Disclaimer: nada que reconozcas es mío, a excepción de... bueno, lo que no reconozcas.
Capítulo 2: En el que una chica entra al equipo de Quidditch
Emma bostezó. La clase de Transformaciones se sumía en silencio mientras los estudiantes copiaban el diagrama de la pizarra, sobre transmutaciones humanas avanzadas. Tomó su pluma, y terminó de anotar el hechizo que le haría cambiar el color de sus ojos de forma temporal.
La noche anterior, según Emma, Maddie había tardado una eternidad en la ducha, por lo que no llegaron a tiempo al banquete. La versión de Maddie, en cambio, culpaba a Emma de haberse quedado dormida, y que no se despertara en cuanto la rubia salió del baño. Por suerte, Cinnamon y Lily les habían llevado comida, que devoraron sin vergüenza. Como sea, ambas habían trasnochado, y el precio de ello lo estaban pagando a esas horas de la mañana.
En cuanto terminó de escribir, se dedicó a observar a sus compañeros de clase. Cinnamon, a su lado, susurraba el hechizo para cambiar el color del cabello, mientras que con la varita practicaba el movimiento. No se daba cuenta de, delante de ella, el cabello de Emily Simmons cambiaba de su chocolate natural a un verde viscoso. A Emma no le caía muy bien Emily, desde que en cuarto le metió una rana dentro de la túnica, sin motivo aparente. Emma jamás había sentido tanta vergüenza en su vida. Así que prefirió no avisarle a Cinnamon. Unos puestos más adelante, Lily mordisqueaba el extremo de la pluma mientras releía sus notas. Tenía esa mala costumbre de tener algo en la boca, ya sea un pedazo de pergamino o un trozo de madera del pupitre en el que estaba sentada. Maddie, a su lado, cabeceaba. La profesora McGonagall, en su forma gatuna, la observaba. Parecía como si tuviera el ceño fruncido.
Detrás de sus amigas, James Potter miraba disimuladamente a Lily. Tenía el codo apoyado en la mesa y descansaba su cabeza en la mano, y había hechizado su pluma para que ésta escribiera por sí sola. Cada cierto tiempo, levantaba la vista, observaba a Lily por unos segundos, y volvía a observar sus notas. Tal vez, sólo tal vez, Lily tenía razón, y el extraño comportamiento del chico era parte de su millonésimo plan de conquista.
Divagando en esos pensamientos fue cuando reparó fugazmente en un destello gris. Cuando Emma posó los ojos sobre Sirius, sentado al lado de James, creyó que éste la observaba, pero el chico dirigía su vista del pizarrón al pergamino sobre su escritorio. ¿Acaso su mente le estaba jugando una mala pasada?
Luego de un cuarto de hora, la clase terminó al fin. Lily y Maddie recogieron sus cosas y se acercaron a sus amigas.
— ¿Qué les toca? — preguntó Cinnamon.
— Runas — contestó Lily, soltando un suspiro.
— Adivinación — contestó Maddie. Sus amigas la miraron sorprendidas — ¡Qué! Tomé los ramos más fáciles.
Emma puso los ojos en blanco.
— Hora libre — dijo.
— Suertuda. Llegaremos tarde, Lily — dijo Cinnamon, tomando a la pelirroja de la manga de la túnica y tirando de ella.
— Suerte, soldados — se despidió Emma.
Tomó sus libros y salió del aula junto a Maddie.
— ¿Cuándo serán las pruebas de Quidditch? — preguntó a la rubia.
— En dos días. ¡No me lo recuerdes! — contestó Maddie —. Seguro Potter me deja fuera…
— ¿Bromeas? Serás la mejor buscadora que Potter haya visto jamás.
Maddie suspiró.
— Ese no es el punto. El equipo de Quidditch de Gryffindor aún no se ha adecuado a los tiempos modernos.
Emma sonrió.
— Tú sólo lúcete — contestó, separándose de su amiga —. Te veo luego.
— Sí mi capitán — contestó Maddie, haciendo un saludo militar.
Emma dirigió sus pasos a la sala común. Le hubiese gustado aprovechar su hora libre en los jardines, pero el tiempo no se lo permitía: la lluvia no había dejado de caer desde que habían llegado al castillo.
— ¡Emma!
La chica se giró ante el llamado de una voz masculina a sus espaldas. Era Sirius. Venía solo, y algo despeinado.
— Hola — dijo. Sintió cómo su personalidad la abandonaba oportunamente.
— ¿Vas a la sala común? — preguntó el chico, sonriendo galantemente.
Emma asintió con la cabeza y murmuró afirmativamente, mientras reanudaba la marcha con Sirius a su lado. Se armó de valor para formular una pregunta.
— ¿Tienes la hora libre? —. Por supuesto que tiene la hora libre, idiota, pensó. ¿Por qué más estaría aquí?
— Nah, me tocaba runas — contestó Sirius, contra todo pronóstico —. Pero te vi sola y decidí darme un descanso.
Sirius había utilizado un tono de voz que la chica varias veces había escuchado por casualidad en la sala común de Gryffindor, generalmente dirigido a alguna chica que reía como idiota en respuesta.
— Ah — se limitó a contestar, desviando la mirada al frente mientras subía la escalera de la torre.
Aquella respuesta descolocó al chico. Prácticamente se había tirado al piso para que Emma caminara sobre él, y ella sólo le había contestado aquello. Comprendió que debía esforzarse un poco más para no perder su dinero.
— ¿Te apetece ir a comer algo a las cocinas? — preguntó.
Emma sintió cómo su cara hervía de rubor. Por supuesto que le apetecía. Siempre le apetecía. Pero entonces, la voz de su conciencia (que, curiosamente, era la voz de Lily), le recordó que debía redactar un ensayo para la clase de Historia de la Magia. No quiso imaginarse aquella voz echándole una reprimenda.
— Me gustaría — contestó — pero la verdad es que… tengo que hacer.
Sirius se detuvo y la tomó delicadamente del brazo.
— Oh, vamos — insistió —. Con este clima estoy seguro de que una cerveza de manteca caliente te convencerá —. Ladeó la cabeza inocentemente.
Demonios, pensó la chica. ¿Cómo iba a resistirse a esos ojos grises que a tantas habían conquistado?
— Este… yo…
— ¡Sirius! — interrumpió una voz femenina.
Una chica alta, de cabello rubio y semblante orgulloso, apartó a Emma y le echó los brazos al cuello a Sirius. Era Katherine Brescot, una de las tantas chicas que se babeaban por los Merodeadores.
— No te había saludado como corresponde — dijo la chica. Emma se sintió empequeñecida por la belleza de la rubia, cuyos ojos claros, enmarcados por largas pestañas delicadamente maquilladas, no dejaban de mirar la boca de Sirius —. Supe que terminaste con Abby, ¡qué suerte la mía!
— Qué suerte la mía — dijo, a su vez, Sirius, en el mismo tono de voz que había empleado con Emma hace unos segundos —. Kat, ésta es Emma, supongo que ya se conocen…
Katherine se volteó y escrutó a Emma de los pies a la cabeza. Alzó una ceja, pensando qué haría Sirius con una chica tan… común.
— Claro, la amiga de Rochester. Copié una parte de tu examen de Transformaciones del año pasado —. Le guiñó un ojo.
— Pues entonces espero que me haya ido especialmente mal en ese examen — contestó rápidamente. Antes de que Katherine pudiese analizarlo, Emma ya había reanudado la marcha —. Tengo que irme — añadió por sobre su hombro.
Sirius hizo el amago de seguirla, pero Katherine lo retuvo por los hombros.
— Ahora — dijo —. ¿Qué tal si te saludo como corresponde?
El sábado en la mañana, James se levantó casi justo después de que salió, por fin, el sol. Aquel día serían las pruebas de Quidditch y quería dar un par de vueltas en su escoba antes de que llegara el resto del equipo. Se dio una ducha rápida y bajó las escaleras de dos en dos. Cuando llegó a la sala común, se dio cuenta de que no estaba solo. Sonrió.
— Buenos días, Evans.
Lily, que estaba sentada de espaldas a James, se volteó, sobresaltada.
— ¡James! — exclamó. Pero rápidamente recuperó la compostura y añadió —: ¿Acaso quieres matarme de un infarto, Potter?
Sin hacer caso del último comentario, James se acercó a la pelirroja y se sentó a su lado.
— ¿Qué haces despierta tan temprano? — preguntó, poniendo los pies sobre la mesa.
Lily arrugó la nariz.
— Pues… saltando la cuerda, ¿qué creías? — contestó.
James alzó una ceja mientras miraba el contenido de la mesa en la que había apoyado los pies: un tintero abierto, un par de libros desparramados, y al menos medio metro de pergamino escrito con letra pequeñísima y apretada.
— ¿Sábado por la mañana y tú haces los deberes?
Lily se cruzó de brazos.
— Bueno, la gente normal viene a la escuela a estudiar — dijo, como si fuera lo más obvio del mundo —. No a pavonearse y a jugar Quidditch.
James torció el gesto.
— ¿Sabes? He intentado de ser amable contigo…
— Sigue intentándolo…
— …nunca he sido grosero — continuó James, ignorándola —, pero tú insistes en serlo —. Se quedó en silencio, esperando que la pelirroja dijera algo.
— Al grano.
— Quiero saber… ¿por qué?
Lily se quedó en silencio, analizando la pregunta. De pronto se sintió atrapada por James, como si quisiera sonsacarle la verdad por medio de palabras bonitas/hirientes. Finalmente, suspiró.
— No podía dormir — contestó a su pregunta anterior —. Me levanté y terminé esto, para aprovechar el tiempo. ¿Es suficiente?
James sonrió ampliamente.
— Es suficiente — contestó, mientras se ponía de pie —. Que tengas un buen día — agregó, y se dirigió a la puerta.
Antes de que saliera, Lily se puso de pie.
— Espera…
El chico se volteó.
— ¿Sí?
Lily se acercó vacilante, como si no quisiera formular las siguientes palabras.
— ¿Es todo? — preguntó, incrédula —. ¿No me invitarás a salir, ni me mostrarás tus torneados brazos?
James soltó una animada carcajada, mientras negaba con la cabeza.
— Ah —. Lily pareció entre aliviada y decepcionada —. De acuerdo… ¿bajas a desayunar?
Cinammon llegó a sola a las gradas, envuelta en su túnica y en su bufanda bicolor. A pesar de que el sol había salido, era una fría y húmeda mañana en Hogwarts. Se sentó, mientras observaba a los aspirantes al equipo, todos hombres, excepto por Maddie (que se había tomado el cabello en un gorro para "disfrazarse", pero se notaba a leguas que era una chica). Soltó una risita.
— ¿Qué es tan gracioso? — preguntó una voz divertida a sus espaldas.
Cinnamon sonrió de medio lado sin voltear y esperó a que el recién llegado se sentara a su lado.
— Hola, Rob — saludó al novio de Maddie.
Rob le pellizcó cariñosamente la mejilla a la morena. Era un chico alto, de pelo cobrizo y sonrisa hechizante. No era alguien por el que las mujeres suspiraran, pues ese papel ya lo tenían copado tres cuartas partes de los Merodeadores. Pero era atractivo. Iba en Ravenclaw.
— ¿Dónde están las chicas? — preguntó.
— Emma se quedó dormida y Lily la acompañó a desayunar — contestó Cinnamon.
— Típico de Emma…
— Tú lo has dicho.
Se quedaron en silencio, mientras Maddie daba unas piruetas en su escoba. Al percatarse de la presencia de Rob y Cinnamon, saludó animosamente con la mano. Rob le devolvió el saludo.
— ¿Cómo está Steven? — preguntó el chico.
Steven era el novio de Cinnamon.
— Bien. Está en Irlanda del Norte. El Ministerio lo envió a investigar una interesantísima colonia de hongos cantores que brotó en medio de un pueblo.
Rob sonrió, mostrando sus relucientes dientes.
— Suena divertido.
Cin se rió ante el comentario del chico.
James llamó a los aspirantes a que formaran una fila en el campo de Quidditch. Los aludidos bajaron de sus escobas, muchos de ellos con las rodillas temblorosas, e hicieron como James les mandó.
— Para los que no me conocen — comenzó James, aunque sabía que todos allí lo conocían —, mi nombre es James Potter, y soy uno de los cazadores y capitán del equipo. Ellos son Thomas Crimson, bateador — apuntó a un fornido chico de sexto a sus espaldas, que hizo un ademán con la cabeza — y Kenneth Parsons, guardián — el otro chico que estaba detrás de James saludó con una mano —. Ahora, nos dividiremos en tres grupos: los postulantes a cazadores, con Kenneth, los bateadores con Thomas y los buscadores conmigo.
Hubo un breve ajetreo entre los postulantes mientras se colocaban en el lugar que James les había indicado.
Nerviosa, Maddie trató de pasar desapercibida entre las otras dos personas que querían postular para buscador.
— De acuerdo — comenzó James, una vez que los otros dos grupos se alejaron —. Preséntense, por favor —. James indicó a un niño de tercero a que se presentara.
— S-Soy B-Blaine McIntyre, s-señor.
El segundo chico no pudo reprimir la risa al momento de presentarse.
— Harold Edwards. Ya nos conocemos, Potter.
— Claro — mintió James. No recordaba haber hablado jamás con Harold. Desvió la vista hacia Maddie —. ¿Y tú…? ¿Maddie?
Maddie levantó la vista del suelo y encorvó los hombros.
— N-no sé de qué hablas — contestó, con la voz grave.
James se acercó entre molesto y divertido y le quitó el gorro a Maddie de un tirón. Su preciosa cabellera rubia cayó por su espalda. En seguida, Thomas y Kenneth, junto con el resto de los postulantes, se acercaron a presenciar la escena.
— ¿Qué haces aquí, McKinnon? — preguntó James, con una ceja alzada.
Maddie levantó la barbilla.
— Vengo a presentarme como buscadora — dijo. Pero en vez de sonar segura, como había practicado la noche anterior con sus amigas, salió un hilillo de voz comparable con el maullido de un gatito.
James y su equipo soltaron una carcajada.
— ¡Pero si eres una chica! — soltó Kenneth.
— ¿Y qué? — preguntó la rubia, arrugando el entrecejo.
— Este es un deporte de hombres — agregó James.
En las gradas, las chicas que habían ido a babearse con James ponían atención a la escena que estaba armando Maddie.
— Te recuerdo, Potter, que una de tus mejores amigas es capitana de su equipo — dijo Maddie, poniéndose roja como un tomate.
— Escucha, niña — el tipo que se llamaba Harold dio un paso adelante. Maddie se aguantó las ganas de hacerle calzón chino por llamarla "niña" —. El equipo de Gryffindor jamás ha admitido mujeres. Por eso tienen tan buena racha.
— ¿Llamas buena racha a haber quedado último durante cuatro años consecutivos? — gritó una chica de quinto desde las gradas.
— ¡Machistas! — gritó otra.
James se giró, haciendo ademanes para calmar a la multitud de féminas que lanzaban cátedras a los chicos sobre la modernidad de los tiempos, el rol de la mujer en la política y uno que otro comentario sobre los calcetines olorosos de James.
— Sabía que algo olía mal — murmuró Maddie.
— Escucha, linda — Thomas se acercó a la rubia —. ¿Por qué no intentas con, no lo sé, el club de astronomía o algo así?
Aquel comentario pareció encolerizar aún más a la multitud (que, milagrosamente, se había triplicado). Escombros, tierra y hasta piedras caían hasta el campo, lanzados por la turba de mujeres feministas.
— ¡Qué le pasa a todo el mundo! — gritó Harold, cubriendo su cabeza justo antes de que le llegara un zapato.
De pronto, la multitud de chicas se quedó en silencio. Stella había hecho su aparición en las gradas. Se abrió paso elegantemente entre la turba enojada y se paró en el borde de la tribuna.
— ¡James Charlus Potter! — exclamó enojada —. ¿Se puede saber a qué se debe tanto escándalo?
James, con su mejor cara de "estoy acabado", montó en su escoba y se acercó volando a la chica.
— Escúchame bien, Potter —. Tomándolo desprevenido, Stella tomó a James por la pechera de la túnica y lo acercó bruscamente a ella, hasta quedar a tres centímetros de su nariz. James casi cae de la escoba —. Si aquel rumor que llegó hasta mis oídos de que no dejas a una chica presentarse a un puesto, te quedarás sin día del padre, ¿oíste?
El capitán no pudo menos que tragar saliva pesadamente y asentir asustado con la cabeza. Conocía a Stella desde que eran muy pequeños y sabía que haría cumplir su palabra. Sin decir nada y con la cola entre las piernas, bajó al campo en su escoba, mientras Stella tomaba asiento en la tribuna cruzada de brazos y piernas. Las chicas que estaban allí la observaron con admiración.
— De acuerdo, McKinnon — dijo James finalmente, ante asombro de los postulantes y los miembros del equipo —. Ve al lado noreste del campo. A mi señal, buscarás la snitch.
— ¿Qué haces, Potter? — murmuró Thomas, mientras Maddie volaba emocionada hacia la ubicación que le había indicado James.
— Es una chica, Crimson — contestó James —. Dejémosla hacer el ridículo por un rato.
Los chicos rieron mientras James tomaba la snitch con una mano y se elevaba cinco metros sobre el aire.
— ¿Lista, McKinnon?
Maddie levantó el pulgar en señal de aprobación.
James abrió la mano, y un segundo después le dio la señal a Maddie. No terminó de bajar el brazo cuando un destello rubio pasó rozándolo por el lado izquierdo. Antes de que James se volteara, la multitud comenzó a vitorear a Maddie, que sostenía la snitch en su mano con una sonrisa triunfal.
James y el resto de los chicos abrieron la boca, asombrados. Pero el capitán, rápidamente, la cerró y se acercó a Maddie.
— Fue suerte, nada más — dijo, extendiendo la mano en donde Maddie depositó la pelota dorada —. Le daremos a la snitch diez segundos, ¿de acuerdo?
Un poco contrariada, Maddie asintió con la cabeza.
— Ponte en el lado sur del campo, a dos metros del suelo. A mi señal.
James se dirigió al lado este del campo, a diez metros del suelo, y dejó que la snitch volara. Contó diez segundos de su reloj y bajó el brazo, señalándole a la rubia que procediera.
Sin esperar ni una milésima de segundo, Maddie salió disparada al lado opuesto del campo, en donde pareció perseguir algo. La concurrencia sólo se percató de que se trataba de la snitch cuando la rubia la atrapó triunfante, medio minuto después. La tribuna explotó en vítores.
Furioso, James apretó los dientes y se acercó veloz a la chica. Ésta, sin esperar la orden de James, le puso la snitch en la mano.
— Lado norte, con los pies en el suelo —. James subió veinte metros por el lado opuesto del campo —. ¡A mi señal! — gritó.
— Parece que se enojó — murmuró una de las chicas en las gradas. Stella la oyó y dijo:
— No te preocupes, si James estuviese enojado, Maddie ya no estaría con vida.
Las chicas pusieron cara de miedo. Quien diría que uno de los solteros más codiciados de Hogwarts fuera un asesino a sangre fría.
James soltó la snitch y levantó un brazo. Dejaría que la pelotita volara libremente durante dos minutos, contados de reloj.
La tribuna y los postulantes estaban en absoluto silencio, mientras parecía pasar una eternidad. James miraba el reloj, con el brazo en alto y una pequeña arruga de disgusto en la frente.
— Es tan sexy — se atrevió a murmurar una de las chicas, mirándolo embobada. Las otras asintieron a su vez.
Por fin, el capitán bajó el brazo bruscamente. Pero esta vez, Maddie había perdido el rastro de la snitch. Montó en su escoba y se dirigió al lado oeste del campo, poniéndose de espaldas al sol y a una altura considerable. Allí, se detuvo.
— ¿Qué hace? — preguntó una de las chicas de las gradas.
— Busca un destello —. Remus Lupin había escuchado el rumor que se propagó por el castillo y había ido a ver la pequeña escena que su mejor amigo, su novia y Maddie habían armado.
Varias chicas soltaron exclamaciones de admiración. Remus también se ubicaba en los primeros lugares de la lista de sex symbols, pero lamentablemente alguien ya se había ganado su corazón. El licántropo se sentó al lado de su novia y le besó la mejilla, para luego dirigir la vista al campo.
— Le están pateando el trasero a Prongs — susurró Stella, aguantándose la risa.
Remus rio ante el comentario.
Por fin, Maddie detectó un destello dorado, a varios metros de donde se encontraba. Aceleró lo más que pudo hasta que por fin divisó la pequeña pelota, que escapó velozmente de la mano de la rubia. Pero ésta, en un veloz movimiento, logró sobrepasar a la snitch, que chocó contra su hombro. Aprovechando la pausa que la pelota hizo antes de que cambiara de dirección, Maddie la aferró con su mano.
Decir que la tribuna la vitoreó es poco. Los alumnos curiosos que habían ido a presenciar como una chica humillaba a James se pusieron de pie, aplaudiendo y chiflando hacia la rubia. Parecía como si Gryffindor hubiese ganado la copa de Quidditch.
Maddie sonrió en señal de agradecimiento y se acercó a James, quien había bajado con el resto del equipo.
— ¿Y bien? — preguntó la rubia. La multitud calló, esperando la respuesta del capitán.
James suspiró, mirando a la gente en las gradas. Y venciendo su orgullo, dijo:
— El puesto es tuyo.
La tribuna explotó en vítores. Stella se puso de pie, aplaudiendo a su nueva y digna rival. Mientras, en el campo, Harold pateó el baúl con el resto de las pelotas.
— ¡No es justo! — chilló —. ¡No me han dejado hacer la prueba!
— Honestamente, amigo, dudo que puedas hacerlo mejor que ella — dijo Kenneth, observando cómo Maddie besaba a su novio, mientras Cin la ahorcaba en un abrazo.
— Dudo que cualquier persona que conozca lo pueda hacer mejor que ella — admitió James, sonriendo —. Caballeros, felicitaciones. Hemos roto una tradición de más de mil años.
Los chicos sólo se encogieron de hombros, mientras volvían a separarse en grupos.
— Thomas, Kenneth — llamó James a sus compañeros antes de que volvieran a sus tareas. Los eludidos se acercaron al Capitán —. Mis… calcetines no están olorosos, ¿verdad?
Hola! Bueno aclarando un poco, los siguientes capítulos serán más cortos que el primero (ya que era introductorio).
En fin, gracias por leer, y sobre todo a aquellas que me dejaron reviews! Los reviews hacen feliz a la gente, ¿sabían?
