Entre tu casa y la mía
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi invención.
No al plagio.
Capítulo Dos: Soy ángel y demonio
Todo empezó en la sorpresa
en un encuentro casual
pero la noche es traviesa
cuando se teje el azar
sin querer se hace una ofrenda
que pacta con el dolor
o pasa un ángel
se hace leyenda
y se convierte en amor.
Ángel para un final - Silvio Rodríguez
-¿Qué pasa aquí? –Pregunté, llegando a la altura de la pareja nueva en el barrio y mi madre.
-Disculpe, señorita, pero esta mujer a estado lanzándonos tierra desde la mañana –explicó el hombre de cabello rubio platinado, casi blanco –. Tenemos paciencia, pero no tanta. Llamaremos a la policía.
Observé que muy cerca de mi madre había un gran hoyo de tierra, y en sus manos sostenía la misma, apretujándola como si fuera el cuello de los recién llegados.
-¡Lárguense! –Chilló – ¡Ahí vive Victoria! ¡Lárguense! ¡Suéltame, Isabella!
-Perdón –les miré suplicante –. Mi… madre salió de viaje y me dejó con su hermana. Ella está un poco fuera de la realidad y cuando… mamá vuelva, se la llevará. Perdónenos.
El hombre me miró con desconfianza, pero bajó su celular, guardándolo en el bolsillo. Tomé a mi madre de los hombros y juntas caminamos a casa. Cerré la puerta con pestillo, asegurándome que ella no saldría de nuevo sin mi permiso.
Al girarme, me encontré con sus dos ojos, que en su momento fueron de hermoso color azul, mirándome fijamente.
-Mamá, yo…
-¡Nada, Isabella! –Gritó con verdadera fuerza. Borracha como estaba, se le hacía imposible coordinar sus pasos y no caer al suelo. Aproveché ese instante de debilidad suya para cerrar las cortinas y correr a mi cuarto. Dejarla sola con la rabia a flor de piel, de seguro no causaría buenas consecuencias en la casa.
Luego me encargaría de ello.
Al no tener deberes de la escuela, me dediqué a hacer la cama, ordenar la ropa del suelo y el escritorio y limpiar el vidrio de la ventana, atacada por el barro luego de la lluvia. No me costó mucho tiempo terminar mi habitación y lograr descansar en el borde de la ventana con un cigarro encendido en la mano. Aspiré sin llevar el humo a mis pulmones y solté con fuerza, divertida y fascinada con las formas.
Minutos más tarde y con el segundo cigarro consumido, alcancé a ver como un volvo plateado se detenía en la casa del lado.
Bajaron de allí los extranjeros de la escuela. Gemí en mi interior. Edward Cullen fue el último en salir, dirigiendo una mirada directamente a mi cuarto. Alzó una ceja, acompañada de una sonrisa burlona. Luego me ignoró totalmente, entrando a, lo que suponía, su nuevo hogar.
Esa era una casa preciosa, de tres pisos, blanca y rectangular. Estaba justo a los inicios de un bosque, como en la que yo vivía cuando niña, y se veía luminosa, no como la nuestra. Esa casa había pertenecido a Victoria, una mujer que pasaba de hombre en hombre durante las noches y se drogaba junto a mi madre en las tardes. Suponía que esa razón era la principal de por qué ella la extrañaba. Seguramente Victoria la habrá vendido por falta de dinero.
Cuando sentí que mi madre había dejado de hacer jaleo y escuché el portazo desde su habitación, me asomé al pasillo tímidamente.
Me dediqué a barrer y limpiar en lo que restaba del día, asegurándome de que mamá comiera algo antes de dormir. Me hice la cena con un huevo revuelto y dos tostadas. Pronto tendría que hacer la compra; ya solo quedaba una rebanada de queso en el frigorífico.
Nuestros vecinos fueron apagando las luces uno por uno a medida que avanzaba el tiempo. La última fue la del tercer piso, casi alcanzando las tres de la mañana. Bostecé aún sin sueño y me decidí por lavar los últimos platos antes de acostarme.
-¡Eres una puta! ¡Una puta, Victoria! –El grito de mamá me sacó de un brinco de mi cama. Mi estómago se retorció de nervios, haciendo imposible la tarea de colocarme un par de calcetines.
Sabía que salir de mi cuarto era peligroso con ella borracha, pero era peor si la dejaba sola con la cocina y cuchillos a su alcance. Más de una vez tuve que cocer torpemente las heridas de sus brazos y piernas. Se me era intolerante el olor a sangre y más de una vez me desperté en el suelo con mi vientre surcado de moretones, luego de que mamá decidiera vengarse.
Odiaba esto profundamente… pero era mi madre y en mis primeros años, a pesar de no ser los mejores, me dio de todo. Todo lo que una niña desea.
No lo que necesita, me recordó una voz en mi mente.
Encontré a mamá lanzando las pocas tazas que nos quedaban hacía la pared. El sonido al chocar no era fuerte y no habían llamado la atención a nadie. Me acerqué por su espalda y la rodeé con los brazos.
-Sh, tranquila –susurré en su oído –. Sh…
Mamá, con el pecho agitado y el sudor corriendo por su cuerpo, me prestó atención y dejó caer la última taza contra el suelo, explotando.
-Es una maldita… una perra –masculló –. La odio.
-Lo sé –dije fríamente. La guié hasta una de las sillas del comedor e intenté que se sentara.
Antes de hacerlo, no pude evitar la patada que me lanzó hacia mi rodilla. Retuve el aire y cerré los ojos, aguantando el gemido de dolor que quería salir de mis labios. Oh, mierda, esto de seguro dejaría marca.
-Siéntate –solté entre dientes sin mirarla. Abría mis ojos y la agarraba del pelo hasta dejarla calva.
Gracias a quién sea, me hizo caso y se sentó, cruzándose de brazos.
-La odio, la odio, la odio –repetía en susurros molestos.
Arrastré mi rodilla adolorida hasta la pequeña cocina que se juntaba con el comedor y la sala de estar. Preparé un té caliente con una de las dos tazas que quedaban en el estante de platos y vasos, sin sorprenderme al ver una araña corretear. La aplasté con una servilleta.
Llevé la infusión hasta ella, que balbuceaba palabras de repudio hacia Victoria. Se estremecía una y otra vez. Me aseguré de que se tomara todo el líquido antes de arrastrarla hasta su cama, alejando toda droga, alcohol y cigarros que estuvieran a su alcance. Le arropé sin tocarla apenas.
-Isabella –murmuró –, la odio.
-Lo sé –suspiré.
Me aparté del cuerpo inmóvil de mi madre y me obligué a mí misma a tomar una ducha. Sabía que si no pagaba el agua, pronto comenzaría a salir helada y luego nada… la navidad fue hace pocas semanas atrás, todavía hacía mucho frío y no quería resfriarme por mi descuido.
Revisé la rodilla golpeada, encontrando un par de moretones que se sumaban al resto de la pierna. Mi cuerpo estaba hecho una porquería. La poca comida con la que me nutría lograba que las costillas se marcaran firmemente en mi figura y si no hacía algo pronto, seguramente yo misma desaparecería.
En la ducha, mientras utilizaba mi champú de fresas, se me antojó faltar a clases. Pero entonces recordé qué hizo Edward Cullen ayer y definitivamente él no saldría ganando esta batalla. Sonaba infantil y estúpido querer cobrar venganza por una minimices, siendo que yo me había ganado el rechazo de los profesores, sin embargo, el respeto de las personas se ganaba. Yo no quería que nadie me pasara por encima y mucho menos los nuevitos del instituto: Tenía que hacer algo.
Con desgana me apresuré a dejar todo listo para mi madre, asegurándome de dejar cerrada la puerta y no cometer el mismo error de ayer.
Iba a comenzar mi marcha, salpicando con los pies las nuevas charcas en el césped, pero la voz de una desconocida me hizo detener abruptamente.
-¡Isabella! –Era la nueva vecina, quien parecía ser la pareja del hombre de ayer –. Disculpa, soy Esme Cullen, ¿Me recuerdas?
-Creo –respondí con desconfianza.
Ella sólo me sonrió dulcemente, mostrando sus lindas facciones redondeadas. ¿Nadie en esa familia tenía algo desproporcional?
-Me disculpo por el malentendido de ayer –dijo, con su voz maternal.
-No fue ningún malentendido, señora Cullen –afirmé, encogiéndome de hombros –. Se me está haciendo tarde…
-Mi hijo tiene un coche, te puede llevar, como acto de disculpa –ofreció con ojos casi de cachorrito. ¿Cómo tan manipuladora? ¿Lo sabrá?
-No quiero causar problemas –dije, sin seguridad.
-No es ninguno, ¿Cierto, Edward? –Miró a su hijo, que salía con las llaves del coche en una de sus manos.
-¿Qué, mamá? –Inquirió, pasando sus ojos de ella hacia mí. Me miró con sorpresa y suspicacia.
-Que puedes llevar a Isabella al instituto –explicó con paciencia.
-Bella –le corregí suavemente.
-Bella –asintió, con otras de sus sonrisitas – ¿Puedes, Edward?
Iba a negar otra vez, pero la oportunidad de cobrar venganza en ese instante, era perfecta. Edward, incómodo, asintió con lentitud. Quitó el seguro a su volvo y se subió al conductor. Salieron, como si fuera un desfile, el resto de los Cullen y Alice. Jasper caminaba muy cerca de ella, casi tocándola y hasta le abrió la puerta para que entrara. Emmett, por otro lado, sujetaba su celular contra su oreja y reía abiertamente. Él se subió al copiloto.
-Vamos, Bella, súbete junto a Alice –me apresuró Esme.
Sentía cuatro pares de ojos mirándome fijamente al abrir la puerta del coche. Mordiendo mi labio inferior, metí un pie dentro, luego otro y finalmente mi cuerpo completo. Esto, definitivamente, no lo quería hacer nunca más.
-¡Hola! –Saltó emocionada la chica de los Cullen – ¡Soy Marie Alice Brandon!
-Un gusto –mascullé.
-Pero dime solo Alice, o Allie, o Al… no importa –ignoró completamente mi desplante –. Él es Jasper.
-Un gusto –las comisuras de los labios del chico nombrado se estiraron levemente hacia arriba.
Asentí.
-Yo soy Emmett –se presentó el grandote, girando medio cuerpo hacia mí.
-Hola –murmuré –. Soy Bella.
A Alice se le iluminaron los ojos y pronto comenzó una cháchara que no hubo quién la parara. Llegamos al instituto rápido, casi con quince minutos de adelanto y ante los ojos de gran parte del alumnado. Jessica, entre ellos.
Bajé con aires de superioridad, e ignorando totalmente a Alice que continuaba contándome de sus vacaciones, me marché al interior del instituto. Nadie se había dado cuenta que antes de subirme al coche, prendí un cigarro, aplastándolo firmemente en uno de los costosos asientos de cuero. El olor característico a quemado se pudo confundir perfectamente gracias a que Edward Cullen comenzó en ese instante a fumar.
Sabía que iba a pasar un tiempo antes de que se diera cuenta, pero el daño ya estaba hecho y no me podría culpar. Soy, a veces, un genio.
Presté atención en la mayoría de las clases, sin dormitar ni en la primera ni en la última. Los profesores tenían cierta fijación conmigo. Hacían una pregunta y no esperaban a que otras personas respondieran, sino, me buscaban con la mirada, hasta dar con mi posición y con voz grave, me ordenaban a que respondieran.
Y siempre, sin excepción alguna, me había encargado de darles una respuesta peor que equivocada. Me hizo fama de tonta, pero no importaba, porque yo sabía que era falso. Con eso era suficiente.
Durante el almuerzo, me encontré a Rosalie en la mesa de los Cullen, compartiendo risas e intercambios de experiencias. Ella era hermosa, por lo que no me sorprendió ver a Edward, Emmett y Jasper prendados a mi amiga. Rose tenía la cabeza alzada, sin ignorar las miradas calientes que le lanzaban los hermanos. Tampoco pasó desapercibida la intensidad con la que la observaba. Me indicó con una mano que fuera con ella.
Negué suavemente, ante la atención del resto de la mesa.
Salí de la cafetería con un sándwich y guié a mis pies a los bancos del exterior. Estaban algo húmedos, pero lo arreglé sentándome sobre mi abrigo. Tenía dos más sobre mí, ya que era terriblemente friolenta.
-¿Escapando de mí? –Oh, no, por favor, no.
-Qué quieres –espeté, aún sin morder mi almuerzo.
-Nada, realmente –contestó Edward Cullen, sentándose y extendiendo sus brazos, de modo que se apoyaban en el respaldo y de paso, en mi espalda.
-¿Quién te invitó a sentarte? –Pregunté con el ceño fruncido.
-Por qué tan mal genio –inquirió alzando una ceja –. Eres bonita, no deberías estar enojada todo el tiempo.
Desearía poder decir que el comentario no me afectó en lo absoluto, sin embargo, trillones de saltamontes invadieron mi estómago y que la sangre se amontonara en mis mejillas.
-De nuevo, ¿Qué quieres? –Pregunté, de nuevo, esta vez más resignada. Desenvolví mi sándwich y le di una mascada.
-De nuevo, nada, realmente –me dio una sonrisa ladeada, sin mostrar sus dientes, que de seguro estaban manchados –. ¿Te llamas Bella?
-Isabella… pero nunca lo digas, o te arrepentirás –amenacé, sin percatarme que decirle eso a un adolescente en pleno desarrollo, era como alentar a un niño de cinco años.
-Isabella, Isabella, Isabella, Isabella –dijo con burla.
Lo que dije.
-Estás oficialmente en mi lista negra, Cullen –refunfuñé.
-Qué miedo –fingió un estremecimiento.
Resoplé, buscando en lo más recóndito de mí, paciencia.
-No sé cómo alguien puede soportarte –gruñí.
-¿A mí? Si soy lo mejor del mundo. En cambio, tú… parece que ni siquiera tienes amigos –se encogió de hombros, hablando con naturalidad.
Este se lo busco. Me levanté de golpe y tomé su lata de coca cola que tenía en las manos y sin que él se lo esperara, la lancé sobre su cabeza, deslizándose pequeñas gotitas sobre su cara. ¿Quién ríe ahora? Me acerqué a las plantaciones del instituto y tomé un puñado de tierra. Como no reaccionaba, se me hizo fácil revolver esa masa café en su perfecto cabello cobrizo.
-¿Qué…? –Abría la boca y la cerraba como un pez. Su blanca piel tomó un tono rojizo –. Isabella…
Ya no reía y en su rostro se dibujó una mueca de furia.
-Eso te pasa por meterte conmigo, niño bonito –me di media vuelta y por sobre mi hombro, le dije con una sonrisa de burla: -Esto todavía no ha terminado.
Primer fanfic de Crepúsculo y segundo capítulo ;)
Por favor, si les gustó la historia, no pasen desapercibidos y dejen el Review... cada vez que veo el numerito aumentar, tengo un nudo en la garganta y chillo emocionada :3
PD: Subo los lunes y viernes
Corte y fuera,
Alysonne
