Hola chicas lindas, aquí está el verdadero comienzo de la historia. Espero que les guste. Prontamente subiré el segundo capítulo. Lean y dejen review si les gusta. Gracias Nekito1 por seguir mi historia.
Besos y abrazos :*
Daniela Andley.
A salvo
El barco avanzaba en busca de su destino, el cielo estaba despejado y no amenazaba con llover-
Veo un bote a estribor.- Dijo un hombre de la tripulación, subido a la parte superior del barco.
La señora Sarah White viajaba con su hija Candice de un año de edad. Las dos salieron a cubierta a ver lo que el hombre gritaba a la tripulación, su hija jugueteaba con sus manos, mientras que ella veía atentamente lo que sucedía.
-Navega hacia el viento y bajen el bote pequeño.- Ordenó el capitán
- Si señor.- dijo un tripulante, atacando la orden del capitán
Bajaron las velas del barco y el bote, acercándose al bote que parecía estar solo.
-Sujeten el bote.- grito uno de los tripulantes a los otros que llevaban el bote.
-¿Está solo?- preguntó el capitán
-Hay dos personas señor, un hombre y una mujer.- Dijo uno de los tripulantes.
-¿Vivos o muertos?- Preguntó el capitán.
-Muertos señor, hay un bebe, de unos tres o dos años, está vivo.- Dijo mientras que el pequeño lloraba desconsoladamente.
Subieron al pequeño al barco y Sarah se lo llevó con ella.
-No llores, ya, ya.- Le decía está, tratando de calmarlo
El capitán y los tripulantes envolvieron los cuerpos de los jóvenes muertos en sabanas grises y los ataron con cuerdas, para después lanzarlos al mar. No sin antes decir una plegaria hacia ellos.
El barco navegó por dos horas más, hasta que el médico del barco avisó al capitán de una epidemia de cólera.
-He revisado a los enfermos y sus síntomas son fiebre, piel rugosa, bilís negra.- Interrumpió el médico.-Es claro que es…
-Pues, sáquenlos de las cabinas.- Interrumpió el capitán perdiendo la paciencia.
Es demasiado tarde.- Declaró el médico.
¡Primero me dice que pueden ser otras enfermedades, como fiebre y ahora esto!.- Exclamo enfadado el capitán, su paciencia había llegado a su fín.
¡Señor lo síntomas no lo demostraban, no hasta ahora. Es cólera!- Declaró exaltado el médico.
¡Cólera!- Repitió el capitán sin poder creer lo que oía.
El capitán trataba de encontrar una solución, pero todas eran en vano. Se encontraba en su estudio junto al oficial, hallando una posibilidad de sobrevivir.
-¿No podemos regresar capitán?- Le cuestionó el oficial.
- Ningún puerto recibe un barco con enfermos.- Dijo este descartando la posibilidad.
- Anclemos en la primera isla.-Busco otra alternativa el oficial.
- Estamos en mar abierto.- Le respondió el capitán llevándose las manos a la cabeza en señal de obstinación
- Con el debido respeto señor ese bote salió de alguna parte.- Respondió el oficial, señalando al bote a donde consiguieron a los chicos y al bebé.
- Este, es un mapa naval francés, no tiene ninguna advertencia, arrecifes, atolones, nada de eso.- Dijo mostrando el mapa al oficial. Su mente lo llevó hasta la señora Sarah, buscando una solución hacia ella- Un contratiempo para esa mujer, que viene con un bebé…
- Dejémosla a la deriva.- Lo interrumpió el oficial.
- Una mujer sola, viuda, con dos niños, sería incapaz.- dijo este descartando la posibilidad pero el jefe seguía persuadiéndolo.
- Mande a un marino con ellos, Kev es grande y fuerte, tendrán una oportunidad de vivir, estarán mejor que nosotros.
- Esta bien, lo haremos, no se lo diremos a los demás, esperaremos a media vigía para decirle a la señora White.
El capitán se dirigió a la recamara de la señora White para hablar con ella y tratar de convencerla.
- Porque algunos de los pasajeros estén enfermos, ¿usted nos dejará a la deriva? ¡Esto es una locura! - Dijo verdaderamente molesta Sarah.
- Es por su bien señora White.- Dijo el capitán
- Seré una mujer joven, pero he pasado los últimos años en tres climas diferentes, con insectos del tamaño de ratas y ratas del tamaño de gatos. Le aseguro que puedo sobrevivir con unos tripulantes enfermos de fiebre.
- Tienen cólera.- Dijo el capitán lentamente para que Sarah viera la gravedad del problema.- Si permanece a bordo, morirá.
Sarah no pudo articular palabra a lo que oía, ¿cólera? Mataría a ella y a sus niños, no podía permitirlo. Asintió lentamente, dando entender al capitán que aceptaría su propuesta.
- No puede llevarse ese baúl señora.- dijo el oficial entrando al camarote.- Solamente lo esencial.
- Pero... pero lo único que tengo en este mundo está aquí, en mi baúl.- Dijo Sarah con la voz quebrada.
- Oficial, la señora White llevara todas sus pertenencias.
- Si señor.- Dijo el oficial retirándose.
La señora White, los dos niños y el marinero Kev se embarcaron en un bote con todas sus pertenencias ese mismo día.
Así pasaron los días, navegando para encontrar tierra, pero no habían divisado ninguna.
-¿Señor Kev?- lo llamó Sarah.- Por favor un poco de agua.- Rogó al hombre
-Está limitada, señora.- Respondió este con indiferencia.
-Tienen que tomar agua señor.- Dijo refiriéndose a los niños.
-El niño no es suyo, así que no importa mucho.- Dijo mirando al pequeño.- A su bebé la puede amamantar, tranquilícese, ¿por qué no le da de su leche?- Dijo con voz ronca.
Asi navegaron por días y días, sin tener ni un ápice de suerte en encontrar tierra.
Los niños lloraban por la sed, ya no quedaba tanta agua y tenían mucho calor. El agua se agotaba y Kev no la quería compartir en su totalidad.
-Voy a decirle una cosa, ¡ya estoy harto de los llantos de sus niños!- Dijo kev groseramente y desesperado.
-Entonces por el amor de Dios deles agua.- Dijo Sarah
-Tengo que distribuirla señora, si estuviera solo, sin nadie más, este barril de agua me duraría.- Dijo mientras golpeaba el barril.- Compartir el agua no tiene sentido, pero lo mejor que podemos hacer es acabar con su sufrimiento.-
-No los tocará, créame.- Dijo Sarah atrayendo a sus dos niños hacia ella.
-Haré lo que deba hacer, así que los calla o los echaré al mar.- Dijo el marinero perdiendo la paciencia.
-Niños, cállense.- Trataba de calmarlos Sarah, pero era imposible el calor y la sed que tenía era demasiada para unos pequeños.
Mientras Kev picaba un pescado que acababa de pescar, los niños seguían llorando y se estaba desesperando.
¡Ya está! Puede cerrar los ojos si quiere.- Dijo acercándose al pequeño Terriuce, porque ese era el nombre que el niño había dicho, cuando Sarah le preguntó su nombre.
Sarah agarro una pequeña vela de repuesto que tenía un gancho por debajo de esta. La había localizado discretamente y lo golpeo hasta matarlo. Después lo lanzó al agua y sintió un verdadero alivio, pero también se sentía sucia, era la primera vez que mataba a una persona, pero lo hizo por sus niños.
Así pasaron los días y no encontraban alguna isla.
Sarah dormitaba, mientras que los niños estaban despiertos. Las olas rugían avisando que iba a llegar una tormenta.
Sarah se levantó y a lo lejos pudo divisar unas montañas verdes
-¡Tierra!- Dijo atónita todavía, las olas arrastraban al bote hacia la isla, hasta que llegaron.
- Ven Terry, rápido, abrázame.- Dijo Sarah sacándolo del bote con un brazo, mientras que en el otro llevaba a Candy.
Sarah miraba el lugar y se puso a llorar, por todo lo que había vivido esos infernales días. Amarro el bote a una roca grande, para que la corriente del mar no se la llevara y sacó sus pertenencias.
Después amarró una sábana a una rama para hacer lo que sería un techo. Mientras llevaba un baúl para ponerlo debajo de la sábana, la pequeña Candy se acercó a ayudarla, empujando con sus pequeñas manitas la otra parte del gran baúl.
Después Sarah cortó un coco para darle de beber a los niños. Estaban sedientos y necesitaban descansar.
Caminaron por la playa con una gran tetera para buscar agua. Gracias a Dios encontraron un río con agua que caía caudalosa sobre las piedras. Sarah probó el agua y vio que era dulce y lleno completamente la tetera. Mientras que el pequeño Terry jugaba en el agua con un botecito que había encontrado en las rocas.
-¡Que alegría, bananas y frutas!- Exclamó Sarah
-¡También raíces, las comíamos en la misión! Dijo está agarrando una.
-Y bananas ¡Ven Terriuce, encontré bananas, muchas bananas!- Dijo riendo
- Barco.- Dijo Terry con su vocecita, aunque Sarah no le prestó atención.
-¿Quieres una?- Le pregunto a Candice, la cual asintió con su cabecita.
- Barco, se va- Dijo Terry mientras veía como su botecito se iba con el río.
- Mira, que hermoso.- Le dijo Sarah a Candy, mostrándole un huevo de algún pájaro.
El cielo se hizo gris, avisando que una tormenta se avecinaba, por lo tanto Sarah corrió con los niños a la tienda, donde los tapó para esperar que la lluvia se acabara y poder buscar refugio en otro lugar.
Hacia frio y la lluvia no cesaba, los pequeños estaban asustados y el viento soplaba muy fuerte, las olas del mar rugían con fiereza, amenazando con llevarse todo lo que encontrara a su disposición. Tendrían que esperar tal vez horas o días, para que esa brava tormenta terminara
Después de unas horas, la lluvia cesó. Salió el sol y pusieron la ropa a secar, admirando la belleza de la isla, pero no podrían quedarse ahí, pues era peligroso. Así que Sarah decidió que lo mejor era ir y buscar otro lugar.
No podemos quedarnos aquí, estamos expuestos, tenemos que encontrar un lugar seguro que nos proteja de las tormentas.- Dijo mientras tomaba la mano del pequeño Terry y llevaba a Candy cargada en un brazo.
Caminaron buscando un lugar, hasta que por fin llegaron a otro lado de la playa, todavía mucho más hermoso que donde estaban.
-Niños, ¿No es hermoso?- Les preguntó Sarah admirando la hermosura del lugar.
-Casa.- Dijo el pequeño Terry
Sarah no había entendido y se dio la vuelta para encontrarse con una casa hecha de cortezas y ramas de palmeras.
-¡Santo cielo, Terry!- Dijo esta asombrada y agradecida a Dios por haberlos dejado encontrar ese lugar.
-Mamá.- Llamó Terry
La casa estaba desordenada, tal vez por el tiempo que estuvo sola.
-¡Mami, mami!- Llamaba el pequeño Terry pero al no ver respuesta, Sarah supo que ese lugar era de donde el pequeño había llegado.
-Ya no está.- Dijo tristemente el pequeño a Sarah
-No, mamá ya no está, tu mami se fué.- Le dijo Sarah dulcemente.
-Mamá.- Dijo Terry empezando a llorar.
-No llores, no llores, ven conmigo.- Dijo Sarah cargándolo.
-Mami no está.- Dijo el pequeño llorando en el hombro de Sarah.
-Ya lo sé, pero está bien, yo estoy aquí, yo seré tu mamá.
Más tarde se fueron hacia una parte alta de la isla para hacer una hoguera, si pasaba un barco podrían encenderla. El pequeño Terry ayudaba a Sarah a pasarle ramas que encontraron.
-Si un barco llega podremos prenderle fuego y verán la hoguera. No pasará mucho para que uno nos encuentre.
Sarah trataba de pescar con unas lanzas que encontró en la casa, aunque resultaba difícil para una mujer que andaba con vestido y que jamás había hecho algo así.
En la noche prendieron una hoguera para asar sus alimentos. Había podido pescar con un cuchillo, después Sarah le dio el beso de buenas noches a cada uno.
-Cierren los ojos.- En eso escucho sonidos parecidos a unos tambores.- ya vuelvo.- le dijo a los pequeños.
A lo lejos alcanzó a divisar unos botes con gente dentro, era una tribu, pero desde allí se notaba que no eran civilizados y tampoco que fueran amigables. Sarah entró a la casa rápidamente y se fue a dormir.
Así pasaban los días, los pequeños jugaban a la orilla de la playa con una tortuguita que encontraron ahí. También con estrellas de mar, cangrejos y conchas.
Después llegó la hora de la cena. Todos estaban sentados en la mesa.
-Terry, sé que es tu postre favorito, pero intenta comer despacio, y agarra la cuchara así, tal como te enseñe. Algún día cuando llegue un barco estarán sentados en una mesa elegante de San Francisco y tendrán que demostrar buenos modales en la mesa.- Sarah no quería que cuando un barco llegara, sus hijos no estuvieran educados correctamente, con las enseñanzas que se debían saber.
En eso, el pequeño Terry aventó un poco de su postre a la cara de Candy.
-¡Terriuce, no hagas eso!- Dijo Sarah retándolo y dándole una palmada en la mano.
Sarah le limpio la comida de la cara de su hija, pero Terry volvió a lanzarle comida a Candy.
-¡Terriuce que estemos lejos de la civilización no significa que tengamos que comportarnos como incivilizados.- Dijo mientras volvía a limpiarle la comida a Candy. En eso sonaron los tambores de la tribu y Terry empezó a golpear la mesa con su cuchara al mismo son de los tambores. Sarah salió de la casa.
-Luna llena.- dijo esta mientras volvía a entrar buscando lo que sería un calendario.- Vienen cada tres meses cuando hay luna llena. ¡A la cama niños, deprisa! Esta noche les cantaré en la oscuridad.
Cuando los pequeños se acostaron, Sarah comenzó con la dulce melodía.
SEIS AÑOS DESPUÉS…
