veces que con él no podremos desorientarnos "no como esa vez en la que nos perdimos por el GPS de Asahi" —añadió con el tono más ácido con el que se podía expresar.
—Qué bien me conoces, Suga —afirmó él guiñándole un ojo. Y a pesar de que estaba acostumbrado a ese tipo de gestos que solo tenía con él (y con nadie más), Sugawara sintió un tirón en el estómago.
Ese también es mi trabajo.
Veinte minutos y dos discusiones después, encontraron la avenida y con ella, el Amantine III, construido en el tres años atrás. Y Sugawara no era un chico que se fijase mucho en los detalles de su entorno, solo cuando el entorno en sí era una cancha de volleyball o tenía algo que ver con el moreno que se encontraba frente a él; pero en ese momento le faltaban ojos para verlo todo. El edificio anaranjado era uno de los más nuevos del vecindario, con siete plantas y un pequeño parque a su alrededor lleno de jóvenes charlando sentados en la hierba o colocando cuerdas para ir de un lado al otro del árbol sin caerse o, sin miedo a caer en estereotipos, jugando al frisbee con sus perros de pelo largo y bien cuidado.
Tenía una puerta gigantesca de cristal custodiada por dos columnas blancas y una escalinata de mármol gris que parecía resplandecer sin ayuda del sol. Las ventanas altas, enormes, que parecían estar diseñadas para observar todo el barrio desde lejos sin necesidad de binoculares. El césped olía a hierba recién cortada y a perritos calientes recalentados un centenar de veces, pero de alguna forma, a Sugawara todo le parecía sacado de otro planeta. Aunque no sabía a qué se debía, si el azul el cielo era el mismo o aquellos chicos que jugaban a las cartas incómodamente sentados alrededor de un banco que se parecían mucho a sus compañeros de matemáticas avanzadas. Pero, bien pensado, quizás el problema era él, que al entrar a la universidad se sentía una persona más adulta y reflexiva, sin perder ese toque filosófico que siempre le había seguido a todas partes, por lo que parecía razonable pensar que ahora podía ver el mundo de manera diferente. Así que aceptó la nueva etapa de su vida con estoicismo y no perdió de vista a esa libélula que pasaba por su ventana hasta perderse entre las flores amarillas.
Aquí es donde voy a vivir ahora, pensó estirando todos los músculos de la espalda en el asiento. Me gusta. Me gusta mucho.
—Ya pensaba que nos la habían jugado —admitió Daichi saliendo del coche con cuidado de no romper ningún tallo de las orquídeas—. Le estaba dando las gracias a Asahi en voz baja por decir de no pagar ninguna señal antes de ver el piso en vivo y en directo.
—Hay muchas estafas últimamente —explicó Asahi ayudando a Sugawara a salir del asiento de atrás—. De todas formas, creo que deberíamos ver el piso primero antes de firmar nada.
—Eso por descontado —le aseguró Sugawara estirando su espalda de nuevo, apreciando la libertad de movimientos que le había sido robada durante las dos horas de viaje. Se tuvo que apartar para que Asahi pudiera coger con cuidado la jaula de Conejo (que no se llamaba así por el famoso personaje de Winnie the Pooh sino porque Asahi siempre había tenido la imaginación de una piedra).
—Está bien, ¿verdad? —preguntó acariciándole el hocico y comprobando la cantidad de comida que le quedaba en el comedero.
—Ya te lo he dicho, ha ido durmiendo todo el camino. Se lo ha pasado mejor que nosotros.
—¿Dónde había dicho el casero que nos veríamos? —preguntaba Daichi girando la cabeza para encontrar al chico entre decenas de desconocidos.
—Según el email que recibí debe haber un bar cerca.
El bar resultó ser mucho más fácil de encontrar que el edificio en sí. Pero el casero no se presentó ante ellos; en su lugar había una agente de la inmobiliaria dicharachera que dijo su nombre atropelladamente (« Yagami Haru por favor sentaos. ¿Queréis algo?, yo os lo traigo») con una coleta alta y castaña y las uñas pintadas de rojo.
Los invitó a los tres a gaseosa y, tras cumplir con las formalidades sociales, la mujer no les dejó hablar. Repitió todo lo que ya sabían: que Tanshima era un barrio nuevo, de diseño occidental y que el estilo de vida de ahí era completamente diferente a lo que estaban acostumbrados pero que seguro que cogerían el ritmo enseguida. Solo Daichi fue capaz de hacer un par de comentarios sobre lo limpias le parecían las calles y lo cuidados que estaban los jardines, el resto del tiempo estuvieron masticando los nervios, esperando a que a la chica se le acabara la cuerda y vieran por fin el piso. Pero no parecía querer parar, Yagami se ensalzó en alabanzas al barrio, habló de los simpáticos que eran todos los vecinos y repitió varias veces sobre la suerte que tenían los tres de haber encontrado un apartamento tan bueno, tan luminoso, tan espacioso y con la parada de metro tan cerca.
—Y a un muy buen precio, por supuesto —rio mientras gesticulaba como una occidental hecha y derecha.
—¿Podemos ir a verlo ya? —preguntó Sugawara con educación. No ha probado ni una gota de gaseosa, demasiado nervioso por ir a su apartamento nuevo como para sentir hambre o sed.
—Por supuesto —cuando Yagami se levantó y los otros tres la acompañaron con la caballerosidad siempre presente—, pago y nos ponemos en marcha de inmediato.
Un olor a cítrico le golpeó la nariz cuando llegaron a la escalinata del edificio. Las paredes de la entrada estaban revestidas en cristal con motivos jeroglíficos tallados en los márgenes y el pasillo era de un color gris perla resplandeciente. Sugawara pudo verse reflejado cinco o seis veces en apenas un par de pasos, así que al final se fijó en el suelo que estaba adornado con triángulos blancos y azules que se repetían hasta donde alcanzaba la vista. Al mirarlos, le dio un sutil dolor en las sienes por lo que cerró los ojos un momento, apoyándose en Daichi para no caerse, y los abrió cuando de súbito, se presentó el conserje ante él.
—Ah, señor Kaguyame, muy buenos días —le saludó Yagami tras una reverencia—. Le presento a los nuevos inquilinos del 5º C.
—Se recoge la basura a las ocho de la mañana y no consiento que nadie me pise el suelo cuando estoy fregando —refunfuñó el hombre tratando de hacer valer su autoridad—. ¿Comprendido?
—Señor, sí, señor —bromeó Daichi, excesivamente nervioso de repente. A Sugawara no le extrañó, su mejor amigo nunca había sabido cómo lidiar con los cincuentones hoscos y malhumorados (probablemente porque tenían un parecido demasiado evidente con su padre) y acababa bromeando de una forma simple y sin gracia, para luego buscar la salida más cercana o un agujero lo bastante grande para meterse. Sugawara le apretó con suavidad el brazo, gesto que Daichi conocía como la palma de su mano, y el chico cambió el discurso de golpe—. Gracias por todo su trabajo, prometemos que jamás pisaremos el suelo si está fregado.
—Eso está mejor —gruñó el conserje pasándose los dedos por la barba entrecana—. Y vosotros… eh… compraos un tutú rosa que os favorezca.
—Ah, este señor Kaguyame, siempre con sus tonterías —rio Yagami empujándole de nuevo hasta la consejería (llena de periódicos antiguos y colillas medio encendidas)—. Por aquí chicos, no os perdáis.
Sugawara hizo una pequeña reverencia al conserje que, por alguna razón seguía riéndose por su propio chiste sobre los tutús rosas pero las risas se cortaron de golpe cuando se cerraron las puertas del ascensor minúsculo. El aparato se puso en marcha y una suave música les acompañó en el viaje.
—Se supone que es para cuatro personas, pero supongo que no está adaptado para chicos tan… grandes —bromeó Yagami empezando a ponerse nerviosa para no rozarse con ninguno de esos "chicos grandes" y tampoco con la enorme jaula que llevaba uno de ellos.
Sugawara y Daichi solo necesitaron un cruce de miradas para convenir qué tenían que hacer. Ambos dejaron los nervios de entrar en su nuevo apartamento y se ocuparon de lo que mejor sabían hacer. De repente, Sugawara preguntó por la fontanería del edificio y Daichi se maravilló con la iluminación del pequeño ascensor. « Parece que es bastante más grande de lo que realmente es, ¿no estás de acuerdo, Suga?» «Es cierto, al menos es más grande que el Toyota de tu tío». Y durante los pisos tercero y cuarto, la chica se empezó a relajar y comenzó a parlotear de nuevo sobre lo maravilloso que era aquel barrio, sin nervios visibles ni incomodidad evidente.
Tardaron al menos un minuto en salir todos por la puerta metálica, intentando no rozar un milímetro cuadrado de piel de la chica para que no saliera despavorida antes de darles las llaves de su casa. El apartamento era el primero de la derecha, con un 5º C tallado en el marco de la puerta de madera oscura. Sugawara agarró el brazo de Daichi esperando que él sintiera lo mismo. Que esos nervios incontrolables no fueran solo cosa suya, que fuera un sentimiento compartido por su mejor amigo y que también estuviera deseando vivir ahí. Con él.
—Vamos allá, Suga —lo tranquilizó Daichi acariciándole los dedos rápidamente. Sugawara sonrió, más fuerte que antes, más inestable y sin ganas de alejarse.
Yagami abrió la puerta dramáticamente y lo primero que pudieron ver es un espacio enorme rodeado por una cristalera que iba de una pared a otra del salón. Se podía ver todo el barrio como si fuera un cuadro pintado con colores pastel y pincel muy fino, casi parecía estar colgado en la pared. Los suelos estaban enmoquetados con alfombras blancas y los muebles eran todos de color chocolate y parecían lo más cómodo que se había creado en la tierra. Sí, no tenía televisión, ni reproductor de música y las estanterías estaban completamente vacías, pero ¿para qué los querían si tenían un sofá de cuatro plazas con un chaise longue incorporado?
Los cuatro se quitaron los zapatos más por costumbre que por que fuera necesario. Sugawara entró después de Asahi, todavía sin palabras, tratando de procesar que todo aquel espacio limpio y nuevo era suyo. Era su casa. Él, nacido y criado en un pequeño barrio de Torono, tenía una barra americana con taburetes de marfil para desayunar cada mañana viendo el amanecer a través de aquella cristalera gigante.
—Todos los electrodomésticos son nuevos —dijo Yagami colocándose estratégicamente en una esquina para que pudieran examinar el salón por ellos mismos—. Y me he ocupado de que tengáis agua y luz pero el internet no estará disponible hasta la semana que viene.
—Es… demasiado —susurró Asahi apoyando la jaula de Conejo en la mesa del comedor. Sugawara podía ver cómo la casa lo iba intimidando cada vez más—. ¿Es todo esto? ¿ Todo esto?
—Claro que no —rio ella abriendo una puerta al lado de la cocina—. También tenéis dos habitaciones y un baño. Con ducha.
Las habitaciones eran bastante más pequeñas a lo que estaban acostumbrados y muy pobremente vestidas. Un armario en cada una de ellas y dos camas con colchones flojos y sin firmeza (« Occidental hasta el más mínimo detalle, chicos. Y es todo vuestro»). Nada más. Además, las habitaciones estaban revestidas con una sutil capa de polvo que no se había visto en el salón ni en la cocina, como si la agencia de limpieza se las hubiera saltado por alguna razón desconocida.
La cama de matrimonio de la habitación grande le devolvió la mirada y Sugawara se guardó la pregunta en la que llevaba pensando todo el mes. Ya tendría la oportunidad perfecta para soltarla de forma sutil. Que no se notara que era algo vital para él, que no se dieran cuenta de que aquello le había robado el sueño durante la última semana, que no hicieran preguntas innecesarias que le pudieran comprometerle. Esperaría hasta que fuera el momento correcto.
Y él era experto en esperar.
—Nunca habías visto una casa así, ¿verdad? —comentó Daichi palmeándole la espalda a Asahi con una fuerza innecesaria—. ¿Qué os parece? ¿No es genial?
—Lo es —convino Sugawara poniéndose a su lado—. ¿Asahi? Te quedas con nosotros, ¿no?
—No tengo otra opción —aceptó Asahi rascándose la nuca—. Pero conoce mi situación, ¿no, señorita Yagami?
—Por supuesto y le aseguro que no tiene nada de qué preocuparse —lo tranquilizó ella sentándose en la mesa del salón y sacando el contrato de su maletín de mano—. El alquiler irá a nombre de Daichi Sawamura y ya tengo dos o tres candidatos para compartir piso en el caso de que tenga que irse.
—Muchas gracias por ser tan considerada.
Sugawara le golpeó el brazo con suavidad sintiéndose algo molesto. Tenía que haber comentado algo con ellos antes de hacer esos chanchullos con una agente de la inmobiliaria. Si hubiera contado con ellos, ya sabría que Daichi y él pagarían su parte en el caso de que no consiguiera trabajo tiempo. Sugawara no tenía la menor duda de que se lo devolvería cuando tuviera dinero, aunque no fuera necesario. Pero esa no era la cuestión, Asahi era su mejor amigo y no pensaba dejarlo en la estocada sin un techo bajo el que refugiarse.
—¿Entonces está todo lo que habíamos hablado? —preguntó Daichi sentándose frente a ella con el bolígrafo negro en la mano.
—Sesenta mil yenes al mes —afirmó Yagami mostrándole el contrato—. El teléfono y la electricidad están incluidos pero el internet y el agua debéis ponerlo vosotros. ¿Todo correcto?
—Perfecto. —Daichi alzó la mirada esperando la aceptación de sus dos amigos. Sugawara afirmó con la cabeza, los nervios en el estómago y en la punta de los dedos. Asahi se encogió suspirando y Suga le empujó con el hombro—. ¿Dónde tengo que firmar?
Los trazos de Daichi fueron rápidos y rebeldes, controlándose para no saltar de alegría frente a una perfecta desconocida. Y cuando terminó de firmar, lo primero que hizo fue mirar a Suga con una promesa sumergida en el fondo de su mirada de color chocolate.
« Prepara esas costillas porque voy a achucharte hasta que me supliques respirar».
Sugawara no tenía ninguna duda de que cumpliría su amenaza. Y lo estaba deseando.
—Y nada más —la sonrisa de Yagami se parecía demasiado a la de un gato ante un juguete nuevo—, tenéis hasta el fin de semana para ingresar el alquiler del mes y la fianza. Pero por ahora la casa es vuestra.
—Lo ingresaremos mañana por la tarde, cuando ya hayamos colocado todas nuestras cosas. —Sugawara se inclinó en una reverencia profunda, todavía conteniéndose para no gritar de alegría. Los otros dos le acompañaron un segundo más tarde—. Muchas gracias por todo, señorita Yagami. Esta casa es perfecta para nosotros.
—Es mi trabajo —dijo ella inclinándose hacia ellos—. Disfrutad de vuestro apartamento. Bienvenidos a Tanshima, estoy segura que les gustará.
Ahora es el momento.
—Ah, una última cosa —la llamó Sugawara antes de que se pusiera los zapatos de nuevo y saliera por la puerta—. ¿Habría algún problema con que cambiáramos la distribución de los muebles?
—¿No estáis contentos con los que hay? —inquirió Yagami arreglándose la chaqueta.
—Sí, no necesitamos nada más —aseguró Suga señalando la habitación con la cama de matrimonio—. El problema es que Daichi y yo vamos a compartir la habitación más grande y sería un poco extraño que durmiéramos juntos, ¿no? —Sugawara se rio tratando de resaltar el tono burlesco de su afirmación. Que no se notara. Que nadie se diera cuenta—. Solo me preguntaba si podíamos cambiar las camas de la habitación pequeña en la otra. Asahi dispondría de una cama más grande y nosotros dos estaríamos más cómodos durmiendo separados.
—Creo que no va hay ningún problema con eso —respondió ella más incómoda de lo que había estado en toda la mañana—. Y ahora si me disculpáis tengo dos casas para… para enseñar.
—Que pase un buen día, señorita Yagami —intervino Asahi, con un tono conciliador.
Cuando ella desapareció por la puerta, Sugawara sabía lo que iba a pasar. Y estaba preparado para la indignación de Daichi (que no era un enfado completo porque jamás le había alzado la voz fuera de un partido). Suga nunca antes se había aprovechado de su carta como mejor amigo para conseguir lo que quería, pero en este caso era necesario. Sabía que a Daichi no le importaría dormir juntos, pero sus nervios no iban a poder soportar estar tan cerca de él todas las noches. Escuchándole hablar en sueños, notando su aliento cálido en la nuca y su cercaría imposible. Sería una pesadilla permanente y Sugawara no estaba dispuesto a pasarla. Ya tenía bastante con su problema permanente.
—Me parece una gran idea, Suga —aceptó Asahi antes de que saltara ninguna bomba—. ¿Has visto las camas en las que tenía que dormir? Estaba pensando en juntarlas para no caerme por el borde en mitad de la noche.
—No sabía que odiaras tanto dormir conmigo —dijo Daichi prendiendo la llama de la bomba ya no tan metafórica—. Hemos dormido juntos cada vez que te has quedado en casa de mi abuela y que yo sepa no ha sido tan terrible.
—Una noche de vez en cuando está bien, Daichi —confesó Sugawara tratando de apaciguarlo—. Pero serían meses enteros y yo no estoy acostumbrado a dormir con otra persona en una cama.
—Podéis comprar unos futones si la cama es el problema —sugirió Asahi intentando mediar entre ellos. Conejo los miró con aburrimiento todavía metido en su jaula y emitió un pequeño gruñido para que por fin le hicieran caso, sin conseguir nada.
—Yo tampoco estoy acostumbrado a dormir con alguien, eso era lo divertido del asunto. —Daichi se paseó hasta el sofá para sentarse en el borde del asiento—. No entiendo el problema, Suga. Pensaba que te hacía ilusión vivir conmigo.
—Y me hace ilusión —aseveró él acercándose para ponerse a su altura—. Te aseguro que estoy deseando coger todas nuestras fotos y discutir contigo en qué rincón quedarían mejor. Y hacer las listas de la compra en la cocina. Y gritarte para que recojas la ropa limpia de la lavadora.
Sugawara se agachó para ponerse a su altura. Suplicó que Daichi no viera a través de él y supiera exactamente cuál era el problema. Me pongo nervioso de pensar dormir contigo en la misma habitación. Y sé que te encanta abrazarme y acariciarme la cara y soplarme en el oído cuando estamos solos, eso lo puedo soportar. Pero dormir contigo todas las noches, verte cerca de mí todas las mañanas, tendría la tentación de acercarme más y… y no se puede. Y no quiero que lo sepas, Daichi. No quiero que lo sepas nunca. Por favor entiende que no quiero que lo sepas.
—Estoy deseando vivir contigo, de verdad que sí. Solo necesito esto para sentirme cómodo del todo y te agradecería mucho que trataras de entenderlo.
Perdóname, Daichi.
—Vale —aceptó él poniéndose de pie—. No vamos a discutir más sobre esta tontería, si tú dices que lo necesitas lo aceptaré. No me voy a morir por ello.
—Gracias —dijo Suga con un alivio imposible.
—Y ahora —Daichi sacó su móvil y cogió el brazo de Asahi para ponerse todos juntos—, inmortalicemos este momento. Sonríe más Asahi, que parece que te han cosido la boca.
—¿Así? —preguntó Asahi abriendo exageradamente los labios. Daichi hizo la foto antes de que pudiera arrepentirse—. Ah, no. Esa no.
—Muy tarde —se rio Daichi alejándose de él para que no lo pillase. Y le lanzó el móvil a Sugawara (que ya estaba más que preparado para recibirlo) cuando se vio acorralado—. Voy a enmarcar esta foto. Y la pondré en grande en la pared del salón para que todos la vean al llegar.
—Suga, por favor —suplicó él arrastrándose lastimosamente.
—Tienes que mejorar tus bloqueos. —Sugawara lanzó el móvil por encima de la cabeza de Asahi cayendo limpiamente en las manos de Daichi—. Piensa en esto como una práctica.
Se rieron de él hasta que Asahi por fin consiguió coger el móvil (era un lanzamiento en parábola, y lo atrapó con la punta de los dedos) y tuvieron que hacer varias sesiones de fotos en distintos puntos de la casa para pasarlo por el grupo de Line de Los Pezqueñines. Tanaka les envió un audio (« ¡SÍÍÍ, CASA NUEVA!») y Tsukishima les escribió que a ver cuánto duraba el color blanco de las paredes. Daichi aprovechó que Asahi se apartó un momento para llamar a Noya, y así poder arrastrar a Sugawara hasta el sofá.
—Me dijo que lo llamara a la hora que fuera cuando estuviera instalado —se disculpó Asahi cerrando la puerta de su habitación.
Daichi no perdió ni un segundo. Aplastó a Suga entre sus brazos y solo lo dejó ir cuando ya no le quedaba más aire en los pulmones. (Suga ni siquiera tuvo que decírselo y era algo siniestro que su mejor amigo supiera exactamente la capacidad pulmonar que tenía, pero no iba a quejarse por ello si a cambio le daba un abrazo de vez en cuando).
—No me vas a dejar dormir contigo, Suga —dijo Daichi acercándose a su lado—. Pero no me negarás una foto.
—A eso no le puedo decir que no —admitió él todavía mirándole a los ojos.
El flash lo pilló desprevenido y una imagen de los dos mirándose fijamente apareció en la pantalla. El corazón de Suga se hizo escarcha.
—Si es que nunca salimos mal —afirmó Daichi guardándosela en favoritos.
En la foto se veía con toda claridad. Lo que Sugawara trataba de ocultar. Lo que no se atrevería a decir ni a punta de pistola. En su mirada patética y suplicante, de un color ámbar brillante, se podía leer Estoy enamorado de ti desde hace tres años. Puede que más. Y no quiero que te enteres nunca.
Sugawara acababa de cumplir los trece cuando se dio cuenta de que era gay. Un poco pronto para lo que cabía esperar, pero el pistoletazo de salida de la pubertad no tardó en llegar al encontrarse rodeado de sus compañeros de clase en los vestuarios masculinos. Y, de un día para otro, se percató de que no se fijaba en los calzoncillos de los otros niños para ver el estampado que tenían.
Al principio no le dio ninguna importancia. Él solo quería jugar al baloncesto y al volley en las pocas horas de deporte que tenía en Primaria, pasar las tardes haciendo los deberes, jugar al Super Mario que le había dejado su primo en su nueva Game Boy (todavía en blanco y negro) y comer chicles después de cenar, a escondidas en su habitación, cuidándose mucho que su madre odontóloga no lo pillara. Quería ir a clase, hacer exámenes y terminar cuanto antes para volver a casa y repetir la jugada. No se planteó su vida nada más de lo necesario. Sí que investigó a ver qué significaba eso de que te gusten los chicos cuando él era un chico (por más que lo pensaba no tenía mucho sentido). Y tras leer algunas páginas en el ordenador de la biblioteca, para luego borrar el historial y que nadie supiera lo que había visto, comprobó que no era algo "normal". Así que escondió el secreto (algo que se le daba bastante bien, aún nadie había averiguado qué había pasado con el payaso de juguete que le habían regalado a su prima de cuatro años y con el que había tenido pesadillas durante un mes) y siguió con su vida.
El problema llegó en Secundaria. Y Daichi con ella.
Era un crío de catorce años cuando se acercó a él con una sonrisa encantadora y un «Hola, me llamo Daichi Sawamura. ¿Quieres unirte al equipo de volley? Nos falta uno y me han dicho que jugabas en Primaria» que lo dejó traspuesto más tiempo de lo que cabía esperar.
—Lo siento, ¿te he molestado?
— No. Es que pensaba apuntarme al grupo de debate o el de baloncesto.
—Mira, si vienes al entrenamiento de volley te querrás quedar ahí para siempre.
Sugawara fue. Y se quedó para siempre.
El volley le gustaba. No era el mejor colocador, eso estaba claro, pero sabía observar y actuar en consecuencia. Planear y pensar en nuevas estrategias según el equipo que estaba detrás de la red. Y esa sensación de grupo, como si un mecanismo perfecto se tratara, todos aportando su pequeño grano de arena para marcar todos los puntos posibles, era la mejor del mundo. Era una sensación de felicidad continua, de camaradería y esfuerzo que iba creciendo hasta llegar a la eufórica perfección de final del partido. No había nada mejor que estar en la cancha viendo cómo su equipo conseguía otro set y que no se rendía hasta que el bocinazo venido de los cielos les indicaba que ya habían conseguido ganar.
Y entonces llegó Daichi. Otra vez.
En realidad, Daichi siempre había estado ahí. Siendo alto, encantador, honesto. Siempre fiable, siempre preparado para la acción. Una roca inamovible en mitad del desierto con la que todo el mundo podía contar. Serio cuando había demasiada gente a su alrededor a la que trataba de agradar. Un respiro de sensatez en aquella locura de equipo. Sugawara siempre había podido contar con él, desde el minuto uno cuando todavía no tenía muy claro cuál era el puesto más apropiado para él. «Mmmm. Eres observador y con esa cara de niño inocente seguro que harías buenas fintas. Podrías probar siendo colocador y si no te gusta veremos qué más puedes hacer, ¿vale?». En segundo año, Daichi consiguió ser Capitán. Y fue de mal en peor.
Porque habían pasado de «¿Te quedas después del entrenamiento? No entiendo algunas de tus tácticas» a muchos «Suga, no, lo siento, pero no te puedo dar la razón. La saga de El Hobbit jamás podrá ser mejor que El señor de los Anillos». Y esa amabilidad cordial que mantenía con todo el equipo, todos sus compañeros, sus padres y las chicas que le enviaban una o dos cartas al mes; esa misma amabilidad se transformaba en abrazos cálidos cuando no había nadie más alrededor. Daichi se volvía más cercano e íntimo, más de los que ponían el brazo encima del hombro para quedar por la noche sin que nadie más lo supiera («Tú. Yo. Las tres películas de Regreso al futuro, aunque la última la podemos cambiar por lo que tú quieras. Vamos, Suga, si lo estás deseando». «Yo pongo la bebida, que no se te olviden los cacahuetes como la semana pasada»).
Y Suga se sentía tan protegido cuando estaba cerca de él. Daichi le reconfortaba el alma solo con mirarlo con esos ojos tan oscuros y tan claros que parecían hechos de agua. Guardaba cada abrazo y cada caricia como si fueran tesoros y tenía un lugar muy especial para aquel beso en el lóbulo de la oreja que le dio tras ganar su primer partido como Capitán (y que había protagonizado la mayoría de sus fantasías sexuales). No pudo impedirlo. Tampoco luchó contra ello de ninguna forma porque Sugawara, por encima de todo, era una persona práctica y sabía que no iba a poder evitarlo por más que lo intentara. Daichi le tocaba el corazón cada vez que se acercaba a él y Suga no tenía fuerzas de mantenerlo alejado.
Pero Sugawara no era un ingenuo. Sabía perfectamente a lo que se enfrentaba si le dijera la verdad. Repulsión como mínimo y rechazo absoluto en el primer puesto de consecuencias más evidentes. Y no pensaba permitirlo. No iba a perder a la mejor persona que se había encontrado en toda su vida por unos sentimientos inútiles que convergían en dos palabras tontas.
Así que había llegado a conformarse con su situación. No iba a quejarse por algo que jamás ocurriría, era mejor seguir como estaba y dejar pasar el tiempo sin más. Era mejor estar a su lado sin exigir nada, no esperar ningún gesto de su parte. Debía contentarse con lo que tenía y nada más.
Y lo que era más importante, no iba arriesgarlo todo a perder todo lo que más quería. Jamás.
—No me responde —farfulló Asahi cerrando con suavidad la puerta de su habitación. Y ese gesto fue suficiente para que Daichi se alejara de él unos centímetros y volviera a ser el mismo chico amable y distante de siempre—. Estará haciendo algo importante.
—Como nosotros —afirmó Suga levantándose del sofá para así alejarse más de él—. Tenemos que recoger las cosas, Daichi. Aún no hemos almorzado y tienes que devolverle el coche a tu tío antes de las siete.
—Pues en marcha —dijo Daichi abriendo la puerta para dejarle pasar—. Después de ti, Suga.
—Eres muy amable.
Y cerraron la puerta con Conejo vigilándolos desde su jaula.
Entre los tres pudieron subir todas las cajas en menos de una hora, eso mientras las madres de Sugawara y Daichi llamaron a sus sendos hijos para saber si habían llegado bien, si el piso era luminoso y que cuando necesitaran cualquier cosa que las llamaran sin problema (« Creo que acabamos de tener la misma conversación, Daichi». «Todas las madres son iguales, es un hecho científicamente probado» ). En el camino se encontraron a dos o tres vecinos que los saludaron con amabilidad y muchas reverencias y con el perro de la vecina del 5º B que ladró como loco antes de salir a la calle.
—Espero que nos deje dormir por las noches —se preocupó Daichi observando al animal corriendo con una rapidez inhumana detrás de la pequeña pelota—. Deberíamos mirar cuánto costaría insonorizar la habitación por si acaso nos molesta.
—Eres muy especialito, en serio —se rio Sugawara haciendo equilibrismos con la caja de platos para llamar al ascensor. Y tratando de no imaginar las cosas que podrían hacer con la habitación insonorizada.
—No soy especialito, soy precavido.
Las cajas las dejaron en el rincón más apartado del apartamento y las fueron clasificando mientras Asahi se disponía a calentar el arroz con curry en el microondas y Conejo se disponía a dormir en la cueva de su jaula (hecha con papel de periódico y cola blanca) porque estaba claro que esos humanos eran los más aburridos de todo el país.
—Ah, lo olvidaba —Sugawara sacó el móvil de su bolsillo y revisó los mensajes de esa mañana—, me han dado hora para matricularme en la facultad a las cinco y media. Tengo que mirar el metro para saber cómo puedo llegar hasta allá. ¿Creéis que el bar de abajo tiene Wi-Fi?
—No digas tonterías, ya que hoy tengo coche te puedo llevar a la facultad —lo regañó Daichi ofreciéndole un plato lleno de curry.
—¿No te vas a desviar mucho de tu ruta?
—Me sobra tiempo hasta que tenga que devolverle el coche a mi tío y desde su casa puedo coger el tren directo hasta aquí. —Daichi se sentó a su lado en la mesa de la cocina mientras Asahi llenaba los vasos de agua. Dieron las gracias por la comida y devoraron sus platos como solo podían hacer tres chicos de dieciocho años recién cumplidos—. ¿Y tú qué harás esta tarde, Asahi?
—La Ruta del Currículum —bromeó él sirviéndose más arroz—. Y mañana me daré una vuelta por la cafetería de la universidad a ver si hay suerte.
—Es principio de curso, es probable que necesiten gente —comentó Sugawara tratando de mantenerse optimista.
—Eso espero. Pero haré todo lo posible para conseguir trabajo y si para eso tengo que enviar centenas de currículums, tendré que hacerlo.
Daichi y Suga sabían lo delicado que era el tema para él, así que lo dejaron estar. Ya en la comida hicieron una lista de todo lo que podían necesitar en la casa desde el jabón de manos hasta un bote de cristal para las galletas. Se repartieron los gastos calculando lo que podía costar los veintiocho ítems que estaban en la lista y Asahi prometió que buscaría un hipermercado por la zona que fuera barato después de entregar todos sus currículums. Y era tan natural estar así, los tres sentados alrededor de una mesa llena de comida mientras hablaban de lejía de calidad y la marca de bombones de regaliz de Suga, que parecía que habían vivido juntos desde siempre. Sugawara se sintió demasiado cómodo sentado en esa silla, hablando con Asahi de qué compañía de Internet iban a contratar y con Daichi rozándole la pierna sin querer. Y Suga supo que no tenía que preocuparse por si no se acostumbraba a vivir con ellos. Ya eran una familia.
Antes de que el reloj llegara a las tres, Suga había recogido su plato y el de Daichi de la mesa y había comprobado que tenía todos los documentos que necesitaba para matricularse. Carnet de identidad, cinco fotos con la cara más serie que pudo poner (tras ocho intentos infructíferos) y las credenciales de la cuenta del banco incluidos. Así, los nervios de la mudanza se transformaron en una pelota de intranquilidad por si no había recogido toda la información correctamente y tener que esperarse otro año más para ser universitario.
—Volveremos por la noche —avisó Daichi cogiendo las llaves del coche y su copia del apartamento—. Compraré la cena así que no cocines nada Asahi, que nos conocemos.
—Y saca a Conejo de la jaula, que lleva todo el día encerrado —añadió Sugawara repasando los documentos de su carpeta de nuevo.
—¿No os importa? —se preocupó Asahi buscando con las manos la puertecita de la jaula—. Suele mordisquear los zapatos.
—Claro que no. —Sugawara se encargó personalmente de que el codazo que le dio a Daichi en el estómago fuera del todo disimulado—. Por eso hemos cogido un edificio en el que se permiten animales, ¿verdad? Pero ponle un cascabel o algo así para saber dónde está y punto.
—Pues muchas gracias —le agradeció Asahi cogiendo a Conejo y apretándolo suavemente contra él.
—No hay problema, ¿verdad Daichi?
—Ninguno… —gimoteó él con la mano en el estómago.
—Nos vamos, Asahi —se despidió Suga sonriendo—. Pórtate bien y tengo los bombones contados, así que no metas mano en la caja.
Sugawara llamó al ascensor mientras Daichi hacía todo el teatro fingiendo que le faltaba el aire, apoyándose en él y gimoteando palabras inconexas. No solía hacer el pavo muy a menudo, solo cuando no había nadie más delante y siempre y cuando estuviera de muy buen humor. Era en esos momentos cuando Suga dudaba si solo quería hacerle reír con bromas tontas o si se había dado un buen golpe en la cabeza cuando nadie más miraba.
—No te he dado tan fuerte, eres un llorica —rio Suga apartándolo con más fuerza de la que pretendía. Aunque sabía que no iba a durar mucho.
—Lo sé —afirmó Daichi apoyando su brazo en los hombros de Suga, ya milagrosamente recuperado—. Y que sepas que yo también le iba a decir que sacara el bicho de la jaula. Creo que puedo aguantar a una bolita de pelo corriendo por el suelo.
—¿Sí? ¿Con tu amor incondicional por los animales? No me lo creo.
—Te aguanto a ti, Suga. —Daichi le pinchó las mejillas con todo el cariño que podía tener hacia su mejor amigo. O sea, infinito—. Además, Asahi lo está pasando mal con lo de su abuela y sus padres… Merece estar en una casa en donde esté a gusto. Y si ese bicho le hace feliz pues me aguantaré y miraré el suelo para no pisarlo al ir al baño.
—Tienes más corazón de lo que aparentas, Dai —dijo Suga entrando primero en el ascensor. Enamorándose de nuevo de esos ojos oscuros, cristalinos como el agua.
—Solo soy un chico normal ayudando a un amigo.
Eres mucho más que eso.
Me encanta Sugawara. No lo puedo evitar, es la cosa más adorable y lo quiero un montón. Siempre por el bien del equipo a pesar de todas las circunstancias. ¿A alguien más le parece bonito?
Espero que os haya gustado el capítulo.
Duckisses,
KJ*
