2. Nieve
Sin dudarlo, comenzó a correr en la dirección en la que había desaparecido ese misterioso ser. Corrió alejándose de la carretera, dando rápidos pasos sobre la nieve y dejando suaves huellas sobre ella. A medida que avanzaba, la respiración se le aceleraba, así como el corazón, que bombeaba más sangre y con más frecuencia. Notó como empezaba a subirle un conocido dolor por la sien, así que tuvo que detenerse un momento. Se dobló ligeramente hacia delante mientras apoyaba las manos sobre las rodillas y recuperaba el aliento. Cuando su pulso se normalizó, escuchó un ligero rumor que se extendía más allá de los árboles. Continuó andando en la dirección, hasta que dio con un claro sobre el que se extendía un valle. En él pudo distinguir a un pequeño grupo de niños jugando con la nieve. Los pequeños no superaban los diez años. Todos ellos iban bien abrigados con gruesos abrigos y gorros. Entre ellos, pudo distinguir a uno que llevaba la bufanda que había visto antes. Sin duda debía de tratarse de la silueta que había seguido por el bosque.
Los pequeños se iban lanzando bolas de nieve con malicia, tratando de darse en el culo o la cabeza. Pero hubo algo que llamó la atención de Elsa. No demasiado lejos de ellos, había un chico que sobrepasaba con creces la edad de los niños, o al menos eso aparentaba, ya que les sacaba una cabeza y media a todos ellos. Tenía el cabello de un blanco grisáceo, como la nieve que hay sobre los tejados. Sus ojos eran de un color azul intenso, pero lo que más sorprendió a la rubia fue su sonrisa. Era la sonrisa que tenía una persona que había nacido para sonreír, para divertirse y no pensar en las consecuencias. Era una sonrisa que mezclaba alegría con picardía y algo más, algo que ella no supo identificar, pero ese algo hacía que fuera una sonrisa exótica, rara y hermosa, sobretodo hermosa. El chico corría junto a los niños, esquivando con maestría las bolas que le venían y lanzado con aún más felicidad las suyas. Una de ellas impactó en la nuca de un chico, deshaciéndose en pequeños pedazos y algunos de ellos colándose entre la ropa. El chico dio un respingo y se sacudió como pudo, para mofa de sus amigos. Pese a su estatura, y probablemente edad, las carcajadas del albino eran las que más se oían. Elsa también rió por lo bajo y trató de acercarse con disimulo. Lo cierto es que la despreocupación y alegría que emanaban de esa escena la hicieron sentirse muy a gusto.
Cuando ya estaba a la altura de ellos, se sentó en la nieve y justo cuando alzó la vista, vio al chico albino corriendo en su dirección, el cual se sorprendió al verla tan de frente. Por un segundo sus miradas conectaron, sintiendo como si pudieran ver la parte más profunda de sus almas. Durante un momento, los segundos parecieron alargarse a horas, meses, años... quizá fueron cinco segundos, pero a Elsa le pareció una eternidad. No fue hasta que el chico pareció tropezarse y caer unos cuantos metros delante de ella. No fue hasta entonces consciente de dos cosas. La primera era que había estado manteniendo la respiración durante todo el choque de miradas, y la segunda era que el chico no se había tropezado, sino que se había tirado para esquivar una bola de nieve, una bola que, de hecho, impactó contra su cara. El golpe la dejó aturdida de nuevo.
El albino, al ver que la chica no se levantaba, se incorporó y corrió hacia ella. Los demás niños se quedaron todos juntos varios metros detrás de él, salvo el que había tirado la bola de nieve, que se encontraba más adelante, con una cara de sincera preocupación. Elsa, que tenía los ojos entrecerrados, sintió como unas frías manos que le apartaban un poco el pelo que se había recogido en un moño, y al cual se le empezaban a escapar mechones. El chico miró alarmado la mejilla de la chica, pero se sintió aliviado cuando vio que era sangre seca. El pequeño que había tirado la bola no pudo evitar preguntar. –Jack, ¿está bien?
Jack sonrió con malicia y encaró al niño con una fingida cara de pánico. –No, Jaimie. La has matado, mira, se ha desangrado –dijo señalando la mancha de sangre en su cara. Jaimie cambió su cara de preocupación a una de verdadero pánico–. ¡Corre! Escóndete debajo de una mesa o algo hasta que pasen un par de días y la policía deje de buscarte. –Hizo una pausa dramática y se dirigió a los demás niños. –Y a vosotros os acusarán de ser cómplices, tenéis que huir.
Los niños empezaron a llorar y salieron corriendo en dirección a sus casas. Jack rió con suavidad, y se sentó junto a Elsa, que seguía tumbada en la nieve, y pese a tener los ojos cerrados, se le notaba el ceño fruncido. –¿Por qué les asustaste así? Sólo son niños –le reprochó ella.
Jack se fijó en el rostro de la chica. Era blanco, con una nariz perfilada y elegante, unos labios finos y rosados y unas pestañas rubias y largas, que costaba distinguirlas por el escaso contraste que hacían con su piel. Sus párpados estaban ligeramente ensombrecidos con un maquillaje púrpura, creando una combinación perfecta con su tez pálida. A Jack, la chica le pareció muy linda, mezclaba un rostro aniñado y delicado con una expresión firme y estoica. –Hombre, pero si sigues viva –se mofó el chico. Ella abrió los párpados, dejando ver, para sorpresa del chico, unos grandes, redondos y bonitos ojos azules–. Siento que te dieran el golpe, no iba para ti –intentó excusar al pequeño Jaimie, para sorpresa de ella, ya que esa actitud no seguía la línea del pícaro y malévolo chico que le había dado la impresión de ser.
Elsa comenzó a incorporarse, imitando la postura del chico, que se encontraba sentado con las rodillas encogidas y los antebrazos apoyados en ellas. –¿Ahora le proteges? ¿No se lo iba llevar la poli...? –No pudo continuar. De pronto comenzó a sentirse mareada, un punzante dolor le taladraba la sien. Perdió el equilibrio, y se habría quedado otra vez tumbada de no ser porque Jack lo había visto y, con rapidez, la había cogido de la espalda. Con cuidado la recostó en sus piernas y volvió a examinar el golpe con detenimiento. Elsa sonrió ante la cara de preocupación del chico. –¿Qué? ¿Me voy a desangrar? –bromeó ella. Jack frunció el ceño–. Oye, que estoy bien –dijo tratando de incorporarse.
Jack puso su dedo índice sobre la frente de la chica e hizo fuerza, volviendo a bajarla a la posición inicial. –No te muevas. –Cogió un puñado de nieve con la mano libre, y con mucha delicadeza, lo pasó por el hematoma. –Se te ha hinchado, tienes un moratón –explicó. Elsa sintió un escalofrío al entrar en contacto con la fría nieve. La sensación era extraña, primero resultó molesta, ya que al chocar con a herida comenzó a dolerle, pero justo después ese dolor se mitigó, dejando lugar a un entumecimiento y frescor que la relajó en el acto. Después de unos segundos ya no le dolía. Siempre le había gustado el contacto con lo frío, la nieve, los hielos de una bebida. Lo cierto es que la mayoría de las chicas rehuían del frío, pero claro, ella no era la mayoría. Tras un minuto, comenzó a resultarle algo molesto, parecía como si le quemara. Jack, que pareció notarlo, empezó a mover lo que quedaba de nieve por la mejilla, limpiando los restos de sangre seca. Elsa miró a Jack, y le sorprendió ver una mirada de cariño y tranquilidad, no la miraba directamente a ella, pero sí a su mejilla. Tras un momento, Jack reparó en que le estaban mirando y una vez más, las miradas de ambos conectaron. El efecto esta vez fue mucho más devastador, ya que ambos estaban más cerca y en contacto. La sangre comenzó a subirle por las mejillas a Jack, y apartó la vista de ella–. Ya... ya puedes levantarte.
Elsa miró sorprendido al chico y su novedosa timidez, contrastando de nuevo la picardía que había demostrado antes. Se incorporó y se tocó el moratón con cuidado. Aún lo sentía entumecido y notó que estaba frío, pero lo cierto es que se encontraba mucho mejor. –Gracias, ya no me duele... esto...
–Jack, puedes... llamarme Jack –dijo él, ya vuelto de nuevo hacia ella, pero sin mirarla a los ojos.
–Oh, encantada. – El chico levantó la vista, encarándola. –Yo soy Elsa. –Y le dedicó una preciosa sonrisa. Jack no mostró discreción alguna y se quedó embobado con ella.
Hubo un silencio incómodo y Jack carraspeó, intentando romper el hielo. –Bueno... emm... y, ¿qué haces aquí? No recuerdo haberte visto antes por aquí.
–Ya, yo soy de Arandelle, ¿lo conoces? –Jack asintió. –Pues resulta que el novio de mi hermana es de por aquí, y nos quiso llevar el fin de semana para pasarlo juntos –explicó. Notó como la mirada del chico iba involuntariamente a su herida. –Oh, y bueno, de camino tuvimos un accidente con el coche, se pinchó una rueda y Anna y Kristoff fueron al área de servicio mientras yo cuidaba del... –calló y abrió los ojos de golpe. Jack la miró con curiosidad, enarcando las cejas. –¡Oh, no! Yo debería estar esperando en el coche y no aquí, perdida en el medio de la nada. –Se puso de pie y miró alrededor con pánico, totalmente perdida. –No sé ni donde estoy.
Jack también se puso de pie, pero mucho más despacio, y sacudiéndose la nieve de los pantalones. Sonrió al ver el agitado comportamiento de su acompañante. –Tranquila –dijo con insultante pasotismo, ganándose una mirada de reproche de Elsa. Él la ignoró–. Decías que estaba en la carretera, ¿no? Pues yo te llevaré allí.
Elsa miró al chico, sorprendida por su ofrecimiento. –¿De verdad? Gracias –sonrió de nuevo. A Jack no le sentaban demasiado bien las sonrisas de ella, o quizá sí, pero lo seguro es que removían hasta el último y más alejado de sus nervios. Sentía como una descarga eléctrica al verla, y se le encogía el estómago–. No me gusta pedir favores, pero es que estoy totalmente perdida, seguro que están preocupados.
Jack comenzó a andar solo, pensando aún en lo que había sentido al ver la hermosa sonrisa de ella. Nadie antes le había sonreído así, pero dudaba seriamente que se tratara de eso. Se adentraron en el bosque. Jack seguía callado, y Elsa solo lo seguía y disfrutaba de la calma de aquel bosque virgen. Miró a su alrededor y vio que los árboles eran más viejos y gordos de lo que le parecieron por primera vez, además crecían totalmente desordenados. Era un bosque bello a su manera, salvaje también, pero sobre todo bello. Siguió caminando y no se fijó en que Jack, que estaba delante de ella, se paró, haciendo que ella chocara con su espalda. –¿Qué pasa?
–Acabo de recordar... que tengo algo que hacer... –dijo pensativo–. Debo irme, Elsa.
Elsa se detuvo un momento. –¿Qué? ¡No! –exclamó rápidamente, algo que sorprendió a ambos–. Esto... tienes que enseñarme el camino a la carretera.
–Ah claro, la carretera. –Dio un par de pasos al frente. –¿Ves ese claro? Pues eso es la carretera. Como ves, está muy cerca de aquí.
Elsa consiguió distinguir el claro del que hablaba el chico y asintió mecánicamente. –Ah... bueno, pues... gracias por todo, Jack –consiguió decir algo aturdida.
Jack comenzó a andar en la dirección contraria, pero se dio la vuelta para mirar a Elsa una vez más. –Oye Elsa... ¿qué te parece si nos vemos esta noche? ¿En la plaza del pueblo? –propuso él, alejándose de ella y andando de espaldas.
Elsa sintió una extraña alegría al oír eso, mezclada con algo de nerviosismo. –Claro, ¿a las nueve?
–A las nueve –repitió él, con una jovial sonrisa, mientras se alejaba. Cuando ya estaba fuera de su campo de visión, Elsa sonrió como una tonta adolescente. Continuó andando hasta que finalmente llegó a la carretera. Allí estaba Kristoff cambiándole la rueda al coche.
–Kristoff –dijo ella llamando la atención del chico–. ¿Lleváis aquí mucho tiempo?
El rubio se dio la vuelta y la miró con asombro. –Elsa, al fin. Te hemos estado buscando –señaló el vehículo–. Después me puse con el coche, ya sólo queda poner la rueda.
–Lo siento –se disculpó–. ¿Dónde está Anna? –preguntó al no verla por ahí.
–¡Anna! –gritó Kristoff–. ¡Elsa ha vuelto!
Tras unos matojos al otro lado de la carretera apareció Anna, ligeramente sucia. –¡Elsa! –gritó, lanzándose a su cuello–. ¿Se puedes saber dónde estabas? Estábamos muy preocupados –le riñó Anna, separándose de ella y poniendo los brazos en jarra.
–Perdón... me aburrí de esperar y como vi a unos niños... –empezó a explicarse.
–¿Niños? ¿Aquí? –preguntó Kristoff, mientras iba apretando los tornillos de la rueda–. Pues debió de haber un baby-boom cuando me fui de aquí, porque que yo recuerde no hay una sola persona menor que yo en el pueblo, sólo quedan viejos.
Elsa miró extrañada al rubio. –¿Seguro? Pues hace un momento estuve con un grupo y... –recordó la bonita sonrisa de Jack, su expresión de despreocupación y sincera libertad. No pudo evitar sonrojarse ligeramente. Se acercó a Anna–. He conocido a un chico –susurró avergonzada.
Anna abrió los ojos, sorprendida. –¿En serio? ¿Ya no serás la solterona de hielo? –soltó de golpe, ganándose un empujón de parte de su hermana. –Hahaha, es broma. Y dime, ¿está bueno? –preguntó con malicia, haciendo sonrojar más si cabe a su hermana.
Los labios de Elsa se separaron ligeramente, pero no salió su voz. La respuesta la había pillado por sorpresa. –Sí... bueno... no sé Anna, no me he fijado bien.
–Ya, ya –dijo Anna haciendo un gesto negativo con la mano–. Y, ¿cómo es?, ¿cómo se llama?
–Jo, Anna. Deja de freírme a preguntas –se quejó Elsa por el furtivo interrogatorio–. Se llama Jack, es natural de este pueblo, ya te lo presentaré... esta noche –añadió con emoción.
Anna dio un gritito y abrazó a su hermana, que la correspondió. Kristoff, que ya había acabado, se cruzó de brazos y se apoyó en el capó del coche. –Señoritas, ¿han acabado?
Las dos hermanas se separaron ligeramente avergonzadas por su infantil escena y se acercaron al coche. Kristoff entró el primero, seguido por Anna, y Elsa, se sentó atrás, igual que antes. Al coche le costó un poco arrancar, pero al final comenzó a desplazarse en dirección al pueblo.
Media hora después llegaron al pueblo. Para sorpresa de las hermanas, resultó ser un bonito lugar. Se encontraba en la ladera de una montaña, por lo que las casas eran escalonadas. Colindaba por la izquierda con el perenne bosque de pinos que ya de camino habían visto, y por la derecha, la montaña crecía, quedando decorada por una gruesa capa de nieve y un pequeño riachuelo. Alguna que otra marginal casa podía verse desde la lejanía en la montaña. Hacia el norte podía verse cómo el bosque trataba de extenderse y rodear el pueblo, dejando a la vista un claro desde el cual se extendía el río. Al sur había un acantilado en el cual habían creado un mirador y así sacarle el mejor partido a las vistas, aunque para llegar, también había que cruzar un pequeño tramo de bosque.
Una vez que llegaron al pueblo, Kristoff aparcó en las afueras y guió a las hermanas entre las enrevesadas y viejas calles empedradas. Las casas tenían una belleza rústica. Ninguna de ellas superaría los tres pisos. Estaban hechas de piedra y madera, mostrando unos bonitos acabados y balcones colmados de flores. Los tejados si bien no eran de madera, lo eran de pizarra, dándole a las casas un toque más sutil con el contraste de colores. La casa de Kristoff era más bien pequeña. Tenía dos plantas. En la baja se encontraba el salón, amueblado con un viejo mobiliario de madera desgastada y una chimenea, la cocina y un baño. Arriba estaban los dormitorios, un baño y un aseo. Grandes ventanales iluminaban cada una de las habitaciones, dando paso a los amarillos rayos del sol, que lentamente iban calentando la casa.
–¿Qué haremos hoy? –preguntó Anna tras ordenar el contenido de las maletas en el armario. Ella y Kristoff habían ocupado la habitación principal, con cama de matrimonio. No es que a Elsa le hiciera demasiada gracia aquello, ya que las paredes eran viejas y finas, y probablemente se oiría todo... lo que pudiera ocurrir. Trató de no pensar en ello y miró a Kristoff esperando su respuesta.
El chico se rascó la cabeza con pereza mientras bostezaba. –Pues la verdad es que no había pensado en mucho... tenía intención de descansar después del viaje. –Elsa no pudo sino darle la razón. El viaje ya de por sí había sido largo, y si a ello le sumas el estrés y la reparación causadas por el accidente, tenía los ingredientes perfectos para dar lugar a una tarde de sofá y manta.
Por desgracia, Anna se la había pasado el viaje entero durmiendo, así que rebosaba energía. –Vamos, no seas vago, ya descansarás esta noche –dijo ella, animándole a salir–. Por lo menos vayamos a tomar algo. –Kristoff parecía mantenerse en sus trece, así que Anna se acercó y le susurró algo al oído. Al chico pareció gustarle lo que oyó, pues se le iluminó la cara y caminó hacia la puerta. Elsa miró a Anna con curiosidad, a lo que ella le respondió con una sonrisa pícara. A saber qué le ha prometido... para que mentirnos, lo sé perfectamente... «Hoy no pegaré ojo...», sentenció la rubia mentalmente, y tras arreglarse por lo que pudiera pasar, todos salieron de la casa a las frías calles desiertas del pueblo.
Después de llevar andando unos quince minutos, las hermanas se sorprendieron al ver que el pueblo era más grande de lo que aparentaba, o eso, o que de tanto subir y bajar cuestas, las calles se les hacían interminables. Después de la enésima cuesta, llegaron a una pequeña plaza rectangular. En el centro había una fuente en forma de muñeco de nieve, y de la supuesta nariz caía un chorro de agua que hacía un relajante sonido al caer en la base. Elsa y Anna se miraron con disimulo ocultando una sonrisa de excitación. Kristoff las miró, pero como no las entendió simplemente suspiró y se acercó a una de las mesas que estaban colocadas en los bordes de la plaza. Los bares del pueblo estaban todos concentrados en esa zona, por lo que no se sorprendió al ver tanto a gente joven que al igual que ellos habían aprovechado el fin de semana para visitar el pueblo, como los propios habitantes del pueblo, que la mayoría de ellos superaba los cincuenta. Elsa y Anna se sentaron junto a él en la mesa. – Esta es la plaza mayor. El lugar con más vida del pueblo.
Elsa no pudo evitar pensar en Jack. Ya eran cerca de las ocho y media, así que en aproximadamente media hora volvería a verle. No sabía cómo era posible que el chico poblase sus pensamientos con tanta facilidad, que la hiciera sentirse extraña. Nunca antes le había interesado ningún chico. Por un lado, nadie se le había declarado o había mostrado interés directo por ella, aunque tampoco era tonta, era consciente de las miradas que le lanzaban algunos chicos, aunque ninguno de ellos daba un paso adelante. Y sin embargo el chico que acababa de conocer se las había ingeniado para tenerla en sus brazos ese mismo día, y aunque no tuviera connotaciones románticas, no dejaba de haber pasado.
La pelirroja se fijó en la mirada perdida de su hermana. –Y bueno... ¿cuándo verás a tu nuevo novio, Elsa?
–No... no es mi novio –replicó al instante la rubia. –Y aunque parezca una casualidad, quedamos en vernos aquí a las nueve. –Por dentro se alegró de haberse puesto relativamente decente.
–Oh... –dijo Anna tapándose la boca con las manos–. Entonces tenemos que irnos, Kris vamos. –Se levantó, pero Elsa la sujetó del vestido. Kristoff, que sabía que pasaría eso, así que no había hecho ni el esfuerzo de levantarse de su asiento.
Anna miró confundida a Elsa. –Oye, no os vayáis... me gustaría que le conocierais –consiguió decir algo avergonzada. Su hermana sonrió y se sentó a su lado, contenta de ver a su hermana de esa forma.
–Vale... –concedió la menor–. Pero aquí nos vamos a morir de frío, Kris, pídeme un chocolate. –A su novio le pareció una buena idea, así que se levantó y fue a pedir uno para cada uno. Anna no pudo evitar fijarse en su hermana y su palpable nerviosismo. Puso una mano en el muslo de su hermana y le dio una palmadita. –Oye, tranquila... estamos contigo después de todo, no te va a comer. –Y le sonrió con calidez. Elsa no pudo sino corresponder con otra sonrisa, aunque una bastante forzada.
Al poco tiempo, Kristoff volvió con tres tazas de café con sus respectivos platos. Con habilidad, fue sirviendo cada uno de ellos en la mesa, y cogiendo el suyo, le dio un pequeño sorbo, quemándose la lengua. Elsa rió, descargando un poco la tensión. Anna por su parte, cogió su humeante taza, aspiró el vapor que salía, y soplando la superficie, le dio un pequeño sorbo. –Creí que te gustaba el chocolate, Elsa –comentó Kristoff al ver que la chica no cogía su taza. –Viene bien para el frío.
La rubia sonrió. –Está demasiado caliente, prefiero dejar que se enfríe un poco –dijo señalando el vapor que la taza soltaba. –Además, el frío nunca me ha molestado.
Buenaaas, como prometí, aquí está el segundo capítulo. No sé qué os habrá parecido hasta ahora, pero me divertí bastastante escribiendo sobre Jack, esa personalidad juguetona es cómoda de escribir, al menos para mí. En serio, cualquier cosa que penséis mientras lo leais, me lo escribís en un review, me interesan vuestras opiniones, ya sean buenas o malas (mejor si son buenas xD).
