Loki se sentó en la cama que le habían asignado y dejó escapar un pequeño gruñido al encontrarla demasiado mullida para su gusto. No obstante, se sintió agradecido de poder descansar un momento. Desde que había llegado a Asgard a través del Bifrost no había tenido oportunidad de relajarse ni siquiera dos segundos. Lo habían tenido todo el día moviéndose de aquí hacia allá, acicalándolo, vistiéndolo, preparándolo para su presentación ante el hijo de Odín, explicándole que era lo que debía y no debía hacer, instruyéndolo para que las costumbres asgardianas no lo tomaran por sorpresa. Y él había tenido que fingir que todo aquél asunto le interesaba, que se sentía afortunado de ser una de las piezas destinadas a fortalecer la alianza entre el reino de Jotunhëim y la ciudad de los dioses cuando lo único que deseaba era degollar a los guardias que lo llevaban encadenado como a un animal y bañarse después en su sangre.

El gigante maldijo su suerte. ¿Por qué había tenido que ser él? ¿Por qué habían tenido que escogerlo como regalo para aquél petulante y orgulloso príncipe asgardiano?

Por desgracia conocía las respuestas a sus propias preguntas: porque él no era nada. No era nadie, nunca lo había sido. No fue nadie en Jotunhëim y no sería nadie en Asgard. Desde que nació le inculcaron muy bien aquella idea, le enseñaron que su único deber era complacer a sus dueños, a los que les debía respeto y lealtad. Era poco más que un objeto creado para el deleite de aquellos que contemplaban sus danzas. El juguete de Laufey, el juguete de la corte. Y, aunque había pasado años esforzándose por complacer a su rey y asegurarse una posición rodeada de lujos y cuidados, al final había resultado ser totalmente prescindible. Continuaba siendo un juguete, pero había cambiado de manos. Ahora dependía de los antojos de un bárbaro asgardiano. Al final resultó que todos sus esfuerzos, toda su paciencia, no había servido de nada.

Loki giró la cabeza a un lado y observó la cadena que se extendía sobre el colchón, junto a él. Era la misma que nacía desde la argolla que llevaba en el cuello y, pese a que otros podrían escandalizarse ante la idea de ser atados de aquella forma, él estaba acostumbrado. Durante los primeros meses que pasó sirviendo a Laufey y a su corte las había llevado como prevención, para evitar que escapara del palacio o algo así. Pero cuando el rey comprendió que su pequeño juguete no tenía ningún lugar mejor al que ir, le quitó las cadenas y le permitió caminar sin el peso de las argollas por el interior de su basta morada. Sin embargo, siempre que tenía que exhibirlo ante guerreros o en un banquete, volvía a ponérselas. Y ya no era porque temiera que pudiera escapar, sino porque era una forma más de humillarlo. Llevar cadenas era un signo de sumisión, de docilidad. Por eso lo habían presentado ante Thor con ellas. Por eso las llevaba puestas en aquél mismo instante, mientras esperaba al príncipe. "Soy tuyo", decían los eslabones, "ahora te pertenezco".

Tras liberar un resignado suspiro, Loki se levantó de la cama y dio algunos pasos por el espacio en el que tendría que vivir mientras sirviera al hijo de Odín. Sus ojos se deslizaron sobre las cortinas de terciopelo que caían frente a los ventanales, sobre los relieves que decoraban las paredes y sobre el mobiliario, tallado en madera exquisitamente ornamentada. Lo cierto es que era una cámara mucho más grande y lujosa que la que había tenido en Jotunhëim, pero no se ilusionó pensando que era producto de una consideración bienintencionada. Al fin y al cabo no se le había escapado el detalle de que su cama estaba demasiado cerca del lecho de Thor.

Las dependencias del príncipe de Asgard abarcaban un gran espacio. Por lo que Loki había podido ver cuando lo llevaron allí, lo primero que uno se encontraba al traspasar las puertas principales era la habitación del asgardiano, provista de todos los lujos dignos de la realeza. A partir de aquella estancia nacían otras cámaras anexas a las que se accedía atravesando unos arcos que abrían umbrales en las paredes: un estudio, el baño, el vestidor y... bueno, y el espacio que le habían asignado a él. Así que, técnicamente, iba a vivir dentro de las dependencias del príncipe. Aquello era algo nuevo; en Jotunhëim había tenido una habitación totalmente independiente, si bien pequeña y más digna de un criado que de un artista en la danza como él. ¿Es que Thor quería mantenerlo cerca para poder vigilarlo o aquella cercanía ocultaba algún otro tipo de intenciones mucho más maliciosas?

No tardaría mucho en obtener una respuesta a aquella pregunta, ya que el príncipe de Asgard hizo acto de aparición a los pocos minutos. Loki pudo escucharlo llegar, así que caminó hacia el arco que se abría en la pared para observar discretamente al asgardiano, procurando que aquél acto no pudiera tomarse como una falta al respeto (en el lugar del que venía, mirar a sus dueños con indiscreción y sin permiso estaba totalmente prohibido).

Thor sintió su presencia y tuvo que contener una sonrisa. Sus sirvientes, tan eficientes como siempre, habían seguido al pie de la letra cada una de sus indicaciones. Ardía por las ganas de acercarse al pequeño jotun y explicarle cuales serían sus condiciones de vida a partir de aquél momento, pero aún así se obligó a ignorarlo durante los primeros minutos. Se movió tranquilamente por su habitación sin dedicarle ni una sola mirada a Loki, ocupándose de deshacerse de su capa y de la pieza superior de la armadura para quedarse en camisa y pantalones. Incluso se tomó un par de minutos para acercarse a uno de los ventanales y observar el cielo estrellado antes de aproximarse al gigante con evidente parsimonia, como si le resultara totalmente indiferente.

–Así que Loki, ¿hm...? –murmuró mientras llegaba hasta el vano donde el jotun permanecía asomado y quieto. Al verlo junto a la imponente arcada, la azulada criatura parecía aún más pequeña y frágil.

Loki asintió y retrocedió un par de pasos, aunque la alta posición de su barbilla impedía pensar que estuviera intimidado. Thor entornó los ojos molesto por aquella pose tan orgullosa, pero no dijo nada y se limitó a observar al gigante más de cerca. Aún llevaba el manto dorado echado por encima, pero eso no le impidió apreciar una vez más los rasgos de su rostro y las pequeñas líneas que se dibujaban sobre su piel celeste, deslizándose por su frente, por sus mejillas y su cuello. Además, ahora que podía ver sus ojos sin la dificultad de la distancia se percató de que no eran de un rojo uniforme, sino que poseían un juego de luces similar al de una gema. Sus pupilas eran enormes y más oscuras, como un par de rubíes atrapados en un suave océano carmesí. Eran unos ojos inquietantes, distintos, pero poseían la misma belleza exótica que parecía envolver cada centímetro de aquella criatura.

–Y dime, Loki... ¿sabes quién soy yo? –preguntó sin dejar de examinar su rostro, fijándose esta vez en la melena azabache que lo flanqueaba y que caía sobre su pecho como una cascada de aguas oscuras.

El gigante volvió a asentir sin decir una palabra y Thor torció los labios en una mueca de descontento. Aún no había escuchado la voz de aquella criatura, pero quería saber si era tan hipnótica como su aspecto.

–¿Es que no sabes hablar? –gruñó.

Loki alzó una ceja y clavó su mirada en los ojos azules de Thor.

–Sé hablar –replicó, aunque en tono respetuoso y calmado. Su voz poseía un acento siseante que evocaba tierras lejanas y desconocidas–. Pero no sin permiso.

Los labios de Thor se curvaron en una sonrisa de pura satisfacción. No solo le habían regalado a un bonito sirviente, sino que además ya venía educado y todo.

–Vaya, veo que te han enseñado bien –dijo en tono divertido sin dejar de sonreír antes de acercarse un poco más a Loki–. Pero tienes mi permiso, así que dime: ¿sabes quién soy yo?

Loki titubeó durante un par de segundos, contrariado por el comportamiento del asgardiano. Sin embargo se apresuró a responder para complacerle:

–Sois Thor –murmuró sin dejar de mirarle a los ojos. Después de pasar toda su vida conviviendo con gigantes que eran más altos que él, le resultaba bastante extraño poder mirar a alguien sin tener que estirar el cuello hacia arriba–. Hijo de Odín y Frigga, portador del Mjölnir y heredero al trono de Asgard.

–Muy bien –Thor alzó una mano y la condujo hacia la cadena que colgaba desde el cuello de Loki. Tocó los eslabones de forma distraída, comprobando la firmeza del metal, y volvió a preguntar–: ¿Pero qué más?

Los ojos de Loki se entornaron hasta convertirse en una chispeante rendija escarlata. Ante su duda, el asgardiano lo sujetó por la cadena y tiró suavemente de ella, obligándolo a inclinar la cabeza hacia delante.

–Tu dueño, Loki. Soy tu dueño –explicó con impaciencia. Deseaba que el jotun aprendiera cuanto antes aquella lección, pues era la más importante.

–Sí... –respondió Loki sin perder ni un ápice de firmeza en su voz. El tirón de las cadenas tampoco logró intimidarlo, ya que no era el primero que le habían dado en su vida–. Por supuesto, mi señor.

–No –Thor gruñó de nuevo y aflojó el agarre en la cadena, permitiendo por el momento que Loki recuperara su pose orgullosa. Ya se encargaría él de medrar aquél orgullo. Lo desharía en pedazos–. Mis sirvientes me llaman "mi señor". Pero ellos son libres y tú eres mi esclavo, así que soy tu amo.

Pese a encontrarse en una situación así, Loki sintió ganas de reír. Thor era incluso más caprichoso e infantil que sus dueños anteriores; parecía tener una imperiosa necesidad de destacar su superioridad. Era como un niño, aunque aún no sabía decir si eso era bueno o le traería problemas.

–Como queráis... amo.

Thor se separó y le dedicó una sonrisa complacida que a Loki se le antojó extraña. Los gigantes nunca sonreían de aquél modo, y mucho menos a él. De hecho, los jötnar solo sonreían por diversión, socarronería o malicia, nunca solían hacerlo por sentir felicidad o complacencia. Ellos expresaban aquellos sentimientos de modos distintos. Pero claro, la sonrisa no era lo único que Loki encontraba diferente en su nuevo dueño. Los contrastes físicos eran más que evidentes, y no solo por el tamaño o el color de piel. Thor tenía aquella melena rubia como el sol, un tono de color inexistente entre los miembros de su raza, y aquellos ojos tan increíblemente azules, como si fueran el cielo despejado que tan poco se dejaba ver en Jotunhëim. Y además estaba el calor, aquel calor que emanaba de su cuerpo en pequeñas oleadas. Los gigantes eran fríos por naturaleza, pero los asgardianos parecían ser cálidos como estrellas.

–Supongo que estarás en buenas condiciones –dijo de pronto el príncipe, arrugando la nariz antes de apartar la mano de la cadena de Loki.

Aquella vez, el jotun sí frunció el ceño. ¿Buenas condiciones? ¿Qué se suponía que quería decir aquél bastardo asgardiano con eso?

Antes de que pudiera ofrecer cualquier respuesta Thor lo sujetó por la mandíbula, presionándosela a ambos lados con los dedos pulgar e índice. Loki intentó removerse y apartarse por puro instinto, pero el príncipe lo mantuvo en el sitio y le dedicó una mirada estricta. Pensó en lo sencillo que sería partirle el cuello en aquél momento: con lo delicado que era aquél gigante no sería más difícil que quebrar una ramita seca. Sin embargo, su intención no era hacerle daño.

–Quieto –le ordenó–. Abre la boca.

Loki le dedicó una mirada cargada de desconfianza, pero finalmente, y ante la insistente presión que los dedos ajenos ejercían sobre su mandíbula, terminó separando los labios y haciendo lo que se le pedía. Entonces, Thor usó el dedo pulgar para levantar con cuidado el labio superior del gigante, pudiendo observar así su dentadura. Comprobó que tenía unos dientes perfectos, rectos y blancos como perlas. Sus colmillos, no obstante, eran un poco más largos de lo habitual y mostraban un filo puntiagudo y peligroso, como los de una bestia salvaje.

–Espero que no muerdas –dijo en tono burlón antes de liberarlo de su agarre.

Una vez recuperó la movilidad, Loki se pasó la lengua por el filo de los dientes.

–No a menudo –respondió sin más.

Thor alzó una ceja, preguntándose si aquello había sido una respuesta desafiante o simplemente sincera. En cualquier caso decidió pasarla por alto y fingir que no la había escuchado. Luego dio unos pasos por la habitación, aquella que hasta hace poco había sido un pequeño salón anexo a su cuarto pero que ahora se había convertido en el hogar de Loki. Había decidido colocarlo allí y no en una dependencia aislada por dos motivos: el primero, que quería tenerlo siempre controlado para asegurarse de que era realmente servicial y no suponía un peligro para los asgardianos. Y el segundo, porque deseaba que estuviera a su disposición a todas horas. Al fin y al cabo era plenamente suyo, ¿no? Y por eso debía tenerlo allí, en sus dependencias privadas, del mismo modo que tenía el resto de sus objetos personales.

–Mis guardias me han explicado por qué te llevaban atados los jötnar que te han traído ante mi –dijo pasados unos minutos para continuar provocando a Loki. El pequeño gigante no le había hecho nada, era cierto, (por lo menos nada a parte de hacer un innecesario e irrespetuoso derroche de orgullo) pero no podía evitar sentir un poco de antipatía hacia él, así que ver su expresión de disgusto le causaba un siniestro placer–. Los gigantes dicen que no has intentado escaparte nunca, pero que aún así eres un poco rebelde y necesitas que te recuerden quién manda –Thor sonrió de forma burlona y le echó un vistazo a Loki. Su rostro sereno e impasible le pareció irritante, así que lanzó una nueva pulla–: Aquí hacemos lo mismo, ¿sabes? Atamos a las mascotas rebeldes.

Loki giró la cabeza hacia un lado, cortando el contacto visual con el príncipe asgardiano para contener las ganas de matarlo con la mirada. Thor supo captar el gesto y ensanchó su sonrisa.

–¿Te consideraban eso allí? –preguntó, nada dispuesto a dejar el tema ahora que sabía que había dado justo en el blanco del orgullo de Loki. Quería hurgar un poco más en la herida antes de darse por satisfecho–. Eras su mascota ¿no? La mascota de Laufey... supongo debe ser muy duro que después de haberte mostrado tan leal con él te regale a un nuevo dueño. Las mascotas suelen ponerse muy triste si son abandonadas...

Loki apretó los labios en vano, pues no pudo contenerse:

–No era la mascota de nadie –replicó, aunque en el fondo sabía que sí había sido tratado como tal.

Para su desconcierto Thor no pareció molestarse, sino que continuó sonriendo con cierta malicia.

–¿Y entonces qué eras, Loki? –preguntó. Sus palabras fueron acompañadas de una mirada que sugería un segundo sentido que al gigante no le agradó en absoluto.

–Sé en lo que estáis pensando –murmuró frunciendo el ceño con algo de rabia–, y os aseguro que os equivocáis.

Thor chasqueó la lengua, divertido, y se aproximó de nuevo a él para mirarlo más de cerca. Desde luego sus guardias no le habían mentido: Loki era todo un rebelde. Puede que no se moviera más de lo necesario, que fuera educado y que guardara las formas, pero tenía una lengua extremadamente afilada. Hablaba más de lo que debería hablar un esclavo, derrochando una arrogancia que, a parecer del hijo de Odín, sobraba. Tal vez Laufey, pese haber utilizado con él cadenas y órdenes, no había sido tan duro con como cabía esperar. Puede que Loki hubiera utilizado sus encantos -porque era evidente que los tenía- para conseguir caprichos. Pero Thor no tardaría en demostrarle que allí en Asgard las cosas iban a ser mucho más difíciles. Él se encargaría de que así fuera.

–Pero qué mascotita más lista tengo –gruñó por lo bajo.

Loki volvió a desviar la mirada. Hacía tiempo que no se sentía tan humillado. Puede que en Jotunheim solo fuera un esclavo, un juguete, un capricho, pero por lo menos nadie lo atormentaba recordándole lo bajo de su estatus, algo con lo que Thor, no obstante, parecía disfrutar enormemente. Pese a todo, no estaba dispuesto a dejarse amedrantar por un infantil príncipe extranjero. No iba a darle esa satisfacción, ni ahora ni nunca.

–Os he dicho que no era la mascota de Laufey, y tampoco voy a ser la vuestra –siseó al mismo tiempo que alzaba su roja mirada contra Thor–. Puede que os sintáis muy superior, pero no lo sois. Y llamarme de ese modo tampoco va a hacer que lo seáis...

La mandíbula de Thor se tensó en una expresión peligrosa. Si al principio había visto algo de divertido en la indómita lengua del jotun, ahora había perdido toda la gracia. ¿Es que no comprendía que era su dueño? ¿No comprendía que él no era nada más que una posesión con la que él podía hacer lo que le viniera en gana? Al parecer no era plenamente consciente de su situación, pero él iba a dejársela muy clara.

Thor acabó con la distancia que lo separaba de Loki y alzó un brazo para tomarlo del pelo. Hundió las manos en la parte alta de la larga melena negra, aferrándola cerca del nacimiento del cabello, donde sabía que dolía. Tiró lo suficiente para que el gigante se viera obligado a arquear la espalda hacia atrás, a someterse a su fuerza bruta para intentar compensar el dolor. La mirada de Loki brilló con cierta alarma, pero no dejó escapar ni un pequeño quejido. Intentó mantener su máscara de indiferencia, pero sintió una punzada de temor en el pecho. En Jotunheim nunca lo habían maltratado, por lo menos no físicamente, pues Laufey había prohibido expresamente que le pusieran la mano encima para no estropear su bello aspecto. Pero ahora estaba en Asgard y, aunque se suponía que los dioses de la ciudad dorada eran benévolos, no sabía a que riesgos se exponía al provocar la ira de Thor. ¿Y si a él no le importaba pegarle? Era un guerrero, al fin y al cabo.

Durante unos segundos que parecieron eternos, Loki esperó recibir alguna clase de golpe que nunca llegó. Si hubiera conocido bien a Thor, sabría que este sería incapaz de ponerle la mano encima a alguien que estuviera encadenado o en una desventaja física tan evidente. Pese a su poder y su maestría en el campo de batalla, al hijo de Odín no le gustaba abusar de su fuerza. No obstante, aquél gigante lo había sacado de sus casillas y merecía algún tipo de castigo.

–No dejas de repetir que no eres la mascota de nadie... –gruñó cerca del rostro ajeno, y sus palabas vibraron con la fuerza de la ira contenida– y quizás tengas razón, al fin y al cabo –Thor deslizó la mirada por el cuerpo de Loki recordando lo que había visto bajo el manto dorado que lo cubría: las joyas que adornaban sus extremidades y la insinuante prenda que cubría sus caderas–. Mírate, no pareces una mascota. Con todas esas joyas que portas... –su tono de voz se volvió un poco más ronco a medida que sus ojos recorrían la figura del otro– más bien pareces una fulana –soltó con desprecio, y sonrió al ver la mueca indignada en el rostro de Loki– Es eso, ¿verdad? Eras la fulana de la corte. La puta de Laufey.

Loki gruñó y se removió para escapar del agarre de Thor. No le importaba que su esfuerzo conllevara pequeños y doloroso tirones de cabello, pues lo prefería a estar sometido a aquél bastardo que lo insultaba para divertirse. Sin embargo, el hijo de Odín usó su mano libre para sujetarlo de un brazo y volver a inmovilizarlo. Esta vez, el jotun sí dejó escapar un quejido de indignación.

–Shhhh... tranquilo, Loki –le susurró Thor con una pequeña sonrisa en los labios, como si de verdad intentara consolarlo después de la humillación que él mismo le había propinado para escarmentar su insolencia–. No se lo contaré a nadie, será nuestro pequeño secreto. Nadie sabrá que eras la pequeña y bonita putita del rey.

La furia se hizo un nudo en la garganta de Loki. Las afirmaciones del príncipe asgardiano lo ofendían, pero además eran falsas: él nunca se había comportado como una puta. Jamás lo habían utilizado de aquél modo, ya que los jötnar no veían en él algo atractivo o sexualmente interesante, sino algo simplemente hermoso, tan hermoso como podía serlo un lobo de pelaje blanco o la aurora boreal al cruzar las montañas escarchadas. Él era pequeño, extraño, raro, una anomalía en su especie. Ningún gigante podía tener interés sexual en él, lo cual había sido de agradecer hasta la fecha.

–No soy ninguna puta –aseguró susurrando, dispuesto a defenderse–. Aunque seguro que eso os complacería.

Pese a que Thor se sintió momentáneamente irritado por aquellas palabras, no tardó en cambiar de actitud y dejar escapar una seca y breve carcajada que no anunciaba nada bueno. Loki frunció aún más el ceño y volvió a removerse para librarse del agarre al que era sometido, pero fue incapaz, una vez más, de sobreponerse a la fuerza del asgardiano. Sus manos eran como tenazas que se cerraban entorno a su carne y su cabello negándose a dejar escapar a su presa.

–Tal vez me complazca –murmuró el príncipe sin cesar en su tono peligroso, manteniendo la mirada fija sobre los ojos de su esclavo–. Y en ese caso bastará que te lo ordene para que te conviertas en mi puta.

Loki sintió que su garganta se anudaba incapaz de continuar luchando contra el miedo. Pero no tenía miedo de Thor ni de lo que este pudiera hacerle en un arrebato de ira, sino de su propia condición como esclavo. Su temor nacía de la razón que tenía el asgardiano: bastaba una orden suya para que él tuviera que obedecer como una marioneta privada de todo tipo de libertad. Desde que tenía uso de la memoria, su único deber había sido cumplir las peticiones de su amo, que en aquél momento era, para su infortunio, Thor Odinson. Y el miedo que tenía a no poder llevarle la contraria ni a negarse a sus retorcidos deseos era más fuerte que el que podría provocarle un doloroso castigo.

Al ver que el jotun enmudecía sin poder articular una nueva réplica, el guerrero asintió satisfecho y le soltó el brazo.

–Así me gusta, Loki... –le dijo en un susurro al mismo tiempo que aflojaba también el agarre en su cabello: hizo que sus dedos abandonaran el nacimiento de la melena y se deslizaran para peinar aquellas hebras oscuras que sintió increíblemente suaves. Fue una caricia que contrastó enormemente con la dureza que había empleado hacía tan solo unos segundos, pero Loki se encontraba demasiado cohibido como para apreciarlo.

Finalmente, y tras llegar al límite de su cabello, Thor dejó de sujetarlo y permitió que Loki volviera a erguirse, si bien no se separó de él ni un centímetro. Continuaba estando molesto por la actitud del gigante, pero consideraba que ya había tenido suficiente por el momento. Terminaría aprendiendo quien mandaba allí, por supuesto, pero las mejores lecciones se asimilaban poco a poco. Su objetivo era que el pequeño jotun lo reconociera como un dueño al que respetar y satisfacer, no como un tirano al que odiar.

–No eres tan dócil como me habían prometido –continuó hablando Thor, y podría haber jurado que aquellas palabras volvieron a encender la chispa del orgullo en los rojos ojos de Loki. Se relamió al contemplar sus rasgos una vez más y luego añadió–: pero bailas tan bien como me habían asegurado. Has ofrecido un esplendoroso espectáculo en el gran salón.

Loki contempló a su dueño con cautela, sin dejar que sus halagos lo sorprendieran. Estaba convencido que aquellas palabras, aparentemente aduladoras, escondían algún innoble propósito.

–Pero me temo que no tendrás ocasión de repetirlo –Thor chasqueó la lengua y sonrió derrochando malicia una vez más–. A partir de ahora quiero que bailes solo para mi, ¿entendido?

Aquella voluntad resultó tremendamente extraña para el gigante. Al fin y al cabo, Laufey jamás había tenido la pretensión de reservarlo para él mismo. Es cierto que el monarca de los jötnar le había ordenado bailar solo para él en alguna ocasión, pero normalmente lo utilizaba como un entretenimiento con el que deleitar a toda la corte. Disfrutaba exponiéndolo para que cada uno de sus vasallos lo vieran y envidiaran el maravilloso juguete que poseía. Era una forma más de glorificar su tremendo poder. Y, sin embargo, el hijo de Odín prefería guardarlo con recelo, hacer que sus danzas se volvieran exclusivas y ocultarlas a los ojos ajenos.

–Como ordenéis –respondió Loki regresando a su actitud servicial. Al ver que Thor lo observaba con insistencia recordó el nuevo apelativo con el que debía dirigirse a él–: amo.

Thor suspiró, aunque no fue un suspiro relajado y suave, sino más bien todo lo contrario. Loki se percató de que su cuerpo estaba ligeramente tenso, como poseído por la expectativa: los músculos que se adivinaban sin problema alguno bajo aquella piel extremadamente clara parecían contraídos, preparados para algún acto inminente. Y no tardaría en descubrir de qué se trataba.

–Y comenzarás ahora, esclavo –sentenció el asgardiano al mismo tiempo que enterraba los dedos en el manto dorado de Loki y tiraba de él para arrancárselo de encima y arrojarlo a un lado sin aparente esfuerzo. El jotun jadeó con agitación al descubrir en el suelo la exquisita prenda que había estado protegiendo su cuerpo hasta aquél instante. Luego encaró a Thor exigiendo una explicación con la mirada, pero la rotundidad que descubrió en el rostro del príncipe le impidió pronunciar una sola palabra–. Baila para mi.


Vale, estoy súper avergonzada por el abandono que tengo con mis fics. Bueno, en realidad no están abandonados, pienso en ellos casi todos los días, pero por desgracia este año se me está haciendo muy complicado respecto al tiempo libre. En fin, que lamento ese tiempo taaaan largo que pasa entre actualización y actualización, pero continúo sin querer dejar las historias abandonadas (ni esta, ni Prisionero ni Summerhill, por supuesto).

Muchas gracias a todas (¿y todos? xD) por esperar, por continuar mandando mensajes y dejando comentarios que me permiten saber que continuáis esperando cada día (la presión es una buena iniciativa de trabajo para mi). Y también quiero agradecer las felicitaciones, las críticas y los fanarts que tanto me inspiran. Espero que perdonéis que me haya convertido en una lenta actualizando. (Me pondré a trabajar en Summerhill en cuanto pueda.)

Por cierto, ya que estamos y si me lo permitís también quería hacer una recomendación. Si os gusta escribir y rolear, he encontrado un foro que está muy muy bien ( skipping-stone,foros-phpbb,es/) y es de habla hispana. Estoy tan encantada con él que quería compartirlo (cambiad las comas por puntos en la url).

Y bueno, ahora sí que nada más. Pasad una buena semana, fangirlead mucho con Vengadores II y sed felices.

Estaré pendiente de comentarios y DM's para saber vuestra opinión respecto al fic. ¡Un thorkiabrazo!