Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
Número de palabras: 1000 (estoyaprendiendoasintetizargracias)
La vida (a veces) es una poesía
A Jun la había conocido, si tenía que ser preciso, cuando tenía trece años y ella unos diecisiete. Ahora, si se le permitía matizar un poco, lo cierto es que no la conoció verdaderamente sino hasta mucho después.
Lo irónico e interesante del asunto fue la situación en que lo hizo. Es más, a día de hoy recuerda que cuando notó su presencia en medio de los estudiantes del taller lo primero que pensó fue que esa chica no solo era extraña, sino también imprevista si podías hallártela en situaciones tan inesperadas. De todos los lugares posibles tuvo que ir a encontrársela justamente ahí. ¿Quién hubiera podido predecirlo? Seguro que ni el mejor de los psíquicos, y no es que creyera en ellos.
Aquel mismo día ella también lo vio e intentó acercarse al término de la clase. Él no podía más que admitir que en cuanto se percató de su intención corrió más rápido de lo que lo había hecho nunca en la vida. Se sentía orgulloso de su arranque de atletismo; no tanto de haber huido como un vil cobarde.
¿Pero acaso alguien podía juzgarle? No solo él estaba allí contra su voluntad y se sentía avergonzado al respecto, sino que ella era ella (y aquello no merecía más explicación).
Lo bueno resultó ser que tras ese incidente la chica aparentemente se dio por enterada de su nula intención de hablarle, porque no volvió a intentar ningún tipo de acercamiento. Y si bien al principio se sintió un poco culpable al respecto, pronto se olvidó de esa mala sensación; al fin y al cabo, no estaba en ese lugar para hacer amigos ni nada parecido. Su intención fue desde el primer momento pasar lo más desapercibido que fuera posible, objetivo que cumplió a cabalidad. La maestra con suerte se sabía su apellido y siempre se las arreglaba para evitar recitar sus penosos poemas frente a los demás.
Jun, por el contrario, subía al pequeño podio casi todas las clases. Su poseía era un tanto violenta y estaba llena de metáforas incómodas y escabrosas. Parecía esconder a una persona con mucha rabia con el mundo; él podía decirlo porque también tenía rabia dentro, quizá no por las mismas razones, pero el sentimiento era idéntico: la frustración de ser diferente, o inadecuado inclusive.
Cierto día escuchó sin querer una conversación entre Jun y su maestra después de clase. Al principio esta última intentaba explicarle algo con toda calma, pero conforme fue avanzando se vio obligada a alzar la voz para calmar a la chica hasta que ella terminó por explotar.
—Dice que no sé nada de poesía, ¡pero usted no sabe nada de la vida! Y si es incapaz de ver que son la misma cosa, entonces está ciega —le gritó totalmente fuera de sí antes de darse la vuelta y caminar a grandes zancadas hacia la salida.
Él, que ni idea tenía de por qué se quedó escuchando como un cotilla, no tuvo tiempo de esconderse; su torpeza le impidió ser lo suficientemente rápido.
Así que se encontraron cara a cara en el pasillo. Jun lo miró con sospecha al principio, pero al cabo de unos segundos suspiró como si diera la situación por imposible; seguro que no lo tenía por chismoso, y es que no lo era, aquél se trataba solo de un incidente aislado, una excepción que confirmaba la regla general, o a eso se aferró él.
—Izumi-san —dijo con tono dubitativo.
—Koushiro, mi nombre es Koushiro —replicó con cierta timidez. No supo por qué lo dijo, suponía que por simple simpatía o para disimular un poco lo extraño del encuentro.
—Bueno, ya sabes mi nombre así que no creo que haga falta que te lo diga.
Koushiro asintió y ella pasó por su lado asiendo con mucha fuerza el cordel del bolso que rebotaba contra su cadera y en una esquina tenía un pequeño conejo bordado; por alguna razón fue lo que él más notó.
Al cabo de un par de segundos, el chico dejó de escuchar sus pasos alejándose y tuvo la sensación de que debía voltearse. Al hacerlo se encontró con la intensa mirada de Jun puesta en él, obligándolo a tragar espeso.
—Ya sé que no me hablas por mi pasado de fanática loca con Yamato, pero aunque no me creas he cambiado. Da igual —chasqueó la lengua—, solo te lo digo para que sepas que no tienes que hablarme ni nada. No lo hagas por lástima o educación.
—No es nada de lo que crees. —Las palabras salieron disparadas de sus labios en cuanto advirtió que ella pretendía marcharse.
«Es más bien culpabilidad», pensó. Pero no lo dijo, no hacía falta. ¿Qué más daba si no le estaba mintiendo de todos modos?
—Bien… —dijo ella con el mentón muy alto y una pequeña sonrisa que parecía esconder cierta satisfacción—. ¿Y qué haces tú en un taller de poesía? Según recuerdo mi hermano decía que eras una especie de genio atrapado en el cuerpo de un adolescente.
—Eso…no es tan así —barbotó avergonzado.
—¿Entonces cuál es tu historia?
—El consejero de la escuela lo recomendó. Aparentemente soy un genio para la ciencia, pero un estúpido en lo que a sentimientos se refiere…
—¿Y qué tal? ¿Te ha servido la experiencia?
Mirando la punta de sus zapatos, Koushiro meditó largamente la respuesta, pero ella no lo apuró. Quizá era cierto que había cambiado; la Jun que recordaba se habría exasperado al cabo de un minuto o incluso menos.
—Para serte honesto hasta ahora pensaba que no, que era una pérdida de tiempo.
—¿Ya no? —Intrigada, alzó una ceja.
—Ya no —contestó mirándola a los ojos.
—¿Por qué? —preguntó con auténtica curiosidad.
—Eso… te lo diré si aceptas mis disculpas y una invitación a tomar un café en compensación. —Tampoco supo por qué dijo aquello, pero se sintió correcto cuando lo hizo. Tal vez por primera vez estaba entendiendo algo de sentimientos, tal vez la poesía no era tan inútil después de todo.
Notas finales:
El título no me convence demasiado así que puede que lo cambie.
¡Gracias por leer!
