Capítulo 2

Desconocidos

No sé cuánto tiempo pude estar así, no distinguía el principio de una canción del fin de otra. Me aislé tanto de mí misma que apenas pude afirmar con seguridad si estaba consciente. Volví a la realidad cuando la silla contigua a la mía fue ocupada por unos pantalones vaqueros demasiado anchos y unas Nike con pinta de caras. Rápidamente adopté una posición más adecuada y pude ver más de él. Vi unas manos grandes y fuertes, propias de un hombre hecho y derecho, descansando sobre sus piernas. Su piel era lisa y se abultaba en el lugar de sus venas. Quise tocarlas, con todas mis fuerzas y sentir su tacto. Pero no lo hice, nunca lo haría. Levanté la vista un poco más y una amplia camiseta azul de deporte se presentó. Por fin, su cara. Sus ojos marrones líquidos posados en mí, coronados por unas cejas pobladas. Y su boca. Labios gruesos que me apetecía mucho acariciar, con un piercing del todo sugerente a un lado de ellos. Lo que más me llamó la atención fue su cabeza en la que decenas de rastas rubias habitaban. En una coleta y una gorra de ala recta por encima de ellas.

Cuando asimilé que alguien se había atrevido a acercarse a unos centímetros de mí, pude darme cuenta de su expresión de sorpresa. Lo entendía. El pelo azabache revuelto en mi cara le habría asustado, normal. Mi apariencia de vagabunda no agradaba a mucha gente. Nunca me había preocupado demasiado por mi ropa, que por cierto, jamás era remotamente femenina. Pero ahora, justamente hoy, mucho menos. Llevaba una camiseta raída, una camisa de cuadros que me quedaba demasiado grande, y unos pantalones que funambulaban entre el chándal más desastroso, y los vaqueros más horribles. Todo ello acabado por unas converse de imitación sucias y con varios agujeros que los zapatos normales no merecían. Estilo grunge, ¿no?

Él ahora me miraba de arriba a abajo, examinándome y preguntándose qué demonios hacía allí. Cuando yo sólo podía preguntarme: ¿qué demonios hace él aquí? ¿A mi lado?

-Lo siento, me iré a otra mesa. -dije. Ni siquiera supe por qué me disculpé. Supongo que quería evitar una discusión. Quizá ese pupitre era de aquel chico. No era de extrañar, llevaba tres semanas sin pasar por allí, y habrán puesto a otro en mi lugar. Di un tirón brusco a mi mochila y esta quedó colgando de mi mano. Le dirigí una última mirada y me incorporé para largarme a otro rincón. Cuando lo hice, sólo pude ver una camiseta de Placebo. Pensé que, cualquiera que fuese dentro de ella, me caería bien de inmediato, sólo por que escuchábamos la misma música. Y eso significaba mucho. Quería decir que, al escuchar las mismas canciones, nos inundaban por dentro, su sentimiento se teñía con nuestra esencia y podíamos sentir el mismo dolor, alegría o angustia que el grupo soltaba, era especial, único. Un idéntico sentimiento en miles de personas. Y eso era lo más importante, entenderse.

Le miré a la cara, y casi pegué un salto cuando vi que era exactamente la misma que la del anterior chico. Pero con los ojos maquillados, con un toque ahumado y el pelo negro, a la altura de los hombros, y alborotado. Llevaba un estilo oscuro. Sus mechones caían caóticamente contrastando con una piel blanquecina y uniforme. Su voz dulce tintada de confusión me preguntó algo. Era como yo, fue lo primero que pensé. No sé por qué, sólo conocía su apariencia, y desde hace menos de un segundo.

-¿Ese es tu sitio? -Yo no pertenezco a ningún lugar, quise decir. Pero algo en mí me lo impidió. Algo me dijo que eso sólo le haría huir. Y por vez primera desde hace meses, quise que alguien se quedara a mi lado.

-Sí, supongo. -bajé la mirada. No podía soportar la sensación que me propiciaban sus ojos. Se introducían en mí lentamente, hasta lo más hondo. -¿También te lo han asignado a ti?

-Así es. -Seguí sin mirarle. Aproveché para descubrir que vestía unos pantalones negros con algunas cremalleras plateadas y unas deportivas que le iban a juego.

-Seguramente no pensaron que volvería...

-¿No eres nueva? -Me sobresaltó preguntando el chico de las rastas y la ropa ancha. Me volteé.

-No, qué horror. Llevo aquí desde que el instituto empezó. Pero llevo sin venir algún tiempo. -Mi mente voló al recordarlo de nuevo. Recordé cómo todas esas pastillas bajaban por mi garganta una tras otra, con ayuda de los tragos de vodka y mi deseo de destruirme del todo. Me contemplé caminando mareada hacia el baño. Como si de una película se tratase. Era yo, pero de la forma más distante. Vi mis dedos presionando la fina cuchilla sobre la piel de mi muñeca hasta que la sangre fluyó a través de la blanquecina piel de mi antebrazo. Como si de una carrera se tratase corría fuera de mí. Los cortes se volvieron más violentos y profundos. Apenas podía controlarme. Y desde aquel momento todo se tornó borroso...

-¿Por qué habías dejado de venir al instituto? -El de la gorra preguntó. Sacándome de mi ensimismamiento y haciéndome pegar un salto. Ambos soltaron una pequeña risa y yo sólo pude ponerme nerviosa. Esa es la pregunta que quería evitar a toda costa hoy. Y a primera hora, ya me la habían formulado. Y encima, un desconocido. Me quedé perdida en su rostro, que parecía esperar una respuesta ansiosamente. Notaba cómo mi respiración se aceleraba.

-¡Tom! -dijo en voz baja el moreno, molesto, abriendo los brazos a ambos lados.

-Así que es tu pupitre. -afirmó Tom.

-Exacto. -¿Es que no lo pillaba? Sí, era mi pupitre, me lo habían quitado, y yo no podía hacer nada. Los dos se miraron sorprendidos, con el ceño fruncido. ¿Qué estaba pasando? Si querían que me fuera, tranquilos, que lo haría, en ese preciso instante además. Levanté la tabla de madera de la que se componía la mesa y me dispuse a coger los papeles que allí tenía. Pero mi tacto sólo pudo captar una suave superficie vacía. Casi me dio un infarto al comprobar que mis escritos no estaban allí como la última vez. Todos mis poemas, mis sentimientos y mis miedos estaban en manos de unos completos desconocidos. Sentí que el corazón se me saldría del pecho. Les miré a los dos, casi culpándolos por robarme mis cosas

-Oh Bill, es ella.