Amor Inmortal-Prólogo
-¡Anthony! ¡Anthony!- gritaba en su sueño mientras trataba de alcanzar a su amado. Las rosas en sus manos eran Dulce Candy, su maravilloso olor la llamaba como si estuviera allí en ese momento. La pecosa rubia corría al encuentro de su amado, al quién tanto extrañaba en su vida. No te dejaré ir y si te vas, te buscaré por todo el mundo, le declaró a la memoria de Anthony.
-¡Candy!- susurró el rubio estirando sus brazos a su encuentro. Estaba a punto de cogerla en un fuerte abrazo cuando:
-Mm…- se quejó al ver la luz del sol por sus pupilas. Anthony, pensó mientras unas cuantas lágrimas salieron de sus verdes ojos y la imagen de él con las rosas que había nombrado después de ella, cubría su mente.
La puerta a su recamara se abrió y por ella entró su mucama, Dorothy. -Ya es hora de levantarse, señorita Candy- dijo con la mirada fija en la de Candy, mientras trataba de ocultar su tristeza. Se dirigió al guardarropas de Candy y sacó un vestido negro. -Le señora Eloy a hecho de tu tarta favorita.
-¿Anthony estará allí?- preguntó parándose de la cama con sumo cuidado, pues la noche anterior se había desmayado. Al no escuchar respuesta de Dorothy, las lágrimas corrieron por sus blancas mejillas como nunca. Una vez que más, no se sentía con ánimos de hacer nada. -Dorothy, vete- dijo dirigiéndose a la grande ventana de su habitación. El jardín que había sido cultivado por Anthony, estaba completamente vació. En su mente maldijo a Eliza por llevarse las rosas de su amado. -¿Dorothy?- dijo antes que saliera de la recamara. -¿Puedes traerme un pedazo de tarta, por favor?
Dorothy salió inundada en su llanta al ver los ojos sin vida de la pecosa. Y es que ella había visto caer a Anthony de su caballo. Ella la había visto todo. La puerta volvió a abrir y se escuchó una silenciosa risa. Candy volteó a ver y se encontró con un pequeño conejo con saco como el de Alicia en el País de las Maravillas. El conejillo le recordó la vez que había estado con Anthony, andando a caballo y un conejillo los había espantándolos, haciéndolos caer al césped. Candy comenzó a sollozar y al escucharla, Archie y Stear entraron alarmados.
-¡Candy!
-¡Candy! ¿Estás bien?- preguntó, quién tanto quería a la rubia.
-Es solo que recodé a Anthony con ese conejito- contestó secándose las lágrimas.
-¿Conejo? ¡NO! Yo intenté hacer una ardilla bailarina- contestó Stear tomando en brazos a su invento. Al escuchar que se trataba de una ardilla, Candy rió un poco. Stear y Archie se tomaron de la mano en señal de aprobación a su merito. Justo entonces, entró Dorothy con la tarta de Candy.
Pasaron varias semanas y Candy ya podía reír más libremente, aunque el recuerdo de su amor seguía vivo en su corazón, era su amor inmortal. Era otoño, ya todas las rosas de Anthony estaban secas, y la Tía Abuela Elroy tenía planes para los adolescentes.
-¡Londres!- exclamó Candy un tanto entusiasmada. Nunca había ido a Londres, le gustaría ir, con Clint, Archie y Stear.
-De regreso a la cárcel- le susurro Stear a Archie. -El Real Colegio San Pablo.
