I. Knife and Stone
La nueva mansión de los recién llegados, demasiado elegante y reluciente para esos lares, se alzaba en las afueras del pueblo y el asistente del sheriff se dijo así mismo que esa era una forma de ganarse la desconfianza de la gente. De cualquier forma espoleó a su caballo para avanzar por la vereda iluminada por extrañas lámparas que no funcionaban con gas ni petróleo, sino que contenían esferas de vidrio con luz que no imaginaba cómo funcionaban. Los citadinos eran extraños.
- - Buenas, madame. Mi nombre es Barnes y vengo de parte del sheriff –saludó quitándose el sombrero cuando la señora de la casa abrió la puerta
- - ¿De parte del sheriff? ¿Dónde está él? –interrumpió un hombre de cabello castaño alborotado detrás de la mujer, parecía molesto y preocupado en igual medida.
- - Tuvimos un… altercado en el pueblo, señor ¿Stark, verdad? Y tuvo que encargarse él mismo de un buscapleitos pero, para ser honestos –besó la mano de la señora y ésta sonrió un poco más relajada a pesar del mal humor de su marido, –yo le digo al sheriff qué hacer
- - Pase adelante, señor Barnes. No quiero perder más tiempo.
La pobre mujer se disculpó con la mirada por el comportamiento de su esposo cuando este se adentró en la sala de la mansión y Bucky los siguió intrigado por el nerviosismo del señor Stark, aunque imaginaba que se trataba de la típica petición de la gente de alta sociedad de apostar más vigilancia alrededor de sus casas; petición que Steve siempre terminaba rechazando.
- - Tiene usted una linda casa, señor Stark. Se habla mucho de ustedes en el pueblo… cosas buenas, por supuesto. –Al señor de la casa pareció gustarle la adulación y compuso media sonrisa al servir dos vasos de whisky, su mujer se retiró sin ser vista.
- - Venimos con la esperanza de traer el progreso, aún si no todos en la compañía en Nueva York le tienen mucha fe a este lugar.
- - ¿Usted le tiene fe? ¿Qué le preocupa del lugar? –el agente de la ley fue directo al grano cuando recibió el vaso y miró a los ojos al cansado mayor.
- - Temo que alguien intente robar ciertos… objetos de valor que poseo, señor Barnes.
- - Señor Stark, con todo respeto, este es uno de los pueblos más tranquilos de la región gracias al trabajo del sheriff. No se han visto bandidos por aquí en años…
- - No hablo de bandidos regulares de poca monta –saltó Howard y se pasó la mano por la barba muy estresado. Buck dio un trago al excelente whisky y decidió esperar a que el millonario se explicara. –Hay gente muy poderosa detrás de lo que hemos construido y sospecho que ni a tal distancia de Nueva York estamos a salvo.
- - ¿Quién lo persigue, Stark? Necesito que me diga a quién me enfrento –insistió al ver que no se trataba de un ricachón maniaco preocupado por joyas y pinturas. -¿Qué es lo que quieren?
- - Lo único que quiero saber es si el sheriff me va a ayudar o n… no…
Bucky vio ante sus ojos como Howard Stark palidecía como un muerto antes de caer desplomado en la fina alfombra de su estudio, derramando el licor por todo el lugar. El joven dio un paso al frente para socorrerlo pero la habitación dio vueltas y se detuvo mirando el vaso de whisky en su mano. Lo último que supo antes de caer en las sombras era que algo había en su bebida y todos en la mansión estaban en apuros.
Los gritos agudos de una moza fue lo que lo sacó de su sopor y lo primero que notó es que sus manos, su cabello y sus rodillas estaban mojados. Estaba de rodillas en una alfombra que tardó en reconocer y vio sus manos llenas de sangre. Había sangre por todas partes y la mujer no dejaba de gritar haciendo que su cabeza doliera como si fuera a estallar; se esforzó por mirar al frente y vio los cadáveres fríos de los Stark sobre un charco de sangre con los ojos abiertos de terror. Buck negó con la cabeza y arrojó el cuchillo, la navaja que le había obsequiado su padre a los 12, antes de levantarse dando tumbos para huir lo más rápido posible de ahí en dirección opuesta a la sirvienta que gritaba como demente. Necesitaba encontrar a Steve con urgencia.
Lejos de ahí en distancia y tiempo, justo después de que Bucky se despedía de su mejor amigo afuera de la cantina en lugar de huir entre las dunas como alma que lleva el diablo con sangre en sus manos, el sheriff llevaba a empujones al necio prisionero por la empolvada calle principal del pueblo.
-Hey… Hey… chico bonito ¿falta mucho? –el forastero arrastraba los pies y las palabras por el mareo. -¿O es que torturar a sus prisioneros es algo que todavía hacen en este retrograda estercolero?
-Descuida, citadino. Ya casi llegamos.
La comisaría era un pequeño edificio en el centro de la ciudad con un interior humilde, pocos muebles y un par de celdas vacías, un escritorio y al fondo se vislumbraba un triste catre que el sheriff usaba para descansar cuando no llegaba a casa. El prisionero no tuvo mucho tiempo de criticar antes de que el rubio lo llevara a una celda y comenzara a quitarle las esposas.
-Ahora tengo que hacer el papeleo. Te quedarás aquí esta noche y hablaremos por la mañana.
-Eso suena tremendamente aburrido, ¿no crees? –hipó el moreno mirando con interés las oxidadas esposas y esbozó media sonrisa al encontrarse con sus ojos increíblemente azules. -¿Por qué mejor no olvidamos todo esto y tenemos una fiesta tú y yo, rubia? –insistió acercándose y el sheriff rodó los ojos ante tal cinismo pero él podía jugar el mismo juego.
-Oh, ¿quieres salir conmigo, forastero? Diantres, no sé qué decir –acercó su rostro al del más bajo con la mirada fija y este pareció perder el aliento por un instante. Quizá también él. –Lástima –Rogers empujó al joven dentro de la celda y cerró la puerta con llave. El moreno casi cae de espaldas y de inmediato se arrojó de regreso a los barrotes evidentemente furioso. –Querer sobornar a un oficial conlleva cargos ¿sabes? Y deja de llamarme "rubia", soy el sheriff Steven Rogers para ti.
- ¡Sheriff! ¿Quién te crees, idiota? –gritó aferrando los barrotes con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. –¡Te pones una placa barata de un pueblo asqueroso y crees que ya tienes autoridad solo porque un montón de simios analfabetos te obedecen! ¿Ah! ¿O es que acaso te crees un héroe?
-¡Cuida tu lenguaje si no quieres permanecer más días en esa celda! –replicó notoriamente molesto bajo una fachada tranquila. Sólo él sabía cuánto le había costado ganarse el puesto de sheriff como para que un borracho con aires de grandeza viniera a perturbar la paz en su amado pueblo. -¿Qué hay de ti? Sin esa ropa fina y zapatos lustrosos, ¿qué eres? –se acercó a la reja mirándolo con desdén, inclusive divertido por el modo en que intentaba asesinarlo con la mirada. –No eres más que un borracho apestoso y enano que busca problemas a donde vaya.
Steve esperaba una respuesta explosiva del prisionero, otra razón para mantenerlo encerrado en ese lugar y se preguntó si eso sería un castigo para él más que para el infractor, pero en lugar de ello el moreno sonrió taimado pegándose más a los barrotes con fría y calculada cólera en sus ojos.
-En eso te equivocas, cielo. Unas cuantas palabras con el gobernador y puedo hacer que te quiten tu plaquita –respondió mordaz mientras se quitaba la corbata de seda con un solo movimiento fluido; el rubio juraba que escuchaba su pulso galopar en su cuello cuando lo hizo pues solo los barrotes le impedían estar más cerca el uno del otro. –Puedes quitarme toda la ropa fina de encima y aun así medio pueblo es de mi propiedad.
-¡Ah, ya caigo! Debes de ser de la nueva familia que se acaba de mudar a las afueras, ¿no? Stark, ¿cierto? Adelante. Habla con el gobernador si quieres; mientras tanto yo soy el sheriff de este pueblo y me importa muy poco cuanto tenga tu familia, pues mientras yo esté aquí la justicia prevalecerá en el pueblo. –La sangre del sheriff hervía en ira pero su voz no demostraba un ápice de indisciplina ni descontrol, su mirada se mantenía severa y orgullosa pero le pareció notar que el prisionero afilaba la mirada desafiante y lo tomó de la ropa para acercarlo más a los barrotes. –Y si fuera tú, mediría mis batallas. Puede que en la ciudad conocieras todos los trucos, pero este es el desierto, el lejano oeste; las reglas son muy distintas aquí ¿me entendiste? –finalizó soltando bruscamente al joven que lo miraba con una mueca falsa de aburrimiento.
-… ¿Me está amenazando, "sheriff"?- preguntó después de un rato, pues una vez más había olvidado respirar y al rubio le parecía escuchar una nota de emoción sobre su tono sarcástico. Stark se pegó a los barrotes como un felino para mirar con interés como le daba la espalda para quitarse el chaleco de cuero. Lástima que quería ponerlo de patitas en la calle. –Va tener que hacer algo mejor que eso si quiere asustarme.
-De ninguna manera, señor Stark. –respondió en tono serio al dejar el chaleco colgado en el respaldo de la silla y se pasó una mano por la melena dorada tras dejar su sombrero sobre el escritorio. Stark en su celda se alejó un momento de los barrotes y volvió a pegarse sin darse cuenta. –Este pueblo ha sobrevivido porque no he permitido que bandoleros ni pandillas entren y se queden. Pero aquí, a diferencia de las ciudades, los desacuerdos se arreglan de maneras nada… -suspiró e hizo una pausa al tiempo que se sentaba sobre el escritorio mirando al forastero aún apoyado contra las barras en una posición un tanto sugerente. -¿Qué decía? ¡Ah! Sofisticadas, para alguien con un gusto tan fino como el suyo.
-¡Oh! ¿así que estás preocupado por mi seguridad? -echó la cabeza hacía un lado supuestamente enternecido y se humedeció los labios resecos sin darse cuenta. –Tengo sed, sheriff –se quejó imitándolo a quitarse el chaleco bordado de seda y se arremangó la camisa hasta los codos abrumado por el calor del desierto. El mayor, por su parte, frunció el ceño; pensaba que las aguas se habían apaciguado pero en lo que respectaba al "señor Stark", el sarcasmo era su fuerte.
-Asumiré que su primera vez en el desierto, ¿me equivoco? –Marchó hacia la pequeña alcoba al fondo de la comisaría y regresó con una jarra de latón en las manos. -¿Cuánto bebió en la cantina? Porque necesitará reponerlo en agua si no quiere sufrir un desmayo. –señaló. Si bien no le caía bien el nuevo, no pensaba ser cruel con éste.
-No lo suficiente, a decir verdad; pero… ¿qué me delató? –rio siguiendo la jarra con los ojos y se relamió tratando de ocultar su desesperación. El sheriff no era un sádico y le entregó la jarra sin hacerlo esperar. El forastero bebió casi todo el contenido de un trago, tomó aire y continuó: -¿Te he dicho que es adorable que te preocupes por mí?
Steven hizo una mueca de enfado por el último comentario y metió los pulgares en el cinto para mirarlo de arriba abajo un poco burlón.
-¿Qué te delató? Ropas costosas pero pesadas y oscuras, no tienes un sombrero que cubra tu cabeza del fuerte sol, sin mencionar que esos zapatos que llevas –señaló los mismos y el castaño dejó de beber para mirar hacia abajo preguntándose qué tenían de malo sus zapatos italianos con una discreta plataforma –Lindos pero incómodos a la hora de caminar sobre arena. Dime si olvidé algo, Stark.
-Anthony. Anthony Stark. Lo necesitarás para llenar tu tonto papeleo, ¿no es así? Pero tú puedes llamarme Tony. –Le entregó la jarra vacía y se retiró al fondo de la celda para sentarse sobre el incómodo catre con aspecto satisfecho a pesar de su situación y el sheriff supo que ese no era realmente un castigo para semejante buscapleitos. Estaba a punto de abrir la boca para decir algo, pero no llegó ni a tomar aliento cuando la puerta de la comisaría se abrió de par en par con un fuerte azote que puso alerta a ambos hombres.
-¡Sheriff! ¡Sheriff Rogers! ¡Auxilio! –gritó la mujer aterrada que había abierto la puerta y Tony la identificó como una de las nuevas sirvientas de su mansión aún con el histérico llanto. -¡Asesinaron a los Stark, sheriff! ¡Los mataron!
