...

II

GINNY POV

Creí que nunca sentiría nostalgia.

La noche más amarga de mi vida apenas comenzaba. El desorden de la habitación, los objetos abollados, los cojines descocidos. Suspiré. Eran las dos de la mañana y no podía conciliar el sueño. Me paseaba descalza y con mi camisón por todo el departamento sintiendo la tibieza del parquet en mis pies, mientras en mis manos descansaba una humeante taza de chocolate caliente. Mi departamento era pequeño, contaba solo de dos habitaciones y un solo baño; la cocina era estilo americana y estaba justo frente a la sala. Pobre de ella, perdió casi toda su vajilla cuando se la lancé a Michael antes de que huyera. Apreté los dientes con frustración.

El lugar era pequeño, pero era mío. Lo justo y necesario. Lo había comprado, ¡comprado!, ¿cómo nadie se iba a enorgullecer de un honor como ese si comprar un departamento en Londres era prácticamente imposible? ¡Y en el Soho!

Cerré los ojos y respiré profundamente. Tenía todo lo que una persona de mi edad podía desear, libertad, trabajo estable, dinero suficiente y un bonito lugar donde vivir. Porque a pesar del desastre en el interior, el edificio era muy bello, antiguo, con escaleras de caracol y suelo de granito; no tenía ascensor, eran solo tres niveles. La ventana principal estaba justo encima de una intersección de bares y transeúntes. El sector destilaba vida y movimiento, justo lo que quería.

Y sin embargo parecía que aún así nada resultaba en mi vida. ¿Qué había hecho mal?, ¿qué mierda de Karma estaba pagando?

Me arrojé en el único sillón que adornaba la sala y que ahora se encontraba repleto de ropa desordenada. Algunas camisas de Michael habían sobrevivido a la hecatombe. Recogí una de ellas y cerré los ojos. Por primera vez en horas dejé que una lágrima se deslizara por mi ojo derecho, pero la detuve antes de que llegara a mi boca. Aún olía a él, a ese aroma varonil, acido y picante, como la pimienta. Todavía podía recordar sus últimas palabras antes de semejante traición. Me había prometido el mundo, estábamos planeando un viaje juntos a Bali, casi podía jurar haber sentido la ilusión de una promesa de luna de miel. Apreté mis labios, evitando llorar, pero ¡mierda qué dolía!... Y sí, no podía mentirme a mí misma. Varias veces soñé en cómo sería su petición de matrimonio, petición que nunca fue y que jamás ocurriría. Porque no pensaba perdonarlo. Tenía mi orgullo, y bastardo que engaña una vez, no lo hará dos veces. Mucho menos con Ginevra Weasley.

No me di cuenta cuando me arropé entre los cojines. El tazón de chocolate terminó en algún lugar del suelo ─por suerte vacío ─, y entonces me quedé dormida.

Recuerdo haber soñado con cojines voladores y con Emily saltando por la ventana, se quebraba los pies por estúpida y yo me reía. Entonces Hermione me reprochaba mi crueldad como un acto poco sensato para alguien de mi edad. Creo que en algún momento apareció Luna con algún discurso que derivaba entre celulares y antenas espaciales con mensajes de otros universos. Lo último que oí fue la voz de mi madre gritándome. No recuerdo qué dijo, ya que desperté sobresaltada en el sofá cuando mi puerta casi se viene abajo a golpes.

Tardé unos segundos en tener conciencia del lugar en el que estaba. Con los ojos a medio cerrar noté la resolana mañanera que se asomaba detrás de los edificios.

─¿Qué diablos…?

La puerta volvió a rugir, esta vez en una mezcla de golpes desesperados y timbre a mal traer que sonaba como un pato afónico. Mi corazón, ya alterado por el miedo de tan repentina invasión, dio un sobresalto cuando imaginé quién podía estar del otro lado. Me rasqué la cabeza y bostecé. Tropecé con algunas cosas del suelo que no había recogido y preparé mentalmente una salida digna a ese dilema. ¿Pensaba abrirle la puerta? Pues no. Aunque no iba a dejar que los vecinos llamaran a la policía por aquel escándalo en plena madrugada. Tenía que solucionar el problema y ni siquiera aún había alcanzado el pomo.

Me puse de puntillas para observar por la mirilla, y todas mis ilusiones ─y palpitaciones desesperadas─ se vinieron abajo. Apoyé la frente en el marco de la puerta y suspiré.

─No puede ser…─me quejé.

Abrí un poco dejando la cadena de seguridad atascada, al otro lado mi visitante me miraba con desesperación.

─¡Ginny! ¡Déjame pasar, por favor!

─¡Son las seis de la mañana! ¡Es domingo!

─¡Por favor! ─suplicó mirando hacia atrás, como si alguien lo viniera persiguiendo. Cerré la puerta en su nariz, volví a apoyar la cabeza en ella y conté hasta cinco antes que mi cerebro intentara desconectarse para volver a dormir.

─Debo ser la persona más infortunada del mundo…─rezongué como niña pequeña.

Abrí la puerta y como un huracán entró por ella la persona que menos habría esperado ver en ese momento.

Corrió hacia la ventana y se ocultó detrás la cortina mientras miraba hacia abajo.

─Harry, ¿qué?... ─mi cerebro no alcanzó a hilar las palabras, la situación era tan inverosímil que me sentí tentada a darme de golpes contra la pared para asegurarme de que no estaba dormida.

─Shhht…─me chistó sin dejar de mirar hacia abajo.

Fruncí la nariz cuando el primer rayo de sol me dio de lleno en la cara.

─¿Qué…?─volví a protestar adormilada, definitivamente no tenía ganas de entender lo que estaba pasando. Me quedé parada en medio de la sala en silencio, esperando que un rayo cayera del cielo y me volviera cenizas de Ginny. Al cabo de un rato, Harry, el convidado de piedra, se giró y me sonrió.

─Gracias, me salvaste de una ─ sonrió ampliamente. Sus ojos se clavaron sobre mí como esperando a que dijera algo. Seguía con mi nariz fruncida.

─¿Qué…?─volví a preguntar como estúpida y con voz de zombi.

─Oh… cierto ─carraspeó─. Disculpa por despertarte, tenía que arrancar de Savile.

─¿Ah? ─Juro por Dios, o por quién sea, que no estaba fingiendo mi estupidez. Realmente no le hace bien a nadie que te despierten repentinamente con tremendo escándalo después de la peor noche de tu vida.

Harry se sentó en el sillón arrojando las camisas de Michael al suelo como si fueran trapos sucios, mi corazón lo notó adolorido. Debí haberme dormido abrazada a ellas… ¡qué espanto!

─¿Tuviste una buena noche, eh? ¿Y Michael?, ¿no se despertó con mis patadas en la puerta? ─bromeó tomando otra camisa con la punta de los dedos, mi nariz dolió, como si las lágrimas hubieran bajado por ella.

─Terminamos ─dije caminando hacia el sofá, me recosté con la cabeza en los cojines. Ya había amanecido, los rayos de sol entraban felices por la ventana ajenos a que quería estrangular a mi visitante.

Sus ojos, del color del césped ─sí, debía admitir que tenía un amigo desconsiderado, pero sus ojos eran preciosos─, me miraron tan espantados que pude ver la vergüenza en ellos.

─¿Qué…?─ahora era su turno de comportarse como idiota─. ¿Cómo?, ¿por qué?

Cerré los ojos. Podía imaginar a mi corazón como en una caricatura dándose puntadas en el centro de su pecho con un cuchillo de carne.

─Lo descubrí con Emily en mi cama… ayer ─le conté suspirando profundamente, el aroma a panadería que venía de la calle invadió mis pulmones─. Lo eché de aquí y lancé su ropa por la ventana ─pateé, no sin dolor, sus camisas en el suelo─. Todo acabó.

Harry apretó los labios y recostó su cabeza al lado de la mía.

─Qué cabrón... Lo lamento ─dijo con suavidad, yo levanté mis hombros.

─Está bien… ─me pasé las manos por la cara para evitar que las lágrimas salieran de mis ojos, agité la cabeza y lo miré─. ¿Por qué estás aquí?

Repentinamente recordé que mi despertar había sido una de esas cosas raras que pasan en la vida. Harry se rascó los ojos debajo de sus anteojos redondos. Ah sí, usaba lentes, pero no por eso era menos atractivo.

─Savile Mckennan ─dijo echando la cabeza hacia atrás, hundiendo el cojín bajo ella─. ¿Recuerdas que te dije que estaba saliendo con alguien?

Mi cabeza apenas procesó la información, Harry siempre estaba saliendo con alguien.

─Sí, sí, claro ─mentí. Francamente Harry salía con tantas chicas que había perdido la cuenta.

─Pues, no resultó…─dijo con suavidad─. Terminé con ella hace una semana, desde entonces me ha perseguido por todos lados. Anoche llegó a mi departamento mientras dormía, no sé que quería, pero si sé que no quiero volver a ver esa mirada sicópata nunca más en mi vida.

─¿Y de toda tu fascinante historia, qué exactamente fue lo que te trajo por aquí? ─quise saber, Harry me miró con un ojo cerrado producto del sol brillante de la mañana.

─Huí de ella, y como estaba todo cerrado no tuve más opción que venir al departamento que me quedaba más cerca ─dijo con una media sonrisa que no alcanzó sus ojos─. Disculpa por despertarte así, pero me vio entrar al edificio. Temía que pudiera encontrarme.

─Tendrás que poner una orden de alejamiento ─dije irguiéndome. Me volví a pasar las manos por la cara─. ¿Desayunaste?

¿Y qué? Finalmente no podía hacer nada mejor por él ni él por mí que no fuera ofrecerle una taza de café ─si es que ya no las había destruido todas cuando las lancé por la ventana.

─No ─sonrió─. Pero deja, que yo lo preparo.

Parpadeé varias veces antes de darme cuenta que mi mejor amigo estaba metido en la cocina preparando el desayuno. El aroma a pan tostado, mantequilla y leche tibia invadió la sala. Mi corazón se relajó por un momento.

Lo miré y sonreí derrotada.

Harry Potter era mi mejor amigo hombre. Lo conocí en un bar hace tres años cuando tuve mi primera crisis con Michael. Fue una salida que Luna organizó para que pudiera quitarme los demonios de la cabeza; ya ni siquiera recuerdo por qué estaba tan enojada.
Bien, Harry fue quién nos atendió, y sin saber cómo, en algún momento terminamos los tres compartiendo una jarra de cerveza hasta las tres de la madrugada.

Era guapo, no como Michael claro, pero tenía su atractivo. Era alto, desgarbado, le gustaba dejarse el cabello desordenado y se afeitaba para conseguir esa barba de pocos días que volvía locas a las chicas. Pero lo que más me gustaba de él eran sus ojos, de un verde tan intenso que contrastaban con el tono negro de su cabello. Era una buena persona, aunque detrás de ese encanto se escondía un Don Juan sin remedio.

Respiré profundamente al sentir el aroma de la comida. Harry había dejado las cosas servidas sobre el mesón que separaba la cocina de la sala. Me levanté y tomé asiento en la silla que estaba hacia afuera, mientras que él se quedaba del otro lado.

─Gracias ─dije con una media sonrisa apoyando mi mejilla derecha sobre la mano.

Harry elevó su taza de café que tenía un piquete en el borde.

─A tu salud ─sonrió─. Porque nuestras vidas no sean tan miserables.

Reí sin saber si era para impedir las ganas de llorar o porque realmente me había vuelto el sentido del humor.

─Eres un idiota ─dije elevando mi taza chocándola con la suya─. Por tú café.

No conocía mucho de su vida porque era bastante hermético en dar ese tipo de información. Sin embargo, sabía que había algún dilema que tenía que ver con su familia que opacaba su sonrisa, porque el brillo de ese gesto nunca alcanzaba sus ojos cuando tocaba el tema. Siempre lo evadía, como si no fuera importante hablar de ello. Muchas veces con Luna intentamos hacer que hablara, pero jamás dio su brazo a torcer. En ese punto me sentía un poco pasada a llevar. Él sabía sobre la relación que tenía con mi familia, sobre todo con mi madre, sin embargo, aunque yo era abierta con él, él nunca lo era conmigo. Y sí, debo admitir que algo de tristeza me daba, porque después de todo si éramos amigos ¿dónde quedaba la confianza?

─Te quedaste callada ─observó mirándome fijamente. Agité la cabeza─. Siento lo tuyo con Michael, y siento haberme aparecido así, sin saber qué te había sucedido esto.

Me vi obligada a sonreír.

─No te preocupes, me hará bien pasar un rato con un amigo ─dije sorbiendo mi café con mis ojos fijos en el desastre de la cocina─. Debería ordenar.

─Déjalo, te ayudo ─se ofreció, alcé una ceja, intrigada.

─¿Quién eres tú y dónde dejaste a Harry Potter?

Él sólo rió.

─Al menos te queda algo de humor ─sonrió─. Eres mi amiga, no creas que te dejaré sola si con suerte te puedes tu propia cabeza.

De inmediato me erguí al notar que tenía todo el peso de la cabeza prácticamente doblando mi muñeca.

Reí desganada.

─Rayos…─me quejé agitando mi mano para desentumecerla.

Harry mordió la tostada que había preparado con una sonrisa de suficiencia. Me sentí como esos trabajólicos que cuando enferman no quieren admitir que se sienten lo suficientemente mal como para no ir a trabajar.

─Admite que necesitas ayuda, ni siquiera eres consciente de tus propios actos.

─Está bien, quédate ─acepté derrotada. Aunque debo decir que no me sintió mal saber que podía pasar el día con alguien que no me juzgaría por mis acciones como mis amigas.

Harry agrandó su sonrisa. Suspiré. El idiota sólo quería evitar un encuentro con la chica que había dejado. Era más seguro esconder su humanidad en mi departamento que arriesgarse a salir a la calle.

Sin embargo, el destino a veces es cruel y le gusta jugar con la desventura de las personas. No habían pasado dos segundos desde que acepté su propuesta cuando mi celular sonó con aquel tan característico ritmo que le había colocado a mi madre (el de Sicosis).

─Mierda…─susurré.

Corrí a buscar el aparato. Lo encontré entre la ropa tirada en el suelo y algunos platos rotos. Le hice un gesto a Harry cubriéndome los labios con los dedos para que éste no abriera la boca. Mi amigo simplemente asintió.

─Hola mamá…─saludé, esperando por el grito que nunca llegó.

Ginevra ─dijo del otro lado, demasiado calmada para mi gusto─. Llamaba para saber si vienes en camino, hoy es almuerzo, ¿lo recuerdas, no?.

Su tono tranquilo me sorprendió, pero mis piernas se congelaron. ¿Qué almuerzo?, ¿de qué mierda me perdí?

─¿Qu…?... eh, sí, sí… ─tragué saliva, Harry alzó una ceja, curioso─. Voy saliendo ─ mascullé lentamente con la nariz fruncida. ¡Me iba a matar! ¿Qué almuerzo, Dios?

Miré el reloj con forma de gato que colgaba de la pared, eran los ocho de la mañana. El trayecto en tren desde Londres a Devon era de dos horas y de ahí debía tomar un bus hacia Ottery que tardaba aún más en pasar. Eso, sin contar los trayectos en el metro.
¡Mierda!

¡Ginny! ¡El almuerzo es al medio día!

─Lo sé mamá, no te preocupes, llegaré a la hora ─dije corriendo hacia mi habitación donde aún quedaban reminiscencias del encuentro de Michael con Emily. El corazón se me contrajo de dolor. Debía fingir. Al parecer mi madre aún no se enteraba de nada.

Más te vale ─zanjó. Detrás de ella se escuchaban risas y ruidos de platos moverse─. No quiero tener que excusar tu retraso por alguno de tus habituales descuidos.

Mi madre era adorable, ¿no?

─Claro que sí, ahí estaré ─respondí apretando los dientes.

Bien… te esperamos ─dijo, y cortó.

Quedé observando por un instante la pantalla del celular. Mi madre había sonado más dulce de lo normal. ¿Qué almuerzo?, ¿por qué nadie me dijo nada?

Muchas veces creía que me hacían estas cosas a propósito para que tuvieran una excusa de odiarme.

─¿Qué quería tu madre? ─preguntó Harry entrando a la habitación. Cuando vio el desastre, silbó impresionado─ ¡Wow! ¿Qué ocurrió aquí?

─Infidelidad en progreso ─expliqué, mientras buscaba dentro de mi armario algo qué ponerme. Finalmente me decidí por un pantalón de mezclilla con la rodilla derecha zurcida y una camiseta blanca. Era un almuerzo, no necesitaba tremenda producción frente a mi familia, ¿cierto?

─Vaya…─dijo Harry sin quitar los ojos del suelo, donde la sábana decoraba el parquet. Pero entonces se fijó en mí, justo cuando corría hacia el baño─. ¿Debo suponer que estamos en código rojo?

─¡Púrpura, azul, magenta, lo que quieras! ¡Tengo que correr a Ottery en menos de cuatro horas! ─grité desde el baño.

─¿Qué? ─gritó─. ¡Tu madre se volvió loca! ¿Te avisó justo ahora?

─Tengo un almuerzo, nadie me lo dijo, al parecer estaba programado ─me quejé. La ducha hizo eco en las paredes del baño. Pude escuchar a Harry apoyándose en la puerta.

─¿Necesitas ayuda?

─Si tienes dinero para alquilar un helicóptero te lo agradecería.

Debía reconocer que tenía sentido del humor incluso en momentos de crisis como ese. No obstante, aunque mi cabeza intentaba subirme el ánimo con ideas de ese tipo, mi cuerpo funcionaba de modo independiente chocando con todo a su paso.
La ducha duró un minuto, no alcancé a lavarme el pelo, así que rocié todo el perfume que tenía sobre la cabeza. Me vestí con una rapidez abismal. Salí del baño chocando con Harry que aún permanecía apoyado contra la puerta.

─¿Qué haces? ¡Quítate!

Lo vi caer de bruces sobre la cama ─por suerte, de lo contrario se habría quedado sin dientes de haber caído en el suelo─; tenía su celular en la mano.

Aiudanote ─masculló con la boca tapada contra el colchón.

─¿Ah?

─Ayudándote, bruta ─dijo levantándose. Del celular salía una voz ─. Sí, disculpa viejo, se me cayó el teléfono ─contestó cuando se colocó el aparato en el oído, mirándome con una ceja alzada─, ¿me harías ese favor?.. ─esperó─. Sí, sí, por supuesto. Tenemos un trato. Gracias viejo, un abrazo. ─Cuando cortó, abrió los brazos─. Puedes llamarme San Potter.

─¿De qué estás hablando? ─pregunté mientras corría de aquí para allá en busca de dinero, mi bolso y algunas pertenencias para el viaje.

─Te conseguí un auto ─dijo sonriente. Me detuve a medio camino y lo miré sorprendida.

─¿Qué? ─jadeé─. ¿Es broma, cierto?

─No, claro que no ─amplió aún más su sonrisa. Me atraganté un poco al notar lo guapo que se veía tan confiado─. Tengo contactos, querida. Te pasará a buscar un amigo en diez minutos. El viaje a Ottery durará dos horas y media. Te dejarán en la puerta de la casa de tus padres.

─¡Harry! ─exclamé emocionada─ ¿Lo dices en serio?

Frunció el ceño sin dejar de sonreír.

─Por supuesto que sí, no quiero que tengas problemas con tu madre por llegar tarde a algo que ella misma no te avisó ─dijo resueltamente. Le sonreí con ganas de llorar y lo abracé por el cuello. Con amigos así se podía cruzar el infierno sin salir herida.

─¡Dios, gracias Harry!

─No hay de qué ─dijo dándome palmaditas torpes en la espalda─. Anda, vete ya, Seamus debe estar por llegar.

─Gracias Harry ─le di un sonoro beso en la mejilla, acomodé el bolso que se había deslizado por mi brazo y corrí hacia la puerta─. ¡Te debo una! ─grité.

Mientras bajaba la escalera corriendo pensaba en que las cosas no podían suceder por coincidencia. Si Harry no hubiera terminado con esa chica nunca hubiese aparecido en mi departamento, no me habría levantado temprano y la llamada la habría recibido absolutamente dormida sin tener apenas tiempo para arreglarme. Mi mejor amigo me había salvado del mal rato que podría haberse sumado a mis desgracias de ese fin de semana.


Notas

Gracias a todos quienes se quedaron con esta historia. Desde ahora comenzarán a ver que la vida de Ginny no es nada fácil y descubrirán más cosas sobre ella y su familia.
También quiero aclarar que NADA en esta historia se basa en alguna experiencia real que me haya tocado observar. La historia Ginny/Molly salió de mi cabeza un día que me pregunté qué sucedería si Molly no fuera la madre que JK nos presentó. Si alguien se siente identificado, es pura coincidencia.

En cuanto a Harry, para sus fans, sí, pronto habrá un POV de él.
Gracias por leer.
Kate.-