Nota de la autora: Gracias a todas por leerme. Aquí está el segundo capítulo. Espero que os guste.


Isobel subió las escaleras a toda prisa, llegó a su habitación y se tumbó en la cama. Se sentía humillada y traicionada. Ella pensaba que Lord Merton la quería. Sentía una gran decepción y a la vez, un gran miedo, miedo a que lord Merton le hubiera contado a alguien lo que habían hecho.

Cerró los ojos y relajó todo el cuerpo. Sin darse cuenta, había estado en tensión durante todo el camino. Se sentía mal. Las lágrimas empezaron a brotarle de los ojos, sorprendiéndola, ella no solía llorar.

La señora Crawley se sobresaltó al oír el timbre. ¿Sería Lord Merton? Se levantó ágilmente y se secó las lágrimas de los ojos con las palmas de las manos. Se acomodó el vestido y se puso un mechón de pelo que le había caído del moño detrás de la oreja. Bajó las escaleras con la cabeza bien alta y abrió la puerta como si no estuviera nada afectada.

La persona que estaba al otro lado de la puerta no resultó ser Lord Merton, sino el doctor Clarkson. La señora Crawley no se esperaba su visita pero le sonrió, eran buenos amigos.

Isobel: ¿Qué le trae por aquí?

Richard: Sólo venía a ver como estaba, hace tiempo que no hablamos.

El doctor tenía razón, desde que Isobel había dejado su trabajo de enfermera en el hospital sus encuentros habían sido muy escasos.

Isobel: ¿Sabe usted la hora que es?

Richard: Espero no haberla despertado…

La señora Crawley le dejó entrar en su casa y le sirvió una taza de té caliente. Ambos se sentaron en el sofá, uno en cada punta, al lado de la ventana. La luz de la luna iluminaba el salón y le daba un aspecto fantasmagórico.

Isobel: ¿Cómo van las cosas por el hospital?

Richard: Mucho trabajo, como siempre. Están empezando a haber muchos casos de gripe y nos falta personal.

Isobel: Entiendo…

Richard: Señora Crawley, usted nos sería de gran ayuda en el hospital. ¿No ha pensado en volver?

Isobel: No me siento con ánimos…

Richard: Yo creo que le vendría bien para distraerse y al mismo tiempo podría ayudar a decenas de personas a tener una atención mejor en el hospital. La gente la necesita.

El doctor Clarkson la conocía bien y sabía qué decirle exactamente para persuadirla con la idea de volver a trabajar como enfermera. Isobel giró la cabeza y miró por la ventana. Luego suspiró.

Isobel: Le prometo que lo pensaré.

Richard dio un sorbo de té y luego le sonrió.

Richard: ¿Cómo le va todo, señora Crawley?

Isobel se encogió de hombros. Esas últimas semanas con Lord Merton había estado más contenta que en los últimos meses pero, de todos modos, seguía pensando en Matthew todos los días y seguía sintiéndose triste y, en ocasiones, deprimida.

Richard se acercó un poco a ella y le cogió la mano.

Richard: Sabe que puede contar conmigo. Siempre.

Isobel: Lo sé, gracias doctor Clarkson. Es usted un buen hombre.

La señora Crawley dio dos sorbos a su té mientras el doctor Clarkson se levantaba y observaba la estantería del salón, que estaba repleta de libros. Sujetando su taza, el doctor estuvo leyendo algunos lomos de los libros por unos instantes. Finalmente, dejó la taza que sujetaba encima de la mesilla que se encontraba al lado del sofá y cogió uno de los libros de la estantería. Se giró hacia la señora Crawley.

Richard: Tiene usted una biblioteca maravillosa.

Isobel: La mayoría de los libros que hay aquí abajo eran de Reginald.

Richard se volvió a sentar en el sofá y abrió el libro que tenía entre las manos.

Richard: He visto que tiene muchos libros referidos a problemas respiratorios.

Isobel: Sí, era un tema que a él le interesaba especialmente desde que tuvo una paciente que se le murió debido a una insuficiencia respiratoria que no le diagnosticó bien. Desde ese momento se obsesionó con los problemas respiratorios y quiso saber más y más sobre ellos.

Richard: Precisamente este es un campo que yo no domino mucho. Este libro de enfermedades pulmonares parece muy interesante.

Isobel: Lléveselo, se lo presto.

El doctor Clarkson la miró sorprendido.

Richard: La verdad es que me sabe mal llevármelo. Si lo perdiera o le pasara algo, no me lo perdonaría.

Isobel: Aquí solamente coge polvo, yo no lo utilizo para nada. Usted le va a dar un buen uso. Estoy segura que a Reginald le hubiera encantado que lo tuviera usted.

Richard le sonrió, se levantó y se sentó junto a la mesa que había en el salón. Dejó el libro encima y lo abrió.

Richard: Si no le importa, lo voy a hojear y sólo me lo llevaré si lo considero necesario.

Isobel: Me parece bien.

El doctor Clarkson se absorbió en su lectura mientras la noche se oscurecía aún más. Estaba absorto leyendo esas líneas llenas de sabiduría médica. Fueron pasando los minutos y Richard no se dio ni cuenta. Hasta que levantó la cabeza y miró el gran reloj que presidía la sala. Ya eran las once de la noche.

Richard cerró el libro y giró la cabeza hacia Isobel para disculparse por su tardanza. Al mirarla, descubrió que se había quedado dormida en el sofá, vencida por el sueño y sin atreverse a estorbar su lectura pidiéndole que se marchara.

El señor Clarkson cogió su abrigo y su sombrero dispuesto a marcharse. Abrió la puerta del salón y dio un paso hacia fuera. Luego se giró pensando que no podía dejarla dormida en el sofá toda la noche. Volvió a dejar sus cosas en el colgador y se acercó a la señora Crawley.

Se acuclilló delante del sofá y le miró la cara. Estaba preciosa. Con cuidado la cogió en brazos y la subió a su dormitorio. El doctor Clarkson nunca había estado allí y cuando entró lo observó todo. El color de las cortinas, de las paredes, los muebles, la cama, la colcha, los cuadros, lo que tenía encima de su tocador… Richard estaba fascinado, había entrado en la habitación de la mujer que amaba y tenía a su alcance todas sus cosas, sus cartas, sus perfumes, sus recuerdos…

Richard dejó a Isobel con cuidado encima de la cama y la tapó con una manta que encontró en el armario. Le acarició el pelo y acercó mucho su cara a la de ella. Quería darle un beso de buenas noches en la frente o en la mejilla pero tenía miedo de despertarla. Acercó más su cara, quería oler esa aroma a lavanda que tanto le gustaba.

En ese momento, la señora Crawley abrió los ojos y se sobresaltó, apartándose rápidamente del doctor Clarkson.

Isobel: ¿Qué hago aquí? Váyase por favor, váyase ahora mismo.

Richard: No es lo que usted piensa. Yo sólo…

Isobel: Le he dicho que se vaya. Por favor, márchese.

Richard: Discúlpeme. Se había quedado dormida en el sofá y yo sólo la he llevado hasta aquí para que durmiera mejor. Ya me iba.

Isobel: Me dan igual sus motivos. Usted no debería estar aquí. Márchese.

El doctor Clarkson bajó la cabeza y salió de la habitación de la señora Crawley. Ella respiró más tranquila pero en toda la noche no pudo dejar de darle vueltas a lo sucedido. Había gritado al doctor, le había tratado mal y no se sentía bien por ello. Al despertarse se había asustado al verse en su habitación con los labios del doctor tan cerca de los suyos.

A la mañana siguiente, Isobel preparó unas madalenas y se fue hacia el hospital. Necesitaba disculparse con el doctor Clarkson.

Una vez la señora Crawley estuvo delante de la puerta del despacho del doctor, respiró profundamente unos segundos y llamó a la puerta. Desde el otro lado la voz del doctor Clarkson la invitó a entrar. Ella abrió la puerta y entró.

Richard estaba sentado en su escritorio, leyendo unos papeles. Levantó la mirada y su cara cambió al verla. Sus ojos se le iluminaron como siempre le pasaba al mirarla pero había una estela de preocupación en su mirada.

Richard: No la esperaba, señora Crawley.

Ella avanzó hacia el escritorio.

Isobel: He venido para disculparme.

Richard: Yo soy el que tiene que reiterar su disculpa, no usted.

La señora Crawley dejó la cesta con madalenas encima del escritorio, al lado de los papeles del doctor, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero.

Isobel: Le he hecho estas madalenas para disculparme.

El corazón de Richard se aceleró al saber que la señora Crawley le apreciaba lo suficiente como para desplazarse hasta el hospital para disculparse y además traerle unas madalenas.

Richard: ¿Las ha hecho usted?

Isobel: Sí, esta mañana.

Richard: Entonces seguro que estarán deliciosas.

Una tímida sonrisa se asomó por debajo del bigote del doctor Clarkson. La señora Crawley se la devolvió.

Richard: Siéntese, por favor.

Isobel se sentó en la silla que había al otro lado del escritorio del doctor Clarkson, quedando justo delante de él, separándolos sólo la mesa.

Isobel: Entonces, ¿acepta mis disculpas?

Richard: Claro que sí. Entiendo que reaccionara así, no debí haberla subido a su habitación. Debí pensar que ese gesto se podía malinterpretar.

Isobel: Yo no debí haber dudado de usted. Lo siento.

Espontáneamente, Richard alargó su mano para tocar la mano de Isobel. La acarició por un leve momento y luego la retiró. La señora Crawley miró hacia otro lado, visiblemente incómoda.

Isobel: Esta mañana he estado pensando en su proposición.

El doctor Clarkson tragó saliva, no podía ser que se estuviera refiriendo a su tentativa de pedirle matrimonio, ocurrida dos años atrás. Richard sintió que el corazón le latía muy rápido y que las manos le temblaban.

Isobel: Acepto volver a trabajar en el hospital.

Richard se sintió estúpido por un momento. Al pensar si quiera que la señora Crawley podía acordarse y tener en cuenta lo que él le dijo aquél día de feria. De todos modos, estaba contento. En el hospital realmente la necesitaban y, además, volverían a estar cerca todos los días, a trabajar en equipo, a compartir muchos momentos.

Richard: Ha tomado la decisión correcta. Hace mucha falta aquí. Y bien, ¿cuándo empieza?

Isobel: Ahora mismo si quiere.

El doctor Clarkson y la señora Crawley estuvieron todo el día en el hospital trabajando juntos. Mientras Isobel ponía una vacuna a un bebé, el doctor examinaba a una paciente. Mientras Richard suministraba medicamentos, la señora Crawley tomaba la temperatura a una mujer embarazada.

A media tarde se tomaron un descanso y aprovecharon para comerse juntos las madalenas que Isobel había preparado.

Richard: Uhmmmm, están buenísimas.

Al decirlo al doctor Clarkson se le escapo una migaja de madalena de entre los labios. La señora Crawley se echó a reír y Richard la siguió. Ambos estaban riéndose a carcajadas cuando entró una enfermera en el despacho.

Enfermera: Doctor Clarkson, hay un paciente que le necesita.

El doctor Clarkson y la señora Crawley dejaron de reír inmediatamente y se levantaron. Se dirigieron hacia el perchero para coger la bata de él y el delantal blanco de ella. Richard quería coger el delantal de ella para dárselo y luego coger su bata. Por el contrario, Isobel pensó que el señor Clarkson iba a coger su bata mientras ella cogía su delantal. El resultado fue que la mano de Isobel se posó encima de la del doctor Clarkson sin querer. Ambos se miraron. Estaban muy cerca. La señora Crawley se fijó en los ojos del doctor. La mirada de él era transparente y clara, inspiraba confianza. Sus ojos eran atrayentes. Por un momento la hipnotizaron, haciendo que ella se perdiera en ese mar azulado.

Richard sonrió. Isobel apartó la mano.

Isobel: Lo siento.

Richard: No se preocupe. Ya me encargo yo del paciente, se está haciendo tarde ya. Debería marcharse a casa y descansar. Mañana la necesitamos otra vez aquí.

La señora Crawley asintió. Cogió el abrigo y la cesta de madalenas ya vacía y se marchó.

Isobel caminó hacia su casa pensando lo grato que había sido ese día en el hospital. Estaba contenta volviéndose a sentir útil. Aunque al principio no estaba segura, empezaba a pensar que volver a trabajar de enfermera había sido una buena decisión.

La señora Crawley abrió la puerta de su casa, entró en el salón y dejó su abrigo y la cesta en la silla más próxima. Al alzar la vista, pero, se dio cuenta de que no estaba sola en el salón. El señor Merton estaba de pie observándola con una gran sonrisa en los labios, una pequeña cajita en la mano izquierda y un gran ramo de rosas rojas en la mano derecha.

Lord Merton: Te estaba esperando.

Isobel: ¿Qué hace usted aquí? No quiero verle.

Lord Merton se sorprendió.

Lord Merton: ¿Por qué?

Isobel: Lo sabe de sobras.

Lord Merton dejó el ramo de flores y la cajita encima de la mesa y se acercó a ella con el rostro serio.

Lord Merton: Isobel, ¿qué pasa?

Isobel: Te vi con tu prometida.

Lord Merton: ¿De qué estás hablando?

Isobel: De la cena de ayer en Downton Abbey, estabas con ella.

Lord Merton: ¿Te refieres a la mujer que iba de azul?

Isobel: A esa misma. A la que le dijiste "te quiero".

Lord Merton se echó a reír. Aquello desconcertó a la señora Crawley, quien estaba empezando a tener ganas de darle un bofetón y echarlo de su casa.

Lord Merton: Isobel, cariño…

Lord Merton se acercó a ella y la envolvió con sus brazos. La señora Crawley se resistió.

Lord Merton: Eh, eh… Escúchame por favor.

Isobel se quedó quieta y le miró a los ojos.

Lord Merton: Lady Sheran es mi hermana. Mi hermana, Isobel. Mi hermana. Sí que quiero a mi hermana pero no la quiero como te quiero a ti.

La señora Crawley se quedó estupefacta. No sabía que decir.

Lord Merton: Perdóname por no haber hablado contigo estos tres últimos días pero estaba preparando mi sorpresa para hoy. Y en la cena quería estar contigo cuando acabara de conversar con mi hermana. Hacía un año que no la veía, entiéndeme. Pero cuando fui a buscarte, lady Grantham me dijo que te habías marchado.

Isobel: Precisamente lady Grantham me dijo que lady Sheran era tu prometida, que había sido amor a primera vista.

Lord Merton: Qué extraño…

Isobel: Me estás mintiendo…

Lord Merton: Te juro que no te estoy mintiendo Isobel. Mira, te llevaré a conocer a mi hermana. De hecho quería presentaros ayer por la noche.

Lord Merton se quedó pensativo.

Lord Merton: Estoy pensando que lady Grantham debió confundirse. Yo, por la mañana, le pregunté si lady Sheran podía asistir a la cena. Ella me vio muy contento y me preguntó que por qué lo estaba y yo le conté que estaba enamorado de una mujer maravillosa y que quería que fuera mi prometida.

Isobel arqueó una ceja, incrédula.

Lord Merton: Cariño, esa mujer eras tú. Yo estaba hablando de cosas distintas. Lady Grantham debió pensar que lady Sheran era esa mujer.

Isobel dio un paso adelante y entrelazó sus manos con las de él.

Isobel: ¿Me estás diciendo la verdad?

Lord Merton: Claro que sí. Estoy enamorado de ti. Estoy muy muy enamorado de ti. Nada ha cambiado. Hemos hecho el amor dos veces y sólo Dios sabe cómo me he sentido estando contigo. En el paraíso, Isobel. No te cambiaría por nada en el mundo.

Lord Merton bajó el rostro hacia ella y se fundieron en un beso cálido.

Lord Merton: Lo siento muchísimo.

El noble la abrazó, la estrujó entre sus brazos mientras le daba un beso en la frente.

Lord Merton: Lo siento, tanto. Siento el malentendido, Isobel. No quiero que sufras. Lo siento. Lo siento.

Isobel se sintió aliviada. Todo había sido una equivocación. Lord Merton se alejó de ella para ir a buscar la pequeña cajita, se la metió en el bolsillo. Mientras, Isobel puso las flores en agua.

Isobel: Me encantan las flores.

Lord Merton: Son casi tan bonitas como tú.

Isobel se sonrojó.

Lord Merton: Yo… Quería darte esta sorpresa, para hacerlo bien esta vez.

Lord Merton se arrodilló y sacó de su bolsillo la cajita. La abrió dejando a la vista un hermoso anillo de diamantes.

Lord Merton: ¿Isobel, quieres casarte conmigo?

Isobel lo contempló unos segundos.

Isobel: Sí, quiero.

Lord Merton se levantó y le puso el anillo en el dedo. Le quedaba fantástico. Luego la besó en los labios pasionalmente. La señora Crawley se separó.

Isobel: No me malinterpretes, Richard, pero creo que acostarnos juntos fue un error. Es demasiado pronto. Me gustaría ir un poco más lenta.

Lord Merton: Ya sabes que yo no te presionaré en ese sentido. Iremos al ritmo que tú quieras.

Isobel: Gracias.

Lord Merton la besó en los labios. Isobel le sonrió.

La verdad era que ya no tenía tantas ganas de hacer el amor con él. Por lord Merton sentía cariño, amor… pero en ese momento, aun habiendo aceptado casarse con él, no sentía ganas de tener intimidad física con él. No sabía muy bien la razón de ese cambio repentino en sus sentimientos. Se empezó a plantear por qué se había acostado con él… ¿Había sido por amor? ¿Realmente porque lord Merton le atraía físicamente? ¿O había sido por soledad? ¿Por inercia, quizá?

En ese momento una imagen recorrió su mente: un hombre apuesto, inteligente, amable, elegante y atento cuyo nombre era Richard. Y no era precisamente el Richard que la estaba abrazando en ese momento, sino otro, otro Richard.