Capítulo dos:
Izzy
Había estado mucho tiempo buscando una solución para poder comunicarnos con nuestros amigos del pasado, y ahora, por fin, lo había conseguido. La primera vez, aunque solo fue un segundo, fue escuchar la voz de Tentomon. Y entonces supe que tenía que volver a intentarlo, hasta hoy.
Ahora todos nos habíamos reunido alrededor de mi ordenador, esperando a ver a nuestros amigos. Parecía que de nuevo teníamos una edad infantil, que teníamos que volver al digimundo para ayudarlos en su aventura, pero no, no era así, ahora éramos adolescentes.
—¿Dónde se supone que están los digimons? —preguntó Tai, frunciendo el ceño.
—Eso, ¿dónde está Veemon? —añadió Davis, con el mismo rostro.
—Enseguida os lo muestro—respondí yo—. Solo tengo que conectar con el mundo digimon para conseguirlo, no es tarea sencilla y…
—Vale, vale, Izzy—cortó Davis—. Yo quiero ver a Veemon.
Me senté en la silla y empecé a teclear con nerviosismo. Yo también había echado de menos a mi antiguo amigo insecto. Todos los demás esperaban, ansiosos, que yo consiguiera lo que todos habían venido hacer. Esperaba, por lo menos, que funcionara de nuevo.
Y entonces fueron apareciendo todos los digimons. Uno a uno, empezando por Palmon, Agumon, Veemon, Gabumon, Gomamon, Biyomon, Patamon, Gatomon, Tentomon, Hawkmon, Wormmon y Armadillomon. De nuevo, los once digimons juntos, de nuevo todos los niños elegidos, exceptuando a Cody, que no había podido venir.
—Sí que habéis crecido—comentó Gabumon—. Matt, estás tan alto.
—Es normal, Gabumon—contestó este, sonriendo—. Los años cambian a la gente.
—¡Vosotros no habéis cambiado nada! —sonrió Tai—. Seguís igual que siempre.
Empezaron hablar cada uno con su digimon. Pusimos turno y fue gracioso en algunos tiempos, sobre todo con Tai y Agumon, y David con Veemon.
—¿Y ya tienes novia, Davis?
—¿Sabes lo que es una novia, Veemon? —preguntó este, sorprendido.
—Claro…—parecía ofendido incluso—. Pero si me contratacas con eso es que no tienes.
—¡No es eso! —gritó—. Es solo que… bueno, no quiero novias ahora. Se está muy bien solo, ¿sabes?
—Ya, ya, lo que pasa es que no consigues una—replicó el digimon—. ¡Por eso dices excusas!
Y tuvimos que quitarle el turno antes de que esos dos empezaran a discutir.
—¿Qué tal, Agumon?
—Es bastante aburrido no poder digievolucionar—contestó este—. Echo de menos ser Wargreymon.
—Sí…—recordó Tai—. Yo también echo de menos verte así de fuerte.
—Algún día volveré a tener esa forma—dijo Agumon—. Algún día…
—Por supuesto—asintió Tai—. Y entonces volveremos a luchar juntos. Como en los viejos tiempos.
Aunque, también hubo algunos que no pararon de llorar.
—Mimi, no llores—pidió Palmon, que ya estaba sollozando.
—¿Qué dices? Si la que está llorando eres tú.
—No, tú.
—Tú.
—Las dos, ¿sí?
Y empezaron a llorar tanto que le tuvimos que dar papel a Mimi. Palmon se había ido a un rincón, a llorar sin parar. Agumon y Veemon fueron a animarla un poco.
Al final todos hablaron con sus digimons. Tres acabaron llorando: Kari, Mimi y Sora.
Fue un día bastante largo. El tiempo pasó muy deprisa eso, sí, cuando terminamos de hablar con todos los digimons y ellos se tuvieron que ir, decidimos pedir unas pizzas y quedarnos a cenar todos juntos. Cada uno se fue a su casa en el ultimo momento, hasta que finalmente quedamos cinco personas: Takeru, Kari, Tai, Davis y yo.
—Ha sido un día feliz—comentó Kari—. Hacia tanto que no veía a Gatomon.
—Si, tienes razón—asintió Tai—. Me he alegrado bastante al ver a mi Agumon.
—¿Sabéis? —dijo Takeru—. A mí me gustaría volver a estar en el digimundo, aunque tengamos que pelear contra otros digimons, echo de menos esos tiempos. Ahora… ahora cada uno estamos en una cosa y casi no nos vemos.
—Yo he tenido suerte—sonrió Hikari—. Sigo viendo a todas las chicas…
—Por que vivís juntas—cortó Tai—. Pero yo sigo viviendo con papá y mamá. Izzy vive solo y los demás igual, ¿no?
Takeru negó con la cabeza.
—Yo vivo con mi hermano—dijo él—. Los demás, como tú has dicho, prefieren vivir a solas.
—Pues yo estoy por hablar con Davis—comentó Tai—. Así me voy de casa de mis padres y vivo con un amigo.
—Como le digas eso a Davis monta una fiesta ese mismo día—sonrió Kari—. Ya sabes como es, le encanta celebrar las cosas.
—¿En serio Tai? ¿Quieres venirte a vivir conmigo? —Davis no cabía en su alegría.
—Pues la hacemos, ¿qué tiene de malo? —preguntó Tai.
—Recuerda hermanito: Es mi casa, yo la limpio—murmuró su hermana.
Estuvimos charlando un buen rato más. Riendo y riendo sin parar. Tai, ahora parecía más contento que esta mañana y no paraba de hacer bromas. Y Davis, al igual que Tai, hacía la charla más amena. Al final pasaron las horas, y todos querían irse a su casa a dormir.
—Nos lo hemos pasado Genial, Izzy—dijo Davis—. ¡Hay que repetir!
—Ya has oído a Tai, Davis—reí yo—. La próxima fiesta en tu casa.
—Esto no ha sido una fiesta—replicó Tai—. No había música… ¡Pero la que haremos nosotros será genial!
—Espero que no pase nada desagradable en esa fiesta "vuestra" —repuse yo.
—¿Qué iba a pasar? Si solo vendríamos lo de siempre…
—La bebida no sienta bien en algunos casos—expliqué—. Pero bueno, supongo que sabrás como controlarnos.
Tai me miró, sorprendido.
—¿Vendrías? ¿Si al final la hacemos, vendrías?
—Tal vez—sonreí—. Tal vez.
Kari
T.K y yo esperamos a que esos dos se despidieran de Izzy. ¿De verdad iban a hacer una fiesta? A mi parecer, creo que lo han pensando demasiado rápido. Una fiesta lleva sus complicaciones, como organizarla y estos dos se piensan que es como coger el desayuno de la nevera.
Al menos me alegro de que mi hermano esté más animado. Eso de haber estado con todos los amigos le había echo bien, ahora solo faltaba que nadie le recordara lo del partido durante un periodo de tiempo.
—¿Estás bien? —me preguntó T.K, mirándome.
—Estoy un poco cansada—respondí—. Me sentará bien tumbarme en la cama.
—Todavía te queda un buen camino hasta llegar a tu casa…—susurró él, preocupado—Y es tarde. No deberías ir sola.
—¿Quieres acompañarme?
—Dudo mucho que tu hermano me deje acompañarte—dijo él, con un suspiro—. Seguramente querrá acompañarte él.
—Pero yo quiero que me acompañes tú—insistí—. Si se lo pido a mi hermano me dejara ir contigo. No me puede negar nada, soy su debilidad.
T.K sonrió.
Al cabo de unos minutos llegaron Davis y mi hermano. Los dos hablaban y hablaban del tema de vivir juntos y, como no, de la fiesta que iban hacer dentro de poco.
—¿Entonces te instalas hoy? —preguntó Davis.
—Primero tengo que coger las cosas de casa de mis padres—contestó Tai—. Y decírselo a ellos también.
—Se van a poner muy contentos—añadí yo, riendo—. Venga vamos, que estoy cansada.
Al llegar hasta abajo, me esperaba la pregunta de mi hermano. Que para mi sorpresa estaba tan absorto en sus pensamientos que no se enteró.
—Tai…—dije yo—. No hace falta que me acompañes hasta casa, Takeru lo hace por ti. ¿De acuerdo?
—¡Vale hermanita! —exclamó él—. Cuídamela, ¿eh? ¡Cómo le pase algo!
—Hermano…—intenté sonreír—. No seas tan sobreprotector.
—Si fuera sobreprotector te acompañaría, Kari—observó él—. Buenas noches, chicos.
—No te preocupes, Tai—dijo T.K—. No dejaré que le pase nada.
—Así me gusta, chaval—Tai le dio una palmada a la espalda—. Nos vemos otro día.
Me di cuenta de la cara de Davis. Sabía que, si días antes, no me hubiera dicho lo que sentía y yo le hubiera dado calabazas, ahora él también me querría acompañar hasta casa. Solo esperaba, que algún día pudiera decirle la verdad, no me gusta engañarle. Es un buen amigo, y no quiero que, por sus sentimientos, estemos mal.
Davis y Tai se perdieron entre la niebla y Takeru y yo empezamos a andar hacia mi casa. Pero claro, yo no iba a desaprovechar que estábamos solos.
—¿Cuándo se lo vas a decir? —pregunté, suavemente.
—¿Qué?
—A Davis—contesté—. ¿Por qué no le quieres decir que salimos juntos?
—Es mi amigo, Kari. No quiero hacerle daño.
—Pues yo creo que le gustaría saber la verdad—insistí yo—. Sabes que hace unos días, no sé exactamente cuantos, me dijo lo que sentía por mí.
Bien, al menos había conseguido que Takeru se pusiera serio. Ahora se había quedado quieto, sin caminar, observando el suelo como si eso fuera lo más importante del mundo. Sé que no le gusta que hablemos de este tema, pero yo ya estoy harta. ¿Tan difícil es decir que soy su novia? Con lo que le costó decirle lo que sentía y ahora tenemos que mantenerlo en secreto. Con algunas personas, ya que mis amigas sí lo saben.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó él, finalmente.
—¿Qué le voy a decir? Pues la verdad, que estaba enamorada de otro chico.
—¿Y no te pregunto quién era?
—No, T.K—contesté yo—. En cuanto le dije eso se fue, no me pregunto nada más. Por eso, yo creo que es mejor que se lo digas. Que le digas la verdad. Es tu amigo, lo comprenderá.
T.K negó con la cabeza y siguió caminando. Yo me puse a su lado, esperando a que dijera algo. La conversación no había terminado, solo acababa de comenzar.
—¿Vas a decirlo? —insistí yo.
—¡No es fácil, Kari! —acabó gritando él—. Sé el daño que le puedo hacer, será como si le hubiera traicionado.
—¡Pues yo no pienso llevar nuestra relación en secreto! Sé a quien quiero y no tengo porque esconderlo—me puse seria—. Así que, si tú no eres capaz de decírselo, acabaré por contárselo yo.
—¡No! Espera…—susurró—.Yo… yo se lo diré. Solo dame un poco de tiempo.
—¿Cuánto?
—Un par de días—contestó él—. Pero sé que me va a odiar en cuanto lo haga.
—Yo creo que será al revés. Que te dará las gracias por decirle la verdad.
Takeru sonrió.
—Estás un poco pesada con lo de la verdad, ¿eh? —rio.
—Sabes que no me gusta mentir—contesté yo—. Y menos a un amigo.
—De acuerdo—suspiró—. Se lo diré en cuanto le vea. Era lo que querías, ¿no?
—Sí—sonreí y le di un beso en la mejilla—. Venga vamos, que las chicas se estarán preguntando donde estoy.
La noche era bastante preciosa. Además de que no hacía ningún frío y la temperatura era bastante buena, se podía decir que tener como compañía a la persona que quieres te hace la noche mucho mejor.
Cuando llegamos al portal de mi casa, miré con cuidado hacia arriba. Las chicas eran bastante cotillas y en un descuido salían todas a la terraza para verme. Lo habían echo ya un par de veces y lo había descubierto al subir, que todas me miraban con cara rara.
T.K se acercó a mí para despedirse. Era nuestro ritual, un simple beso, pero a mí no me gusta que mis amigas me vean. Esto es algo íntimo, pero ellas no lo entienden.
—¿Quieres subir? —pregunté yo, cuando nos separamos.
—No quiero molestar…—susurró él—. Pero si quieres quedamos mañana. No soporto no verte en dos días.
—¡Qué bonito!
Takeru y yo pegamos un bote al escuchar una voz chillona procedente de algún sitio. Fue hacia afuera para si estaban asomadas, pero eso sería imposible, ya que no me podían ver… ¿Entonces?
—¡T.K! Eres tan romántico.
—¿Quién…?—preguntó él, mirando a todos sitios—. ¿Mimi?
—¿Cómo que Mimi? —pregunté yo, acercándome a él—. ¡Espera!
Miré al timbre del portal. No podía saber si las chicas estaban ahí con seguridad, pero las dos veces que alguien había hablado sonaba mucho a Mimi y Sora. Así que tenían que ser ellas. ¡Serán!
—¡Dejadme intimidad! —grité yo—. Ya sé que soy la menor, pero también tengo mis propias reglas. Dejad el telefonillo en paz.
—¡Kari, no te enfades! —era la inconfundible voz de Mimi—. Es que son estos momentos los que nos hacen ver la realidad… queremos decir, que ahora entendemos porque le quieres.
—¡Si eso ya lo digo yo!
—Kari, tranquila—sonrió Takeru—. Será mejor que me vaya, a mí también me queda un buen camino hasta llegar a casa de mi hermano.
—¡Chao, T.K! —dijeron todas a la vez.
Me tranquilicé un poco y me despedí de Takeru. Estaba segura de algo, en cuanto subiera, todas se habían ido a su cuarto, fingiendo dormir para que no les montara alguna.
Mimi
¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!
Apagué el despertador con la mano y me volví a girar en la cama para dormir. Que pereza daba levantarse temprano, y todo para tener que limpiar la casa. Hoy, sábado, todas las chicas nos levantábamos a la misma hora para organizarnos. No es que me gustara mucho, pero como no me despertara enseguida, vendrían ellas a despertarme a mí.
—¡Mimi! —se escuchó desde afuera—. ¡Vamos! ¡Levántate!
—¡Sora! —gritó otra voz—. ¡Es mejor entrar que llamarla desde afuera!
—¡ O poner música, eso motiva a mucha gente por la mañana! Yo lo veo mejor que entrar adentro, Kari—exclamó, otra voz.
—¡Callaos, ya! —grité yo.
—¡Vale, pero levántate! —respondió Sora—. ¡Cinco minutos!
Me tapé con la almohada y empecé a contar los segundos. Tenía cinco minutos, y sabía que Sora los iba a contar también. ¿Qué podía hacer? Solo me quedaba despertarme y hacer lo de todos los fines de semana.
Cuando salí, ya vestida y arreglada, me encontré con las tres chicas sentadas viendo la tele. ¿No se suponía que íbamos a limpiar?
—¿Qué hacéis? —pregunté, acercándome a ellas.
—Ver la tele—respondió Kari, como si fuera evidente—. ¿No lo ves?
—¡No se suponía que hoy teníamos que limpiar la casa! —me estaba empezando a enfadar.
Las tres me miraron. Me sentí un poco mal, al sentir tanta atención.
—Hemos decidido que, como siempre te duermes, hoy te toca hacer a ti la casa—dijo Sora.
—Es como un castigo—añadió Yolei.
—Seguro que así no te duermes la próxima vez—terminó diciendo Hikari.
—¿Qué? ¿Esto lo habéis pensado en dos minutos?
—La verdad…—respondió Yolei—. Ya lo habíamos pensado la semana anterior.
—Cuando te quedaste dormida—añadió Sora.
Abrí la boca sorprendida.
—¡No es justo! —grité yo—. Esta casa es de las cuatro. Ensuciamos las cuatro y tenemos que limpiarla las cuatro. Además, ¿qué hacéis hablando una oración entre todas?
—Nos aburrimos—contestó Kari—. Y estamos cansadas.
—Más bien hacemos esto para molestarte—añadió Yolei, sonriendo.
—No te enfades, por favor —terminó por decir Sora.
Cogí el mando de la televisión y la apagué.
—¡Todas a limpiar!
Y, para mi suerte, me hicieron caso.
Tai
—¿Cómo que te vas? —preguntó mi madre, por tercera vez.
—Ya te lo he dicho mamá—traté de explicárselo de nuevo—. Un amigo me ha ofrecido que vaya a vivir con él y yo simplemente he aceptado.
—¿Qué amigo? —menudo interrogatorio.
—Davis, lo conoces—suspiré—. Ha venido un par de veces aquí. Un chico con gafas… ¿te suena?
—¿Motomiya? —era más una afirmación que pregunta.
—Exacto—sonreí yo—. Pues que vive solo y como casi no tiene para pagar el alquiler pues no le viene nada mal compartir casa conmigo, ¿eh? Pues por eso me voy.
Terminé por meter toda la ropa en la maleta y le sonreí a mi madre. Pero verla con los brazos cruzados y el ceño fruncido, hico que me quedara quieto en la habitación.
—¿Qué pasa? —pregunté, extrañado.
—Hijo… este es un tema delicado, lo puedo entender—estaba nerviosa—. Te lo preguntaré directamente, ¿te gustan las mujeres, verdad?
—Mama…¿no pensaras que…?
—Ay no, mi niño mayor ¡no!
—Espera…!espera! —solté la maleta—. No me voy a casa de Davis por eso…!Por favor, mamá! A mí siempre me han gustado las chicas… de toda la vida. ¡Eso que te quede bien claro!
Ella respiró hondo, ya estaba más tranquila.
—Menos mal—sonrió—. Pues que te vaya muy bien en tu nueva casa, Tai.
—Sí…sí. Adiós mamá.
Salí de casa con un nudo en la garganta. ¿Cómo podría haber dudado mamá de mi homosexualidad? ¿Tenía pluma? ¿Cara de gay? Si casi toda mi vida he estado enamorado de Sora, y lo sigo estando. ¡No me puedo creer que mi madre me haya preguntado eso!
Me dirigí a casa de Davis. A ver que pasaba en los días siguientes. Ya no sería como estar en casa de mis padres, que me lo hacían todo prácticamente, ahora me tocaba trabajar y limpiar en casa, tal y como había dicho Kari.
Bueno, pues allá voy.
