II.
Rachel se levantó sabiendo que debía enfrentarse a lo acontecido el día anterior. Sin embargo, cualquier preparación frente al espejo no le hubiese servido de nada, cuando se encontró con aquella escena en el comedor de la cocina.
–¿Entonces la rubia esa no te dijo nada? ¿Te enteraste gracias a su novio? –preguntó Lauren y Rachel pudo ver cómo Lexa asentía–. Eso es una verdadera mierda.
–¡Lauren, el lenguaje! –interrumpió Rachel.
–Pero lo es –se quejó la aludida–. Las rubias deberían estar prohibidas. Al parecer sólo causan daño.
Lexa frunció el ceño evidentemente confundida.
–Hace años una rubia también dañó a Rachel –explicó Lauren–. Yo no la conocí, pero Nanny no hablaba bien de ella y todo el mundo le caía bien a Nanny. Ah, Nanny era la abuela de Rachel.
–Y la tuya –murmuró Rachel que sabía cuánto Lauren había querido a su abuela–. Y dudo que la pigmentación del cabello tenga algo que ver con nuestras malas experiencias amorosas, aunque desconozco bien qué pasó contigo, Lexa.
–La típica historia de la chica hetero que quiere experimentar –bufó Lexa–. Clarke iba varias veces al restaurante con sus amigas y comenzamos a mirarnos, luego a conversar. Una cosa llevó a la otra y terminamos juntas. Luego desapareció hasta que ayer llegó su novio y me dijo que todo había sido una estupidez de parte de Clarke, que iban a casarse y ella sólo quería experimentar un rato.
–Tú pensabas que era algo más –agregó Rachel sin necesidad de una afirmación.
–Bueno, pero esas rubias son pasado. Ahora somos tres morenas-castañas listas para comernos el mundo –cortó el tema Lauren.
–¿Tú también…? –intentó preguntar Lexa.
–¿Te refieres a si soy lesbiana? –cuestionó Lauren y Lexa asintió–. Oh no, soy hetero, sin ninguna curiosidad. Rachel es bisexual, pero prefiere las chicas, aunque nunca sale con nadie. Quizás ahora puedas ayudarla un poco con eso.
–¡Lauren!
Lexa rio y luego su rostro perdió todo atisbo de risa.
–Yo intentaré encontrar trabajo hoy y marcharme lo antes posible. Les agradezco lo que han hecho por mí.
–Lexa trabaja y estudia. Estudia abogacía en Columbia, mi universidad –comentó Lauren. Columbia había sido su sueño desde que conoció la existencia de aquella Ivy League–. Deberíamos dejar que se quedara con nosotras, Rach. Nadie la contratará con esos golpes en la cara.
Rachel no pudo evitar sonreír, porque pese a todo, Lauren era una digna hija de su madre.
–Me parece una buena idea –sostuvo antes que Lexa pudiese oponerse–. Pero no creo que la habitación en la que se quedó sea la más adecuada si se queda más tiempo.
–Tal vez podría ocupar la habitación que era de mamá… Es más grande y está vacía –dijo Lauren encogiéndose de hombros, pero Rachel sabía que aquel era un paso importante. Ello también significaba que confiaba en Lexa.
Sin saber por qué, Rachel también confiaba en aquella castaña.
Las malditas llaves siempre se le perdían en aquel bolso. Si no se tratase de objetos inanimados, hubiese apostado a que les encantaba bromear a su costa.
El ruido del ascensor la hizo girarse, tras sus puertas apareció su vecina.
Rubia, estatura mediana, curvas y una sonrisa agradable. Solían saludarse con cordialidad, pero hasta ahí llegaba su relación.
Sabía poco sobre ella: estudiante universitaria, hija de padres adinerados y con un par de amigas bastante ruidosas.
–Hola Quinn, ¿problemas encontrando las llaves? –dijo su vecina a modo de saludo dirigiéndose hasta su propia puerta.
–Hola Clarke. Comenzaré a colgármelas al cuello, quizás así las encontraré más fácilmente –respondió bromeando–. ¡Por fin! –suspiró y se dispuso a abrir la puerta no sin antes despedirse de su vecina.
Dejó sus cosas sobre su mesa de trabajo y abrió una botella de vino mientras pensaba en qué cenaría. Básicamente esa era su rutina, con algunas fiestas entre medio, pero sin mucho más cambio.
Vacía.
Tenía estabilidad y había estudiado lo que había querido, pero cuando se encontraba a solas no podía dejar de pensar en sus decisiones pasadas. Aquellas que habían marcado su rumbo y dañado a quien más quería.
No pienses en ella.
Los primeros años se había justificado diciendo que había tomado la mejor decisión para ambas, pero aquello era una mentira. Había hecho lo que resultaba más fácil y conveniente para ella. Su padre le había dado dos opciones y ella ni siquiera lo había pensado mucho. Siempre había pensado que era diferente al mundo en el que vivía, pero cuando tuvo que demostrarlo no lo hizo.
"Eres igual a todos ellos; finges que eres distinta pero eres igual". Esa había sido la última frase de su novia antes de terminar su relación.
Quinn había intentado odiarla, diciéndose a sí misma que sí era diferente. Pero en el fondo sabía la verdad. Había pasado meses jurándole que era el amor de su vida, protegiéndola de aquel mundo que la rechazaba por no tener dinero y asistir a aquel colegio becada, pero cuando estuvo en riesgo su seguridad, su economía, su futuro, todo ese amor no había alcanzado.
Cuando por fin comprendió la gravedad de su error, se impuso una autocondena. No más relaciones, no más amor. Ella era una persona tóxica y no podía dañar a nadie más. No quería.
Trabajaba, iba a fiestas, conocía personas, pero nada más. Su nueva jefa, una mexicana recién ascendida y trasladada le había dicho que parecía cansada, como si algo le faltara. Ella sabía que algo le faltaría toda la vida.
Sus lamentaciones fueron interrumpidas por el sonido del timbre de la puerta que retumbó por todo su silencioso hogar. Pensando que podía ser su vecina necesitando algo, abrió la puerta sin mirar por la mirilla.
Frente a ella, pasado y presente colisionaron.
–Hola hermanita –saludo aquel chico con una sonrisa ladeada tan similar a la suya. Sus ojos avellana eran una copia exacta de los que ella tenía. Sólo su pelo, unos dos tonos más oscuros que el suyo, evidenciaban una diferencia.
–¿Qué… qué estás haciendo aquí? ¿Cómo supiste dónde vivía? –preguntó Quinn aún sorprendida.
–No me enteré gracias a ti, obviamente. Russel todo lo sabe, deberías estar acostumbrada. Me metí entre sus cosas y encontré tu dirección –respondió su hermano pequeño dejando entrever que no sólo había dañado a su ex novia con sus actos–. Respondiendo a tu primera pregunta, me vengo a vivir contigo.
–¿¡Estás loco!? –exclamó casi en un grito–. Dan, eres menor. Vives con papá y yo tengo mi vida. Lo siento, pero tienes que irte.
–Papá se va a casar con una chica menor que tú. Gasté todos mis ahorros viajando hasta aquí. Papá se negó a pagar mi viaje, pero está dispuesto a pagar mi colegiatura y mis gastos si me dejas vivir aquí. Como le causo muchos problemas, mi marcha es lo mejor para él –explicó Daniel con tanta frialdad que Quinn pensó que su hermano no parecía un chico de dieciséis años.
–Siento que papá y tú tengan problemas, pero yo tengo mi vida hecha aquí. No puedes aparecerte un día y querer modificarla.
–¿Sólo tú tienes derecho a hacerlo? ¿O sólo sirve cuando tú te marchas? –preguntó con ironía el menor–. No necesito que seas mi hermana, Quinn. Sólo necesito que me des alojamiento. Hace tiempo renuncié a creer en esa idea de familia que supuestamente deberíamos ser.
Aquellas palabras habían sido la estocada final para Quinn. Daniel tenía diez años cuando todo había pasado. Su papá queriendo evitar cualquier habladuría, había decidido marcharse al otro extremo del país, al mismo Estado en el que ella estudiaría. Si bien vivieron durante años a pocos kilómetros de distancia, Quinn jamás había visitado a su familia. Primero, por orden de su papá, luego porque ella no podía enfrentarse a Russel y a sus propias decisiones. Daniel había sido una víctima en toda esa guerra.
–Lo siento –declaró con sinceridad, dejando pasar a su hermano–. Puedes quedarte en la habitación de invitados.
–Gracias –sin agregar más, Daniel caminó en la dirección que Quinn le había indicado. Tras dejar sus cosas volvió hasta donde su hermana lo esperaba–. Mañana tengo que ir al colegio y llevar mis papeles. Papá ya hizo la mayoría del trámite por el cambio, pero tú tienes que firmar como mi tutora.
Quinn asintió sin pensarlo, pero luego una mala sensación se le plantó en la boca del estómago y la llevó a preguntar.
–¿Dónde vas a estudiar?
–En el mismo colegio que estudiaste tú cuando vivíamos aquí. Saint algo se llama ¿o no? –expuso Daniel, sin darle mucha importancia.
Quinn, en cambio, libraba otra batalla. Mañana tendría que enfrentarse a aquel lugar, el que no había sido capaz de pisar en todo el tiempo que llevaba viviendo allí. Durante un año había evitado ese lugar y sus alrededores. Los recuerdos de la mejor etapa de su vida estaban ahí, también los de su mayor arrepentimiento.
